Los “Novísimos” /2. Pero el Paraíso no es un sueño
autor: Enzo Bianchi
fecha: 2013-04-15
fuente: Ma il Paradiso non è un sogno
traducción: María Eugenia Flores Luna
previos: 1. La hora del juicio
siguentes: 3. Morir, la última obediencia
4. Infierno. Aquel fuego que nuestra ...

Mi generación aún ha conocido la gracia de una catequesis sobre los novísimos, es decir sobre las «realidades últimas» que todos esperan: muerte, juicio, infierno y paraíso. En estas columnas ya hemos ofrecido en el tiempo de Adviento una reflexión sobre el juicio; ahora en el tiempo pascual queremos quedarnos en el tema de la vida eterna, también llamada, como situación final, «Paraíso» (de pardes, palabra persa que significa «jardín»: Neh 2,8; Qo 2,5; Cant 4,13). Antes de ir al corazón de la reflexión conviene sin embargo captar el hoy en el que vivimos, un hoy en el que no sólo el tema de los novísimos es a menudo olvidado y evadido, sino en el que predomina el deseo de la vida presente, y falta pues o no es ejercido el deseo de la vida eterna. También los cristianos, si no en ciertas horas de sufrimiento, ya no se sienten «desterrados… gimiendo y llorando en este valle de lágrimas» – como se canta en la antífona mariana Salve Regina -, y por tanto no esperan mucho de la vida en Cristo más allá de la muerte y sienten el Paraíso como un sueño, una quimera. Sí, como Benedicto XVI ha escrito, los cristianos no parecen querer la vida eterna, más bien la vida eterna parece para algunos un obstáculo al vivir bien hoy la vida en este mundo. Como monje, conozco entre los instrumentos de la vida cristiana este ejercicio: «Desear la vida eterna con toda la concupiscencia espiritual» (Regla de Benedicto 4,46): Querría sin embargo recordar también una práctica que me enseñaron cuando era pequeño. Quizás por el hecho de haber perdido a mi madre a los 8 años, todos los domingos por la tarde después de la liturgia de las vísperas me llevaban, y luego más tarde iba solo, al cementerio, para cumplir la visita a los muertos. Al regresar a casa había recibido la recomendación de rezar el rosario susurrando a cada paso: «Jesucristo es la vida eterna». Palabras que se me han quedado siempre grabadas, que cierto en ese momento me consolaban en mi orfandad, pero que más tarde se han convertido en palabras martilleantes en la duda, en el miedo, en la pérdida de personas queridas. Jesucristo es la vida eterna porque, si es él el Resucitado viviente, si es él que ha vencido a la muerte, ¿quién puede separarnos de su amor (cf. Rom 8,35)? Si él se hace sentir junto a mí, si puedo decir que yo y él vivimos juntos (cf. 1Tes 5,10) si él me ama, me consuela y me inspira cada día, ¿podrá abandonarme después de la muerte?

