Lenguaje, misterio, comunicación
autor: Stefano Arduini
Profesor de Lingüística General en la Universidad de los Estudios de Urbino
Pietro Barcellona
Profesor Ordinario de Filosofía del Derecho de la Universidad de los Estudios de Catania
Andrea Moro
Profesor Ordinario de Lingüística General en el Institute for Advanced Study (IUSS) de Pavía
Davide Rondoni (Moderador)
Poeta y Escritor
fecha: 2011-08-24
fuente: Linguaggio, mistero, comunicazione
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "E l’esistenza diventa una immensa certezza", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Y la existencia se convierte en una inmensa certeza")
traducción: Juan Carlos Gómez Echeverry

DAVIDE RONDONI:
Bienvenidos a esta cita con Lenguaje, Misterio, Comunicación: hemos queridos detenernos un momento sobre este tema con nuestros invitados porque en un meeting en el que se pone a tema qué quiere decir que la vida, que la existencia se vuelve una inmensa certeza, afrontar el nudo de qué sea el lenguaje significa entrar un poco en el corazón del verdadero y real problema. Porque, por el contrario, parece que el lenguaje sea lo que hace supremamente incierto, ambiguo o supremamente disponible a cualquier interpretación y a su contrario. Significa entrar en este encuentro, si queremos usar una metáfora utilizada por la crónica de estos días de la guerra en Libia, en el compound, es decir en el búnker del problema de la certeza, no sólo porque el lenguaje es aquello que, expresando la relación que el hombre tiene con la realidad, es sede de cualquier posible expresión de certeza o incertidumbre, sino porque, y aquí dejo la palabra a quien entiende más que yo, decir lenguaje es como decir hombre, porque el lenguaje es exactamente lo que califica al hombre como tal.
Por esto he llamado a tres amigos, pero sobre todo a tres grandes expertos que afrontarán el tema que acabo de citar. Soy curioso por saber cómo será retomado, desarrollado, corregido y por lo tanto cambiado en algo más interesante. Se los presento brevemente, sin hacer el largo elenco de currículos que quien quiera puede naturalmente encontrar accediendo a Internet. A mi derecha el profesor Pietro Barcellona, jurista, filósofo. Somos amigos desde hace mucho tiempo, estoy leyendo algunas obras suyas muy bellas. Un libro suyo será presentado incluso mañana aquí en el Meeting, y les invito también a la cita de mañana en la tarde. A la derecha Stefano Arduini, lingüista, traductólogo, ¿como se puede decir, Stefano? Traductólogo quiere decir uno que dirige la Escuela de Intérpretes aquí en Misano y enseña en la Facultad de Urbino, es decir, un experto en traducciones, en aquel mecanismo, más bien, de aquel arte - digamos la palabra justa -, por el cual se pasan las palabras de una lengua a la otra, que es ya una parte del misterio del cual queremos hablar. A mi izquierda, Andrea Moro un neurolingüista, escritor y ensayista ecléctico, acaba de publicar un bellísimo libro sobre la historia del verbo ser en la Editorial Adelphi (1): en fin uno de los mayores exponentes italianos, y no sólo, del estudio del lenguaje aplicado a las neurociencias. Por lo cual, cedo la palabra a ellos en este orden: primero Andrea Moro, luego Stefano Arduini y finalmente al profesor Barcellona.

ANDREA MORO:
Llegan las imágenes, mientras tanto aprovecho para decir que he aceptado con coraje inconsciente venir a hablarles de lenguaje y certeza, con una única certeza, que no tengo respuestas para darles sino sólo preguntas. Pero mi sensación es que el Meeting es exactamente lo contrario de un congreso, es decir, no es un sitio donde tú exhibes las ideas sino un lugar donde te contagias, te contagias de preguntas y de deseos sobre la base de una experiencia. Por lo tanto, espero no sólo contagiarlos, sino ser también contagiado por esos, al menos una vez el contagio se convierte en una cosa positiva. He intentado organizar esta presentación como generalmente hago, es decir de modo un poco esquemático. Tengo una ambición: tengo que amarrar tres conceptos diferentes - lenguaje, certeza y misterio -, no se da por descontado que estén unidos en modo alguno. Lo que quiero hacer ver es que si tú miras el lenguaje y la certeza, necesariamente eres conducido al misterio, repito, necesariamente. Para hacer esto, he dispuesto dividir la conversación que tengo con ustedes en dos momentos diferentes: la certeza que nos deriva del lenguaje y la certeza que tenemos acerca del lenguaje, los dos carriles por los cuales los quiero conducir, el primero de los cuales será necesariamente más breve, y entenderán enseguida el porqué.
La certeza del lenguaje o bien el efecto Münchhausen: estará claro dentro de poco por qué hablo del barón de Münchhausen. Ahora bien, nosotros estamos en este momento en esta sala y tenemos una certeza, sabemos que estamos encerrados en este local, sabemos a quién tenemos a la derecha, a la izquierda, y en frente. Hay certezas inmediatas que derivan del contacto sensorial con lo que tengo alrededor. Pero también sabemos que hoy es miércoles, sabemos que estamos en Rímini, sabemos algunas cosas que no verificamos inmediatamente. Desde un cierto punto de vista, el lenguaje es un archivo de cosas que no tenemos disponibles inmediatamente. Si digo en este momento "ballena" o "automóvil", ustedes no tienen antes sus ojos ni una ballena, ni un automóvil pero su cerebro es capaz de evocarlos enseguida. Lo interesante, sin embargo, no es tanto la palabra sino la estructura de la frase: ¿por qué las frases son tan importantes en el lenguaje? Una de las divisiones más importantes que tenemos en el lenguaje es precisamente aquella dentro del archivo de la memoria, es decir las palabras y los elementos construidos ex novo, es decir las frases. Puesto que la certeza está amarrada a la verdad, y la verdad es vehiculada sólo por las frases, no por las palabras individuales, no tiene sentido decir: es verdadera la mesa. Eventualmente tiene sentido decir que esta mesa es roja. Entonces son las frases las que son interesantes.
Por tanto, la primera pregunta que podemos ponernos es ésta: ¿puede una frase producir certeza? Desde un cierto punto de vista, esta pregunta parece banal, porque sabemos desde cuando existe interés sobre el lenguaje del hombre, que podemos construir una especie de máquinas de la verdad hechas de palabras. Miren las primeras dos frases: si digo que las gallinas son aves, y las aves ponen huevos, ustedes están seguros de lo que estoy a punto de escribir. Si yo escribiera que hoy es miércoles, ustedes dirían: bueno, hay algo que no cuadra. Ustedes saben que yo estoy a punto de decir: “las gallinas ponen huevos”. ¿He generado certeza? Si y no, he generado un mecanismo que genera una aparente certeza. Les hago ver enseguida porqué esta certeza, si la certeza tiene que ver con la realidad, no es de ningún modo una verdadera certeza. Espero que no entre nadie en este momento, porque si no, me toman de veras por loco, si yo les digo "el gulco es un prammo, yo soy un prammo y gianigero los brales", ustedes, aunque no saben qué es un gulco y qué quiere decir gianigerar, están seguros que el gulco gianigerá los brales.
