Manzoni - Los Novios, ¿para cuál familia?
autor: Daria Carenzi
fecha: N.D.
fuente: I Promessi Sposi: per quale famiglia?
traducción: María Eugenia Flores Luna

El título mismo del romance manzoniano implica el tema de la familia. Si dos jóvenes quieren casarse, en efecto, quiere decir que tienen en la mente y en el corazón el deseo de formar una familia. Llegar a esta meta no es siempre cosa fácil e inmediata.
La novela inicia precisamente con el impedimento puesto por don Rodrigo para celebrar el matrimonio de dos jóvenes. ¿De qué matrimonio se trata? Si nos fijamos en las palabras de padre Abundio se trata del resultado de un capricho instintivo: Mocosos que por no saber qué hacer se enamoran.
El desarrollarse de la narración desmentirá este juicio presuroso; el amor entre los novios se mostrará como algo serio. Las aventuras que tendrán que afrontar generarán en ellos grandes cambios y al final se encontrarán más conscientes de la verdad de su decisión. Cuanto se dice hoy en la fórmula del sacramento del matrimonio - en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad - ya está en cierto sentido puesto a la prueba anticipadamente en esta historia de preparación al matrimonio que es la novela.
Manzoni, en efecto, no se fija en el formarse de una familia 'cualquiera', más o menos homogénea a la cultura dominante sino tiende a mostrar cómo sólo la familia cristiana realiza el profundo deseo de cada hombre: vivir en una alegría recatada y tranquila, fruto del saber encomendarse al deseo providencial de Dios.
Retomamos sintéticamente a las familias presentes en la novela.
Se encuentran relativamente pocas. Aquella de los dos protagonistas no está completa: huérfana de padre Lucia, de ambos padres Renzo. Hay detrás de ellos un vacío: la falta de sus padres naturales abre quizá más fácilmente espacio a la inserción - sobre un plano diferente - del único verdadero padre de los dos: fray Cristóforo que en efecto los llama hijos. Y los sigue, los quiere y los aconseja, los educa a la grande familia que es la Iglesia.
El hecho de Ludovico/Cristóforo ofrece la oportunidad para un cuadro descriptivo de una gran familia noble del Seiscientos. Sobre el fondo de un rico palacio, vemos a los parientes del muerto y los amigos vestidos para la ceremonia listos para recibir la máxima satisfacción por la humillación del joven fraile que viene a pedir de rodillas el perdón por el asesinato cometido. Pero ocurre un hecho imprevisto: la fuerza del perdón cambia los sentimientos del hermano del muerto y conmueve a los presentes tanto que la triste alegría del orgullo se convierte en la alegría serena del perdón. Es en esta ocasión que entra en la novela aquel pan que acompañará al fraile por toda la vida como recuerdo y como testimonio de que sólo el perdón es capaz de cambiar los corazones, de dar a la vida la posibilidad de continuar plenamente más allá de los errores y que, por lo tanto, sólo éste puede ser el fundamento seguro de cada relación humana seria como el matrimonio.
La familia del hermano del muerto se deja interrogar por una realidad diferente de las propias expectativas, pero es una excepción. Las grandes familias nobles del tiempo que Manzoni nos describe son construidas sobre la riqueza y sobre el honor, que quiere decir poder, afirmación de la propia supremacía como aquella a la que don Rodrigo pertenece. Para el tío conde, prestigioso representante de la familia - clan, fray Cristóforo sigue siendo un sujeto peligroso con aquellas cosas hechas en juventud. El perdón que ha cambiado la vida de Ludovico es un hecho para el tío conde incomprensible, que no puede entrar tampoco en el horizonte de su mentalidad y que por lo tanto no puede ser propuesto al sobrino, cuyo gesto violento queda a sus ojos, estúpidamente indulgentes, sólo aquel de un disoluto.
La más célebre de las familias encumbradas es aquella del Príncipe y de Gertrudis. Construida sobre el binomio matrimonio/patrimonio se presenta como un grupo monolítico de personas, todas apiñadas alrededor de la figura dominante del padre, dueño absoluto de los bienes y sus vidas. Faltan referencias de una costumbre de vida cariñosa familiar sincera, de relaciones personales auténticas y profundas.
El momento más dramático de la imposible relación padre-hija se juega una vez más sobre el perdón. También Gertrudis como Ludovico, se pone de rodillas para suplicar el perdón del padre. Pero la actitud de este padre es muy diferente de aquella del hermano del muerto. El Príncipe “…le responde que el perdón no bastaba con desearlo ni pedirlo; que era una cosa demasiado fácil y demasiado natural a quienquiera sea encontrado en culpa, y tema el castigo, que en suma hacía falta merecerlo”. Es un padre (pero Manzoni advierte no tenemos corazón para darle en este momento el título de padre) que vuelve inaccesible el perdón y no hay violencia peor, ni más grave desnaturalización de la figura paternal.
