/2. Los origines de la sociedad medieval
autor: Luigi Negri
fecha: 1997
fuente: Le origini della società medievale
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El proyecto de una sociedad atea
La Iglesia y el Estado absoluto
La Iglesia frente al proyecto ateístico
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La edad medieval

El alto medio evo (los siglos VII, VIII y IX) corresponde, según muchos manuales de historia, a los así llamados “siglos oscuros”; ello representa, en realidad, el punto en que emerge mayormente la energía constructiva del acontecimiento cristiano. En estos siglos, en efecto, el cristianismo, no sólo ha animado un mundo que ya existía; ha creado un mundo nuevo, la así llamada sociedad medieval, que brillará con intensidad conmovedora en el siglo trece y se dirigirá desde el siglo catorce en adelante, hacia una lenta decadencia. En el alto medioevo esta civilización está ya en embrión.
En sus origines se encuentra una mutación que tiene proporciones imprevistas: la definitiva conquista de Roma sucedida en el 476 cuando los Hérulos, unidos a los Godos y guiados por Odoacro, penetran en la capital del imperio de Occidente. En una de sus cartas, San Jerónimo, el traductor a latín de la Biblia, en la ocasión del primer saqueo de Roma en el 410, escribía “Cayó el principio de unificación del mundo: nosotros estamos destruidos”. La frase de San Jerónimo dice qué significaron las invasiones bárbaras: la conclusión de un orden cultural, social político que constituía una antropología, un modo de concebir al hombre.
El sentido de belleza y de equilibrio, propio del mundo griego, la capacidad de construcción cultural capaz de hacer converger todas las realidades en un orden más grande, la “res publica”, genio de lo romano son destruidos. Desde la segunda mitad del siglo V hasta al VII, Europa es un campo de batalla. Antes los bárbaros, retenidos hasta aquel momento, gracias a las concesiones de asignación en las regiones puestas alrededor del confín signado por Adriano, atraviesan los confines del empero por la presión ejercitada por los Hunos de las estepas asiáticas. Luego, la invasión islámica aprieta en un asedio lo que queda del empero romano antiguo de Occidente. En el 732, con la resistencia y el sacrificio de Carlos Martillo en Poitiers, el empero de Occidente fue salvado. La región que ahora se llama Francia fue salvada. Pero sobre el Mediterráneo – antes lago de paz – se produce la presión terrible de pueblos no sólo étnicamente diferentes de aquello romano, sino con una religión diferente, que habían ya destruido las prósperas Iglesias del litoral africano y conquistarán nada menos que los lugares más sagrados del cristianismo. Pueblos nuevos, luego, (porque ésta es la ley de la historia) contra pueblos en decadencia.
El derrumbamiento del empero romano es una tragedia que tiene proporciones espantosas y de la cual parece imposible resurgir. La tentación de la desesperación que emerge en la frase de San Jerónimo, es ampliamente compartida por el mundo cultural cristiano de aquel tiempo. Sin embargo, como escribe uno de los más grandes históricos del medioevo, Leopold Génicot, los cristianos no tienen ninguna nostalgia: fuertes de su fe, esperanza y caridad, empiezan alegremente a construir un mundo nuevo.
La comunidad eclesial no fue aniquilada por la destrucción del viejo orden. Ello estaba fundado sobre la cultura greco-romana y sobre la concepción del Estado romano, mientras el fundamento de la comunidad eclesial es la presencia de Cristo que redime al hombre, lo hace participar a una experiencia de vida trasformadora. Por esto la Iglesia no sólo superó indemne la ruina, sino demostró su capacidad de agregación poniéndose como el único punto de referencia tanto para los vencidos como para los vencedores.
En un momento en que se pone radicalmente en discusión el derecho de propiedad y la estructura del Estado no existe más, ni siquiera conceptualmente, la Iglesia hace emerger su capacidad de universalidad, es decir su capacidad – como realidad histórica y social – de unificar en modo estable los vencedores y los vencidos, y, por tanto, de ser elemento constructivo, dinámico y positivo. El surgir de una civilización cristiana ha producido frutos imponentes, como el saneamiento en toda Europa de tierras ya no cultivadas desde siglos y la reconstrucción material de las ciudades caídas en ruina y casi despobladas por la fuga de los elementos greco-latinos en las campañas.

