Luigi Padovese. El valor del testimonio
autor: Luigi Padovese
Presidente de la Conferencia episcopal de Turquía y Vicario Apostólico en Anatolia
Cristianos en Turquía: el valor del testimonio
fecha: 2009-10-14
fuente: Cristiani in Turchia: il valore della testimonianza
"Nuestra cruz socava la imagen de Dios que tienen ellos"
fecha: 2009-02-26
fuente: Padovese: «La nostra croce scardina la loro immagine di Dio»
Una carta a los Efesios
fecha: 2009-02-23
fuente: Padovese: Una lettera dagli Efesini
traducción: María Eugenia Flores Luna

Mons. Luigi Padovese ha sido asesinado en Iskenderun, en Turquía, el 3 de junio de 2010.

Cristianos en Turquía: el valor del testimonio

Intervención en la segunda Asamblea Eclesial del Patriarcado de Venecia (Italia), Basílica de San Marcos, el 11 de octubre de 2009

Eminencia, queridos hermanos y hermanas, les agradezco la invitación a este encuentro sobre el significado de ser testigos de Cristo en nuestra sociedad finalizando el camino de reflexión sobre este tema.
En este momento histórico particular de Europa a muchos cristianos, presumiblemente por una concepción individual e intimista de religión sobre la cual se debería reflexionar y en la cual se querría relegarla, resulta difícil confesar con palabras su fe. Hay un difuso temor en tratar temas religiosos y falta el valor para afirmar sea en público que en privado la propia fe, a menudo por escasa formación. Lo que nos recuerda cómo sea necesaria una nueva gramática de la fe que significa ante todo aclararse a si mismo por qué y cómo ser cristianos, y luego aclararlo y enseñarlo a quien no lo es. Pienso que también a nuestra realidad italiana se pueda aplicar cuanto escribía hace tiempo el obispo de Erfurt en Alemania: "A nuestra iglesia católica (en Alemania) algo le falta. No es el dinero. No son los creyentes. A nuestra Iglesia católica (en Alemania) le falta la convicción de poder ganar nuevos cristianos… y cuando se habla de misión existe la idea de que ella sea algo por África o Asia, pero no por Hamburgo, Mónaco, Lipsia o Berlín."
Particularmente hoy, en época de pluralismo, debe ser avivada la conciencia de que el testimonio funda y precede al anuncio, más bien es el primer anuncio. Es siempre verdadero que el primer paso para convertirse en cristianos se basa en el encuentro de hombres que viven como cristianos convencidos. Nos conforta en esta convicción el método misionero que Francisco de Asís les aconsejaba a sus frailes "que no hagan peleas y disputas… y confiesen ser cristianos."
Está en sintonía con este modo de sentir cuanto leemos en la Evangelii nuntiandi donde se habla del testimonio sin palabras que suscita preguntas en quienes lo ven. Ya ésta - leemos - "es una proclamación silenciosa pero muy fuerte y eficaz del evangelio… un gesto inicial de evangelización."
Este modo de ser testigos silenciosos ha sido aquel elegido por el padre Andrea Santoro, mi sacerdote asesinado el 5 de febrero de 2006 a Trebisonda. Cuando la mañana siguiente al asesinato he ido a la cámara mortuoria para ver el cadáver, la primera impresión, completamente espontánea, ha sido la semejanza entre el cuerpo desnudo del padre Andrea con la cabeza girada y el signo del agujero al lado con la imagen del Cristo muerto del Mantegna. No se supo nada de la razón que ha inducido al joven asesino a este acto de violencia. Del proceso ha emergido su culpabilidad, pero de las conexiones, de las influencias, del clima de odio que ha determinado el asesinato nada sabemos y, creo, no lo sabremos nunca.
El padre Andrea vino a Turquía fascinado por esta tierra, por su pasado, por el deseo de ser un puente entre Islam y Cristianismo, incluso entre Oriente y Occidente. La pequeña revista que había creado con amigos de Roma llevaba el título "Ventana al oriente”. Ahora esta ventana - gracias a su martirio - se ha abierto, y a través de ella nuestra situación, antes conocida a pocos, ahora se ha vuelto nota a muchos. Con el sacrificio de su vida el padre Andrea ha hecho realmente de puente a través de un testimonio hecho de no muchas palabras, sino de una vida simple, vivida con fe.
