Los hijos, don y responsabilidad
autor: Massimo Camisasca
fecha: 2014-11-24
fuente: I figli: dono e responsabilità
traducción: María Eugenia Flores Luna

Queridos Amigos, queridos Hermanos y Hermanas, ilustres Autoridades

Papa Francisco, con il Sinodo extraordinario de Obispos que se ha concluido hace poco, ha puesto a la atención de la Iglesia y del mundo la realidad de la familia. Él está convencido, como todos nosotros, que la familia sea el corazón de la Iglesia y de la sociedad. En la familia, en efecto, se aprende y se viven las dimensiones fundamentales de la vida. Se aprende que el amor nos precede, entra a transformar nuestra existencia creando uniones que se vuelven fundamentales. En la familia se aprende la apertura hacia los otros, a la nueva vida de los hijos, se aprende la importancia de la educación, el respeto a las otras personas, sobre todo a través del descubrimiento de que los hijos no nos pertenecen y que, en fin, nosotros no pertenecemos a nosotros mismos. En ocasión de la fiesta de san Próspero, nuestro patrón, quiero pues hablar, este año, de la familia, afrontando de ella un aspecto particular: los hijos, como don y responsabilidad. El discurso del Obispo en ocasión de la fiesta de san Próspero quiere hablar a toda la Ciudad, no para imponer una visión ideológica de la vida, sino para proponer algunas observaciones y experiencias que pueden ayudar a leer lo que de profundamente humano hay en nuestra existencia y también lo que debe ser recuperado y descubierto. Hablar de la familia y sostener la realidad familiar no quiere decir, de mi parte, defender un pasado, simplemente una tradición, algo arcaico que se quiere salvar a toda costa. Sustentar la familia quiere decir, en cambio, descubrir un bien que puede constituir un gran punto de construcción para nuestro futuro. Todos estamos llamados, por tanto, a descubrir la realidad de la familia, a descubrir lo que en ella hay de fundamental para la vida de los hombres y lo que puede constituir un bagaje de esperanza para nuestra vida presente.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, ha destacado de modo original el valor personal del amor en la familia [1]. Junto a su objetivo generativo, ha destacado el bien de la relación entre las personas, marido y mujer, padres e hijos como una característica propia de la vida familiar.

En mí discurso a la Ciudad, deseo hablar de la familia como lugar natural de la vida, como lugar capaz de poner en el mundo un nuevo ser humano y asegurarle una estabilidad de acogida a la misma, que sólo la familia puede dar. Soy consciente de todas las fragilidades que están presentes en la realidad familiar. Ella tiene sin embargo dentro de sí misma, justo por el pacto de estabilidad que la constituye, la gran promesa de asegurar al hijo un lugar que lo ayude a crecer adecuadamente. Hablo de todo esto con la conciencia de que Italia es uno de los Países más afectados por el fenómeno del déficit de la natalidad. En menos de diez años, de los años Setenta a los años Ochenta, hemos bajado de novecientos mil nacimientos a trescientos mil, para luego afirmarnos alrededor de quinientas mil unidades. El cambio progresivo de los modelos de fecundidad de la población italiana ha portado el nivel de cambio generacional bajo el umbral de los dos hijos por mujer de más de treinta años y eso, junto al progresivo envejecimiento de la población, ha conducido a las consecuencias dramáticas que hoy afrontamos. Si serán confirmados los parámetros de estos años tendremos una población de más de sesenta y cinco años, los abuelos, que si ahora supera de medio millón a aquella de los nietos, en el 2030 podría superarla de 6 millones. Están luego las razones económicas y sociales de este déficit de la natalidad, que son, además, el costo de los hijos, la difícil conciliación sobre todo entre trabajo y empeños familiares, el costo de las viviendas y el desempleo juvenil.

