Manzoni y el dolor
autor: Laura Cioni
fecha: 2015-02-01
fuente: Manzoni e il dolore
Publicado en el número #5 02/2015 de Lineatempo
traducción: María Eugenia Flores Luna

Una constante de la meditación cristiana y civil del gran escritor.

La meditación cristiana y civil de Manzoni sobre el dolor es una constante en toda su obra de poeta, de escritor de tragedias, de novelista y de ensayista. La investigación histórica conducida por él mismo con precisión escrupulosa lo ponía frente al injusto actuar de los hombres, al cual correspondía al sufrimiento de los demás; pero también a los hechos privados de su familia, los lutos que afectaron al escritor a partir de la Navidad de 1833, día de la muerte de su mujer Enriqueta, seguida de la perdida en pocos años de dos hijas y de la madre, luego de otros miembros en un naufragio donde fue al final el único sobreviviente, no son ajenos a esta reflexión diuturna, con tonos alternantes entre la penumbra taciturna de la aceptación, la indignación contenida por la ignorancia y la mala fe de los potentes, la grave cuestión sobre el inescrutable diseño de Dios en los asuntos humanos.

La primera figura que aflora de los recuerdos de la escuela es aquella de Napoleón exiliado en Santa Helena: el emperador depuesto que a la hora del ocaso piensa en la historia de sus triunfos y de sus fracasos parece el emblema del hombre que va reconsiderando el significado de su singular existencia y la depone, casi como una rendición, delante de Dios, “que humilla y levanta, / que afana y que consuela”.

La segunda figura es aquella de un pueblo débil que espera la propia libertad de una intervención extranjera, aquel de los guerreros francos a la conquista del reino longobardo; oprimidos y ridiculizados, en el vano orgullo de glorias pasadas, hombres y mujeres son inconscientes de que pronto se convertirán en presa no de un solo señor, sino de dos igualmente feroces. Y aquí ya se entrevé al lado del tema del sufrimiento personal aquel de la injusticia y por tanto del dolor que une la consciencia colectiva: “Con el nuevo señor queda el antiguo / un pueblo y el otro están por encima de ellos”. En el marco civil se consumen los dos dramas personales de Ermengarda y de Adelchi.

La primera mujer repudiada por Carlo Magno por razones políticas, termina sus días en el monasterio de su hermana Ansberga y el coro acompaña los últimos instantes con acentos de religiosa conmoción: “arrobado así por el tenue / olvido vuelve inmortal /el amor adormecido, y el alma / atemorizada asalta/, y las desviadas imágenes / recuerdan el conocido dolor. Desaloja oh gentil, del ansiosa/ mente los ardores terrestres; / eleva al Eterno un cándido / pensamiento de oferta, y muere:…te colocó la providencial / desventura entre los oprimidos:/ muere triste y plácida; / desciende a dormir con ellos”.

También el otro hijo de Desiderio, Adelchi, ofrece un trágico ejemplo a la ardua reflexión sobre el misterio del mal en la historia, cuando herido a muerte delante del padre vencido y a Carlo Magno victorioso concluye su vida con palabras graves: “Gran secreto es la vida, y lo comprende / solo la hora extrema. /…Te fue arrebatado un reino. / Goza que rey no eres; goza que cerrada / te es toda vía al obrar: lugar para gentil, / inocente obra no hay: no queda / más que hacer daño, o sufrirlo. Una fuerza / feroz el mundo posee, y se hace llamar / recto…. / Este feliz, / a la que mi muerte hace más firme el umbral, / al cual todo sonríe, todo aplaude y sirve, / este es un hombre que morirá”.

El realismo de Manzoni toca en la tragedia el punto quizá más oscuro, la falta de casi cualquier esperanza sobre la posibilidad de un actuar justo entre los hombres. La expresión misma, además del contenido, recuerda las antítesis secas de Maquiavelo. Pero el fulcro de la meditación de Manzoni sobre el dolor se encuentra en la introducción a la “Historia de la columna infame”, con la cual el escritor reconstruye el proceso y la condena de los untos durante la peste del 1630.

El paso está construido a partir de un desdén que la argumentación no logra ocultar y revela el amor a la verdad que anima toda la obra de Manzoni: “Si, en un complejo de hechos atroces del hombre contra el hombre, creíamos ver un efecto de tiempos y de circunstancias, sentimos, junto con el horror y con la misma compasión, un desaliento, una especie de desesperación. Nos parece ver que la naturaleza humana tiende irresistiblemente al mal por causas independientes a su albedrío, y como atada a un sueño perverso y afanoso, del cual no tiene medios para recobrarse, del cual no puede ni siquiera darse cuenta. Nos parece irrazonable la indignación espontánea que nace en nosotros contra los autores de aquellos hechos, y que incluso al mismo tiempo nos parece noble y santa: queda el horror, y desaparece la culpa; y, buscando un culpable contra el cual indignarse con razón, el pensamiento se encuentra con espanto llevado a titubear entre dos blasfemias, que son dos delirios: negar la Providencia, o acusarla. Pero cuando, al mirar más atentamente aquellos hechos, se descubre una injusticia que podía ser vista por aquellos mismos que la cometían, un transgredir las reglas admitidas también por ellos, de las acciones opuestas a las luces que no solo estaban en su tiempo, sino que ellos mismos, en circunstancias símiles, mostraron tener, es un alivio el pensar que, si no supieron aquello que hacían, fue por no quererlo saber, fue por aquella ignorancia que el hombre asume y pierde a placer, y no es una excusa, sino una culpa; y que de tales hechos se puede muy bien ser forzadamente víctimas, pero no autores”.