Por tanto, de algún modo ustedes se dan cuenta que hay un mecanismo interior que automáticamente genera deducciones. ¿Es esto a lo que queremos llamar certeza? Me parece extremadamente reductivo. Ésta es la razón por la que hablo del efecto Münchhausen, para concluir con el primer carril de esta conversación. La ilusión que la certeza viene del lenguaje, es a mi parecer, como la de aquel que cree que la verdad viene de la ciencia: confunde un medio indispensable, pero al fin y al cabo un medio, con un fin. En la historia del barón de Münchhausen, hay una escena muy bella en la que el barón trata de salirse del agua tirando de los cordones de las botas o del pelo: por tanto, pedir certeza al lenguaje en cuanto tal, es un poco como decidir salirse del agua tomándose por el cabello. Y éste es el efecto Münchhausen del cual quiero hablarles. Sin embargo se habla, no obstante, a pesar de esta extraña paradoja, de un mecanismo que no sabemos desde qué parte comienza, nos falta el gancho, sabemos que tenemos una gramática, un diccionario en la cabeza, pero nadie es capaz de explicar cómo hacen las palabras, sobre todo las frases, para hablar del mundo.

Es una sorpresa no menor la de aquel físico que se percata que las funciones matemáticas se aplican a los fenómenos de la realidad. He aquí la primera puerta que lleva al misterio, sabemos que nuestro lenguaje funciona según los esquemas, sabemos que el grupo Jenízaro es bueno pero no tenemos ninguna información exacta sobre cómo esta gramática se engancha a la realidad, exactamente como no tenemos ninguna información exacta que nos garantice que una función matemática exprese, por ejemplo, la atracción gravitacional entre dos cuerpos celestes.
Pero si ésta es la primera puerta que lleva al misterio, a través de la cual nos conduce la certeza que deriva del lenguaje, hay una por algunos versos que nos incumbe y que nos desafía en estos días, en este período, de modo extremadamente peligroso. Tengo el temor que se trate de un punto nodal de la evolución de la cultura occidental: es la certeza acerca del lenguaje, aquello que me encanta llamar el infinito presente. Miren, el lenguaje humano como el cielo, está bajo los ojos, bajo la disponibilidad perceptiva de los seres humanos, desde siempre. El cielo, lo contemplaba Aristóteles, hoy lo contemplan los astrónomos; el lenguaje lo consultaba, lo exploraba Aristóteles, hoy lo exploran en los centros de cálculo, en las escuelas, en el lenguaje, en los centros donde se estudia la tradición. Es probablemente la tarea más difícil que un ser humano pueda llevar adelante. Querría resumirles el estado de la situación para hacerles ver cómo - si tomamos en serio el funcionamiento del lenguaje – estamos constreñidos a considerar de manera nueva nuestra identidad, a abrir la puerta hacia una dimensión que no estamos todavía seguros de cómo deba ser indicada. El cerebro, el lenguaje, la gramática: hay una cosa que sabemos ciertamente, desde el 800: el lenguaje depende del cerebro. Sepan todos que éste no es un hecho que se pueda dar por descontado: Aristóteles decía que el cerebro era el radiador del cuerpo, servía para enfriar la sangre, todo venía del corazón. En algunas lenguas, todavía hay residuos lexicales de esta cardio-centricidad del lenguaje. Si ustedes le preguntan a un inglés cómo se dice cuando una persona sabe una cosa de memoria, dice: "to know by heart". Ahora bien, dado que excluimos el romanticismo del mundo anglosajón, por lo menos respecto a nosotros que somos en cambio cultores de las serenatas, nos damos cuenta que éste es el residuo de un modo de ver el lenguaje. Lo sabemos desde el 800: miren en estas imágenes, el famoso cerebro de TanTan, aquel paciente que se presentó en un hospital parisino y era una persona perfectamente normal, sólo que sabía pronunciar una sola sílaba repetidas dos veces: Tan Tan, precisamente. A su muerte se descubrió que el mal, que luego devastó su persona, nació de una lesión de un punto específico del cerebro.
Vean, el nuevo desafío no es entender que el lenguaje depende del cerebro: se trata de un desafío que nos conduce hacia un continente inexplorado y fascinante. La nueva pregunta es si es la gramática la que depende del cerebro, una pregunta completamente diferente. Esta pregunta, a su vez, se pone dentro de una polarización de dos posiciones incompatibles. Por una parte, hay quien ve que toda la estructura del lenguaje es un reflejo de la estructura del mundo: por ejemplo, si veo una botella sobre la mesa y mi jefe ve dos, cambio la palabra botella por botellas y mi cerebro modifica la idea, la a final de la palabra botella, si cambia por as que indica pluralidad. Ciertamente, éste es un efecto del mundo sobre la gramática porque es un efecto de mi percepción. Así, si digo yo y tú, pronombres que son aprendidos de manera conjunta por el niño, percibo a mi persona distinta de la tuya. Ciertamente los lenguajes incorporan los hechos del mundo. En cambio, hay una posición que de algún modo se distingue de ésta de modo sustancial y dice: no, la estructura del lenguaje es independiente de la estructura del mundo, si bien parcialmente, como en el caso del plural y los pronombres, refleja su estructura.
Para hacerles entender cuánto hay de apasionante en esta historia, les repito la pregunta: ¿la gramática depende del cerebro o sólo del lenguaje como facultad de comunicación? Les quisiera leer una breve cita tomada de un lógico que, en los años '50, trabajaba en el MIT en Boston, en el laboratorio de electrónica. Miren con qué arrogancia denuncia él la situación que era proclamada en aquellos años respecto al lenguaje: “Había en el laboratorio la convicción general e irresistible que se había llegado a la última galería subterránea hacia la comprensión completa de la complejidad de la comunicación, en el animal y en la máquina".
Es decir, se estaba a un paso de la posibilidad de tener un programa con la calculadora que encerrara el misterio de nuestro lenguaje. Es de mal agüero, en la ciencia, decir que estamos justo a un paso de solucionar las cosas: piensen en lo que sucedió con la física al final del 1800, cuando han dicho que se trataba de definir algunos decimales de las constantes universales, luego han llegado Planck y Einstein que han volcado la mesa y han hecho empezar todo de nuevo. Es siempre así. También en el caso del lenguaje, justo en los años '50, hay un cambio radical extraordinario, porque ponía en tela de juicio a un protagonista inesperado – todos los cambios radicales son inesperados, imprevistos, si no, no son cambios radicales -, y es esta pregunta: ¿cómo hace un niño, que nace evidentemente sin gramática, a construírsela? Otra cita histórica, siempre al final de los años '50, dice: "El hecho que todos los niños normales adquieran gramáticas sustancialmente comparables, de gran complejidad y con notable rapidez, sugiere que los seres humanos sean de algún modo diseñados de modo especial, con una capacidad de naturaleza y complejidad desconocidas."