La familia, lugar de la generación

Querría reflexionar con ustedes, entonces, sobre qué significa engendrar a hijos, un bien precioso que se ha vuelto cada vez más raro en nuestro País. Mientras en el mundo animal existe la reproducción, es decir la producción de nuevos seres para la salvaguardia de la especie, en el mundo de los hombres se habla más bien de generación o de procreación. La palabra engendrar contiene la referencia a un origen, génos. La misma palabra nos conecta con el género masculino y femenino y con la genealogía, es decir con un hilo que une a engendrados y procreantes. El engendrar por lo tanto tiene que ver con la diferencia originaria, con el hombre creado como macho y como hembra. Al mismo tiempo en lo humano el engendrar no es sólo una acción hacia adelante — pro-crear — sino también nos hace mirar hacia atrás, al hecho de que los progenitores, los padres, son ellos mismos engendrados, ellos mismos hijos. Nosotros hoy, hijos de nuestro tiempo, vivimos en un presente dilatado, a menudo nos concebimos como si fuéramos nosotros el principio absoluto de la historia y olvidamos la inseparabilidad del engendrar y del ser engendrado. Cada hijo tiene un nombre propio, pero también tiene un apellido, vale decir hace parte de una historia familiar, tiene una genealogía, lleva consigo mismo los genes de muchas generaciones, sea de parte de la madre que de parte del padre, y tiene una relación directa con los abuelos que los cuidan a menudo, sobre todo en nuestro País en el que los abuelos representan un gran recurso para la familia.

La experiencia positiva y bonita de las familias con niños adoptados o en cuidado familiar, nos ayuda a no absolutizar todo eso pero las particulares fatigas y dificultad que tiene que atravesar la familia adoptiva, en vez de contradecir cuanto hasta ahora afirmado, destacan la importancia.

Cuando hemos dicho que sólo la familia engendra, hemos querido decir que en ella el hombre y la mujer se unen poniendo en común patrimonios genéticos y simbólicos que vienen de lejos y que dan origen a un nuevo ser humano. Al hacer eso entienden que la vida que han donado es ella misma un don que han recibido. La novedad que introduce en el mundo al nuevo nacido es una novedad absoluta, no una transformación de lo que ya existe. Engendrar a personas, pues, es una novedad universal que existe en todos los tiempos y en todos los lugares de la tierra. Como Hannah Arendt ha escrito, «en cada nacimiento un nuevo inicio aparece al interno del mundo, un mundo nuevo es agregado virtualmente a la existencia» [2]. Este mundo nuevo es la persona. Decir persona no es la misma cosa que decir individuo. Nosotros no somos seres solitarios, sino seres en relación. Como papa Francisco ha escrito en la Lumen Fidei, «la persona siempre vive en relación. Viene de otros, pertenece a otros, su vida se hace más grande en el encuentro con otros. Y también el propio conocimiento, la misma conciencia de sí, es de tipo relacional, y está ligada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre. El lenguaje mismo, las palabras con que interpretamos nuestra vida y nuestra realidad, nos llega a través de otros, preservado en la memoria viva de los otros. El conocimiento de nosotros mismos sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande» [3].

El hijo: ¿don o derecho?

Hoy hay poca conciencia de la novedad y el bien contenido en la nueva vida que viene a la luz, lo sentimos como un derecho más que como un don. Un derecho de los adultos, de la pareja y, a veces, hasta del individuo, que no quiere privarse de esta significativa experiencia. La novedad del nacimiento, la novedad de la presencia de un nuevo ser humano — que sí viene de nuestras entrañas, pero es desde ya algo distinto de nosotros, es de inmediato una persona con dignidad — cede el paso frente a la “necesidad” de realización del adulto. El hijo tiende a convertirse en la prolongación del padre que se refleja fácilmente en él y le confía el sentido de su vida. Se convierte en su “preocupación”. La mayor sensibilidad que tenemos hoy respecto a los niños — que es indudablemente un hecho positivo — se traduce a menudo en formas de posesión sutil que impiden al padre y a la madre desarrollar su tarea educativa. Todo eso constituye una hipoteca para un desarrollo libre del bambino. Este agarrarse los adultos a los pocos niños que ponen en el mundo también es señal de fragilidad de la pareja que busca su consistencia predominantemente en el acuerdo emotivo y poco en la responsabilidad respecto a la pareja y a los hijos. La familia ha perdido así su anclaje en la pareja estable. Hoy luego, con la puesta en discusión de la diferencia sexual como requisito previo para la unión conyugal, la familia amenaza no sólo con perder alguna parte, sino con perder su misma identidad. Esa en efecto se basa en la unión estable entre un hombre y una mujer que ponen en común sus cuerpos, sus afectos, los significados de sus vidas que han heredado de sus familias y los transforman, según su sensibilidad, involucrándose en un proyecto generativo.

