Los "piojos del pensamiento”
autor: Andrea Moro
fecha: 2012-08-21
fuente: I "pidocchi del pensiero"
traducción: María Eugenia Flores Luna

Cuando decimos que una cosa es misteriosa porque se presenta como hecho unitario, (http://www.ilsussidiario.net/News/Cultura/2012/8/19/MEETING-Ecco-perche-l-infinito-non-é-un-illusione/312339/), como en el caso del misterio de la unidad del yo, significa que sabemos reconocer los elementos del que está compuesta, pero no sabemos justificar el modo en el que estos elementos son mantenidos juntos. Hay muchos ejemplos en la naturaleza: sabemos por ejemplo que la materia está conformada de partículas elementales pero la teoría que nos explica cómo estas partículas la conforman no está (todavía) completada.
Cuando pensamos en el “yo" nos ocurre algo parecido, sólo que, a diferencia de otros problemas de unificación, esto nos concierne "en primera persona", perdonando el juego de palabras: si en efecto es verdadero que también el problema de la unidad de la materia no puede no concernirnos – porque, después de todo, la ciencia, la verdadera ciencia, nos concierne - es pero verdadero que la materia no se identifica con nosotros; en cambio el “yo" sí: el “yo" es el nombre que damos a una constelación de hechos distintos que parece nos define completamente: a las nuestras percepciones sensoriales, a los cariños, a nuestra conciencia, a nuestra dignidad, a nuestro ser únicos, a nuestra tensión hacia la libertad, pero delante de estas facetas tan brillantes la existencia del diamante de la que provienen no se explica fácilmente. Por ejemplo, el modo en el que nuestras percepciones, ciertamente fruto de interacciones moleculares, y la nuestra libertad se mantengan juntas en el “yo" es un hecho que escapa a nuestra comprensión inmediata, más bien, para los neurofisiólogos es hasta misterioso el modo en el que las varias sensaciones se liguen juntas.
Parecería una discusión para filósofos, para teólogos y neuropsicólogos, si no fuese que la palabra "yo" (y sus equivalentes en las varias lenguas del mundo) es uno de las primeras que pronuncia un niño que ciertamente filósofo, teólogo o neuropsicólogo no es. Y no sólo: estudios sobre la adquisición del lenguaje en los niños, sobre todo en el ámbito del filón inaugurado por Chomsky en los años 50, aquel por el cual "los seres humanos son proyectados en modo especial para aprender una lengua", se sabe que el sistema pronominal no entra en bloque en la lengua de un niño sino de modo progresivo.
Y la secuencia deja atónitos. Prácticamente en forma simultánea al "yo" aparece también "tú", como si la conciencia de sí y el reconocimiento del otro estuvieran por instinto, todavía antes que por deducción, dos nociones interdependientes. Con una separación cronológica marcada entran luego en el léxico de los niños de modo gradual los pronombres de tercera persona, los que se refieren a algo o a alguien no necesariamente presente en el contexto del discurso, luego los plurales, las formas indirectas, y así sucesivamente.
Por tanto los pronombres - los "piojos del pensamiento", como una vez Carlo Emilio Gadda los definió - son de hecho testigos reveladores sorprendentes de la antelación con la cual nuestra conciencia acoge la unidad del “yo", pero desafortunadamente no nos sirven para explicar el misterio de la unión entre los aspectos que componen la unidad misma.
Es evidente que no podemos proceder por intuiciones en la búsqueda de una respuesta a este misterio: hace falta viviseccionar el “yo", razonar, experimentar, hace falta es decir proceder por tentativos e hipótesis también en este campo tan delicado y complejo como de costumbre en la búsqueda científica. Hay al menos dos caminos por seguir, a priori. El primero es preguntar dónde "esté" el yo: la pregunta parece demente pero no lo es para nada. Uno de los motivos que hacen pertinente el problema está en el contraste entre una característica fundamental de la mente humana (aquella de coger y utilizar el infinito) y un hecho obvio, así obvio que no se lo tiene en cuenta: de ser nosotros objetos finitos.
Un ejemplo clamoroso es dado precisamente por el lenguaje humano: todos y solamente los códigos de comunicación naturales humanos (los lenguajes), en efecto, son capaces de producir estructuras potencialmente infinitas, por número y longitud, (las frases) partiendo de un repertorio limitado (las palabras) archivado a su vez en un órgano limitado, nuestro cerebro. Es sobre estas trayectorias principales de investigación que se mueve el pensamiento de Michele Di Francesco, filósofo italiano muy conocido en el ambiente internacional además de haber sido presidente de la Sociedad europea de filosofía analítica. Está después el camino que en cambio sigue la reconstrucción de la unidad a partir del deterioro de sus partes: es la vía que en la neuropsicología ha sido más aceptada hasta la llegada de las técnicas de neuroimágenes y basada en datos clínicos. Un camino maestro donde cada huella, como por ejemplo los efectos de las condiciones de estrés sobre el organismo, pueden dar indicaciones preciosas. De esto Giancarlo Cesana, médico higienista de formación, se ha ocupado en sus investigaciones llegando a consideraciones sorprendentes. Y no se trata sólo de una exploración alternativa: el problema es que frente a la disolución del “yo", quizás de modo todavía más ineluctable y dramático que en ninguna otra enfermedad, el pedido de sentido de parte del enfermo y de quien lo asiste se hace radical y radicales son las respuestas que se tienen que dar.
¿Piojos del pensamiento? Quizás: pero ciertamente el “yo" no es un piojo del que se deshace fácilmente, ni es obvio que se deba liberarse de él. El riesgo es de perder la cabeza entera y no un elemento que infesta. Es el nombre propio de todos nosotros: qué captamos de modo natural, aunque ninguno nos lo da. Y cómo no notar que, en el fondo, el misterio de la unidad del “yo" es un misterio que reclama una respuesta sobre nuestro origen, sólo que también la noción de origen, si no se la trata con cautela, puede llevarnos a resultados equívocos: porque de origen no hay solamente uno.
Sófocles, hace decirle a Edipo, en la primera tragedia de la trilogía: “Que suceda lo que tenga que suceder; Yo quiero conocer la semilla de la cual provengo, aunque sea humilde […] Y si he sido generado así, no podría volverme luego otro; quiero ir hasta el fondo a conocer mi origen". Es verdaderamente un pecado que la mayor parte de las traducciones tanto italianas como extranjeras aplanen semilla y origen in una única palabra, (origen, tout court), en donde el texto griego distingue dos términos: to spèrma (la semilla material de la que yo nazco como individuo) y o ghenos (el origen de mi gente, es decir la estirpe, la secuencia de "yo" que han precedido en línea directa el mío) Por tanto el misterio de la unidad del “yo" es por así decir un "misterio doble". Es también el misterio de mis orígenes materiales y genealógicos: la búsqueda de sí mismo y del padre.
Quizás Gadda, que como todo los grandes estuvo lleno de contradicciones, no se ha percatado que en lugar de un piojo, el “yo" se convirtió para él en el sinónimo de la vida misma, si prácticamente al final de Cognizione del dolore (Conocimiento del dolor), cuando habla de la muerte de la madre, escribe: "En el cansancio sin socorro en que el pobre rostro se tuvo que recoger tumefacto, como en una extrema recuperación de su dignidad, pareció a todos leer la palabra terrible de la muerte y la soberana inconsciencia de la imposibilidad de decir: Yo."
Entender el significado del nombre del yo nos vuelve pues disponibles a dar el sentido verdadero al nombre del tú y al origen de nuestra misma vida.

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