En el e-mail que me ha enviado el 1° de octubre de 2005, escribió: Hemos retomado nuestra vida regular, hecha de estudio, de plegarias, de acogida, de cuidado del pequeño rebaño, de apertura al mundo que nos circunda, de tejido de pequeñas uniones, a veces fáciles, a veces difíciles. El Señor es nuestra confianza, a pesar de nuestros límites y nuestra pequeñez. Yo estoy aquí hasta que me parezca de poder ser útil y hasta que las circunstancias lo permitan. El Señor enseñará sus vías". Tres meses después de este testimonio suyo, sin importancia, ha emergido a los ojos de toda la Iglesia destacando nuestra realidad cristiana en Turquía. Verdaderamente se trata ya de poca cosa. Una mirada a la reciente historia lleva a reconocer que muchos cristianos entre aquel 20% que a principios del 900 constituían la población total, con motivo de las discriminaciones y vejaciones experimentadas, han elegido - al menos formalmente -renunciar a su fe homologándose a los musulmanes, al menos sobre los documentos oficiales. Otros - muy pocos y generalmente al sur del país o en los grandes centros - han mantenido la propia identidad, pero a veces sin una real profundización.
La han conservado en el respeto de la tradición como se conserva en casa un cuadro antiguo del cual no se aprecia el valor. Se tiene porque hace parte de la decoración de la casa, pero sin darle el justo relieve, haciéndolo una razón de vida. Además, la situación de marginación en la que los cristianos han sido aislados, su disminución numérica, la escasez del clero y la imposibilidad de formar nuevas levas, la total desaparición de la vida monástica, ha llevado al cristianismo a una fuerte reducción y a la pérdida de visibilidad.
Últimamente justo las trágicas muertes del padre Andrea, del periodista armenio Hrant Dink, de los tres misioneros protestantes de Malatia como otros episodios registrados por la prensa local e internacional, han llevado a volcar la realidad de un cristianismo que en Turquía todavía existe y reclama pleno derecho de ciudadanía queriendo salir del anonimato en que ha sido relegado. En este empeño tiene su peso, al interior del país, el afirmarse de un Islam tolerante con respecto a las religiones no islámicas. El potente impulso mismo que viene de Europa no está privo de efectos para las comunidades cristianas de Turquía. Querría señalar aquí el interés mostrado por las autoridades en las celebraciones en Tarso del año paulino. Sin embargo también a este respeto la solicitud dirigida por muchas partes al gobierno turco para poder utilizar la Iglesia/museo de Tarso, anteriormente confiscada por el Estado, como lugar permanente de culto todavía está esperando una respuesta. Si, como espero, nos vendrá concedida esta Iglesia, será para mí la señal de que Turquía no solamente en palabras, sino también en hechos, se está abriendo a un clima de libertad religiosa.
No va en todo caso olvidado que este camino es todo en subida. Podrían confirmarlo las numerosas dificultades que nosotros los obispos a menudo nos encontramos a afrontar. Pienso ante todo en la imposibilidad de formar a sacerdotes turcos que garanticen un futuro a estas Iglesias por la imposibilidad de abrir seminarios. Y si nosotros cristianos latinos que en Turquía como Iglesia no existimos podemos superar este impedimento con el personal que viene del extranjero, la cosa es más grave para las Iglesias étnicas religiosas reconocidas por el Estado cuyos obispos y curas tienen que ser ciudadanos turcos. ¿Pero si estas Iglesias no pueden abrir seminarios, qué futuro les espera si no una lenta, progresiva extinción? Un proceso que se tendrá en los próximos meses contra el arzobispo siro ortodoxo de Mor Gabriel concierne justo al hecho de haber tenido en su monasterio algunos jóvenes seminaristas.
Si, como ha ocurrido en los decenios pasados, aceptáramos como cristianos no comparecer, quedando una presencia insignificante en el sistema del país, no habría dificultad, pero nos estamos dando cuenta que, como está ocurriendo en Palestina, en Líbano y sobre todo en Irak, es una vía sin retorno que no hace justicia a la historia cristiana de estos países en los que el cristianismo ha nacido y florido, y que no haría justicia a los millares de mártires que en estas tierras nos han dejado en herencia el testimonio de su sangre.