Los seres humanos son diseñados de modo especial: miren, no hay nada de fideístico, nada de teológico, en esta conclusión. Hay una idea muy simple: si se toman los datos de una gramática no puedes más que deducir que nuestra especie está dotada de una capacidad particular. Digo nuestra especie, porque brevemente, como dice Steven Anderson, presidente de la Sociedad de Lingüística americana, "los demás animales no poseen una capacidad particular que sólo tenemos los seres humanos, y es la de comunicar". Los perros se comunican con los perros, las libélulas con las libélulas, las abejas con las abejas, a su vez los perros con las libélulas, las abejas con los perros, no sé, todas las combinaciones posibles, pero nosotros tenemos en nuestro lenguaje una huella digital que no permite confusiones, tenemos la capacidad de hacer una cosa que ningún otro animal sabe hacer. La característica fundamental que nosotros tenemos es la sintaxis, es decir la capacidad de poner las palabras juntas y producir estructuras potencialmente infinitas. Pues bien, de acuerdo con mi amigo y maestro Davide Rondoni y colegas, hemos colocado un punto muy alto. ¿Por qué? Porque somos pocos pero buenos. Hemos dicho: puesto que yo no vendo automóviles ni conozco la estructura del átomo, quien viene aquí, algo sabe del lenguaje. Y entonces intento un desafío, el de hacerles captar el corazón sin la sintaxis, con dos o tres diapositivas. Tomemos una simple frase: "Una foto de este muro ha causado la revuelta en la ciudad". ¿Qué tenemos en la cabeza cuando pronunciamos esta frase? Tenemos ciertamente una fila de palabras pero, por motivos que ahora no les voy a decir aunque son muy simples, las palabras se combinan de dos en dos, dan lugar a imágenes que parecen moléculas, donde las palabras son los átomos. Todas las veces que vean una y hay una palabra, todas las veces que vean sx hay un grupo de palabras, que se compone de dos en dos. ¿Qué tiene de curioso esta molécula? Tiene este hecho, les acompaño poco a poco a verificarlo. Tienen un sx hecho de una palabra más una x: esta cosa se repite, se repite, se repite, también sobre la rama de la derecha, se repite. Lo que sucede - si quieren podemos volver a ver la imagen entera - cuando hablamos, es que nosotros somos capaces de componer progresivamente los simpáticos objetos hasta formar estructuras muy complicadas a partir de estructuras simples.
Miren, esta capacidad no la posee ningún otro ser viviente. Para quien entiende de matemáticas, le recuerdo que parece un fenómeno que se llama auto-similaridad: si toman un segmento de línea recta y continúan progresivamente, construyen una estructura en la cual una parte tiene completamente la misma función que el todo. En cierto sentido, nuestro lenguaje es justo así, la frase no es más que una gran molécula en la cual un pedacito de ella tiene la misma estructura de todo el resto. Entonces, entienden enseguida que tenemos a disposición una ocasión única para formular la pregunta de modo no impresionista: "¿Cómo hace un niño que aprende a hablar para incorporar estas instrucciones?”. ¿Recuerdan que les hablé de la polarización entre dos tensiones? La estructura del lenguaje es producida por mi unicidad biológica. Claramente, este género de datos lleva a una conclusión. La osamenta geométrica de la sintaxis humana, y de la matemáticas y de la música - les podría probar que matemáticas y música son casi iguales, quizás en la Edad Media la sabían de manera más profunda que nosotros, cuando construyeron trillas y cuadrillas para enseñar como se procedía en la cultura - impide hacer hipótesis que esta complejidad sea de algún modo importada del exterior, porque no existen fenómenos accesibles al niño, a la conciencia del niño. Pero entonces la pregunta es: ¿de dónde viene esta capacidad única? Salto este slide y voy enseguida al punto nodal. Sobre la base de experimentos obtenidos con técnicas de neuro-imagen - las técnicas de neuro-imagen son técnicas en las cuales veo activarse un flujo matemático al interior del cerebro, en correspondencia frente con algunas tareas -, se ha deducido lo siguiente: la estructura de la sintaxis de las lenguas humanas no puede ser fruto de convenciones porque, haciendo aprender sintaxis artificiales, no dotadas con aquella propiedad señalada por la progresiva expansión de los círculos rojos, el cerebro no logra activar aquellos circuitos típicos del lenguaje.
Por tanto, tenemos una primera conclusión: esta estructura tan compleja que yo no puedo derivar del mundo está conectada íntimamente a la estructura de mi cerebro. No existen palabras sin carne, no existen palabras desencarnadas, las palabras y las frases no son convencionales, son el fruto de mi modo de ser construido. El lenguaje, entonces, vuelve por su centralidad a ser el escándalo constante de la ciencia. Quien entre ustedes conoce un poco de historia de la filosofía, se acuerda que uno de los períodos cardinales del desarrollo de nuestra cultura, es decir la época barroca, para la filosofía de Descartes y la imposibilidad de reducir la libertad y la estructura del lenguaje al contacto físico de objetos, hizo pensar en dos realidades distintas. Yo no sé si esta solución dualística sea verdadera, pero ciertamente, si el infinito que es la capacidad distintiva de la sintaxis está anclado a mi cerebro, puedo concluir una cosa. La potencialidad de producir estructuras infinitas no puede manifestarse gradualmente, por un solo y simple hecho: el infinito, o está todo o no está, no puede ser sólo un trozo. Esto tiene una consecuencia enorme, desde el punto de vista experimental, que no tiene sentido buscar precursores del lenguaje en el hombre ni en otras especies vivientes. Sería imaginar que un salto muy largo sea el precursor del vuelo, haría reír a todos.