Partir de la conciencia de ser hijos

¿Cómo podemos retomar entonces este aspecto elemental de la familia (es decir el hijo como don) sin perdernos en la falsa vía del derecho de los adultos? Debemos partir de la condición de hijos, de este vínculo de dependencia que es una de las raíces más profundas de la condición humana. Todos nosotros somos hijos, todos los niños son hijos. El hijo remite, exige a sus padres y a su genealogía. Éste es su derecho fundamental: que sea reconocido como hijo, que sea reconocido su lugar generativo, que le sea garantizada una vida familiar, como está escrito en la Convención sobre los derechos de la infancia de las Naciones Unidas de 1989. El hijo muy difícilmente construirá la propia identidad cuando no puede vivir, a través de su condición de hijo, en estrecha relación con quien lo ha engendrado. El derecho del niño-hijo a tener una familia es un derecho, pues, de identidad. Tal derecho, desafortunadamente, a veces es “traicionado” por la pretensión de los padres de tener “a toda costa un hijo”, y también es buscado a través de vías como la fecundación heteróloga o el útero en alquiler, que hacen problemático para el hijo conocer sus orígenes. Nacer con un vacío de origen a la espalda, no sabiendo quién es el padre o la madre o sabiendo que el padre tiene el rostro anónimo de quien ha dado el semen y la madre el útero, es una verdad dramática para el hijo [4]. Los vacíos relativamente a los orígenes se traducen en lagunas graves de la identidad porque hacen imposible la narración de la propia historia personal.

Pero también los adultos que se meten en esta peligrosa pendiente hecha de derecho, posesión y control del hijo pierden un aspecto fundamental de la experiencia: el hecho de que el hijo es un don inesperado, una sorpresa. Es la vida misma de los hijos, en sus caracteres de novedad e imprevisible, que desmiente la ilusión del control y que reclama a los padres una actitud de servicio humilde y gratuito respecto a la vida. Como dice san Juan Paolo II en la Carta a las Familias: «El niño hace de sí mismo un don para los hermanos, las hermanas, los padres, para la familia entera. Su vida se convierte en don para los mismos donadores de la vida, los que no podrán no sentir la presencia del hijo, su participación a su existencia, su aporte al bien común y de la comunidad familiar» [5].

El hijo como “tarea”

El don del hijo es al mismo tiempo una tarea para los padres. Se abre aquí el gran tema de la educación. El hijo tiene que ser conducido responsablemente y amablemente a lo largo del itinerario que desde la infancia lleva a los umbrales de la madurez.
La educación es la continuación de la generación. La tarea educativa de la familia debe acompañar al hijo a encontrar las cosas y la entera existencia. Dice Papa Benedicto XVI: «Educar — del latín educere — significa conducir fuera de sí mismos para introducir a la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona» [6], para que realice algo bonito y bueno, para que realice la propia vocación.

Hará falta también tener en cuenta los fracasos y los sacrificios. El sacrificio es una cosa de la cual nosotros los post-modernos fatigamos a comprender el valor. Sin embargo es muy agotador educar y también es muy agotador para los padres de hoy pedir renuncias, poner límites a los requerimientos de los hijos: temen perder su afecto. Las inseguridades y la fragilidad de los padres les impiden establecer una relación libre con los hijos. Hacen más débil y ambigua su autoridad. Son chantajeados por su necesidad de recibir afecto y reconocimiento de parte de los hijos.
Es justo que los hijos ocupen un lugar importante en la vida. Son un bien insustituible, pero no pueden ser el sentido de la vida. No están hechos para llenar el vacío de nuestras existencias, para consolarnos de nuestras heridas, sino para que juntos, recurriendo al común Misterio del don de la vida, realicemos nuestra vocación. Es particularmente luminosa a este propósito la experiencia de Chiara Corbella y Enrico Petrillo che han acogido a sus niños “enfermos” como un don que Dios les hacía, seguros de que aquellos niños tenían una misión misteriosa que cumplir y ellos como padres, estaban llamados a acompañarlos por el tiempo que Dios había establecido. Acompañarlos en su vocación para devolvérselos a Él [7].