Hace dos semanas en Roma hemos tenido el primer encuentro de preparación del próximo Sínodo de las Iglesias orientales que se tendrá del 10 al 24 de octubre del 2010. A través de la voz de muchos patriarcas ha sido conmovedor oír cuántas dificultades los cristianos de Egipto, de Palestina, de Israel, de Irán, de Irak, de Turquía todavía están experimentando. Vivimos una buena parte en un clima de discriminaciones que está determinando la reducción numérica de los cristianos de estos países si no hasta su desaparición. A nosotros el Papa ha propuesto como tema del Sínodo "Comunión y testimonio - Eran un corazón solo y un alma sola". En otras palabras: estar unidos para ser testigos. La elección de este tema no concierne solamente a nuestras Iglesias de Oriente que viven en una situación minoritaria y de confrontación con el mundo islámico, sino se puede aplicar también a las Iglesias de Europa puestas en confrontación con una sociedad pluralista y donde es también de la comunión de los cristianos entre ellos que tiene que nacer su testimonio. Como ha sido observado la Iglesia no tiene una misión, no hace misión, pero es misión. Y por tanto hay que comprenderla por esa misión. Si quiere ser Iglesia de Cristo, tiene que salir de sí misma. En cuanto - como dice el Concilio. Vaticano II - es "sacramento universal de salvación", ella es ordenada al Reino, está a su servicio, existe para proclamar el evangelio, y no solamente hoy como medida de emergencia en tiempo de crisis, sino como constitutiva de su ser. Y el sentido de tal empeño es hacer que una experiencia hecha mensaje vuelva a ser experiencia.
"Nosotros hablamos de lo que hemos visto y oído", declara Juan (1 Jn. 1,3). La misión pues es testimonio vuelto al amor de Jesucristo y al rostro de Dios revelado por él. Desde este punto de vista ella no ha perdido nada de su urgencia aunque se impone un nuevo estilo de misión menos eclesiocéntrica y menos interesada, como si Iglesia terrenal y Reino de Dios coincidieran perfectamente. Se trata de llevar a los hombres a descubrir libremente que el camino de fe como seguimiento de Jesús enriquece la vida: va restituido al evangelio el carácter de evangelio, es decir de noticia que da alegría, transmitiendo la visión que Jesús tenía del Reino, pero listos también a recoger desilusiones. No puede ser de otro modo ya que la fe, en cuanto expresión conjunta de la gracia de Dios y de la libre adhesión humana, no se puede imponer sino solamente proponer.
Y es aquí que el rol del testimonio también se hace fundamental porque, como decía un Padre de la Iglesia - "los hombres se fían más de sus ojos que de sus orejas". Al escribir una carta pastoral a los fieles de nuestras Iglesias con ocasión del año paulino, nosotros obispos de Turquía hemos notado cómo las dificultades que Pablo ha experimentado en el anuncio del Evangelio no lo han frenado. Más bien él las ha entendido como una propia contribución personal para que el Evangelio tuviera efecto. Anunciar a Jesucristo para el apóstol ha sido una necesidad que nacía del amor por Él. Eso significa que quién encuentra a Cristo no puede prescindir de anunciarlo, sea con la vida que con las palabras.
El apóstol que ha experimentado la dificultad de este anuncio, también de parte de los hermanos de fe, nos recuerda cómo lo importante es que Cristo “sea anunciado” (Fil 1,8), pero incluso nos reclama nuestra común responsabilidad respecto a quienes no son cristianos. Lo hemos definido el apóstol de la identidad cristiana, porque se ha luchado infatigablemente para que el anuncio del evangelio no perdiera la propia esencia y no se diluyera en formas sincretistas. Ésta ha sido su misión desde el principio, sea en tomar partido contra los excesos del pensamiento judaizante que frustraba la acción salvadora de Cristo, pero incluso contra la tentación de dar vida a un cristianismo que no exigía conversión. Él - hoy como entonces - nos recuerda que "uno no nace cristiano, sino se vuele cristiano” y nos reclama a una realidad de Iglesia entendida ante todo como el 'nosotros' de los cristianos y no una realidad fuera de la persona, una institución en la cual encontrar medios de salvación. Ella es solidaridad, intercambio, comunicación del uno al otro, comunión fraterna, unanimidad que reza, ambiente de conversión, participación en la cruz, comunidad de testigos. Esto es el primer testimonio para ofrecer. "En ella - Metodio de Olimpo escribía - los mejores llevan a los mediocres y los santos a los pecadores. En cuanto a los que son todavía imperfectos, que empiezan apenas con las enseñanzas de la salvación, son los más perfectos los que los forman y dan a luz, como a través de una maternidad". Hay pues un servicio 'materno' de la comunidad cristiana y específicamente de laicos. Hace falta tomar cada vez más conciencia y espero que mis pocas palabras de reflexión también puedan servir para esto.