El milagro de los monasterios. San Benito.

Uno de los mejores libros sobre el Medioevo que se pueden leer todavía hoy, después de decenios de su publicación es “La santa romana republica” de Jorge Falco (un gran histórico de origen hebrea, convertido al cristianismo estudiando el medioevo). En el capítulo dedicado al monaquismo, se describe, citando un cronista del siglo VII, el milagro de comunidades monásticas en la cuales vivían fraternamente personas que, en la vida social, se combatían y se mataban. Para comprender como la Iglesia pudo cumplir su función de elemento pacificador y constructivo, hay que, luego, entender el monaquismo.
El monasterio es un sujeto comunional vivo dentro del mundo. El sujeto humano nuevo (hijo de Dios y por esto libre) no es, en efecto, un individuo solitario: vive en un contexto de comunión que es una realidad histórica concreta, en la cual la unidad no se da “por la carne y por la sangre”, sino por el común reconocimiento de Jesucristo. Éste está así caracterizado por una nueva capacidad de conocer y de amar. La idea fundamental de san Benito (480-545, padre del monaquismo occidental) fue la que, basándose sobre Cristo, se podía realizar una vida social nueva, definida por dos tareas principales: reconocer a Dios (“ora”, reza) y en el trabajo (“labora”). En el monaquismo benedictino la Iglesia ha demostrado su verdad: es una realidad capaz de agregar a los hombres y de edificar una civilización.
El monasterio benedictino nace como punto de particular intensidad de la vida eclesial, un punto de experiencia auténtica y significativa, en que, lo que se proclama en la vida normal de la Iglesia, allí se vive realmente. Por esto, todos reconocen en san Benito y en el monaquismo benedictino un momento fundamental del anuncio cristiano con toda la potencia de la presencia de Cristo y la capacidad eclesial de acogida de lo humano. Esto acontece porque en los monasterios el cristianismo no es anunciado según la versión de la cultura greco-romana, hebrea o araba, sino como una experiencia de vida. El monasterio es una comunidad conciente de sí misma, de su identidad, y por esto capaz de encuentro. Por tanto, mientras Europa se destruye, los monasterios benedictinos edifican y dilatan la experiencia de comunidades de fe y de vida común.
La difusión de la Iglesia entre los pueblos bárbaros y su conversión (es suficiente pensar en san Agustín de Canterbury y en los monjes benedictinos enviados por Gregorio Magno al final del siglo VI a Inglaterra y hasta a Islandia) son la demostración de que el monasterio es la Iglesia viva que, poniéndose en movimiento y cumpliéndose, realiza una capacidad de crear unidad más allá de las diferencias y de construir lugares no tocados por la violencia que parece socialmente inevitable. En estos siglos, luego, el monaquismo es dinámicamente creativo, constructivo; desde el punto de vista material, es como una ciudad que se está reconstruyendo después de un cataclismo. Pero es una construcción nueva y dinámica. El monasterio es una comunidad conciente de sí, capaz de comunicar el acontecimiento de Cristo al hombre, en cualquier situación se encuentre, y por esto capaz de convivencia. El monasterio indica un ideal eclesial y civil y demuestra que la Iglesia viva es fundamento de un nuevo conocimiento y de una nueva acción, es más, principio constructivo de civilización. Por esto se puede decir que la Iglesia ha creado la civilización medieval y dilatándose misioneramente ha llamado muchos pueblos no sólo a la fe, sino también a la civilización misma. Pensamos en la prodigiosa dilatación misionera de los siglos VIII y IX hacia el mundo eslavo, desarrollada sobretodo a través de la obra de Cirilo y Metodio. Los dos hermanos no sólo conducen los pueblos eslavos a la fe, sino también dan a ellos el instrumento fundamental de comunicación: el alfabeto que del nombre del primero de los dos santos hermanos se llamó cirílico. En su obra de civilización la Iglesia ha salvado lo que era esencial en el antiguo orden y lo ha comunicado al futuro, construyendo también una entidad nueva: la nueva Europa.