¡Imposible! Cristo es fiel y, si ahora está junto a mí, también lo estará en la muerte, y más allá de la muerte estará listo a abrazarme para que yo siempre esté con él y con los amigos suyos y míos. Es así que la vida eterna puede ser no sólo una esperanza, sino puede ser también deseada, incluso consciente del hecho que se debe atravesar las aguas oscuras de la muerte, aguas que - según el gran Orígenes - pueden ser expiación de los pecados. De vida eterna nos ha hablado Jesús, para indicar aquella vida salvada del pecado y de la muerte que Dios donará al discípulo que sigue fielmente a su Maestro y Señor Jesucristo. La vida eterna es lo que se puede conseguir observando los mandamientos, es decir haciendo la voluntad de Dios, amando pues a Dios sobre todo y con todo el propio ser (cf. Dt 6,5; Mc 12,30 y par.); la vida eterna es la herencia que Dios da a sus elegidos, a los creyentes en su Hijo Jesucristo; la vida eterna es el manar del agua viva que Jesús hace brotar del corazón del discípulo (cf. Jn 4,14); la vida eterna es el don hecho por el Padre a quien muere habiendo hecho el bien. Y sin embargo la vida eterna es una realidad que florece y brota después de la muerte física, pero es una vida ya unida al creyente aquí y ahora, a partir de aquella inmersión en las aguas del bautismo en que se deja la vida del hombre viejo y sale del agua revestido de Cristo (cf. Gál 3,27) y dotados de la capacidad de vivir la vida eterna. Por eso está escrito: «Quien ama al hermano pasa de la muerte a la vida» (cf. 1Jn. 3,14). Quién se adhiere a Jesús, escucha su palabra y vive de ella, come su carne y bebe su sangre, y lo sigue adonde vaya (cf. Ap 14,4) tiene en sí la vida eterna como una semilla que crecerá y dará su fruto en el Reino. Y así se cumple la palabra de Jesús: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan, el único verdadero Dios, y aquel que has mandado, Jesucristo» (Jn. 17,3). Para expresar y relatar la vida eterna, las santas Escrituras recurren al lenguaje simbólico, un lenguaje abierto, evocador y alusivo, un lenguaje respetuoso del misterio, de la alteridad y de la santidad de Dios. Es un lenguaje icónico, por tanto poético, y no olvidemos que sólo la creatividad poética puede atreverse a decir (Audemus dicere…) Dios y tratar de evocar su Reino. He aquí porqué, para relatar la vida eterna, se ha impuesto sobre todo una imagen bíblica, símbolo de la beatitud eterna: el Paraíso. Jesús en la cruz, al ladrón crucificado con él que le ruega, declara solemnemente: «En verdad yo te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso», (Lc 23,43), o bien «hoy tú estarás conmigo, junto a mí, a mi lado, y por tanto también tú estarás en Dios, en aquel pardes, en aquel jardín donde se vive la vida eterna». En el en-principio de la creación Dios ha plantado para el hombre «un jardín en Edén» (gan be -’eden: Gén 2,8) como lugar de la comunión entre sí mismo y el hombre, el adam, lugar teológico puesto al inicio de la historia pero que profetiza el fin de la historia. Los profetas, sobre todo Ezequiel y el deutero-Isaías, luego dieron a la esperanza escatológica unas imágenes, unos símbolos, casi para abrir un acceso que pide a los lectores una lectura teleológica, abierta sobre las realidades finales, así que los Padres de la Iglesia han podido escribir: «Dios creó al hombre y lo puso en el Paraíso, es decir en Cristo». Sí, Cristo es el Paraíso, es el lugar utópico, sin lugar, de la comunión plena y sin ninguna sombra con Dios. El Paraíso es nuestra patria, nuestra vocación, el dono que nos espera.

