Los “Novísimos” /4. Infierno. Aquel fuego que nuestra ...
autor: Enzo Bianchi
fecha: 2013-12-02
fuente: Inferno. Quel fuoco acceso dalla nostra libertà
traducción: María Eugenia Flores Luna
previos: 1. La hora del juicio
2. Pero el Paraíso no es un sueño
3. Morir, la última obediencia

Con este artículo completamos nuestro camino de meditación sobre los Novísimos, las realidades últimas y definitivas que nos quedan por delante mientras vivimos en las realidades de este mundo y de la historia que son penúltimas.

Constatamos todos, y ha sido denunciado más veces, que sobre los Novísimos reina en las últimas décadas cierto silencio también en el espacio eclesial, pero tenemos que reconocer que sobre el infierno sobre todo no sólo hay mutismo en la predicación, sino hay una dificultad real en pensarlo como que Dios quiere y que Dios inflige al menos a una parte de la humanidad, aquella pecadora y no convertida, no reconciliada con él. Para muchos cristianos el infierno eterno plasma la imagen de un Dios perverso, vengador, incluso sádico; y para los no cristianos el infierno parece un Auschwitz eterno, algo que sólo un poder maléfico podría inventar. También Santa Teresa del Niño Jesús sentía una gran reticencia respecto a la eternidad de la pena y muchos hombres y mujeres 'espirituales', (pneumatikoi) han declarado su imposibilidad de concebir la compatibilidad de un lugar de tormentos eternos con la bondad de un «Dios que quiere que todos los hombres sean salvados» (1Tm 2,4). Pero esta dificultad es antigua y ha sido advertida con particular fuerza en algunas épocas de la historia del cristianismo. En el siglo III muchos padres de la Iglesia, entre los cuales Orígenes, pensaban en una salvación universal; en diversas tradiciones cristianas otros han mostrado un amor misericordioso extremo, hasta rogar ser mandatos ellos al infierno, con tal de que todos sus hermanos y hermanas en humanidad encontraran la salvación; otros aún, como Isaac el Sirio (siglo VII), han llegado a rogar por una salvación cósmica en la que todas las criaturas, sabias o insipientes, buenas o malvadas, habrían sido perdonadas por la infinita misericordia de Dios. En el catolicismo italiano queda fulgurante el amor de Caterina de Siena, esta mujer hecha fuego, que escribía: « ¿Cómo podría soportar, oh Señor, que uno solo de aquéllos que has creado a tu imagen y semejanza se pierda y escape de tus manos?
No, por ninguna razón quiero que uno solo de mis hermanos se pierda, uno solo de aquellos que están unidos a mí a través de un mismo nacimiento». Todos ellos son unos santos y santas que siguen el ejemplo de Moisés y Pablo. Moisés que dice a Dios: «Este pueblo ha cometido un gran pecado… Pero ahora, si tú perdonaras su pecado… De otro modo, ¡bórrame del libro que has escrito!» (Éx 32,31-32). Y según la tradición hebrea llega hasta afirmar: «Señor del mundo, perezca Moisés y mil como él, ¡pero no se pierda una uña de uno de Israel!».

Pablo, por su parte, expresa la propia solidaridad con los judíos sus hermanos, diciendo estar dispuesto a ser él el excomulgado y maldito, separado de Cristo, si eso puede favorecer a Israel que no ha reconocido a Jesús como Mesías (cf. Rom 9,1-3).

Tenemos sin embargo que reconocer que hoy el infierno es eliminado sobre todo como reacción a una enseñanza que lo afirmaba para atemorizar y amenazar, creyendo de tal modo poder disuadir al pueblo cristiano de pecar. ¡Yo mismo no olvido la predicación de un padre dominico que al tercer día de los ejercicios, aquél dedicado a la meditación del infierno, llenaba su discurso de ejemplos de tortura y de dolor y hasta lograba hacer sentir el olor acre del azufre… Extraordinaria capacidad oratoria y teatral, pero ciertamente no apta para celebrar ¡la misericordia infinita del Señor! ¿Entonces, que decir hoy del infierno? ¿Quedar en silencio, omitiendo escuchar las santas Escrituras, o bien ser presa de las obsesiones y seguir predicando la existencia y la calidad del castigo terrible, como si eso fuera la buena noticia de Jesús? Buscamos pues escuchar las Escrituras. En el antiguo Testamento no se habla del infierno como lo entendemos nosotros, sino de she'ol, de los infiernos, entendido como un lugar donde son acogidos los muertos, en el cual no se puede tener comunicación con Dios y del que no se puede salir. La retribución a los justos y a los malvados es dada por Dios en esta vida - como cantan también algunos salmos (por ejemplo Sal 32,10: «Muchos son los dolores del malvado, pero el amor circunda a quien confía en el Señor») - y nadie se atreve a pensar en una beatitud o en una maldición eterna: «¿Mi jodea’? ¿Quién sabe?' (Qo 2,19; 3,21; 6,12). Y sin embargo en época judía se abre paso la esperanza de la resurrección y se empieza a entrever como una beatitud la cercanía al Dios de los justos también después de la muerte. Jesús, que revela plenamente la acción y la presencia de Dios después de la muerte, da sobre todo la buena noticia del Reino que se ha hecho muy cercano (cf. Mc 1,15; Mt 4,17), que él abre a todos. Se trata, de parte del hombre, de acogerlo y por lo tanto de convertirse, eligiendo entre el bien y el mal, entre el amor de Dios y del prójimo y el amor por sí mismo egoísta y orgulloso.