Ahora bien, vean que automáticamente somos conducidos a un nuevo misterio: la certeza que tenemos sobre la estructura neurobiológica del lenguaje nos abre hacia un mundo para el cual no tenemos respuestas. Hay una cita - la última que hago, luego sólo tengo una observación conclusiva - que me ha impactado muchísimo, es siempre de este lingüista americano: "El lenguaje es más parecido a un copo de nieve que al cuello de una jirafa. Sus propiedades específicas nacen de las leyes de naturaleza, no son algo que se desarrolla como un cúmulo histórico de hechos casuales". Miren, aquello que está diciendo es una provocación gigantesca, porque se estrella con una tentativa evolucionista que además era muy claro en su carácter problemático desde quien inició esta discusión: "Si se pudiera demostrar la existencia de órgano complejo cualquiera que no haya sido formado por modificaciones numerosas, sucesivas y leves, mi teoría debería caer absolutamente”. Esta frase fue escrita por Charles Darwin en 1859. Por tanto, lo que sabemos sobre el lenguaje nos dice, de una parte, que nuestra biología está sometida evidentemente a evolución, de la otra, que las propiedades distintivas del lenguaje no son derivables de ella o del mundo. Si no es un misterio esto… ¿En la ciencia, hay espacio para el misterio? Ha habido y es enorme. Hay otra cita curiosa de historia de la ciencia. Saben que Newton, a un cierto punto, se ocupó de gravitación universal, y consideró el descubrimiento de la distancia, es decir la atracción entre planetas, una violación de los principios de base del mecanicismo cartesiano como un absurdo tan grande que “pienso que ningún hombre puede caer en él", son palabras de Newton. Nada menos que eso, estuvo obligado a concluir, que esta absurdidad realmente existía. Newton, uno de los grandes fundadores de la ciencia contemporánea, entiende que, no pudiendo reducir la gravitación a mecanismo, tuvo que aceptar la absurdidad. Está buscando algo de lo cual no logra entender el origen ontológico, está diciendo que al progresar la ciencia hará falta abrirse al misterio y no refugiarse en una cómoda solución.
Concluyo con una anotación que no tiene nada que ver con lo que les he dicho hasta ahora, pero que en cierto sentido sí. Al principio les he dicho: aprovecho esta ocasión para un contagio recíproco. Hay un tema que me impacta desde siempre, una pregunta a la cual no sé contestar y que está ligada a un hecho fundamental. Les he hablado del lenguaje hecho de palabras y de frases: pero a nuestra especie le ha sido dado otro regalo, de trasladar el lenguaje sobre materia inerte, es decir de escribir. ¿Qué es la escritura, si no la aplicación de un flatus vocis? Algo concreto, que permanece. Junto con el lenguaje, también esta capacidad depende de circuitos neuro-cerebrales: se ha probado de modo inequívoco. Pero entonces, si tenemos esta ocasión de hacer cierto el lenguaje escribiendo, hay una pregunta que por su grandeza no sabré nunca afrontar, pero que les lanzo porque es un compartir: "¿Por qué Jesús no ha dejado nada por escrito?”. Es una pregunta imponente, una pregunta que tiene precursores en la historia del pensamiento, en personajes incomparables, aunque sabemos, por ejemplo, que Sócrates no ha dejado testimonios escritos, los hemos filtrado sólo por la experiencia de otros. Esto es un hecho, Jesús no ha dejado nada por escrito: ciertamente sabía escribir, sabía leer. En la colección de libros de cristología de Mayer, citados también en el prefacio al nuevo volumen de Ratzinger, está a punto de salir el quinto volumen donde hay un capítulo dedicado a la capacidad cierta de Cristo de dominar tres lenguas, de saber escribir y de saber leer. Si también esta ausencia sea un misterio o la señal que el lenguaje por sí solo no basta, si no existe la implicación que deriva del encuentro directo entre personas, es una pregunta que me pongo a mí primero y a todos ustedes, y agradeciéndoles por su presencia les saludo.

DAVIDE RONDONI:
Gracias a Andrea, al profesor Andrea Moro, también por la paciencia de hacer claras las cosas que a él le han costado años y años de estudio: en cinco minutos lo dice de modo que podemos entenderlas, y esto es un doble trabajo al cual un científico como él se somete. Le agradezco bien sea por ésta como por otras ocasiones. Ahora, la palabra a Stefano Arduini, como decía antes profesor, lingüista y experto de traducción. Por favor, Stefano.

STEFANO ARDUINI:
Yo me ocupo de traducciones pero me ocupo sobre todo de metáforas.

DAVIDE RONDONI:
Pero decir metaforólogo parece feo.

STEFANO ARDUINI:
"El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce" Pascal.
"Pero hay algo inefable. Esto manifiesta sí mismo, es lo Místico" Wittgenstein
Para nuestra conversación, quisiera partir de uno de los textos centrales de la cultura occidental que ha puesto a tema el problema del lenguaje y de la certeza. El texto es de los fragmentos de Parménides que conocemos como Peri physeos (Sobre la naturaleza), del cuan nos han llegado cerca de 150 versos del original, más o menos un tercio. El texto ha sido objeto de muchísimos análisis a menudo contradictorios, pero con relación a nuestros temas es interesante por muchos motivos. ¿De qué habla el texto? A pesar de las diferentes lecturas, podemos decir que en la primera parte se describe el viaje de Parménides que, sobre un carro remolcado por caballos, conducidos por las hijas del Sol, es llevado hacia la puerta del Día y de la Noche a la presencia de Díke, que le ofrece la posibilidad de distinguir dos vías: la de palabra basada en la alétheia y la de la palabra basada en las experiencias de los hombres. La primera es aquella que tradicionalmente es considerada relativa al mundo abstracto de las certezas absolutas. Es el mundo inmóvil del lenguaje de la lógica. Sin embargo, con el verso 50, inicia una segunda parte que para nosotros es particularmente interesante, porque con ella se abre el discurso sobre la experiencia sensible que, para ser descrita, necesita un lenguaje no abstracto, que sea capaz de ponerse en contacto con la complejidad del mundo. Esta complejidad no implica contradicción porque ella es el principio de explicación de lo sensible, así como la unidad lo es del mundo abstracto.
En los versos que van del 50 al 52, Parménides parece decirnos por tanto algo extraordinario. Les leo la traducción en algunas versiones italianas:
en toi soi pauo pistón lógon edé noema amphís aletheies doxas d' apo toude brotéias mánthane kósmon emon epéon apatelón akouon (Giovanni Casertano, Parménides. El método de la ciencia la experiencia, Guida, Nápoles 1978): Con eso interrumpo el discurso cierto y el pensamiento alrededor de la verdad; de ahora en adelante aprendes las experiencias de los hombres, escuchando el orden, que puede llevar a engaño por mis palabras.
(Pio Albertelli, en Hermann Diels, Los Presocráticos, bajo el cuidado de Gabriele Giannantoni, Bari, Laterza 1981):
Con eso interrumpo mi discurso digno de fe y mis pensamientos alrededor de la verdad; desde este punto las opiniones de los mortales aprende a comprender, escuchando la engañosa andadura de mis palabras.
(Los Presocráticos, introducción, traducción y notas de Angelo Pasquinelli, Turín, Einaudi
1958):
Y aquí acabo el discurso de la certeza y el pensamiento alrededor de la verdad; y desde este momento aprende las opiniones de los mortales, escuchando el orden engañoso que nace de mis palabras.