Hoy los padres están en dificultad al conducir a los hijos para que realicen su vocación, están inciertos sobre los criterios que hay que adoptar en las difíciles y complicadas elecciones de la existencia, no saben qué desear últimamente para sí mismos y por consiguiente para los hijos. Por eso el apego de los padres es más de tipo narcisista que proyectivo. Los hijos no son vistos como nueva generación que se asoma a la vida, sino más bien como los que llenan el vacío existencial del padre. Por eso se tiende a retenerlos en casa. En cambio una auténtica posición educativa hace de tal manera que el padre, a través de una relación confiable sea un testigo de que la vida tiene un significado y acompaña al hijo a buscarlo y a encontrarlo. Y él mismo, en este viaje, sabe proponerse eternos “por qué”, sabe reavivar la esperanza. «Es tarea de los que se han asumido la responsabilidad de padres — escribía significativamente mi predecesor, monseñor Adriano Caprioli, en su última Carta pastoral — dar razón al hijo de la promesa que ellos han hecho poniéndolo en el mundo: la promesa por la cual “hay una esperanza en tu vida”» [8]. Desde este punto de vista, es sumamente educativo para un hijo ver a una madre y un padre que oran juntos, que tienen un punto de referencia más grande que ellos, al cual piden fuerza y sabiduría. Nuestros hijos no necesitan padres perfectos, que no existen, sino adultos que como ellos y antes que ellos tengan hambre de verdad y belleza, de significado y de felicidad. Padres que, incluso con tantos límites y entre tantos errores, desean dar la vida por algo grande. En este sentido, la experiencia de la paternidad y la maternidad es ante todo un gran don para los padres mismos, también en el plano espiritual. Justo porque es una tarea que casi supera sus recursos, puede convertirse en la vía para sacar fuera de sí mismos la mejor parte: pensemos en la capacidad de entregarse, de salir de sí mismos, de esperar, de tener paciencia…; es una nueva vida no sólo para el niño, sino también para los padres mismos. Convertirse en padres es una experiencia que los “obligará” a confiarse, a ponerse en manos más grandes. La grandeza, la complejidad y la fragilidad de la vida familiar pueden convertirse en la ocasión para descubrirse cada vez más hijos, para reconocerse pequeños, para aprender a abandonarse, a pedir y a experimentar la providencia del Padre. Convertirse en papás y mamás significa ser más semejantes a Dios, que ama como padre y madre, pero también significa volverse más hijos: hijos juntos como pareja e hijos junto a los propios hijos.

La misión de la familia: humanizar lo humano

La educación ayuda a la vida de los hijos a florecer, para que, a su vez, produzcan nuevos frutos vitales. De este modo la familia “humaniza lo humano”. ¿Qué significa?
Para hacerse plenamente humanos hace falta aprender ante todo qué quiera decir amar, hace falta experimentar uniones confiables, el gusto y la fatiga de trabajar por un proyecto de vida bueno. Toda esto una familia lo puede dar independientemente del grado de instrucción. A menudo son las familias más simples, más pobres que testimonian estas “uniones confiables”. A veces cuanto más se ha estudiado, tanto más se ha llegado a pensar que educar sea dar competencias. El objetivo de la familia no es dar competencias, sino hacer humanos, es decir ayudar al otro a convertirse en persona realizada: la familia enseña la confianza, la esperanza, la capacidad de perdón, enseña también a ver con realismo aquella cuota de mal que marca inexorablemente la vida de cada uno. El hombre puede amar si antes ha reconocido un amor gratuito en sí mismo. La familia es el lugar donde el sujeto humano tiene una experiencia afectiva y moral elemental, básica, experimenta ser querido y amado y aprende, así, a cuidar del otro. Ser hijos es cronológicamente la primera y decisiva experiencia que cada uno de nosotros ha hecho en el seno de la propia familia, y también es aquella experiencia de la que dependerá en buena parte la capacidad de vivir como hermanos, de ser esposos, padres y madres. Como en la vida relacional, también por cuanto concierne a la vida espiritual los padres son los primeros mediadores y testigos de la confianza, de la esperanza y del amor que Dios tiene por nosotros, creando así en la familia un contexto en que la fe puede más fácilmente nacer y florecer. Los padres educan ante todo a través del cuidado de su unión y quedando abiertos a la vida. En efecto, la llegada de un hijo o un hermano en una familia es la señal de que hay una “fuente” aún viva, y no sólo biológicamente; significa que ha habido un acto de amor. Justo la prolongación de este acto de amor es el primer regalo que los padres son llamados a dar a los hijos y que ellos buscan: tener vivo en la pareja el amarse. Los niños y los chicos no necesitan sólo ser amados, sino necesitan ver que es posible y merece la pena amarse. De eso nacerá su confianza y la capacidad de crear uniones estables.