Los elementos de la nueva sociedad: fe vivida, cultura, dignidad personal.

¿Cuáles son los factores fundamentales de esto trabajo constructivo de una sociedad nueva?
Al comienzo de siglo VII, uno de los hombres más grandes de derecho, Isidoro de Sevilla, escribía: “Los que detienen un poder sobre la tierra están sometidos a la disciplina de la religión y, aún cuando están en la cima de un reino, están atados por el vinculo de la fe y tienen que proclamar en sus leyes la fe en Cristo y vivirla con un comportamiento virtuoso. Los príncipes de la tierra a veces ocupan el ápice del poder al interior de la Iglesia, para proteger con su fuerza la disciplina eclesial. En la Iglesia, por otra parte, esta fuerza no sería necesaria si no impusiera con el terror de la disciplina lo que los curas no son capaces de hacer prevaler con la palabra”.
La fe, en otras palabras, se ha vuelto la forma con la que se afrontan todos los problemas. El artífice de la civilización medieval es el hombre cristiano, el pueblo cristiano, que ha vivido los problemas de cada día: volver nuevamente fértil la tierra, realizar un mínimo de convivencia estable y segura, etc.; que, además, ha vivido la dimensión del conocer y por esto ha retomado el hilo de la cultura, intentando no perder la gran tradición precedente. Sin la Iglesia y los monasterios, toda la cultura greco-latina se habría perdido incluso materialmente; sin los amanuenses benedictinos no se habrían guardado los documentos y los códices de la antigua cultura latina, que han sido copiado a veces sin ni siquiera entenderlos. Seguramente los autores de este periodo no escriben más en el latín de Cicerón, y tampoco en el de los Padres (Gregorio de Tours, el cronista de las gestas de los benedictinos, por ejemplo, usa un lenguaje muy rudo), pero de sus obras se emerge la conciencia de haber llegado a un nuevo punto de la historia. Con respecto de esto, permanece fundamental el estudio de Jean Leclerq, “Cultura humanística y deseo de Dios”.
En los siglos VI y VII los benedictinos empezaron a leer e interpretar, desde el punto de vista de la certeza de la fe, todo lo que la tradición precristiana había realizado, intentando plantear el problema del significado de la vida a través de las formas del arte, de la religión y de la filosofía.
El primero factor de la construcción de la civilización medieval es, luego, el sujeto humano nuevo, es la vida misma de la Iglesia, de la que el monasterio benedictino es el ejemplo ideal. Por eso Juan Pablo II, recordando a san Benito, decía que “el cotidiano se había vuelto heroico”. La civilización medieval nace a través de la vida cotidiana vivida teniendo la fe como principio de conocimiento, la caridad como principio de las relaciones, el respecto de la persona como norma suprema del comportamiento, y la gloria que se debe dar a Dios como ideal del conocimiento y de la vida.
El segundo factor es el gran desarrollo cultural, como tentativa de interpretar unitariamente la realidad. En las escuelas que nacen en los siglos VI, VII, VIII, antes alrededor de los conventos, después alrededor de las catedrales, hay ya, implícita, aquella gran florecimiento cultural que tendrá su desarrollo definitivo en las universidades, las cuales representan el punto en que la certeza de la fe se vuelve criterio para interpretar todo el saber (“universitas”). En aquellas escuelas vive un horizonte unitario de interpretación de la realidad que hace amar la búsqueda, empuja a entrar siempre más apasionadamente en los varios campos del conocimiento y a organizarlos.