La reconstrucción de aquel oscuro asunto tenía en un primer momento que acompañar el capítulo 32° del romanzo, pero luego viene considerada excesiva y extrapolada como apéndice a su última edición. La redacción comienza en 1821 y es retomada después de 1833, una fecha crucial para la vida familiar y para la fe de Manzoni: el día de Navidad de aquel año en efecto moría Enriqueta Blondel, la esposa amadísima y apacible del escritor, cuyos rasgos él señaló en las figuras de Ermengarda y de Lucía Mondella.

Mario Pomilio ha indagado con mucha fineza la crisis que coge a Manzoni durante el periodo de la enfermedad de su esposa y los meses siguientes a su desaparición, basando su relato en el texto al cual el escritor volvió una y otra vez para luego dejarlo incompleto. Se trata de dos esbozos de poesías titulado “La Navidad de 1833”.

El primero es poco más que una serie de partes de versos en que para las 17 estrofas imaginadas domina el silencio de la página en blanco; el segundo trata de llenar los vacíos de cuatro estrofas, pero se rinde a la quinta. Ambas inician con un apelo de sabor bíblico: “¡Sí que Eres terrible!”, en la que hace eco el grito de Job sobre el porqué del dolor humano. Quizá no hay obra de Manzoni, cuya reserva era absoluta, que levante el velo de los sentimientos, de las cuestiones de las penas espirituales como estas composiciones una y otra vez retomadas y al final dejadas incompletas, casi para delinear un conflicto entre la aceptación de la fe y la tortura de la razón tan profunda de no poder ser continuadas ni siquiera por el trabajo incesante sobre las palabras en que consiste el secreto de la poesía.

“Quisiera decirte: ¿qué hiciste? /Quisiera decir te: ¿por qué?”

La pregunta del primer texto cambia en la segunda en una dialéctica de sufrida aceptación: “Miras nuestras lágrimas, /entiendes nuestros gritos; / interrogas nuestros deseos, / y cuando quieres decides.

Mientras para desviar el rayo / ansioso el ruego asciende / sordo el rayo desciende / donde tú quieres herir”. No es necesario seguir a Pomilio en el reporte minucioso de los lutos que siguieron al comienzo en la familia Manzoni en aquella Navidad de 1833: murieron dos hijas y la madre, Giulia Beccaria en el breve plazo de pocos años. El escritor sobrevivió a la desaparición de los diez hijos, antes de cerrar su larga existencia en 1885. Muchas veces fue “visitado” por Dios, para decirla como fray Cristoforo en casa de Agnese, pero su fe nunca vaciló como por la pérdida de la esposa amada.

Lentamente él volvió a escribir, encontrando consuelo y resignación en el trabajo escrupuloso de la revisión de la novela. Y a la misma volvemos, como la obra más madura, para captar los ecos de la continua meditación, de Manzoni sobre el dolor. “el dolor, está, estoy por decir, un poco en todos”, así en el último capítulo el escritor comenta la separación de la familia de Renzo y Lucía del pueblo de origen, como el niño destetado del cual se habla más abajo se separa del seno del cual se ha nutrido: “llorando sí, pero se separa”.

La grandeza de Manzoni está también en el hecho de que, lejos de enfatizar el propio dolor, se dobla sobre aquello común con aquella comprensión y con aquella piedad de quien ha hecho la experiencia directa. Manzoni había escrito al Gran Duque de Toscana poco después de la muerte de la esposa una carta compuesta y austera, pero que deja rastro visible de un grito casi sofocado:

“Confieso que me parecía que del sentimiento del amor fuera fácil imaginar el sentimiento de la pérdida, pero ahora veo que la desgracia es una revelación mucho más nueva cuanto más es grave y terrible”. Un año después vuelve sobre el tema con el noble amigo: “Pero el corazón murmura, casi sin darse cuenta, aun cuando la razón adora”.

Pietro Citati comenta este pasaje de la escritura de Manzoni: “Pero la desgracia es una revelación y una visita divina, mucho más alta cuanto más grave. Justo cuando Dios viene, nos está buscando: justo mientras quiere de vuelta y toma a las personas amadas que él nos ha dado, la mano de este terrible Huésped pasa sobre nosotros dentro de nosotros, porque ya no podemos decir que estamos solos en el mundo”.

