Los nudos de la historia antigua
autor: Maria Pina Dragonetti
fecha: 2004-03-06
fuente: I nodi della storia antica
traducción: María Eugenia Flores Luna

I. INTRODUCCIÓN

Parto de la premisa de que mi intervención no quiere indicar cuáles aspectos y cuáles datos de la historia antigua se tendrán que enseñar a los niños en los últimos tres años de la escuela elemental, después de la introducción de la reforma Moratti. Mi intervención quiere sólo ser la propuesta de una inicial reflexión sobre algunos aspectos y contenidos propios de la historia antigua que merecen mención, objeto de estudio y profundización, no sólo a través de oportunas mediaciones didácticas, sino también de comunicación y de enseñanza escolar. La reforma en efecto prescribe, por lo que atañe al estudio de la época antigua, una enseñanza más prolongada, pero también no continuada hasta el bienio superior. Si de una parte con eso se abre la posibilidad de una diversa profundización, de lo otra se presenta la necesidad y la responsabilidad de proveer así los datos y los conceptos propios de la historia antigua ya de modo tan completo y articulado, que respaldan en el curso de la escuela media el estudio de aquellas épocas que, justo sobre la herencia del pasado, fundarán, en continuidad o en oposición, sus instituciones. Me parece, por tanto, fundamental que el enseñante elemental adquiera una visión más amplia y articulada de la materia para poder fácilmente individuar en ella los eventos y los nudos conceptuales fundamentales y poder elegir, por lo tanto, conscientemente los hechos¸ los personajes y conceptos más fáciles y eficazmente comunicables a los niños.
En esta óptica, aunque por motivos didácticos la enseñanza se dará de modo diacrónico y específico para las diversas civilizaciones, es importante que el enseñante una el conocimiento de cada pueblo en su desarrollo diacrónico al reconocimiento de las relaciones políticas, económicas y culturales transcurridas entre ellos, relaciones que, junto a las peculiaridades de cada civilización, han determinado el desarrollo.
Todavía será necesario, pero no será objeto de la conversación de hoy, aprender a distinguir y a usar los muchos tipos de fuentes para el conocimiento de las civilizaciones en los sucesivos períodos (restos arqueológicos, documentos, tradición historiográfica), así que se seleccione y comunique a los niños aquellos eventos que puedan no sólo ser significativos en sí mismos, sino también más fácilmente presentables mediante documentaciones y testimonios.

Por obvias cuestiones de tiempo, he elegido llamar la atención sobre dos momentos de la historia antigua que, espero, puedan, incluso en la síntesis necesaria, enseñar los fuertes motivos de interés y educatividad de la disciplina. Por cuanto concierne a las civilizaciones orientales me detendré sobre aquella egipcia, mientras que por cuanto concierne a la historia griega y romana, centraré el interés sobre el mundo romano

II. CIVILIZACIONES ORIENTALES

Todas las civilizaciones orientales en su complejo han representado la imponente expresión de hombres en acción que, en base a una visión del mundo y en base a sus carácteres peculiares (Tucídides habla de una physis - naturaleza - que caracteriza a todos los hombres y de una physis que caracteriza a cada pueblo) han estructurado la realidad alrededor de ellos.
Frente a un presente a menudo problemático, a una realidad geográfica con ventajas (recursos, comunicaciones) y desventajas, a un contexto de pueblos circunstantes a menudo aguerridos, las grandes civilizaciones orientales han creado actividades organizadas y estructuradas de agricultura, artesanía y comercio; han introducido organismos políticos y organizativos funcionales al pleno uso de los recursos del territorio; han elaborado sistemas de escritura, han encaminado formas de expresión sintética de la conciencia consciente de sí misma con la literatura épica e histórica, con el arte y la arquitectura y han elaborado un complejo conjunto de dioses, mitos y rituales.
Si bien una atención particular tuviera que ser reservada a la presentación de las civilizaciones egipcia y mesopotámica que desde los principios de la edad del bronce han ocupado sus sedes históricas y que han dejado los signos más imponentes, será pero importante también evidenciar los movimientos de pueblos (Semitas: Judíos, Acadios; Indoeuropeos: Hititas, de Iranios, Hyksos, pueblos del mar…) que, entrando en relación con Egipcios y Mesopotámicos, sea enriqueciéndolos, sea desestabilizándolos, han dado vida a nuevos asentamientos y civilizaciones: Judíos, Fenicios Hititas, Cretenses, Micénicos. Entre ellos valdrá la pena presentar a los que más dejaran huella de sí mismos porque son únicos en sus características (Hebreos) o porque preliminares irrenunciables de los eventos sucesivos (Cretenses, Micénicos, Fenicios).
Entre las civilizaciones egipcia y mesopotámica parece más funcional, en esta sede, localizar los aspectos peculiares y característicos de la civilización egipcia, por la cual es posible notar algunas diferencias fundamentales con respecto a las otras civilizaciones del antiguo oriente. Se trata por lo demás de la civilización oriental que puede ser principalmente presentada a los niños a través de testimonios de varia naturaleza presente en nuestro territorio nacional y fácilmente alcanzables.