Como los profetas que lo han precedido, el profeta Jesús que lleva todo a plenitud, exhorta, advierte, regaña, se irrita, a veces amenaza. En verdad Jesús nunca es violento, más bien él reduce siempre su autoridad de profeta, de Mesías y de Hijo de Dios, pero muestra su indignación por el mal y protesta por el mal que ve, sobre todo por la violencia y la mentira difundida.

Para condenar el mal de modo claro e indicar que el hombre puede elegir vías mortíferas, recurre a imágenes diferentes, extraídas sea de las Escrituras sea de su contemporaneidad. Cometer el mal significa «encaminarse hacia un horno ardiente (Dan 3,6), donde hay llanto y rechinar de dientes» (Mt 13,42); significa «caer en la Geenna» (Mc 9,43.45.47; Mt 18,9),
El basurero de la ciudad de Jerusalén; significa acabar en los avernos, donde hay sed a causa de las llamas (Lc 16,24). Sobre todo el Apocalipsis, al final del Nuevo Testamento, nos provee imágenes infernales: el estanque de fuego en que serán arrojados la muerte y los avernos y en el cual podrá ser arrojado quien no está inscrito en el libro de la vida, (Ap 20,14-15), y «la segunda muerte» (Ap 2,11; 20,6.15; 21,8), la muerte definitiva.

¡Sí, estas imágenes son crueles, pero ¿cómo describir de otro modo el resultado de una vía que ha elegido la muerte, la violencia, la prepotencia y no ha reconocido nunca la vida del otro, no ha tenido nunca discernimiento del pobre y del necesitado, no ha reconocido nunca la hermandad humana?

Cierto, éstas sólo son imágenes, pero nos dicen que podemos elegir no la vida y la comunión con Dios sino ¡la muerte eterna y la separación de Dios! El infierno por tanto no indica un lugar sino una situación en que podrán caer los que libremente y definitivamente han elegido todo lo que es contrario a la voluntad de Dios y, por consiguiente, también a cada camino de humanización. Somos llevados a imaginar el infierno como lugar, pero ello es un «no- lugar», un «no-ser», un «no-tiempo», es el nada de una muerte eterna. Dios quiere que todos sean salvados, su Hijo Jesús ha venido al mundo por los pecadores, no por los justos, (Mc 2,17 y par.; 1Tim 1,15): pero frente al bien o al mal el hombre, aunque en una condición de fragilidad propia de su naturaleza, queda siempre libre de adherirse a uno y rechazar al otro, al menos con el deseo y la voluntad. A alguno también las palabras duras de Jesús parecen violentas pero eso porque hoy vivimos en una cultura en que ya no se es capaz de indignarse ni de tener pasiones: todo queda bien, todo se amolda, todo es simplemente una equivocación… Ya no existe la afirmación y el ejercicio de la responsabilidad humana, de la que - no olvidémoslo - depende la vida o la muerte del otro, del prójimo. ¿Qué creer entonces? Si acogemos las palabras de las Escrituras sobre el infierno, tenemos que ver ante todo en ellas una llamada a la responsabilidad, a través de la cual ejercer nuestra libertad en vista de nuestro destino.
Es verdad que Jesús le ha pedido al Padre que nos perdonara porque no sabemos lo que decimos y hacemos (Lc 23,34); es verdad que la justicia de Dios es justicia que justifica, que vuelve justos, porque contiene en sí la misericordia y el perdón (Rom 5,1-11); es verdad que nosotros no podemos merecer el amor de Dios, porque es un amor donado gratuitamente, que nunca debe ser merecido. Pero frente a esta inmensidad del amor tenemos que ser 'responsables' y conscientes de que podemos cometer acciones que son 'muerte' del otro o de los otros. No puede haber para nosotros una salvación automática, cualquier cosa que hagamos, cualquier vida que vivamos, también porque el infierno lo creamos aquí en la tierra, convirtiéndonos a menudo en 'infierno' para los otros. Edith Stein en el infierno de Auschwitz en 1942 escribía: «Le toca a cada uno decidir el propio destino. Dios mismo se detiene delante del misterio de la libertad de cada persona». El infierno no es un artículo de la profesión de fe, como no lo es el diablo, también porque no es necesario creer en el diablo y en el infierno, puesto que cada uno de nosotros hace la experiencia de esos: somos tentados por una potencia fuera de nosotros y dominante en nosotros y podemos conocer el mal hasta la muerte y la separación de Dios… Sin embargo no es conforme a la fe cristiana afirmar que no existe el infierno o que el infierno está vacío. Como los judíos digo: «¿Mi jodea’? ¿Quién sabe?». Pero como discípulo de Jesús se me pide reconocer la misericordia de Dios y cantarla siempre; no sólo eso, también se me pide esperar por todos, esperar que todos sean salvados y preservados del infierno, también de orar por los peores criminales, para que conserven una porción, una chispa de humanidad, capaz de acoger la última llamada de Dios.

