Los “Novísimos” – las cosas últimas (más tomos)
autor: Enzo Bianchi
fecha: 2012-12-17
fuente: Novissimi, l'ora del giudizo
traducción: María Eugenia Flores Luna
siguentes: 2. Pero el Paraíso no es un sueño
3. Morir, la última obediencia
4. Infierno. Aquel fuego que nuestra ...

1. La hora del juicio

Mi generación conserva el recuerdo de una predicación anual sobre las realidades últimas y definitivas, dichas precisamente «novísimos». Muerte, juicio, y por lo tanto el resultado definitivo, infierno o paraíso, eran como eventos delante de cada uno de nosotros, eventos capaces de despertar miedo, o al menos temor. Sobre todo el canto del Dies irae («El día de la ira será aquel día…»), que resonaba con ocasión de las liturgias de los muertos, nos describía el juicio universal y particular al que habríamos sido llamados. ¿Qué era el día de la muerte si no ante todo el día de la llamada al juicio de cada uno de nosotros de parte de Dios? Y hay que decir que eran sobre todo las personas más santas las que tenían miedo del juicio, pues cuánto más debían temerlo los cristianos normales… Sí, también a causa de este miedo angustioso a menudo enseñado, el discurso sobre el juicio ha sido desacreditado.

Y así desde hace tantos años reina el silencio sobre este tema, en virtud del cual muchos se dirigen a otras lecturas de las realidades últimas: la gran difusión de la creencia en la reencarnación, para hacer sólo un ejemplo, quiere llenar el vacío dejado por la predicación eclesial. Pero el tema del juicio en el cristianismo no puede ser evadido, es decisivo para conocer el verdadero rostro de Dios. La predicación del juicio hace parte del Evangelio, de la buena noticia, y como buena noticia, ciertamente a caro precio como la gracia, el juicio debe ser confesado, recordado y preparado por cada creyente. Hay sin embargo una rareza, una contradicción en muchos cristianos: de un lado interpretan eventos trágicos como juicio de Dios que castiga, del otro no dan consistencia a las palabras que proclaman cada domingo en la misa: «El Señor Jesucristo de nuevo vendrá, en la gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos». En verdad Dios no nos castiga mientras estamos con vida: en este caso estaríamos en efecto "obligados" a actuar según su deseo, sin la libertad que pertenece a nuestra dignidad humana. Dios no nos castiga aquí abajo, pero es verdad que somos nosotros los que recogemos, ya aquí y ahora, el fruto de nuestro obrar. Dios pone delante de nosotros la vía del bien y aquella del mal (cfr. Dt 30,15; Jr 21,8), y si nos encaminamos por la vía del mal, encontramos el mal, la muerte.
Eso es verdad, pero el día del juicio Dios se reserva el derecho de intervenir, y por ahora queda en la paciencia que espera nuestra conversión (2Pe 3,9.15). Al final de la historia he aquí pues viene «el día del Señor»: el Señor mismo vendrá y tendrá que juzgar, discernir lo que hemos obrado, obedeciendo a su Palabra o bien oponiéndonos a ella hasta rechazarla.

En los profetas la espera del juicio va de igual manera con aquella, apena evocada, del «día del Señor» (jom JHWH), dos realidades inmanentes la una a la otra. Para Amós (mitad del siglo VIII A.C.), que es el primero que certifica la expresión «día del Señor» en este sentido, el juicio asume un significado de castigo sobre el Israel infiel e idólatra. Por este motivo él afirma con fuerza: «¡Pobres los que esperan el día del Señor! ¿Qué será para ustedes el día del Señor? ¡Tinieblas y no luz!» (Am 5,18). Partiendo de una visión concerniente al pueblo de Dios, la espera de este día asume pues rasgos más universales. El profeta Isaías, por ejemplo, pocas décadas más tarde escribe: «El Señor será juez entre la gente y árbitro entre muchos pueblos… Habrá un día del Señor del universo contra cada soberbio y altanero… Será doblegado el orgullo de los hombres, será humillada la altanería humana; será exaltado el Señor, sólo Él, aquel día» (Is 2,4.12.17-18).

Empieza pues a aparecer con claridad una valencia del juicio que será desarrollada ampliamente en la predicación profética y sapiencial: el día del juicio es esperado como restablecimiento de la justicia cumplido por el Señor a favor de cuantos en la historia han sido víctimas, «sin voz», privados de la posibilidad de una vida digna de este nombre. Es impresionante constatar la abundancia de afirmaciones e invocaciones al respecto presentes en los Salmos: «El Señor juzgará el mundo con justicia, gobernará los pueblos con rectitud» (Sal 9,8-9); «Del Señor viene el juicio, sólo él humilla y enaltece», (Sal 75,8); «Dios se enaltece para el juicio, para salvar a todos los pobres de la tierra» (Sal 76,10); «¡Surge, o Dios, y juzga la tierra, a ti te pertenecen todas las gentes!» (Sal 82,8)… Sí, el juicio es absolutamente necesario para que la historia tenga un sentido y nuestras acciones encuentren su verdad objetiva delante del Dios que quiere el restablecimiento de la justicia. ¿Qué sentido tendría la vida de cada uno de nosotros, la historia, si todos - el esclavo que ha muerto oprimido y sin dignidad tal como el rico libertino que ha perseguido al pobre - tuvieran el mismo fin, la misma paga?
¿Qué sentido tendría la presencia de Dios, si cada uno de nosotros, cualquier elección mortífera que haga en la vida, encontrara al final el mismo resultado de los otros que han gastado la vida por el bien? Si existe Dios, existe un juez que quiere el restablecimiento final de la justicia, de la victoria del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte. Lo había comprendido también un filósofo ateo como Adorno, cuando afirmaba que una verdadera justicia solicitaría un mundo «en que no sólo el sufrimiento presente fuera anulado, sino también fuera revocado lo que es irrevocablemente pasado», hasta entrever como cumplimiento definitivo de la justicia y de la liberación para todos un evento inaudito, que podría ser sólo la resurrección de los muertos. Estrechamente conexa con esta visión del juicio está la doctrina de la retribución personal, enseñada por los profetas (se vea Ez 18,1-32; 33,10-20), y así resumida en un salmo: «Tú, o Señor, le darás a cada hombre según sus acciones» (Sal 62,13). Son palabras ampliamente repetidas en el Nuevo Testamento (cf. Rm 2,6; Ap 2,23; 22,12), que resuenan también en la boca de Jesús: «El Hijo del hombre va a venir con la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus acciones» (Mt 16,27).