Una comunión educativa

Todo cuanto he dicho hasta ahora puede hacer surgir en nosotros la pregunta: ¿pero es posible vivir esta tarea tan compleja? Sí, porque los padres no están solos, no son llamados a ser autosuficientes. Más bien, justo la gravedad de su tarea les hace advertir, de modo casi natural, la necesidad de una comunión con otras familias, con las cuales compartir alegrías, preocupaciones, decisiones educativas. El corazón de la vocación de los padres es justo esta apertura que son llamados a vivir frente a la propia inadecuación. Dios siempre asigna una tarea al hombre para que éste, a través de la misión que le es confiada, pueda comprender que solo no puede hacer nada (cfr. Jn 15,5). La tarea que Dios confía a cada uno también es siempre un medio para hacernos entrar en comunión, para hacernos entender que somos hechos para la comunión. Una familia que se entendiera sola, que se encerrara en sí misma, contradiría su esencia más profunda.

Además que en la amistad con otras familias, en el sostén material y espiritual de tantas personas y en la comunidad cristiana, los padres pueden contar con muchas instituciones que colaboran con su obra educativa. Corresponde a ellos la responsabilidad de elegir los lugares más adecuados para la formación de sus hijos, pero deben poder contar con otras instituciones y con otros adultos que, en el respeto de los diversos roles, ellos también asuman su tarea educativa. Se comprende, desde este punto de vista, que la posibilidad de una efectiva elección de la escuela, uno entre los más importantes de estos lugares, es una cuestión decisiva. Hacen falta sin embargo también políticas familiares serias, que sustenten a las familias valorizando a los sujetos sociales que puedan regenerar aquella red comunitaria que hace más fácil la empresa educativa. Como ha recordado papa Francisco con un proverbio africano, hablando al mundo de la escuela italiana, «hay necesidad de una aldea para hacer crecer a un niño» [9].

NOTAS
[1] Cfr. Gaudium et Spes, 47-52; en particular n. 49: «Justo porque es acto eminentemente humano, siendo dirigido de persona a persona con un sentimiento que nace de la voluntad, aquel amor abraza el bien de toda la persona; por tanto tiene la posibilidad de enriquecer con particular dignidad las expresiones del cuerpo y la vida psíquica y de ennoblecerlos como elementos y señales especiales de amistad conyugal».
[2] H. Arendt, La nature du totalitarisme, Payot, Paris 1990, 342.
[3] Francisco, Lumen Fidei 38.
[4] Ya he señalado esta dramática realidad en mí nota sobre el Gender citando, además, las investigaciones de E. Scabini y S. Agacinski: «vacío de origen: […] el itinerario reacio que hoy la humanidad amenaza con recorrer arrastrando hacia abajo a la persona por el reconocimiento al desconocimiento, a la indiferencia, a la desidia»: E. Scabini, La crisis de los fundamentales de lo humano. Descubrir el atractivo de los fundamentales, en «Tempi», marzo 17 del 2014.
«No nos hemos preocupado para nada de los efectos que [la imposibilidad de llegar a los padres biológicos] podría producir en los hijos mismos. […] Ahora los conocemos mejor, ya que muchos de estos hijos rechazan, más tarde, ser productos fabricados con la ayuda de probetas congeladas y querrían saber a qué hombre o a qué mujer, en otras palabras a qué personas, deban la vida, para poderse incluir en una historia humana. […] El problema de los niños por venir, es decir de las futuras generaciones, es que nadie los representa en la escena política democrática: no pueden manifestar, ni ser recibidos, ni ser escuchados. No constituyen alguna fuerza. El legislador debe sin embargo preocuparse de las condiciones de su venida»: S. Agacinski, La metamorfosis de la diferencia sexual, en Vida y Pensamiento, n. 2, 2013.
[5] San Juan Pablo II, Carta a las familias 11.
[6] Benedicto XVI, Mensaje por el XLV Día mundial de la paz, 1 de enero de 2012, 2. Hablando de la tarea educativa de la escuela papa Francisco utiliza expresiones parecidas: «Amo la escuela porque es sinonímico de apertura a la realidad. ¡Al menos así debería ser!» (Francisco, Discurso al mundo de la escuela italiana, 10 de mayo de 2014).
[7] Cfr. S. Troisi - C. Paccini, Hemos nacido y no moriremos nunca más. Historia de Chiara Corbella Petrillo, Porziuncola, 2013.
[8] Adriano Caprioli, Estén atentos: Aquí estoy en la puerta y toco. Carta Pastoral para el bienio 2010-2012 [2010], 23.
[9] Francisco, Discurso al mundo de la escuela italiana, 10 de mayo de 2014.

-
Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License