Por eso aún los Padres de la Iglesia dicen, en particular aquellos orientales: «El hombre es un ser que ha recibido la vocación de convertirse en Dios». Para narrar esta verdad, esta esperanza indecible, la Biblia recurre a imágenes diferentes que indican la vida plena (shalom), la alegría (beatitud), la vida eterna (por siempre) y por consiguiente la convivialidad (comunión) y la luz (ya no las tinieblas del pecado). Son imágenes que se refieren a las necesidades humanas de la esfera afectiva, sexual, social y política: la comida, el amor, el encuentro sexual, la amistad, la convivencia pacífica, la ausencia de llanto y luto. Son las promesas del Dios viviente, del Dios fiel a la alianza, «que no miente» (Dt 32,4) que es «amante de la vida» (Sab 11,26), del «Dios misericordioso y compasivo» (Ex 34,6, etc.) Son imágenes tan simples como universalmente humanas, muy humanas: ¿el banquete con comidas y vinos exquisitos (cf. Is 25,6; Mt 22,1-10); la bodas, que son siempre comunión profunda de todo el ser (cf. Ap 17,7-9; 21,2); la paz entre los pueblos y la desaparición de la guerra (cf. Is 2,4; 9,6); la concordia entre los animales y entre los hombres y las bestias feroces (cf. Is 11,6-8). Se recurre también a dimensiones lúdicas, como el jugar del lactante con la serpiente venenosa (cf. Is 11,8), la danza, la fiesta de la nueva creación, en que los cielos nuevos y la tierra nueva elevan la alabanza a Dios (cf. Is 65,17; 66.22; Ap 21,1). Es una alabanza cósmica en que todas las criaturas expresan su «amén», su «sí» a Dios, es un agradecimiento por el cumplimiento de la obra divina… ¿Cómo anunciar esta realidad de la vida eterna, del Paraíso? El Apocalipsis de Juan, al final de las santas Escrituras, intenta varias veces esta profecía: un banquete de bodas para el Cordero degollado pero resucitado y ahora de pie y victorioso; alrededor de él todos los salvados empeñados en una liturgia, en una danza, en una circumincesión, verdadera circulación de amor, el amor del Padre amante, del Hijo amado, del Espíritu amor. Dios es la morada de la humanidad, el Reino es la morada del cosmos y la fiesta es transfiguración de todos y de todo en Cristo, con Cristo y por Cristo, hombre y Dios. Esta comunión es comunión entre Dios y cada rostro, comunión muy personal, y es comunión entre humanos: Dios «será Uno» (cf. Zac 14,9) y una en Dios será la humanidad rescatada. Frente a estas imágenes bíblicas de la vida eterna, en cada época se ha buscado una representación de los beatos, del Paraíso, a menudo contrapuesta a aquella de los condenados, del infierno. En las iglesias medioevales, donde dominaba el Pantocrator, el que Viene glorioso, se podían ver a su derecha los beatos y a su izquierda los condenados. Era una admonición para cuantos veían esta representación, un reclamo a la realidad del juicio universal que un día será manifestado pero que ya se decide hoy en nuestra vida. Mañana, en aquel día escatológico, el día del Señor, se oirá: «Venid, benditos…», pero todo ya está decidido en nuestra vida; lo decidimos cuando vemos un hambriento, un extranjero, un enfermo, un pobre (cf. Mt 25,31-46). De la actitud que ahora asumimos y aquí decidimos si a nosotros serán dirigidas las palabras: «Venid, benditos…» (Mt 25,34) o bien: «Fuera, malditos…» (Mt 25,41). Decidimos si estaremos en el amor de la comunión con Dios o fuera de aquella comunión, es decir en una situación de muerte. Es en cada hoy nuestro que Dios dice a cada uno de nosotros: «Hoy yo pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… ¡Elige pues la vida!» (Dt 30,15.19).

Al término de estos esbozos sobre la vida eterna me atrevo a pensar en el Juicio universal de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: los beatos están todos en una fiesta, a menudo abrazados entre ellos, en el acto de besarse, mirando cada uno el rostro del otro, en que se ve el rostro de Cristo. Inspirado por esta imagen, concluyo citando un estupendo canto litúrgico previsto por la liturgia ortodoxa para la noche pascual: «¡Oh danza mística! ¡Oh fiesta del Espíritu! ¡Oh Pascua divina que baja del cielo a la tierra y de la tierra sube de nuevo al cielo! ¡Oh fiesta nueva y universal, asamblea cósmica! Para todos alegría, honor, comida, delicia: a través de ti han sido disipadas las tinieblas de la muerte, la vida es extendida a todos, las puertas de los cielos han sido abiertas. Dios se ha mostrado hombre y el hombre ha sido convertido en Dios. Entren todos a la gloria de nuestro Dios; primeros y segundos, reciban la recompensa; ricos y pobres, dancen juntos; moderados y descuidados, honren este día: ¡hayan o no ayunado, alégrense hoy! Nadie llore su miseria: ¡el Reino está abierto a todos!».

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