Los chicos en el paso de la infancia a la adolescencia
autor: Luisa Leoni Bassani
fecha: 2003-10-18
fuente: I nostri primi interlocutori: i ragazzi nel passaggio dall'infanzia all'adolescenza
traducción: Carolina Velez

El paso de la escuela primaria a la escuela secundaria sucede en una edad en la cual se pone en marcha un proceso de cambio fundamental, el paso de la infancia a la adolescencia.
Estamos frente a un acontecimiento complejo, pero fisiológico, que no concierne solo a la psicología; no podemos tratar al adolescente como un niño con problemas psicológicos, el adolescente es una novedad desde el punto de vista físico y psicológico, pero sobre todo, en tal acontecimiento, continúa su historia en persona; el cambio toca la existencia de manera fuerte y absolutamente original para cada uno.
Seguido a bombardeo hormonal, el chico presencia los cambios de la propia estructura física; el cuerpo crece de manera heterogénea y se vuelve un objeto desconocido, extraño, un poco embarazoso, con el que no sabe qué hacer. Por lo tanto es un cuerpo muy observado y milimétricamente estudiado, pero raramente amado, también porque está en continua competencia con un cuerpo ideal inalcanzable, engendrado y nutrido por los iconos de los cuerpos de la publicidad y el espectáculo. Al mismo tiempo, él también percibe el movimiento de energías nuevas, energías pulsionales nuevas, diferentes; entra prepotentemente la genitalidad y emergen problemas afectivos adormecidos durante el período de lactancia. Cuando ha vivido relaciones primarias en familias relativamente tranquilas, el niño de 8-10 años parece casi un adulto, responsable, capaz, que te responde, está como acomodado sobre un piso estable en el choque afectivo, sabe quién es y de quién es; naturalmente éste es un retrato teórico, porque aún en las situaciones más tranquilas estos pasajes son de todos modos arduos y no ocurren sin arranques y tensiones interiores y externas. En este horizonte tranquilo irrumpe el terremoto de la sexualidad; el adolescente se da cuenta de su cuerpo de una nueva manera, lo nota como sujeto y objeto de emociones y sensaciones, objeto de deseo y rechazo, fuente de turbación, de miedo, pero también de placer; el contacto con el otro diferente a él determina la aparición de impulsos que jamás habría creído tener. La primera reacción frente a este terremoto, es la negación, negación de todos estos impulsos que ante todo asustan por la intensidad con que empujan y que cuesta dominar, y luego porque se abren a nuevos objetos, a experiencias que se intuyen como importantes y potencialmente fuente de dolor.
Cada novedad y cada cambio determinan miedo y deseo, dos sentimientos contrastantes: por un lado está la gran atracción hacia la posibilidad de experimentar un nuevo mundo de sentimientos y afectos, por el otro, pero unidos, el miedo a lo desconocido.
Con la entrada a la adolescencia los chicos también notan, por primera vez con conciencia, el problema de su identidad personal.