(Parménides de Elea, Poema sobre la naturaleza, introducción. texto, traducción y notas de Giovanni Rebollos, Milán Rizzoli 1999).
Aquí te concluyo el discurso seguro y no sólo del pensamiento de verdad, y ahora aprende las opiniones de los mortales, por mis palabras, escuchando la construcción engañosa.

La expresión sobre la cual quería llamar la atención y que tiene que ver aún con nuestros temas es aquella que en italiano es expresada como "orden engañoso" (el mismo en otras lenguas: "deceptive o deceitful order”, "ordre trompeur", "ordenamiento engañoso") pero que en griego es: kósmon… apatelόn. También Giorgio Colli, en las lecciones de comentario sobre el texto de Parménides, traduce "el orden engañoso de mis versos". Como se ve el acento es puesto sobre el engaño, sobre el hecho que pasamos del lenguaje de la certeza abstracta de la pura lógica para entrar en el lenguaje incierto de la experiencia. Aquí estamos en el ámbito de lo no-cierto y, si engañoso, probablemente de lo no-verdadero. Sin embargo estas traducciones dejan cierta duda, por lo menos porque hacen aparecer el texto casi absurdo, con un Parménides que pondría en guardia al lector sobre sus mismas palabras. Les propongo pues una alternativa que va a la raíz de nuestro tema.
En realidad, ya Simplicio (Phys 39, 10), el filósofo neoplatónico del siglo sexto, había amonestado a no interpretar el logos apatelós como logos pseudés (es decir falso), sino como un discurso que va más allá de la verdad inteligible para interesarse por el mundo de la experiencia. La sugerencia no fue acogida, sin embargo si esta interpretación fuera aceptable encontraríamos uno de los textos que funda la cultura filosófico-lingüístico occidental, muy diferente de aquello que la tradición nos ha transmitido, un texto que propone dos lenguajes que fundan una posible certeza: uno de naturaleza noética y otro de naturaleza experiencial, que tiene necesidad de un kósmos apatelós. Dos posibilidades dadas a los hombres para penetrar la multiplicidad y complejidad del real, que no se excluyen sino que se integran recíprocamente ocupando ámbitos diferentes. La experiencia no sería por tanto condenada a favor de un conocimiento puro sino que encontraría su kόsmos, su lenguaje.
¿Pero qué entienden los griegos con apáte? Para los griegos (por ejemplo en Tucídides), apáte es un acto del intelecto creativo que transforma algo, lo contrario de pseudés que tiene el valor ético de mentira. Esta experiencia de la invención intelectual la encontramos por ejemplo a menudo en Homero, con la acción apáte de un dios hacia el otro o hacia los mortales. La posibilidad de apáte es más bien la marca de superioridad del dios sobre el hombre. Cuán importante sea para los griegos el apáte lo demuestra el hecho que por ejemplo Hesíodo, en la Teogonía, hace de ella una divinidad, hija de la noche, perteneciente al mundo de lo irracional o en todo caso al mundo no conocible por el lenguaje lógico-formal. En la misma Teogonía, Hesíodo no obstante distingue bien apáte de lo falso, cuando las Musas ponen al primero cerca de lo verdadero, en el ámbito del lenguaje poético. En este sentido, apáte se acerca a la verdad, es portadora de certeza aunque no de una certeza lógica. De resto, las Musas, hijas de Urano y la Tierra o de Zeus y Mnemosine, según una tradición diferente, ocupan una posición intermedia entre el mundo lógico de los dioses del Olimpo y aquel de los dioses telúricos (3), el mundo del misterio que Apáte ha creado. Y apáte, en los himnos homéricos, también tiene valor de fantasía y alegría de vivir, como en las astucias de Afrodita y Hermes.
El concepto de apáte se liga a partir de los Pitagóricos con el de kairós, el momento oportuno. Kairós es una de las leyes del universo que tiene su origen en la filosofía pitagórica y en la doctrina de los contrarios que, junto con la armonía, crean el universo. Por tanto, kairós es el dominio de las contradicciones que caracterizan lo real. La contradicción también es el campo del mito, kairós y apáte permiten justificar y comprender el lenguaje del mito, como sostiene Esquilo cuando escribe que el dios no se queda lejos de una apátes dikaias (fr. 301) o sustenta en el fr. 302 que el dios reconoce kairós a la apáte. Esta apáte también se identifica con díke (la ley del mundo), porque el mundo es complejo y esta complejidad puede ser leída sólo a través de ella. Los hombres a través de la apáte experimentan un páthema y esto constituye un kósmos. Esta idea, que Esquilo ilustró bien en los Coefore, toca a todo el mundo griego. El autor de los Dissoi Lógoi retomará el discurso llevándolo explícitamente al ámbito del arte: “ahora me dirigiré a las artes y a las creaciones de los poetas. En efecto en la tragedia y en la pintura es perfecto quienquiera exapatei a través de creación de obras parecidas a la realidad."
También Gorgias atribuirá como motivo fundamental de la experiencia poético a apáte. Gorgias escribe: "La tragedia con sus mitos y sus pasiones determinó un apáteon en el cual quien lo logra, se conforma mejor a la realidad (dikaióteros) en comparación con quien no lo logra, y quien se deja llevar por esta ficción es más sabio de quien no se deja llevar."
Ahora bien, kósmos apatelós es el lenguaje que corresponde sobre el plano de la experiencia a la abstracción lógica. Es el lenguaje que acogiendo la complejidad de lo real trata de comprenderla, narrándola y con esto reviviéndola. No es un lenguaje que engaña sino un lenguaje que permite un conocimiento no abstracto de la complejidad, de la experiencia y de las pasiones.
Parece entonces posible pensar que Parménides intentase decir que una vez cerrado el discurso que concierne l mundo abstracto de las leyes de la lógica comienza el que tiene que ver con las experiencias de los hombres. Tal discurso no puede proceder con el mismo lenguaje de aquél utilizado por el eón, tiene que tener en cambio como fin el de leer la natural complejidad y multiplicidad de lo real. Una complejidad que no puede ser constreñida a la inmovilidad perfecta sino que debe encontrar en todo caso su certeza. Un conocer que pasa a través de aquel tipo de discurso que en el mundo griego se manifiesta en la tragedia y en el mito.
Podríamos pensar pues que el lenguaje de la narración, aquel del mito y de la tragedia, por ejemplo, constituya un camino de conocimiento absolutamente legítimo, que permite acercarnos al mundo de la realidad en el único modo posible.