ASPECTOS PECULIARES DE LA CIVILIZACIÓN EGIPCIA

1. Civilización fluvial

En el curso de su pleno desarrollo, la civilización del Nilo siempre quedó ligada y dependiente de la agricultura fluvial e hidráulica, practicada en la región de algunos asentamientos neolíticos ya desde el V milenio A.C. y nunca disminuida. No faltaron en todo caso los metales, presentes en significativas cantidades de oro, plata, cobre y estaño, elemento éste que hace menos urgente la necesidad de comerciar con poblaciones externas al valle del Nilo.
El Nilo, venerado como sagrado por las poblaciones egipcias, presentaba ondas de crecida regulares que imponían pero la necesidad de ser controladas y canalizadas; era necesario asignar según un riguroso criterio los lotes de tierra por cultivar a los campesinos. Venían puestas de este modo las premisas para la gradual constitución de un fuerte poder central.

En el área mesopotámica en cambio, con el tiempo, junto a la explotación de la agricultura, se desarrolló, por la falta de materias primas, una vocación comercial, que explotaba las vías de tierra y las pistas caravaneras. En particular los Asirios, cuyo territorio, apenas lamido por el Tigris, se presentó árido y particularmente inadecuado para la agricultura, se dedicaron al comercio, aprovechando el hecho de que controlaban una región que representaba la encrucijada de los intercambios. Además, mientras en Egipto la obra de recuperación queda inalterada hasta hoy, en Mesopotamia algunas zonas han vuelto a un estado incultivable.

2. Fuerte poder central

Ya desde la fase del Antiguo Reino se puede ver la más avanzada dimensión política del mundo egipcio con respecto a la civilización de la Mesopotamia.
El estado en Egipto fue una potencia colectiva que ejerció una fuerte autoridad central, necesaria para mantener unido el país y para regular los complejos trabajos de canalización y explotación de las aguas del río; se reveló capaz de aplicarse con método a la explotación del potencial agrícola del valle aluvial del Nilo y de producir en excedencia los medios de sustentación para el pueblo. Tal potencia se concentró en las manos de un eficiente soberano de todo Egipto, que poseía todas las tierras del País sobre el que ejercía una autoridad sin límites; estaba dotado de un poder teocrático y era considerado él mismo una divinidad. En cuanto dios o hijo de dios, era además el garante de la prosperidad del país y el mediador entre mundo celeste y terrestre; el faraón se vuelve así luego el auténtico prototipo de soberano absoluto que imitarán Alejandro y los emperadores romanos.
De norma el estado egipcio se mantiene políticamente unido, excepto los breves períodos intermedios de crisis.
Esta experiencia, única en la antigüedad, fue garantizada por varios factores:
● excelencia de las comunicaciones;
● eficiente estructura burocrática. El soberano gobernaba mediante una estrecha burocracia de funcionarios que dependían de la cumbre del aparato burocrático, el visir, responsable frente al faraón del buen funcionamiento de la máquina administrativa;
● jerarquización de la sociedad. Bajo el faraón en condición de igual dignidad estaban los altos funcionarios de la burocracia de corte y los sacerdotes, en su papel de simples guardias de los templos y ministros del culto, pero no considerados intermediarios entre hombres y dioses, función propia del faraón. Siempre sobre el mismo plano estaban los escribas y los aristócratas, encargados de conducir al ejército, del que constituían el fulcro, y de administrar las provincias, desde el momento que en su interior los gobernadores venían reclutados. Más abajo los mercantes y los artesanos, luego los campesinos y por último los esclavos, todos al servicio del faraón, empleados en el cultivo de las tierras regias o en la construcción de templos y pirámides.

