Ludwig van Beethoven - Concierto para violín y orquesta
autor: Luigi Giussani
fuente: La Morada Del Yo

En concreto, la cuestión última de la existencia humana se puede sintetizar de esta forma: el hombre nace de, recibe todo de. Es impresionante el hecho de que nada de lo que es propio de nuestro yo es nuestro. Y, sin embargo, la tentación más grave del hombre es la de concebirse autónomo, tan grave que coincide con la esencia misma del pecado original.
El Concierto para violín y orquesta de Beethoven que escucho desde hace casi cincuenta años, desde que empecé a enseñar religión en el liceo Berchet de Milán, se ha convertido para mí en símbolo de esa tentación suprema, encarnecida y continua del hombre de hacerse dueño de sí, señor de sí mismo, medida de sí, en contra de la evidencia de las cosas. Desde que el Diablo dijo a la mujer: "No es verdad que si comes de la manzana morirás; al contrario, si comes de ella, serás libre, adulta, serás como Dios, conocerás el bien y el mal", desde entonces, los esfuerzos del hombre para utilizar su razón de forma autónoma, como cultura y como dinámica de amor, se han multiplicado.

Pero volvamos a Beethoven. Hace casi cincuenta años habríais podido ver por las calles de Milán a un cura que andaba con un enorme gramófono. Y si alguien le hubiera preguntado: "Adónde vas?", habría respondido: "Voy al colegio". "¿Y te llevas el gramófono al colegio?". "Como el colegio no me deja el suyo, entonces me llevo el mío".

Una de las primeras audiciones que empleaba en mis clases en el colegio era precisamente el Concierto para violín y orquesta, con ese tema fundamental que recorre toda la pieza: la vida del hombre, de la sociedad, está representada por la melodía de la orquesta, de la que por tres veces huye el violín para afirmarse a sí mismo y que lo retoma otras tantas veces hasta descansar en paz, como si dijese: "¡Por fin!". El violín, el individuo, para afirmarse a sí mismo, tiene siempre la tentación de alejarse en un impulso fugaz, y precisamente en esta tentativa el instrumento da lo mejor de sí mismo. Por esto los temas más fascinantes del concierto son los del violín, los del individuo que trata de afirmarse por encima de todos. Pero el violín no puede resistir mucho tiempo en este ímpetu. Menos mal que existe la orquesta la realidad comunitaria que lo vuelve a tomar consigo.

Siempre recordaré el estremecimiento que recorrió la clase cuando puse por primera vez este fragmento de Beethoven en el colegio: el violín expresaba un sentimiento de tan ardiente nostalgia que realmente nos traspasaba a todos. Tanto es así que una chica, sentada en el segundo banco junto a la ventana que daba al patio, rompió a llorar. La clase no se rió. Yo, entonces, solamente dije que el lugar de la paz está donde todos los ímpetus irracionales, o en cualquier caso incompletos, de la instintividad se recomponen: en la comunidad, En efecto, ¿qué es lo que permite al violín completar las tres fugas citadas anteriormente, solitarias y geniales, los tres momentos más pacificadores del concierto? El apoyo de la comunidad, de la orquesta, a la que puede volver en cada momento, que lo recupera en cada fuga, lo sigue y lo retoma cada vez que escapa.

El violín es el hombre que espera más en sus fuerzas momentáneas, siempre concebidas de forma aislada, que en la tentativa común dictada por un origen y un destino compartidos. Sea como sea el modo en que se conciba, esta autonomía del individuo no puede ser justa, precisamente porque como tal no tiene verdadero origen ni destino, y por tanto no puede crear historia. Puede suscitar un momento de emoción en el tiempo pero, después de haber sacudido la superficie del agua, no puede hace nada, no logra tener un fin.

La pasión nostálgica que suscita el tema fundamental del Concierto para violín y orquesta aquella que provocó el llanto repentino de la chica es el emblema de la espera de Dios que tiene el hombre.

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