Ahora bien, releyendo a Parménides podemos decir que existen dos vías de conocimiento de la realidad, la que concierne al to eón, entendido como perfección inmóvil e inmutable que utiliza el lenguaje de la lógica y la que concierne a la experiencia, que necesita de un kósmos apatelós, la certeza alcanzada por el lenguaje poético. Después de Parménides las dos vías perderán la continuidad que se había buscado y se volverán drásticamente alternativas. Gorgias elegirá la vía del lógos apatelós eliminando el noema (4) parmenídeo porque la verdad no existe y si bien existiese no podría ser comunicada, porque entre ella y las palabras no hay correspondencia.
Platón elige en cambio la otra vía tratando de eliminar el valor por completo al kósmos apatelós identificándolo progresivamente con el lógos pseudés.
Esta fractura tendrá una enorme influencia en la historia de la cultura occidental porque ha dirigido no sólo la interpretación de Parménides sino la relación misma entre lenguaje y experiencia por muchos siglos.
La segunda vía de Parménides es el lenguaje de la poesía y del arte. Pero también es aquel lenguaje donde metáfora y símbolo dominan. Es por ejemplo el lenguaje paradójico de los místicos. Un lenguaje que encuentra el repertorio de su discurso no en el lenguaje abstracto de la especulación sino en el lenguaje concreto de la experiencia.
Paradoja del lenguaje: el lenguaje referencial parece ser aquel exacto pero en realidad no toca el corazón de las cosas. El lenguaje místico vive la gran contradicción debido a que su objeto en sí es indecible. La palabra referencial, que parece tan cierta, no significa como debería, el único modo para superar estos límites es un contacto directo con la experiencia, que en ciertos casos también es experiencia corpórea.
La idea de la experiencia y del lenguaje paradójico y figurado van siempre juntos en los místicos, como también en los románticos alemanes como Novalis. Santa Teresa a menudo dirá: "esto lo sé por experiencia" o “puede entenderme quien ha tenido de ello alguna experiencia". La experiencia será la vía para la lucha de los místicos con el lenguaje, lo que Jorge Guillén llamaba "la insuficiencia del lenguaje" porque de la experiencia nace la necesidad de un lenguaje que tenga una condición simbólica nueva. Los místicos en efecto rompen los planos usuales de la percepción planteando una visión de la realidad desde el interior del sujeto hasta el infinito donde Dios se coloca. Así en la mística, como en la poesía romántica, para expresar la dificultad de nombrar lo inefable, lo indecible, se recurre a las metáforas. En el plano lingüístico se tienen estructuras que se basan en la unión de contrarios, de paradojas. Por ejemplo "vivo sin vivir en mi" o "rayo de tinieblas" del Pseudo Dionisio o el "sueño vigilante" de San Gregorio de Niza. La unión de los contrarios es el resultado de un lenguaje que sigue la vía del apatelós, un lenguaje diferente que permite contemplar una nueva realidad, una realidad en la que las palabras rompen su orden lógico. Una ruptura absolutamente original que inaugura toda una estética.

Los hombres, escribirá Wittgenstein, tienen el impulso de arrojarse contra los límites del lenguaje. En este arrojarse contra los límites del lenguaje está la tentativa de encontrar una certeza que no sea puramente lógica y gramatical. Así el místico como el poeta, tratan de obrar un tipo de traducción en el lenguaje que conoce de algo que le aparece siempre en todo caso intraducible. Si de un lado considera cualquier traducción imposible, del otro se sirve de todo lo que puede ayudarlo a traducir. Interpretar lo divino sólo es posible bajo la condición de traducirlo en palabras. Pero el lenguaje corriente es débil y entonces hace falta sacar todo lo que pueda regenerar aquellas palabras, pueda darles un nuevo cuño. Como dice Michel de Certau las metáforas son maneras de hablar que “relatan la lucha con la lengua" (Michel de Certeau, Fábula mística, Bolonia, Il Mulino 1987: 172).
Una lucha que tiende a romper las reglas ordinarias forzando al exceso las estructuras lógicas del discurso para encontrar en la extrema incertidumbre del lenguaje cotidiano la certeza de la segunda vía de Parménides.

DAVIDE RONDONI:
Muchas gracias a Stefano, al profesor Arduini, por esta laboriosa intervención, sobre todo para él, intervención, porque desafiar estos nudos fundamentales a través de la traducción de dos palabritas, es un desafío de mentes finas y atrevidas, naturalmente. Pueden imaginar para un estudioso serio, internacionalmente acreditado como Stefano, ir a desafiar a la comunidad de los estudiosos sobre la traducción de Parménides: es como un jugador del Equipo Miramare (5) que dice: ahora juego contra el Brasil y veamos cómo nos va. No porque Stefano sea del Miramare, sino porque el desafío naturalmente parece muy desigual. Por tanto, admiro su rigurosa precisión y también el ánimo de su horizonte. Ahora la palabra, para la última intervención, antes de mi breve conclusión, para el profesor Pietro Barcellona.

PIETRO BARCELLONA:
Es difícil hablar después de dos ponencias tan densas y tan bellas. He experimentado mucha envidia al escuchar, porque ambos han sido capaces de decir cosas complejas con un lenguaje puesto a prueba en la capacidad de comunicar. Yo seguiré un camino un poco diferente, también porque supongo que están cansados. No tengo certeza sobre su estado de ánimo. Quiero partir de una especie de pequeño experimento in vitro. Si tuviera que recoger todas las informaciones posibles sobre su presencia, sobre nuestra presencia, sobre esta estructura, y las pusiera en orden lingüístico con frases que describen todo lo que se puede describir de esta situación, probablemente lograría tener el sentido de este acontecimiento. Hay tantas personas. ¡Imaginen, con los progresos que se están haciendo, cuánta información incluso individualizada podría ser recolectada y representada! Podrá haber una fotografía que contextualmente nos diga el nombre de cada uno, las condiciones psicológicas, los deseos. Podríamos tener una información descriptivamente totalizadora de la situación en que nos encontramos. Pero la pregunta que yo les hago a ustedes y a mí mismo, porque luego es la que me arroja al tipo de reflexión que quiero conducir, es: ¿pero con esta descripción también tan analítica y concienzuda de la escena que tenemos todos delante, en la que continuamente estamos inmersos, he entendido yo el sentido del acontecimiento que se está produciendo aquí? El sentido, no el significado. El significado está vehiculado por todas las expresiones que pueden describir: estamos sentados, tenemos las sillas, acá hay luces. ¿Pero el sentido? ¿Qué cosa me mueve al venir aquí a encontrar ya por la cuarta vez a los amigos y al pueblo del Meeting? ¿Qué cosa les mueve a ustedes, que con tanta pasión y con tanta paciencia y humildad escuchan las palabras que nosotros decimos, a menudo con cierta presunción? Considerando la actitud de quienes están en esta mesa, asumo una actitud que nos garantiza la certeza de no decir tonterías.