Tal unidad favoreció
● mantenimiento de la agricultura y de la irrigación;
● resistencia a las invasiones extranjeras;
● continuidad y vitalidad en la cultura, en la escritura, en el arte y en la religión, también en los períodos de sometimiento a poblaciones extranjeras.

En Mesopotamia, en cambio, sólo después de una primera fase particularista con las ciudades estado sumerias, se tuvo experiencias de estados unitarios con el imperio acadio, aquel neosumérico, aquel babilonio y aquel asirio, todos de duración limitada. Todos estos reinos unitarios ambicionaron la centralización política, incluso con resultados diferentes:
● El IMPERIO ACADIO encontró dificultad en esta tentativa; fue en efecto el primer imperio universal de la antigüedad, por el carácter comercial y multiétnico, que buscó mantener bajo la común soberanía del rey de Akkad a los sumerios, a los Acadios de cepa semítica y a las poblaciones indoeuropeas del alto Siria; incluso asumiendo una actitud de sustancial tolerancia religiosa y respeto por las jerarquías sociales existentes, se enfrentó con el problema de haber sido impuesto por extranjeros y mantenido con la fuerza de las armas;
● Los BABILONIOS crearon una realidad más organizada sobre el modelo de aquella egipcia, controlando firmemente desde 1894 a 1595 a.C un espacio geográficamente más reducido, el valle del Tigris y el Éufrates;
● la gran extensión que alcanzó EL IMPERIO ASIRIO, entre 883 y 612 A.C., se construyó sobre una fuerte autoridad monárquica, marcadamente centralizada y absoluta gracias a la habilidad de los soberanos, a la potencia y a la fidelidad de la aristocracia militar - administrativa rigurosamente de etnia asiria. Con Asurbanipal (668-629), la corte de Nínive tocó la cumbre de su prestigio internacional y se volvió la encrucijada de las relaciones diplomáticas del entero Cercano Oriente antiguo, por primera vez unificado de modo estable bajo una única dominación territorial.

Por cuanto concierne al aspecto teocrático del poder, en general los pueblos de la Mesopotamia no desarrollaron el modelo egipcio. Se distinguen en tal sentido los Acadios y los Asirios:
● los Acadios se valieron de una real teocracia; el rey fue en efecto dotado, por voluntad de los mismos dioses, de atributos y características divinas y no encontraba obstáculos en la autoridad de los sacerdotes;
● en cambio los Asirios produjeron una monarquía en que la autoridad era fuertemente absoluta, no sobre base teocrática, sino militar; la monarquía había asumido una connotación acentuadamente militarista, también en función de la incitación del dios Asur a propagar su culto a través de la extensión de los dominios asirios.

3. Aislamiento y Conservadurismo

En el curso de sus casi cuatro milenios de vida, la civilización del antiguo Egipto ha conservado intactas algunas características tipológicas, que siempre se han vuelto a presentar aún después de fases de disturbios o invasiones de parte de poblaciones enemigas. Esto fue determinado sobre todo por la posición natural que hacía el estado sustancialmente periférico con respecto a las áreas avanzadas de Asia y unido a ellas por la península del Sinaí, árido e inhospitalario, y separado por la extensión del desierto de las otras poblaciones residentes en África centro septentrional.
El pueblo egipcio entonces maduró una posición de:
● escasa atención respecto a cuanto ocurría fuera de los confines del reino;
● neto cierre y una notable intolerancia respecto a las aportaciones culturales externas (los Egipcios por ejemplo, incluso pudiendo asimilar la metalurgia del hierro ya en el 1750 A.C. de los Hyksos, quedaron tenazmente ligados al empleo del bronce).