A lo largo de su vida, sin embargo, Jesús se niega a hacer el juicio, contrastando la impaciencia de cuantos pretenden ser justos y quieren ya pues extirpar la cizaña en la historia, con el riesgo de desarraigar incluso el grano: «Dejen que uno y otro crezcan juntos hasta la siega y al momento de la siega les diré a los segadores: "Recojan la cizaña y átenla en haces para quemarla; el grano en cambio pónganlo en mi granero"» (Mt 13,30). De otra parte Jesús anuncia con imágenes apocalípticas la llegada del día del juicio, sobre todo en su discurso escatológico (cf. Mc 13 y par.). De creyente judío como es, confiesa que este mundo y esta creación van hacia un fin, hacia el «día del Señor» (que en el Nuevo Testamento se volverá «el día de nuestro Señor Jesucristo»: 1Cor 1,8), día de salvación y de juicio. Eso ocurre por un preciso diseño del Dios que es Señor de la historia y del tiempo, que desea establecer su reino de justicia y paz, dando inicio a los cielos nuevos y la tierra nueva por Él preparados (cf. Is 65,17; 2Pe 3,13; Ap 21,1). Todo eso coincidirá con la llegada gloriosa del Hijo del hombre: «Entonces verán al Hijo del hombre venir sobre nubes con gran potencia y gloria» (Mc 13,26; cf. Dn 7,13-14).

Al mismo tiempo Jesús confiesa su ignorancia relativa a la hora precisa del día del juicio: «En cuanto a aquel día o a aquella hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc 13,32). Si Jesús no conoce la hora, anuncia sin embargo el criterio del juicio: el amor fraterno concreto. Nos lo revela en una página extraordinaria, aquella del juicio final según Mateo (Mt 25,31-46). «Cuando el Hijo del hombre», es decir Jesús mismo, el hijo de Dios, «venga en su gloria, delante de Él todas las gentes serán reunidas». Con una imagen tomada del profeta Ezequiel, Jesús afirma que el Hijo del hombre «separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de las cabras, y pondrá a las ovejas a su derecha y a las cabras a la izquierda». El juicio, a la vez universal y personal, no se cumple al final de un proceso: sólo es presentada la sentencia, porque nuestra vida, aquí y ahora, es el lugar de un proceso muy particular. Para despertar en nosotros esta conciencia Jesús describe el doble, simétrico diálogo entre el Rey/Hijo del hombre y cuantos se encuentran respectivamente a su derecha y a su izquierda.

A los primeros, definidos «benditos del Padre», dona en herencia el Reino diciendo: «He tenido hambre y me han dado de comer, he tenido sed y me han dado de beber, era extranjero y me han acogido, desnudo y me han vestido, enfermo y me han visitado, en la cárcel y han venido a verme». Sí, el pobre al que le falta lo necesario para vivir con dignidad es "sacramento" de Jesucristo, porque con Él el Hijo de Dios ha querido identificarse: quien sirve al pobre sirve a Cristo, lo sepa o no. Además, para nosotros los cristianos, los pobres también son «sacramento del pecado del mundo» (Giovanni Moioli), de la injusticia que reina sobre la tierra, y en la actitud hacia ellos se mide nuestra capacidad de vivir en el mundo como cuerpo de Cristo. Cuando en efecto vemos a una persona oprimida por la pobreza, deberíamos saber interpretar también esta situación como el fruto de la injusticia de la que nosotros somos responsables.

De tal toma de conciencia vendrá luego la disponibilidad a hacernos prójimos de quien sufre por luchar contra la necesidad que lo angustia; y cuando hayamos obrado para eliminar la necesidad, más bien mientras obramos, he aquí que el pobre se vuelve para nosotros sacramento de Cristo, aunque lo descubramos sólo al final de los tiempos… En el último día todos, cristianos y no cristianos, seremos juzgados sólo sobre el amor, y nos será pedido sólo de dar cuenta del servicio que hayamos practicado hacia los hermanos y las hermanas, de nuestro amor sobre todo hacia los más necesitados, los últimos, las víctimas de la vida. ¡Y así el juicio revelará la verdad profunda de nuestra vida cotidiana, nuestro vivir o no el amor hoy en día: el juicio lo decidimos ahora y aquí! El día del juicio – dice el apóstol Juan - es «el día en que tenemos confianza» (cfr. 1Jn 2,28; 4,17) porque «Dios es más grande que nuestro corazón, también cuando nuestro corazón nos acusa» (1Jn 3,20).

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