Nuestra época ha sido definida por un ilustre sociólogo como la del riesgo y de la incertidumbre ya que cada individuo, mujer u hombre, chica o chico, está particularmente expuesto a la irrupción de lo imprevisto que proviene de un mundo externo caracterizado por permanentes innovaciones. Esta peculiar difusión del riesgo, que tiende a hacer pesada la elección de la acción adecuada a las circunstancias, es típica de una sociedad que ya no logra estabilizarse según los modos de comportamiento definidos por la Tradición. La sociedad del riesgo es una sociedad opuesta a la sociedad tradicional ya que su proprium consiste en el "tratamiento" de la imprevisibilidad que puede provocar desorientación y anomia por la ausencia de modelos de referencia. Se entiende que en una sociedad de este tipo, como aquella en la que estamos inmersos, la certeza parece una meta anhelada por todos como el arribo a tierra firme por un náufrago que ha sido obligado por un largo período a vivir sobre una balsa. Esta situación de incertidumbre ahora ya es perceptible por cada uno de nosotros, basta que preste un mínimo de atención a la volatilidad de los títulos en la bolsa, como nos los presentan día tras día con medrosas oscilaciones entre valores positivos y valores negativos que están simbólicamente representando enormes desplazamientos de riqueza de un territorio al otro, de una categoría social a la otra, de un estado al otro. Ya la visión de estas enormes oscilaciones crea sentimientos difusos de pánico con respecto al futuro y parece exigir una respuesta de estabilidad que restituya un mínimo de certeza sobre las perspectivas de vida ligadas al curso de la economía que, como se sabe, se ha convertido en un nudo central de nuestra existencia. Miedo al riesgo e incertidumbre amenazan por convertirse así en el punto de inicio de una dinámica social que requiere respuestas tranquilizadoras y que, justo por esto, está disponible a quienquiera prometa salir de la precariedad de una emergencia continua.
Sin embargo, si se mira con ojo un poco más distante de la coyuntura presente se puede quizás proponer una lectura diferente de esta condición difusa en la época contemporánea y hacer la hipótesis, por ejemplo, que la incapacidad de soportar la incertidumbre y la demanda constante de garantías esconde una turbación más profunda de los seres humanos en su relación con el mundo externo. Un índice significativo de esta búsqueda casi obsesiva de la certeza es indudablemente la difundida falta de confianza en los otros, en el prójimo y en las elites políticas, que está envenenando incluso las relaciones interpersonales.
La espasmódica búsqueda de la conexión informática es señal del miedo a no existir si no se está en una constante comunicación con los otros, y sin embargo de esta conexión no se obtiene ninguna seguridad sobre la propia existencia, al contrario, se trata de aumentar continuamente el contacto episódico. En definitiva, parece que hoy, para adquirir el sentido de la propia existencia, hace falta vivir en un contexto de conexiones que te aseguren constantemente del estar tuyo en el mundo.
A mi parecer, la búsqueda espasmódica de confirmaciones externas sobre las cuales fundar la propia existencia es un síntoma de la eliminación en la experiencia cotidiana y en la formación de la personalidad de cada uno de la inevitable presencia de lo Ignoto y lo Misterioso. Lo Ignoto y el Misterio han sido elementos constitutivos de la formación espiritual y de las prácticas de las sociedades que han precedido la actual contemporaneidad. Lo Ignoto y el Misterio han sido más bien los factores decisivos del crecimiento de las personas, ya que, a través de ellos, ha sido posible para cada uno de nosotros experimentar la existencia de límites a nuestra voluntad de potencia y de una Trascendencia que se sustrae a nuestro control y a nuestra manipulación. En todas las sociedades en las cuales la percepción de lo desconocido y lo misterioso ha estado presente, la formación de la personalidad ha estado en gran parte determinada por la capacidad de aceptar la limitación de las propias acciones y la insuficiencia de la misma inteligencia a proveer explicaciones absolutas de los fenómenos del mundo externo.
La experiencia de la oscuridad de lo que tenemos en frente ha sido el estímulo tradicional para asumir la responsabilidad consciente de las dificultades con las cuales estamos obligados a hacer cuentas. Lo Ignoto y el Misterio han sido siempre la vía a través de la cual los seres humanos se han encontrado frente a lo Sagrado como “lo inalienable a toda voluntad humana". Hoy, de manera recíproca, vivimos en el tiempo de lo traducible y lo utilizable, así que lo intraducible y lo inutilizable se han convertido en elementos negativos. Todo lo que es invisible, en cuanto espíritu, fe y divinidad, es considerado expresión de una concepción retrasada y tradicionalista. Frente a los límites que nuestros conocimientos encuentran se ha formado la ilusión omnipotente de poderlos anular, y todo lo que parecía no alcanzable por la inteligencia es entregado hoy al progreso científico que antes o después dará una explicación exhaustiva. En la contemporaneidad ha sido disuelta totalmente la experiencia de la impotencia frente al universo y se ha perdido el sentido del límite que imponía el fiarse de los otros y del Otro allá donde se advertía la falta de las propias fuerzas. La certeza se ha convertido en un rendimiento del sistema de cálculo y no es más el contenido de una relación en el que la relación con el misterio de lo otro devuelve a cada uno el sentido de la propia medida. Lo desconocido y el misterio han perdido el papel de construcción de nuestra identidad mortal por lo cual hemos perdido aquella sensación de ser mirados por lo desconocido con el que los escritores, los inventores y los artistas ven el mundo. Los escritores y los inventores llevan sobre sí el peso doloroso de la mirada de lo desconocido y el misterio, y por esto logran sujetar con la propia identidad la idea que en la propia obra no todo sea reducible a conocimiento y a voluntad. El Ignoto y el Misterio son en efecto la alteridad que nos impone límites y nos obliga a soportar la Mirada del otro con la esperanza de poderlo encontrar más allá de los límites de los conocimientos humanos, instituido en los saberes especializados.
El modo en el cual el Misterio y lo Ignoto se presentan a la experiencia humana es el del lenguaje simbólico dado que sólo la palabra simbólica permite poner en relación lo que está presente a nuestros ojos con lo que está ausente y desconocido pero del cual advertimos la irreprimible exigencia. Se puede decir bajo este punto de vista que la Palabra Simbólica tiene origen en la sensación del carácter enigmático de aquello que tenemos en frente y de un remitir a otra parte de la cual no podemos controlar enteramente los elementos. Cuando se pronuncia una palabra simbólica como Mamá, Cruz, Patria, se hace presente en el discurso lo que las palabras no pueden describir si no a través de una remisión a Otro y a Otra Parte que puede ser representado sólo mentalmente. Una madre ausente está conectada a la propia vida a través de la palabra que la evoca sin que esto represente una inmediatez material de la persona evocada con la palabra. El significado simbólico de la palabra está atado indisolublemente a la limitación de la presencia con respecto al deseo de la persona que la pronuncia.