Muy diferente la situación en MESOPOTAMIA, región caracterizada por la ausencia de barreras y confines naturales: este elemento favoreció:
● la alternancia en la región de muchas formaciones estatales, en cuanto ideal zona de paso en el constante proceso de desplazamiento de las poblaciones nómades, más pobres, hacia las regiones habitadas por los sedentarios, por tanto más ricas y prósperas;
● una mentalidad abierta a la comparación con el exterior y al respeto hacia el extranjero, capaz también de una cierta ductilidad política:
— en particular los Acadios y los Babilonios dieron prueba de gran espíritu de tolerancia y moderación respecto a los pueblos vencidos, teniéndose bien lejos del desprecio hacia el extranjero, típico de los Egipcios; en particular los Babilonios también manifestaron la misma tolerancia en campo religioso acogiendo a las divinidades sumerias y acadias, limitándose con anteponerles su dios nacional Marduk;
— más rígidamente étnica fue en cambio la conducción asiria del poder que impuso la clase dirigente asiria a las poblaciones sumisas, sobre las que sin embargo actuaba la práctica de la deportación y la clasificación étnica.

4. Religión

Los Egipcios asumen caracteres distintivos en el ámbito religioso.
Aunque eran politeístas, como la mayor parte de los pueblos antiguos, no creían en la divinidad con los semblantes antropomorfos (al inicio ellos veneraron en efecto dioses con semblantes de animales, como el cocodrilo, el ibis, el chacal, el gavilán y el gato, útiles contra los ratones y las langostas que devoraron el trigo y las serpientes que asechaban la vida de los hombres), ni las identificaron con las fuerzas de la naturaleza veneradas por los sumerios y por los Mesopotámicos. Sus divinidades representaban elementos espirituales individuales o colectivos, demostrando por lo tanto una capacidad de notable abstracción.
Alrededor de la mitad del III milenio, cuando se consolidó una siguiente y definitiva organización del pantheón egipcio, parecía evidente la profunda unión que los Egipcios reconocían entre el mundo divino y el mundo humano, políticamente organizado. El faraón, asistido por Api, dios de la benignidad del cielo y de la regularidad de las crecidas del Nilo, se inspiraba en su actuar por el bien de Egipto, en la principal familia divina, garante de la bóveda celeste y el regular curso de la naturaleza, compuesto por Osiris, Isis y Horus (hijo de los dos primeros y representado en la tierra por el faraón); la tríada celeste a menudo era amenazada por el malvado Seth, a la vez símbolo del caos primigenio y responsable de la ruina de la prosperidad de Egipto. Poder divino y poder humano, por lo tanto, colaboraban unitariamente al bien de Egipto. El faraón, además, en su actividad de gobierno, podía elegir inspirarse en particular en una divinidad, haciéndola objeto de un culto distinto: era la así llamada monolatría. A este paso se puede relacionar el episodio significativo incluso breve, de la afirmación del monoteísmo de Amenofis IV-Akenatón, único paralelo monoteísta en el mundo antiguo con la religión hebrea.
Paralelamente el súbdito, se había actuado bien en el servicio de su faraón desarrollando plenamente la propia función al interno de la sociedad, podía esperar una recompensa de parte de las divinidades que lo habrían destinado a un lugar feliz y beato. Por lo tanto, aún una atestación de unión profunda entre mundo estatal y mundo divino.
Acerca de la concepción de la muerte los Egipcios han manifestado una concepción muy serena: la muerte no era el término último de la vida sino una simple interrupción para lograr la vida eterna. La condición esencial para garantizar la supervivencia del difunto después de la muerte era la conservación del cuerpo y la preparación de un ajuar funerario que asegurara al muerto cuanto le hubiera servido en la vida del más allá.