Padovese: "Nuestra cruz socava la imagen de Dios que tienen ellos"

De la entrevista que mons. Luigi Padovese, el misionero católico asesinado en Turquía, concede a Tempi 26 de febrero de 2009

"La tentación más grande del hombre es crearse un Dios a la medida, a imagen y semejanza humana. (…) También en nuestros días Dios a menudo es "tirado" de una parte o de otra: es fácil usarlo para justificar las propias acciones. Hoy hay hasta personas que matan en nombre de Dios, exactamente como hacía hace dos mil años Pablo, que persiguió violentemente a los cristianos. (…) En los países europeos, con tradición y mayoría cristiana, la encarnación de Dios es un hecho casi descontado (…).Yo en cambio vivo en un mundo musulmán que considera incomprensible la encarnación de Dios, el hacerse hombre que muere y resucita. Tener que confrontarme con una religión y una cultura diversa me ha llevado a entender qué quería decir san Pablo cuando hablaba de la cruz como escándalo y necedad para los sabios. Un Dios que muere por amor, golpeado, humillado y burlado, es "escandaloso", socava la imagen que los hombres, ya desde las albores del mundo, son llevados a hacerse de la divinidad, es decir aquella de un Ser glorioso y potente según los criterios del mundo. Los criterios de Dios no son aquellos del mundo: su gloria Dios la manifiesta quedando colgado a una cruz por amor. (…) El cristiano que se confronta en serio con los fieles de otras religiones acaba por entender que la encarnación es más laboriosa y más exigente que el simple reconocer la existencia y la bondad de Dios. (…) El hecho luego de vivir en los lugares de la predicación de san Pablo, en la tierra donde se ha desarrollado la primera Iglesia cristiana, ha dado mayor determinación a mi fe. (…) Cuando san Pablo, en sus cartas, habla de las muchas dificultades que ha encontrado - el hambre, el frío, las persecuciones - su anuncio asume mayor determinación y se vuelve más incisivo porque entiendo qué sufrimientos y cuáles pruebas ha tenido que superar. Ciertamente yo no padezco el hambre como él, me puedo desplazar velozmente con el coche, pero me siento cerca de él por lo que concierne, por ejemplo, a las dificultades de pertenecer a una minoría religiosa."

Padovese: Una carta a los Efesios

Cristina Uguccioni (entrevistadora)

La entrevista que Mons. Luigi Padovese había concedido a Tempi el 23 de febrero de 2009. "Católicos, salgan de las sacristías, Italia necesita del impulso de los primeros cristianos"
Mientras en Italia las comunidades cristianas celebran con un calendario lleno de eventos el bimilenario del nacimiento de san Pablo, Tempi ha encontrado a un hombre que desde el 2004 vive en los lugares de la predicación del apóstol de los gentiles.