El escenario pareciera cambiar en la última de las familias de elevado nivel social que encontramos: aquella de Doña Práxedes y de don Ferrante. Aquí la mujer inspira la propia vida en principios cristianos, cree llevarlos a la práctica, pero en realidad los aplica según el propio proyecto. Justo hacia esta actitud Manzoni dirige su más punzante ironía. Vivir imponiendo el propio criterio hace difíciles las relaciones con los otros, marido incluso. El resultado es una soledad que condena a cada uno de los cónyuges a cerrarse y a no medirse con la realidad, doña Práxedes no entiende la situación de Lucia que incluso le está delante, Don Ferrante muere de peste mientras intenta demostrar que no existe. Lo peor que se pueda imaginar para un hombre intensamente realista como Manzoni.
La única familia que comparece entera (padre, madre, hijos) es aquella del sastre. Esta vez el entorno es humilde, Manzoni propone el ejemplo de una familia popular, cristiana de pueblo, quizás el modelo para aquella de Renzo y Lucia.
El texto de los Novios es rico en enlaces profundos y referencias que constituyen su riqueza.
La figura de la mujer del sastre parece construida por oposición a la de doña Práxedes. Es una mujer que tiene en cuenta el deseo del marido y que comparte y juzga con él las decisiones de vida, pero sobre todo es una mujer que sabe sabiamente callar y obedecer porque sabe qué es la caridad. En esta ocasión también aparecen niños reales, curiosos, un poco pillos y Manzoni también resalta la atención educativa del padre, hecha de reproches, pero sobre todo de ejemplo en los hechos, como cuando invita a una de sus niñas a llevar de comer a una viuda vecina.
Volvemos al momento en que la familia de los novios por fin puede realizarse y definirse en su verdadera naturaleza.
Después de numerosos percances Renzo y Lucia se encuentran y justo delante de fray Cristóforo. El matrimonio largamente suspendido parece volverse inminente, pero hace falta un último paso decisivo para que el fundamento de su unión sea estable: y una vez más vuelve a primer plano el perdón. Lucia tiene que ser perdonada por haber quebrantado unilateralmente la promesa de matrimonio, Renzo tiene que perdonar a don Rodrigo para que sea borrado el resultado de su maldad en la historia. Sólo después de eso fray Cristóforo les dirige a los dos jóvenes las palabras que podrían ser aquellas de la homilía en su boda: “Ámense como compañeros de viaje, con la idea de tener que dejarse, y con la esperanza de hallarse para siempre. Agradezcan al cielo que los ha conducido a esta situación, no a través de alegrías turbulentas y pasajeras, sino con pruebas y entre miserias, para disponerlos a una alegría recatada y tranquila. Si Dios les concede hijos, tengan como objetivo criarlos para Él, destilar el amor de Él y de todos los hombres; y entonces los conducirán bien en todo lo demás”. Y concluye entregándoles una caja con los restos del pan recibido un tiempo del hermano del que había matado: “Lo dejo a ustedes: guárdenlo, háganlo ver a sus hijos. Vendrán en triste mundo, y en tristes tiempos, entre soberbios y provocadores: díganles a ellos que perdonen siempre, ¡siempre! ¡Todo, todo!” Las palabras del fraile revelan cómo el perdón sea valor irrenunciable para una familia cristiana.
En la conclusión del romance Manzoni reserva un breve espacio para mostrar la nueva familia de Renzo y Lucia, ya constituida y enriquecida de niños, 'trabajando'.
El matrimonio es algo que debe ser construido. He aquí porque tenía que fracasar el matrimonio secreto a través del que se habría conseguido el objetivo sin la madurez necesaria.
Los dos novios hablan entre ellos, en búsqueda de un juicio común, para que también el pasado se vuelva compartido y entendido. La unidad no es nunca definitiva y completamente alcanzada. Es larga la lista de los comportamientos que Renzo afirma haber aprendido a corregir de sus desaventuras, pero la jactada sabiduría del marido parece insuficiente para Lucia, que demuele sonriendo los juicios restrictivos del marido poniendo en evidencia cómo la realidad resulta contradictoria, imprevisible, siempre excede la pretensión de poderla, al final, poner bajo control.
Final feliz de la novela pues, no tanto porque los dos jóvenes se casan, sino porque muestran de construir su familia en la solidez de una incrementada confianza en Dios y es esta sabiduría que los hace más capaces de afrontar la vida y su misterio.

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