En Mesopotamia, en cambio, las muchas civilizaciones, todas politeístas, veneraban sobre todo las fuerzas de la naturaleza a las que dieron formas humanas; habían elaborado una imagen de la divinidad dotada de poderes excepcionales, supremo árbitro de la vida humana, pero separada del mundo humano individual y colectivo. El rey, por lo tanto, excepto que para los Acadios, no era nada en comparación de los dioses y por este motivo la religiosidad sumeria impedía la divinización. El rey babilonio, por ejemplo, era el simple intérprete de la voluntad del dios nacional Marduk, convertido en la cumbre del panteón mesopotámico en el conjunto sincrético de las divinidades sumerias y acadias.
Grande, además, era para las poblaciones mesopotámicas el temor a la muerte: aquello sumerio en efecto no era un más allá sereno, ya que los hombres perdían todas las alegrías de la vida por la descomposición del cuerpo, no protegido por las prácticas embalsamadora de los Egipcios.

III. LA CIVILIZACIÓN GRECO-ROMANA

Al interior del ámbito específico de la historia griega y romana, el más inmediatamente conexo, junto a aquel hebreo, con nuestra civilización occidental y cristiana, deben ser particularmente captados en el estudio y subrayados en el curso de la enseñanza los caracteres distintivos de las dos civilizaciones, pero también, y sobre todo, los fuertes contactos entre las dos y su consiguiente unidad. Por lo demás, las relaciones entre mundo griego y mundo romano se volvieron muy estrechas, primero entre Roma y las ciudades griegas de la Italia meridional y luego, desde el III siglo con la expansión en el Mediterráneo, que para griegos como Aristóteles, Heraclides, Teopompo (IV-III) Roma era una polis elenìs, no muy diferente de las suyas. Pues, en la parte siguiente de la intervención serán tocados brevemente estos dos aspectos en sus caracteres esenciales.

A. CARACTERES DISTINTIVOS DE LA CIVILIZACIÓN ROMANA

Como en precedencia para el mundo egipcio, evidenciaré algunos caracteres distintivos de la civilización romana que, puestos en relación con la correspondiente experiencia histórica y política de la civilización griega, nos permitirán captar algunos nudos de ambas partes.

1. Carácter socializado del hombre romano.

Ante todo, el hombre romano no se concibe como individuo, sino como miembro de un grupo. La democracia de la constitución romana, en efecto, es dada no tanto por la posibilidad de la plena expresión del individuo al interior de la colectividad, cuanto por su inserción en un contexto legal, como veremos. Los romanos tuvieron conciencia de su carácter (CIC., Pro Fl. 15-16) y lo expresaron en las estructuras; en las asambleas, por ejemplo, los ciudadanos no obraban individualmente en el momento del voto, sino eran insertados dentro de una agrupación de carácter social y militar (centuria) o de carácter territorial (tribu).