El tercer factor es una sociabilidad nueva. La Europa de los siglos VI, VII, VIII, IX es la Europa del particularismo, de las pequeñas asignaciones, en su mayoría agrícolas. Sólo con el imperio de Carlos Magno se intenta una primera unificación no sobre una base política, sino religiosa. El gran principio que está en vigor es el de la fidelidad personal. El hombre medieval es siempre hombre “de” otro, pertenece a otro. Fatigosamente se sale del bloque de las categorías que fue organizado, finalizando el imperio romano de Occidente, por Diocleziano, que había intentado salvar la supervivencia económica del antiguo imperio vinculando los colonos a la tierra y bloqueando cada uno en su categoría. Con el Cristianismo no se logra enseguida elaborar otro organigrama, sino cambia la experiencia de base: se crea una relación de confianza entre hombre y hombre. El siervo de la gleba no es más el viejo esclavo: es un hombre atado a el que le está arriba con un principio de fidelidad que conecta el último siervo de la gleba al Emperador y al Papa. El principio de sociabilidad coincide con el principio de la fidelidad personal que une una libertad a la otra. Es un principio de libertad que actúa lentamente, pero que madura inexorablemente, así que en la mitad del siglo X la esclavitud desaparece completamente. Se crea un tipo de estructura social y civil nueva (el feudo) y un orden general nuevo (el imperio).
Es una imagen nueva de sociabilidad decididamente ya entrelazada con el acontecimiento de la fe, y por otra parte muy articulada en los modos de actuación. En la forma de vida social del empero carolingio y después del Sagrado romano imperio de los Otones, el principio activo es siempre el de la fidelidad personal. Esto significa que el actor de la historia es la persona en su capacidad de creación y personalidad.
Nos introducimos así a otro factor que domina ya la vida de estos siglos: la capacidad misionera, la voluntad de encontrar a cualquier persona precisamente en virtud de la conciencia de la identidad cristiana vivida. Las cruzadas serán la extrema consecuencia de esta capacidad de confrontación (en este caso con el mundo musulmán) sobre el cual se inserta la voluntad de reconquistar el lugar del nacimiento del cristianismo. El cristianismo creó la civilización medieval con mucha paciencia, intentando educar un hombre que había perdido o no había nunca tenido el sentido del valor de la existencia y es sentido del orden personal y social. No hay que asustarse si esta edad está caracterizada por fuertes claroscuros: junto con una gran conciencia ideal, emerge todavía la rudeza de las costumbres, la violencia, la incapacidad de medida, la facilidad a la explosión instintiva. Asombrarse por esto significa no tener el sentido de la historia: queda el hecho de que la Iglesia ha hecho emerger, fatigosamente, pero realmente, la humanidad, indicando un camino de educación que ha plasmado la barbarie y la ha insertado en la civilización. Quedan en toda la historia del medioevo episodios de violencia, por ejemplo la tentación de invadir la vida personal y de instrumentalizarla para la finalidad de la religión, en un modo que a nosotros hoy resulta inaceptable: eso es parte de este fatigoso camino de educación. Pero los criterios últimos de esta educación estaban claros desde el principio y las etapas han sido perseguidas con extrema decisión.
También la que llamamos política es parte de esta preocupación educativa, y aquél que tiene una función pública, tiene también una función educativa: está al servicio del crecimiento de la comunidad, de la fe de los que le son confiados. En este sentido lo que sirve el bien de todos en la vida publica esta sometido a la autoridad religiosa.
La civilización medieval nace dentro de la fundamental distinción de papa Gelasio, al final del siglo V, entre la dimensión religiosa y la dimensión política. La primera no puede ser absorbida en la segunda.
La Iglesia, sin embargo, aunque no ejercitando mecánicamente una función política, educa a los hombres y a los pueblos; por esta acción, nacen dentro del pueblo las personas que se asumen el servicio de la guía de la comunidad a nivel político.
Una nota final. Después de lo que se ha dicho, resulta claro que el medioevo no fue, en absoluto, una época “oscura”, retrasada. Esto es un prejuicio fruto de una operación de mistificación ideológica: se ha querido presentar el medioevo como un periodo de oscurantismo, para que resultara más creíble la imagen de un hombre ateo, gran proyecto de la mentalidad laicista. El medioevo en realidad es la edad en que más claramente la fe ha formado la existencia de la persona y se ha vuelto principio activo de creación de cultura y de civilización.

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