Como ha escrito Wittgenstein, nosotros nos encontramos continuamente haciendo cuentas con los límites del lenguaje no sólo porque de muchas realidades espirituales no logramos encontrar una coherente expresión lingüística sino también porque la palabra que nosotros empleamos no coincide nunca con la cosa que queremos representar. Entre la palabra y la cosa siempre existe un descarte que remite a la experiencia concreta de un mundo donde existen solamente relaciones prácticas y acciones. Este descarte es llenado parcialmente por la capacidad de la palabra de vehicular un significado simbólico y el símbolo, como se sabe, siempre es un puente entre lo que puedo experimentar y aquello de lo que no hago experiencia, entre lo conocido y lo desconocido. Un nene puede tranquilizarse repitiendo la palabra "mamá" aun cuando la mamá no está presente y se encuentra en otro lugar. El Valor Simbólico de la palabra, que es una típica y original connotación del lenguaje humano, permite distinguir la palabra del signo que, en cambio, instituye la contextualidad entre imagen y cosa: si enseño a un perro un plato sopero, éste se asocia enseguida con la comida. El signo es una unión absolutamente cierta entre una cosa y un gesto, el símbolo es en cambio un acto de fe en la unión entre una palabra y un afecto. La palabra "mamá" tiene un sentido simbólico porque hace presente al niño el afecto de la madre.
Por eso los hombres han producido una inmensa cantidad de palabras simbólicas que han domesticado la incierta oscuridad del mundo circundante haciéndolo traducible en el lenguaje de la afectividad. Puedo no tener noción teorética alguna del problema de Dios, pero puedo amarlo porque toda la presencia del misterio en el mundo de las cosas es una Metáfora de su existencia. Por esta razón entre el misterio, la creación simbólica y el lenguaje humano hay un nexo estructural profundo sin el cual la vida humana se convierte en un comercio de señales que domestican los comportamientos pero que ya no producen más pensamientos y representaciones mentales.
Estas consideraciones permiten por supuesto expresar un juicio crítico sobre el ansia de certezas absolutas y explicaciones exhaustivas que hoy caracteriza la relación con el mundo externo, y que impide tener una relación con la dimensión enigmática y misteriosa de la condición humana. Paradójicamente la búsqueda de la certeza a través de los conocimientos instituidos arriesga con negar la persistencia del Misterio de la condición humana y de descartar todo acceso a la vía de la fe en una Alteridad no perfectamente controlable por nuestra inteligencia.
En la época del ansia de certezas tranquilizadoras, a mi parecer, hace falta recobrar la percepción del Misterio y de lo Ignoto, y las palabras que nos permiten convivir con la sensación de extravío que prueba quienquiera haya perdido todo punto de Referencia Transcendente. "Gran Misterio es la Vida y no lo comprende que la hora extrema…” (A. Manzoni) (7)

DAVIDE RONDONI:
Agradezco mucho al profesor, amigo y maestro Pietro Barcellona por lo que nos ha dicho. Permítanme concluir muy brevementísimamente, palabra que inauguramos ahora, o brevérrimamente, citando a dos poetas, visto que la poesía es el momento en el que todos los poetas de los que hemos hablado se condensan en aquel nivel por el cual arruinan la vida de un hombre, pero permiten comunicar a los otros. Hay un poeta australiano que ha sido también nuestro amigo, se llama Les Murray, un gordinflón australiano muy simpático, que dice en una poesía suya en la que habla de Newton, el de la manzana: "Newton ha observado bien, ha visto la manzana caer y ha descubierto leyes que sabíamos absurdas", etcétera. Les Murray dice: pero si se hubiera preguntado como había hecho aquel diablo de manzana para llegar allá arriba, habría descubierto una física más vasta. Una física más vasta es exactamente lo que el profesor decía ahora, una física que tenga en cuenta lo cierto y el misterio, de lo cierto, en el sentido de lo reconocible y el misterio, nos haga ciertos de una física más vasta. Esto es lo que nos interesa a nosotros, no vivir sobre las nubes sino estar seguros de una física. La física es el dinamismo de las cosas, es el movimiento de la realidad: estar ciertos de una física más vasta, por la cual la manzana cae, sabemos por qué cae pero queremos también preguntarnos cómo ha hecho para llegar sobre la rama.
El segundo poeta que quería citar -permítanme una nota que puede parecer azarosa y personal, escúchenla con la debida paciencia - es un poeta que ha sido amigo, Piero Bigongiari, que ha hecho un libro que se llamó Con el dedo en tierra. Este dedo en tierra es exactamente el dedo de Jesús que escribe o hace algo sobre la arena frente a la adúltera que le llevaron. Piero Bigongiari dice en aquel libro versos magníficos. Nosotros no sabemos qué ha escrito Jesús en aquella palabra, pero probablemente estaba escribiendo aquello que es la palabra indecible, aquello que es la palabra más misteriosa, que en efecto coincide con el contenido de Dios, lo estaba diciendo frente a los que le llevaron a juicio aquella persona, aquella mujer, estaba escribiendo la misericordia, palabra indecible en cuanto contenido de Dios. Entonces quizás se trata de esto, visto que hemos hablado de lenguaje, y del lenguaje verdaderamente humano, significa que la tarea de la vida es parecerse a aquel gesto, porque sólo empezando a parecerse a aquel gesto empezamos a hablar una lengua realmente humana. Gracias.

1 Ver en el sitio: http://www.adelphi.it/libro/9788845924934
2 Ver el sitio: http://www.kfs.org/~jonathan/witt/t652en.html (Traducido del inglés por el traductor)
3 En mitología y religión, y en particular en la griega, el término ctónico (del griego antiguo χθόνιος khthónios, ‘perteneciente a la tierra’, ‘de tierra’) designa o hace referencia a los dioses o espíritus del inframundo, por oposición a las deidades celestes. A veces también se los denomina telúricos (del latín tellus). Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Ct%C3%B3nico
4 noema. (Del griego νόημα). 1. m. Filosofía. Pensamiento como contenido objetivo del pensar, a diferencia del acto intencional o noesis. Es término frecuente en la fenomenología. Fuente: http://lema.rae.es/drae/?val=noema n.m. [pl. -i] ( filos.) en la filosofía aristotélica, cosa pensada, concepto; en la fenomenología di Husserl (1859-1938), el objeto intencional de un acto concreto de percepción, de recuerdo, de deseo.
5 El Miramare es un equipo del homónimo barrio de Rímini
6 Proprium. (Latín) Sustantivo. También llamado Propiedad. Atributo que no es esencial a una especie pero que es común y peculiar a ella. Fuente: http://diccionario.reverso.net
7 Obra de teatro: Adelchi, Acto V, Escena VIII. Fuente: http://www.letteraturaitaliana.net/pdf/Volume_8/t341.pdf

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