2. Capacidad de acoger elementos positivos de diversa procedencia.

Roma reveló una formidable capacidad de acoger en su interior todo elemento positivo, de cualquier procedencia.
A nivel político y social lo evidencian los siguientes hechos. Roma era una ciudad inicialmente organizada sobre principios de agregación en base genética, tanto que la primera división en tres tribus era verosímil sobre tal base y quizás retomaba los tres principales grupos étnicos que, como veremos, habían cooperado a su formación. Además estaba fuertemente arraigada a la pertenencia, a la gens; las gentes eran el estrecho grupo de familias que, en el origen de Roma, habían detenido el poder mediante las personas de las cabeza de familia, los patres y sus descendientes, los así llamados gentiles o patricios, ellos solos dignos de acceder a los sitios de dirigencia del estado y sólo ellos podían ser enterrados en la ciudad. Sin embargo, bien pronto, ya en el VI siglo, se advirtió la urgencia de dar a la representación política y militar otro criterio, aquel timocrático (la así llamada reforma de Servio Tulio), y, ya desde el V, se decide ampliar el derecho de participación al gobierno, más allá de la pertenencia a las gentes, a los exponentes de la multitud, de las plebes, por un camino gradual, pero sustancial, más bien quizás sustancial que formal (ej. el acceso al consulado de los plebeyos). Se verificó el ascenso de los homines novi (individuos pertenecientes a familias anteriormente extrañas a la vida política) y la progresiva sustitución a la vieja nobilitas de una nueva que acoge a quién ha tenido, entre sus antepasados, al menos un exponente al interno del senado. También los esclavos liberados venían integrados como cives con la posibilidad para sus descendientes de primer grado de acceder al cursus honorum.
Además, a las primeras tribus étnicas siguió la institución de las tribus estrechamente territoriales que permitieron la integración en el estado republicano de grupos étnicamente diferentes como los Etruscos de Veio.
A nivel étnico lo testimonia la historia de la formación de la ciudad tal como es certificada por los restos arqueológicos y nos es relatada por los historiadores. Confluyeron en efecto en la ciudadanía romana el elemento latino, en cuanto Roma nace como colonia de Alba, el elemento itálico por la integración con los Sabinos y sobre todo el elemento etrusco que, ya avanzado y refinado desde el punto de vista político, urbanístico, económico, cultural, confirió al centro en las riberas del Tíber ya en el VI siglo una gran relevancia urbanística permitiendo a la ciudad ser llamada la "gran Roma de los Tarquinos" y le hizo asumir ya desde entonces una estructura articulada a su interior, con intensidad de trafico y diversidad de beneficios tales de justificar en el VI siglo el afirmarse de una estructura timocrática. Lo testimonia, por ejemplo, la posibilidad que tuvo el exponente de una familia de Tarquinia de afirmarse en Roma hasta asumir la función real. Interesante el hecho de que también la civilización etrusca había en su interior y en sus orígenes la misma apertura y disponibilidad que luego de ella Roma heredará. En efecto, este personaje que en Roma asumirá el nombre de Tarquino no era mas que el hijo de un aristócrata de Corinto llegado a Tarquinia años antes; afirmándose aquí hasta asumir peso político e incidencia en la ciudad.

3. Capacidad de propagar la propia civitas y de crear una realidad distinta de sí mismos.

Movida por esta apertura, Roma, nacida incluso por la experiencia de las ciudades- estados griegas y etruscas, reveló una fuerte disponibilidad a propagar la civitas (el conjunto de derechos y deberes del ciudadano romano) más allá de los confines del urbs volviendo a otros partícipes de estos derechos. A diferencia del mundo ateniense que identificaba estrechamente polis y politheia, el mundo romano por lo tanto no identifica urbs y civitas; en ello la ciudadanía no era un valor individual, sino social y podía por tanto ser comunicado a otros. Además, faltaba el miedo del novum, del alienum.
Por eso Roma se configuró como una ciudad capaz de asimilar hombres de diversa procedencia social y étnica, inmigrada o vencida (cfr. Livio IV, 3-4, discurso de Canuleio del 445, Tac. Ann. XI, 23-24, discurso de Claudio en el Senato). El efecto es la creación de un pueblo mixto (Sall., Cat. // 6 //multitudo diversa et vaga), ante todo en Italia con la progresiva integración de los itálicos y la concesión de la ciudadanía romana, luego al exterior donde la propagatio civitatis a través de la creación del sistema de las provincias y su siempre mayor equiparación, llevó a la constitución del imperio universal. De la ciudad estado de Roma al imperio en el cual Roma poco a poco desaparece como fulcro, hasta ser reemplazada como capital de Milán, Nicomedia, Treviris, Constantinopla, Rávena…

4. La civitas romana es fundada sobre el ius y sobre la fides

La civitas romana advirtió la exigencia de establecer una norma (ius) sobre la que fuera fundado el derecho y consecuentemente las leyes. Tal norma, antes que las individuales leyes, residía en el pueblo, es decir en el entero cuerpo de los ciudadanos que se reunía para deliberar. Cicerón identificaba el populus no como una cualquiera congregación de hombres, sino como una congregación basada sobre el consentimiento del derecho y sobre la común utilidad (no omnis hominum coetus quoquo modo congregatus, sed coetus multitudinis iuris consensu et utilitatis communione sociatus (Cic. De re pubbl. I 25, 39.)) Los romanos identificaron la libertas, que hasta el imperio será afirmada como valor insustituible del pueblo romano, justo con la igualdad en los derechos personales y en los derechos políticos fundamentales, como aquel del voto, del cual el ciudadano romano gozaba bajo el dominio de la ley y con la certeza del derecho.