¿Monseñor Padovese, cómo describiría la conversión de san Pablo y en qué términos ella es ante todo una conversión teológica, relativa es decir a la idea de Dios, antes que una conversión moral?
Muchos tienen una idea errada de la llamada de san Pablo ocurrida en el camino a Damasco: creen que se ha tratado de una conversión moral por la cual Pablo, de hombre antirreligioso, se haya vuelto religioso, de hombre malvado, perseguidor de los cristianos, se haya vuelto de repente bueno. Pero no es así: Pablo o mejor Saulo - como se llamaba antes de la conversión – era ya un hombre religioso, respetaba intensamente la Ley, tenía una idea de Dios a la que se mostraba coherente, fiel y devoto, al punto de perseguir a los seguidores de Jesús. Sobre el camino a Damasco ocurre un encuentro profundo, totalizador con Cristo. Y fue el encuentro con esta persona que cambió su vida: la conversión fue el descubrimiento del amor gratuito de Dios que salva a través de Cristo. Es como si, después de la ceguera que lo golpea aquel día, él haya reabierto los ojos y descubierto el verdadero rostro de Dios, manifestado en Cristo, cuyo amor es gratuito e incondicional y no es merecido sino acogido. El corazón del anuncio paulino es una persona: Jesús de Nazareth muerto y resucitado. Es Jesús, dice Pablo con alegría a los hombres de todo tiempo, que nos hace conocer quién es Dios y qué hace por nosotros.

La experiencia de san Pablo pide a todos los hombres que se hagan una interrogante: ¿"En cuál Dios creo?”
Justo así. La tentación más grande del hombre es crearse un Dios a la medida, a imagen y a semejanza humana. San Pablo, encontrando a Cristo, comprende y anuncia que el hombre no es medida de todas las cosas ni de Dios: no somos nosotros que creamos a Él, sino es Él el que es y debe ser medida para nosotros, por nuestras elecciones, nuestros comportamientos. Éste es un vuelco total que libera a Dios de las redes de interpretaciones antropomorfas que lo vuelven un Ser "domesticable". La tentación de hacerse un Dios a la medida existe desde siempre. También en nuestros días Dios a menudo es "tirado" de una parte o de otra: es fácil usarlo para justificar las propias acciones. Hoy hay hasta personas que matan en nombre de Dios, exactamente como hacía hace dos mil años Saulo, que aprobó la matanza de Esteban y persiguió violentamente a los cristianos.