Hasta que se es pequeño, "mis" asuntos son siempre “nuestros” asuntos, es decir que lo que dicen mamá y papá es fundamental: el niño le pregunta a la mamá; “¿Cómo lo viviste, qué piensas, qué harías?”, porque cómo vive él un cierto hecho se determina fuertemente por cómo lo viven los padres. Los niños notan esta unión como fundamental y necesaria.
Cuando un muchachito se vuelve adolescente empieza a preguntarse “¿quién soy?” de manera consciente y la primera forma de contestar a la pregunta “¿yo quién soy?” es tratar de contestar a la pregunta “¿de quién soy yo?”; durante la adolescencia inicia de manera fatigosa la reelaboración del propio origen. La conciencia propia del niño, de la que necesitar y estar ligados es una posibilidad de libertad y no “una prisión”, en cierto punto se confunde; empieza a preguntarse si estas personas, que han sido “el bien”, coinciden con él, si él coincide con ellos o es algo distinto de ellos; aumenta la posibilidad de hacer y elegir y nace una constatación: “yo puedo hacer cosas, las personas a las que estoy ligado podrían impedírmelas” y por consiguiente la pregunta: “¿pero eso a lo que estoy ligado es en verdad el bien total para mí?” Inicia un poco de confusión porque crece la conciencia de ponerse a sí mismo, y ponerse significa separarse y - no necesariamente, pero casi siempre - contraponerse. La vivencia que se deriva es una especie de audacia exaltada y un conjunto entre soledad y miedo; el misterio de la vida lo agarra desde adentro, empieza a percibir la posibilidad de un espacio propio para él, un llamado para él hacia las cosas, esto le fascina, pero al mismo tiempo lo asusta. A menudo las reacciones son extrañas: el chico parece volverse más pequeño, se quiere hacer mimar, llora si bien nunca antes había llorado, tiene reacciones emotivas fuertes. Otras veces en cambio se establece en él una especie de inercia, dejadez, cansancio e indiferencia aparente, una especie de retiro en el mundo de los sueños del que a duras penas lo arranca la llamada de un amigo. Muchos se zambullen en el pasado y otros tantos tratan de saltarse el presente dándoselas de lo que deberían ser, siempre según ellos, en el futuro: a menudo pueden parecer superficiales, joviales, no comprometidos, como si frente a un paso tan serio trataran de no pensar, de burlarse.
A pesar de esta actitud, es precisamente a esta edad en la que generalmente comienzan la toma de conciencia crítica de sí mismos y un deseo más personal de conocer la realidad. Se trata de un momento de atención, de comparación entre las propias exigencias fundamentales de verdad, belleza, justicia y lo anteriormente recibido de la educación familiar o aprendido durante los estudios elementales; inicia la selección de la propia tradición, se pueden convertir en protagonistas de las elecciones de vida y de los modelos de referencia y tomar conciencia de la propia responsabilidad en el campo cognoscitivo. Es fundamental poder poner en crisis la hipótesis recibida, para verificar su resistencia, no necesariamente para rechazarla, sino también para apropiarse de ella.
La dilatación de las problemáticas y la falta de las garantías de una referencia indiscutida hacen delicado el paso de la infancia a la edad adulta, también en el ámbito del conocimiento. En el mundo de hoy algunos factores hacen más problemático el paso de la infancia a la edad adulta, con repercusiones notables también sobre la vida escolar; nuestra sociedad favorece una evasión sin regreso en una realidad alternativa y virtual, proponiendo aspectos particulares como significado totalizador del vivir (fútbol, música, moda…); los valores propuestos son valores no porque se basen en una verdad reconocida por la razón y porque van al fondo del significado de la realidad, sino porque son compartidos por la mayoría, fenómeno que se ha agudizado por el fuerte poder homologante de los medios de comunicación. Sin embargo tal pobreza cultural está favorecida por situaciones familiares a menudo disgregadas, que no ofrecen un preciso y constante sostén al formarse de la responsabilidad y de la solidez afectiva en los chicos y que a menudo no poseen una visión cultural consciente, y mucho menos, deciden transmitirla. La disposición escolar actual - caracterizada por un vasto y fragmentario saber impartido por una pluralidad de figuras adultas, y por una idea de conocimiento más parecido a una transmisión de información que a una experiencia - no ayuda a afrontar tal situación problemática. Existe el riesgo de que los chicos no aprendan a ocupar su razón y su libertad de manera constructiva y por lo tanto queden desorientados, afectivamente frágiles e incapaces de tener una real capacidad crítica.
Es entonces cada vez más necesaria en la escuela la presencia de adultos acreditados que sepan entrar en relación con todos y con cada uno, proponiendo una concepción unitaria del saber que sea verificada en un trabajo didáctico sistemático que estimule la pregunta sobre la realidad y ayude a acoger los nexos entre los diversos objetos de conocimiento.
El chico descubre en sí mismo nuevas capacidades de razonamiento y juicio, deseos y problemáticas diferentes con respecto a las que tenía cuando era niño y busca nuevos puntos de referencia fuera del ámbito familiar, nuevos maestros, modelos que imitar que satisfagan sus expectativas sobre la vida y que lo ayuden a comprender y a aceptar la realidad. La mayor parte de los problemas que los profesores en los primeros años del bachillerado deben afrontar son aquellos ligados a estos problemas del crecimiento y a las actitudes-comportamientos que se derivan de esto.
Observando las dificultades más recurrentes en la experiencia de la escuela, podemos notar que muchos chicos:
- Parecen incapaces de relacionarse de manera constructiva consigo mismos y con la realidad, a partir de una concepción positiva de la existencia.
- Tienen una escasa preparación cultural de base, registrable como una limitada habilidad de lenguaje y de pensamiento.
- Están poco dispuestos a un trabajo sistemático y ordenado y no educados al esfuerzo que se necesita para alcanzar cualquier meta, incluida aquella escolar.
- Basan la propia vida en imágenes preconcebidas, sacadas de estereotipos propuestos por los medios de comunicación.
- Presentan comportamientos como: autocontrol escaso - capacidad de atención y concentración escasas - dificultad al escuchar - variabilidad del humor con encierros y susceptibilidades muy fuertes.
Es necesario queno confundamos la desorientación fisiológica existencial y los comportamientos típicos de la edad, por molestos que sean, con un problema psicológico, y que no se delegue a un técnico (psicólogo, ginecólogo, psiquiatra) un problema eminentemente educativo. Cuando el comportamiento es patológico y por lo tanto el problema debe ser enviado a la sede oportuna los síntomas son evidentes, persistentes y fuertemente influyentes en sentido negativo en la vida del chico. En este sentido los trastornos más frecuentes de hoy tienen que ver con la alteración de la relación con la comida, (anorexia-bulimia), formas ocultas o francas de depresión y trastornos de comportamiento social, con formas de agresividad hasta la violencia física personal o de grupo. Un problema sobre el que a menudo es necesaria una ayuda es la dificultad de aprendizaje. También aquí es bueno distinguir bien entre una disminución fisiológica del rendimiento de los chicos a esta edad, porque las energías están implicadas en otra parte, de retrasos relacionados con dificultades específicas de aprendizaje; la experiencia, el diálogo entre colegas y la eventual confrontación con un experto ayudan a dirimir el problema. No es inútil recordar que no todos tenemos las mismas dotes intelectuales y la misma capacidad de aprendizaje y que no siempre la dificultad para aprender coincide con una perturbación social, psicológica o neuropsicológica. La falta de homogeneidad es la característica primaria de esta edad; los talentos se revelan con el tiempo y éste es uno de los momentos en que las características personales se empiezan a evidenciar, pero no se deben emitir juicios sin una posibilidad de recuperación, porque el tiempo de la maduración y la estructuración más estable, propia del joven-adulto, aún está lejos.
Se necesita mucha paciencia y firmeza, no entrar en vibración, no burlarse sino tomar en serio a los chicos porque la dificultad es real; deben ser consolados sin la pretensión de ser la resolución de sus conflictos, porque la resolución sucede en el tiempo. A menudo un amigo adulto ayuda más que la familia, por lo tanto se necesitan puertas abiertas, disponibilidad de escuchar pero sobre todo claridad, poca ambigüedad; la amistad junto con la comprensión requieren, sobre todo a esta edad, claridad de juicio y ningún chantaje sentimental, a menudo más bien es de guía y de corrección.

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