Más allá del derecho, las relaciones entre los ciudadanos, la relación entre patronus y cliens, eran basadas en la fides, la lealtad a la palabra dada que sella un pacto, un foedus.
Igualmente este principio estaba a la base del sistema federal constituido por Roma y las ciudades y los pueblos sumisos, junto con los que constituyó su originalidad con respecto a las anteriores experiencias de estados independientes y también su grandeza.
Al dominium sobre los pueblos, en efecto, a la propiedad sobre los pueblos conquistados, la forma usual que expresaba el derecho del vencedor y en el cual se habían expresado los imperios anteriores, Roma reemplazó el foedus, una unión vinculante como el tratado (foedus) que tenía una ventaja para ambos contrayentes y transformaba los pueblos vencidos en colaboradores de la política extranjera y en el plano militar. Individualmente los pueblos vencidos, que no podían aliarse entre ellos, establecían pero un tratado con Roma, del que reconocían la maiestas, según el cual se autogobernaban al interior, pero se reconocían dependientes de Roma en política exterior.
Todos, luego, reconociendo la superioridad del derecho romano, tendencialmente extendían la validez de las leyes en su interior. Por tanto, aquel ius que estaba a la base de la convivencia al interior, también regulaba las relaciones con las poblaciones aledañas y se extendía al interior de ellas.

El ideal de una colectividad primero estrecha, luego universal fundada sobre el derecho y sobre el pacto, no ha sido realizada por ninguno de los otros imperios de la antigüedad y se configura como el aspecto más duradero de la herencia romana.
La unificación del occidente bajo Roma, en la forma de las provincias, más o menos directamente administradas, pero siempre con la posibilidad de tratos distintos y siempre con el lema de la difusión de la cultura y del derecho común, (con particular atención a los procesos de integración y al formarse de las culturas diferenciadas en las grandes áreas provinciales) ha preparado la idea de Europa.

5. Apertura, difusión de la civitas, valor del ius y de la fides: novedad, respeto a la experiencia griega clásica

Los principios de apertura, difusión de la civitas, valor del ius y de la fides han distinguido profundamente el mundo romano con respecto al mundo de los griegos, que se consideraban en cambio étnicamente y culturalmente diferentes y mejores que los demás pueblos. La exasperada sensibilidad étnica, la conciencia de la propia identidad de comunidad ideal y la aplicación radical de estos valores al interior de la democracia han llevado a cada polis griega a una posición de cierre y conflictividad con respecto a lo que era sentido como extraño (esto es testimoniado en Atenas por la rígida exclusión de cada ensanche del derecho a la ciudadanía fuera del ámbito del Ática) y a la exasperación de los ideales de autonomía y eleutheria (libertad) hasta las continuas guerras por la hegemonía, que después de las guerras persianas dividieron a los griegos y los hicieron débiles frente a las amenazas de Persia y Felipe de Macedonia.

La conciencia de la precariedad y de la peligrosidad innata en esta política también determinó en Grecia la tentativa de alcanzar un equilibrio internacional basado en el derecho: junto a la experiencia de las polis en conflicto y en antagonismo entre ellas, hubo, en efecto, también estados federales, ligas entendidas como sympoliteia (el territorio y la población pertenecían mientras tanto al estado compuesto y a los estados individuales que hacían parte de ello. Las respectivas soberanías quedaron ciertamente limitadas, pero completamente distintas) o como symmachia (asociaciones de estados que dieron origen a órdenes jurídicas no estatales, sino internacionales, sociedad de estados perpetuos o temporales constituidos con el objetivo de la común defensa o de la paz entre los miembros). Particular valor tuvo la experiencia de los estados ligados por una Koiné Eirene (paz común), parecido a los grandes organismos internacionales de nuestros días.
La tentativa más radical de dar una organización relativamente estable al mundo griego ha sido representada propio por la paz común, (koinè sirene) que Artaserse, rey de Persia, en el 386 impuso a todos los griegos propuesta por Esparta, su aliada. El rey reservaba para sí mismo algunos territorios, pero reconocía autonomía y libertad a las ciudades-estado griegas y se empeñaba a combatir por la salvaguardia de estos principios, haciéndose garante. El intento del rey era el de mantener el particularismo griego y de tener, así, un instrumento jurídico para intervenir en la política interna de Grecia.