¿Vivir en los lugares de la predicación de san Pablo como ha enriquecido su fe y el conocimiento del apóstol?
En los países europeos, con tradición y mayoría cristiana, la encarnación de Dios es un hecho casi descontado, que es aceptado por los fieles sin particulares problemas y sin despertar grandes interrogantes. En cambio yo vivo en un mundo musulmán, que, si por un lado tiene plena conciencia de la omnipotencia y de la misericordia de Dios, por el otro considera incomprensible la encarnación de Dios, el hacerse hombre que muere y resucita. Tener que confrontarme con una religión y una cultura diversa ante todo me ha llevado a entender cuánto la encarnación pueda resultar escandalosa a los ojos de todos los que profesan otras fedes religiosas. Sobre todo me ha llevado a profundizar mi fe, a interrogarme sobre el sentido profundo de la encarnación, de la paternidad de Dios, de nuestro ser sus hijos amados, me ha llevado a entender qué quería decir san Pablo cuando hablaba de la cruz como escándalo y necedad para los sabios. Un Dios que muere por amor, golpeado, humillado y burlado, es "escandaloso", socava la imagen que los hombres, ya desde los albores del mundo, son llevados a hacerse de la divinidad, es decir aquella de un Ser glorioso y potente según los criterios del mundo. Los criterios de Dios no son aquellos del mundo: su gloria Dios la manifiesta quedando colgado de una cruz por amor. Y eso queda y será siempre un escándalo para el hombre. El cristiano que se enfrenta en serio con los fieles de otras religiones acaba por entender que la encarnación es más laboriosa y más exigente que el simple reconocer la existencia y la bondad de Dios. Una cosa es sentirse querido por Dios estando en una posición de sujeción, otra es sentirse querido por Dios en la posición de hijos. El hecho luego de vivir en los lugares de la predicación de san Pablo, en la tierra donde se ha desarrollado la primera Iglesia cristiana, ahora bien, todo eso ha dado mayor determinación a mi fe. Todos corremos el riesgo de una fe hecha de ideas separadas de la realidad, de la historia y de la geografía pero la fe cristiana - justo porque es fidelidad y confianza en Dios que se ha hecho hombre en un lugar y en un tiempo precisos - no puede prescindir de la realidad, de la historia y de la geografía. Viviendo aquí y a menudo viajando por el país, además, entiendo mejor todas las dificultades que encontraron los primeros apóstoles: las largas distancias por recorrer, las adversas condiciones climáticas, la aspereza del territorio: cuando san Pablo, en sus cartas, habla de las muchas dificultades que ha encontrado - el hambre, el frío, las persecuciones - su anuncio asume mayor determinación y se vuelve más incisivo porque entiendo qué sufrimientos y cuáles pruebas ha tenido que superar. Ciertamente yo no padezco el hambre como él, me puedo desplazar velozmente con el coche, pero me siento cerca de él por lo que concierne, por ejemplo, a las dificultades de pertenecer a una minoría religiosa.

En las sociedades laicas y secularizadas de Europa, caracterizadas por el pluralismo religioso, los católicos empiezan a ser una minoría y ocurre que sean mirados con altanería o burla u obstaculizados. ¿A su parecer, en este contexto, existe para los católicos el riesgo de caer en el victimismo perdiendo el impulso de anunciar a Cristo?
El cristianismo ha forjado la cultura de Italia, que ha sido cristiana por siglos, como además lo ha sido la entera Europa. Hoy la situación ha cambiado, se está afirmando el pluralismo religioso, se abren prepotentemente el paso el laicismo y el relativismo y todo eso engendra en no pocos fieles aprensión, formas de victimismo y el temor de que, quitando alguna piedra, todo el edificio pueda derrumbarse. Pero no es así, más bien. Si un tiempo era todo sumado claro convertirse en cristianos porque lo eran todos, ahora la nueva situación nos obliga a una fe y a un testimonio más consciente, a una reflexión más madura sobre nuestro ser cristianos y sobre nuestra identidad. El pluralismo puede convertirse en ocasión de auténtico y fecundo discernimiento. No sólo: ello nos llama a no ampararse en las sacristías, como quizás alguien puede estar tentado de hacer, sino a encarnar el espíritu y el impulso apostólico de san Pablo y de los primeros apóstoles. Quizás en Italia no todos los fieles tienen la debida conciencia de ser anunciadores de la Buena Noticia.

¿Y por lo que concierne a la situación de la Iglesia en Turquía?
En Turquía la situación es diferente porque los cristianos siempre han sido una minoría. El problema es que hoy esta minoría se ha reducido a los mínimos términos, basta con pensar que en las primeras décadas del Novecientos los cristianos constituyeron el 20 por ciento de la población, mientras que hoy sólo son cien mil personas. La situación actual me llama a actuar con responsabilidad para promover los derechos que no son reconocidos a causa de una historia pasada que todavía pesa sobre el presente. Pero actúo y me empeño sin complacer a ningún victimismo: lo que hace falta hacer es tratar de mejorar la situación en la que nosotros los cristianos vivimos, que no somos reconocidos ni siquiera como minoría religiosa. Nos estamos comprometiendo en todos los modos en nombre de la libertad religiosa. Un tema, este último, que está entrando cada vez más en el debate cultural y político turco.

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