¿Delante del rostro de Dios será posible que nosotros elijamos no a él que es la Vida, sino el no-ser de la muerte? Hans Urs Von Balthasar escribía en 1986, casi como un testamento, un pequeño libro titulado Esperar por todos. Sobre la huella de tantos santos y santas, hombres y mujeres espirituales, pedía al discípulo de Jesús orar para que todos sean salvados. La Iglesia se atreve a proclamar unos santos, es decir afirmar que algunos cristianos están cerca de Dios, en su beatitud, y entonces en comunión con nosotros, pero ¡no se atreve nunca a afirmar que alguien esté en el infierno y que tenga que escapar de la misericordia, al loco amor del Señor nuestro Jesucristo! Pues ni terror ni silencio: se proclame la misericordia infinita de Dios, su voluntad de salvación universal y cósmica; si oras para que se haga su voluntad, como en cielo así en tierra; si esperas por todos; y si tenemos la fuerza del amor pidamos al Señor como Moisés y Pablo, que nosotros seamos mandados al infierno, con tal de que todos sean salvados. Cada uno de nosotros tiene que decir humildemente: «No sé» y acordarse de Juana de Arco. Le preguntaron antes de quemarla: «¿Estás en gracia de Dios?». Y ella respondió: «Si estoy en gracia de Dios, Dios me conserve en ella. Si no estoy en gracia de Dios, Dios me ponga en su gracia».

No busquen los «Novísimos» en el best seller de Dan Brown

Bien, esta vez no se puede precisamente decir que el tema en librería sea poco frecuentado: encima a las clasificaciones de los best seller se coloca en efecto un volumen titulado incluso «Infierno»… Lástima que sólo se trate de un budín de terror del habitual Dan Brown. Otra cosa se espera en cambio de los ensayos católicos para afrontar en serio los «Novísimos», y sin embargo hace falta admitir que también ellos ceden a veces a la forma «terrorista», aquella que quizás más ayuda a las ventas: el célebre exorcista padre Gabriele Amorth, por ejemplo, tiene en catálogo (chez Piemme y San Pablo) de bien 4 volúmenes sólo en 2013, todos con Satanás impreso evidente en el título….

La otra producción en materia se divide en cambio entre textos divulgadores - vean, entre las publicaciones más recientes, «Cosas del otro mundo. Los Novísimos y alrededores» del padre Rocco Camillò (Fe & Cultura) «¿Y… luego? ¿Una reexaminación de las últimas cosas» del padre Aimone Gelardi (Edb) y «¿Qué nos espera? Muerte, juicio, infierno, Paraíso» de la prolífica pareja Luigi Guglielmoni y Fausto Negri (Elledici) - y ensayos de investigación teológico-filosófica: como el «Diálogo sobre los Novísimos» entre Francesco Brancato y Salvatore Natoli recopilado por Cittña Aperta, la miscelánea «¿Pero existe el más allá? El hombre contemporáneo frente al misterio» por Nino Trentacoste para Cittadella, «Destinados a la beatitud. Breve tratado sobre lo último» del teólogo Giacomo Canobbio, de poco editado para Vita & Pensiero.

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