Es la gran lección de los “Novios”, donde hay mucho dolor, en los protagonistas, en los humildes, en el territorio, en la naturaleza, en la carestía y en la peste.

Pero, para citar a Renzo: “allí está la Providencia”, bajo los vestidos de los santos, de los vecinos, de los desconocidos ayudantes de un destino bueno que toca también a los débiles como la monja de Monza y los temerosos como don Abundio.

El retrato más completo de esta santidad de los humildes que sostienen enfermedad y tribulaciones es aquel de la madre de Cecilia: “Descendía del umbral de una de aquellas puertas, y venía hacia el grupo, una mujer, cuyo aspecto anunciaba una juventud avanzada, pero no pasada; y traslucía una belleza oculta y ofuscada, pero no dañada, por una gran pasión, y por un languidez mortal: aquella belleza tierna de un tiempo y majestuosa, que brilla en la sangre lombarda.

Su andar era fatigoso, pero no flácido; los ojos no daban lágrimas, pero portaban signo de haber derramado tantas; había en aquel dolor un no sé qué de pacato y de profundo, que señalaba un alma plenamente consciente y presente para sentirlo. Pero no era sólo su aspecto que, entre tantas miserias, indicara tan particularmente a la piedad, y reavivase para ella aquel sentimiento ya cansado y adormecido en los corazones. Llevaba ella en brazos una niña de quizá nueve años, muerta; pero toda bien arreglada, peinada con raya en medio, con un vestido blanquísimo, como si aquellas manos la hubieran arreglado para una fiesta prometida de tanto tiempo, y dada por premio. La tenía yacente, pero sostenida, sentada sobre un brazo, con el pecho apoyado al pecho, como si estuviera viva; excepto por una manita blanca como de cera que caía de un lado, con cierta inanimada gravedad, y la cabeza posada sobre el húmero de la madre, con un abandono más fuerte que el sueño: de la madre, que, si aun la semejanza de los rostros no hubiera dado fe, lo habría dicho claramente aquel de las dos que expresaba todavía un sentimiento.

Un torpe sepulturero fue para quitarle a la niña de los brazos, sin embargo con una especie de insólito respeto, con una vacilación involuntaria. Pero ella, echándose para atrás, sin mostrar sin embargo desdén ni desprecio, dijo "¡no!": "no me la toquen por ahora; debo ponerla yo en aquel carro: tomen". Así diciendo, abrió una mano, hizo ver una bolsa, y la dejó caer en aquella que el enterrador le tendió. Luego continuó: "prométanme de no quitarle un hilo de su alrededor, ni de dejar que otros osen hacerlo, y de ponerla bajo tierra así".

El sepulturero se pone una mano al pecho; y luego todo premuroso, y casi obsequioso, más por el nuevo sentimiento de cual era como subyugado, que por la inesperada recompensa, se apresuró a hacer un poco de espacio en el carro para la muertita. La madre, da a esta un beso en la frente, la puso allí como sobre un lecho, la acomodó, la extendió sobre un paño blanco, y dijo las últimas palabras: "¡adiós, Cecilia! ¡Reposa en paz! Esta noche vendremos también nosotras, para estar siempre juntas. Reza mientras tanto por nosotras; que yo rezaré por ti y por los otros". Luego se volteó de nuevo al sepulturero, "Usted" dijo, "pasando de aquí por la noche, subirán a llevarme también a mí, y no a mí sola". Dicho así, entró en casa, y, un momento después, se asomó a la ventana, teniendo en brazos otra niña más pequeña, viva, pero con los signos de la muerte en el rostro. Así estuvo contemplando aquellas indignas exequias de la primera, hasta que el carro no se movió, hasta que lo pudo ver; luego desapareció. ¿Y qué otra cosa podía hacer, si no posar sobre la cama la única que le quedaba, y tenerla al lado para morir juntas? como la flor ya lozana en el tallo cae junto con la florcita aún en capullo, al pasar de la hoz que empareja todas las hierbas del prado”.

Renzo mira y disuelve la conmoción en la única palabra que pueda comentar la realeza de aquel dolor: “¡Oh Señor! ¡Llévatela! Llévala hacia ti, a ella y a su criaturita: ¡han sufrido bastante! ¡Han sufrido bastante!”.

Así al movimiento de arriba hacia abajo, como en la Encarnación, responde la invocación de abajo hacia arriba, hacia el Umbral en que cada dolor termina y tiene inicio la gloria.

Bibliografía

Manzoni, Tutte le opere (Todas las obras)

M. Pomilio, Il Natale del 1833 (Navidad de 1833), Milán 1983.

P. Citati, Il male assoluto (El mal absoluto), Milán

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