Es interesante que sobre esta experiencia llevada a la práctica en el mundo griego-oriental se haya luego introducida plenamente Roma. En efecto Roma utilizó esta forma en la paz de Fénix en 205 cuando, durante el II conflicto púnico, al final de la I guerra Macedonica. Roma entró en una paz común suscrita por muchas polis griegas, asumiéndose el papel de garante de los valores de libertad y autonomía., es decir el derecho-deber de intervenir en los eventos griegos toda vez que la paz fuera violada y se hiciera apelo a su autoridad. En efecto, el pacto se transformaba en una alianza militar defensiva contra los transgresores y empeñaba a los garantes a la intervención. Este evento evidencia cómo Roma ya en el 205 había asumido aquel papel de garante internacional que menos de dos siglos antes era desarrollado por Persia. Livio habla en esta ocasión de Pax communis (Liv. XXIX) y esto es poco comprensible si no como traducción de //koiné eirenev, aunque si no todos los historiadores están de acuerdo.

B. RELACIONES DE CONTINUIDAD ENTRE EL MUNDO GRIEGO Y EL MUNDO ROMANO

Justo el recuerdo de este episodio obliga a subrayar cómo, a pesar de las muchas diferencias, haya sido fuerte y continua la unión entre la experiencia griega y aquella romana. El mundo griego le ha comunicado a aquel romano e itálico las propias instituciones, la propia experiencia política y cultural directamente e indirectamente por los etruscos en la península desde los primeros siglos; luego los contactos se han hecho más amplios y complejos cuando la cultura griega se ha difundido en el Mediterráneo y en Asia con el envío de Alejandro Magno y la creación de los diversos reinos helenísticos. Esto puede ser considerado un evento arrollador, para alguien comparado a una nueva revolución neolítica.
El mundo romano ha recibido modelos y valores por aquella disponibilidad a la asimilación de que se habló antes, y los ha hecho propios según las propias exigencias. Hemos visto como deriven del mundo griego la estructura de la ciudad-estado; aquella del estado federal y de la liga como sympoliteia o como symmachia. Por último merece la pena subrayar la influencia ejercitada sobre el mundo romano de la democracia, que es una creación griega y que se ha realizado en sus formas más radicalizadas en la Atenas del V siglo.
A pesar de la lejanía del modelo ateniense en la realización, justo teniendo en cuenta la valorización de las individualidades y la peculiaridad del sentido que asume en Roma el concepto de libertas¸ es indudable el carácter democrático de la constitución romana; las asambleas, aunque si en ellas el voto no fue individual, sino de grupo, fueron asambleas democráticas porque acogían a todos los ciudadanos sin diferencia de riqueza o nacimiento y todos tenían derecho de voto: ellas son la expresión de la voluntad popular. La afirmación, citada ya “El derecho reside en el pueblo" es una afirmación de democracia. Ciertamente en Roma, sobre la estela de las reflexiones sobre la mejor forma del estado posible ya fuerte en ámbito griego (cfr. Aristóteles, Polibio…) y continuadas en Roma (Cicerón), el modelo demócrata fue mediado con aquel oligárquico y con aquel monárquico, llegando a constituir aquella forma mixta que, según Polibio y el mismo Cicerón, ha permitido a Roma afirmarse en el Mediterráneo, y en el cual el senado conducía de modo iluminado el pueblo.
La experiencia democrática como nosotros la conocemos, con sus límites y reglas, viene justo del mundo romano.

IV. BIBLIOGRAFÍA

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À. Momigliano, Sui fondamenti dela storia antica (Sobre los fundamentos dela historia antigua), Turín, Einaudi, 1984

Interesantes y de fácil lectura los textos de la colección de la BUR caracterizados por el título La vita quotidiana a… dedicados a las diversas civilizaciones en diversos momentos de su desarrollo.

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