McLuhan. El medio, la comunicación y el mensaje
autor: Massimo Martucci
fuente: McLuhan: Il mezzo, la comunicazione e il messaggio

Una reflexión a través del estudio de McLuhan sobre el estatuto y sobre la naturaleza de los medios de comunicación.

La universal y tranquilizante convicción que acompaña a la era de la información de masa es en el fondo siempre la misma: cambian las tecnologías, de la radio de hace cincuenta años al digital terrestre de nuestros días, pero eso que nos vuelve ignorantes usuarios de la información es siempre la convicción de que el medio, el instrumento es neutral, mientras que los efectos que ello produce dependen del uso que se hace. Así el verdadero gurú de la edad contemporánea, la televisión, que fuese el mueble con las válvulas de hace alguna década, que sea la sutil pantalla a cristales líquidos para colgar en la pared como un cuadro, queda en la convicción común un dispositivo electrónico inerte que da vida a una representación de la realidad, donde el contenido únicamente depende de qué cosa es transmitido, no cierto del instrumento, del medium, (en latino: el medio) precisamente. Alguien dice que, también apagado, el televisor es peligroso, porque secunda al inexhausto narcisismo de nuestra sociedad: existe el riesgo de que pasando delante ¡no se resista a la tentación de reflejarse un instante en él…! Pero en verdad la cuestión tiene implicaciones graves, y la televisión no es sino un ejemplo, que, por cuanto ilumine, no es ciertamente exclusivo. A este propósito parece interesante acercarse a los estudios de McLuhan, un personaje que tiene un perfil cultural difícilmente clasificable: ha sido definido sociólogo de la información, culturólogo pero sus sugerencias de reflexión por cuanto él no se haya definido nunca un filósofo, son en cambio de gran ayuda a una reflexión filosófica que se interrogue sobre el valor que el instrumento comunicativo posee, sobre todo en la sociedad contemporánea. La hipótesis que McLuhan avanza en sus estudios es tanto sencilla cuanto contracorriente, y se puede sintetizar en un eslogan, que luego se ha vuelto famoso: el medium es el mensaje. Observa: "La mayoría de las personas, inconscientes de los efectos imponentes de los media en el hombre, no se dan cuenta ante todo que el mismo medium es el mensaje, no el contenido, y además ignoran que el medium es el masaje, se perdone el juego de palabras, ya que ello empapa, satura, plasma y transforma cada relación sensorial. El contenido o mensaje de cualquier medium tiene tanta importancia cuanto tiene la estampación sobre la caja de embalaje de una bomba atómica." Y, como para afilar el escándalo de su afirmación, más adelante precisa: "Afirmando que el medium es el mensaje, antes que el contenido, yo no quiero afirmar que el contenido no juegue ningún rol, sino más bien que su papel es de naturaleza subordinada." Las afirmaciones de McLuhan son ricas en implicaciones, aunque simples en su contenido esencial: su objetivo es desnudar, desenmascarar el poder informativo del medio de comunicación en cuanto tal, y no en relación al significado que transmite. O mejor, mostrar que el medium en cuanto tal es, en cierto sentido, su significado. Esto lleva inmediatamente a por lo menos dos consecuencias: existe un nivel de comunicación, buena o mala que sea, de la cual el usuario no es consciente; en segundo lugar, la tipología del instrumento comunicativo incide notablemente en el efecto que ello le produce al usuario. La costumbre de fijar nuestra atención sobre lo que leemos en los periódicos, oímos en la televisión, leemos en los libros, nos impide considerar que el tono, el "color" de lo que aprendemos, muy a menudo depende del modo con el cual lo aprendemos. No es lo mismo oír una noticia en la televisión y leer un artículo de crónica en el periódico. Eso que entra en nuestra mente por el oído no produce el mismo efecto de eso que percibimos con la vista. Y, bajo este punto de vista, McLuhan individúa, al interno de varias épocas, el predominio de un órgano sensorial sobre los otros: la llegada de la televisión, por ejemplo, ha significado el surgir de una actitud de hipervisión de parte de la humanidad occidental, que seguía una época en la cual en cambio la difusión de la radio había desarrollado mucho la receptividad auditiva. La reflexión de McLuhan, en este sentido, desenmascara un prejuicio común de nuestra sociedad: qué exista la comunicación imparcial, qué exista el medio neutro que transmita un significado sin cuerpo, es decir puro, existente de por si y reproducible al infinito siempre del mismo modo, de manera abstractamente objetiva. Pero esto es precisamente abstracto, teórico: en la realidad las cosas no van así; los significados son en cambio encarnados en sus cuerpos, y son influenciados, porque se hacen uno solo con ellos. Sin alcanzar quizás los tonos un poco exagerados de McLuhan, aquello que es posible verificar en la experiencia es que un nuevo medio de comunicación cambia de veras las costumbres de quien lo usa: la amplísima difusión del teléfono celular, por ejemplo, ha cambiado tantísimo el nivel, la cantidad, el contenido de la comunicación interpersonal. El hecho de poder tener consigo un instrumento de comunicación a distancia, y no tener que alcanzar el lugar demandado a este objetivo, incide inevitablemente en el contenido de lo que se comunica. La misma revolución ocurrida en años pasados con la difusión primero del telégrafo (hacía falta moverse para ir a un oficio apropiado) luego del teléfono, (se podía obtener el mismo resultado estando en casa propia). Así como el correo electrónico no es la carta de papel, etc. Y se podría ir adelante al infinito, hasta en los aspectos más cotidianos: escribir en la computadora, con la posibilidad de corregir fácilmente un número infinito de veces lo que se compone, representa un abismo respecto a la escritura manual, donde esta posibilidad es muy reducida. Esto, a lo largo, cambia considerablemente el propio hábito comunicativo. Pero las observaciones de McLuhan se inducen más allá, porque este análisis demuestra fundamentalmente una cosa: el medium tiene ante todo un carácter práctico. Tiene que ver con la praxis concreta de la vida cotidiana. Aún cuando estemos convencidos que transmita un significado teórico, un significado que es otra cosa respecto a aquello que sirve precisamente para llevar este significado, en realidad no salimos nunca de una dimensión práctica. Para explicar mejor este aspecto McLuhan pone el ejemplo de la luz eléctrica: ella es un medium, un instrumento, aunque evidentemente no es un instrumento comunicativo. Sin embargo, en cierto sentido, su significado se puede reconocer en los efectos que su descubrimiento y su difusión han producido: los automóviles pueden viajar por la noche, los interiores pueden ser iluminados como y más que los exteriores, los ritmos de vida han cambiado, nuestros procesos fisiológicos se han adaptado a nuevas condiciones de vida, del todo innaturales confrontadas con las de hace sólo ochenta o cien años. Todo esto gracias a un instrumento completamente banal como la luz eléctrica. He aquí, lo que McLuhan quiere decir es que con los medios de comunicación ocurre casi lo mismo: su significado es localizable en el conjunto de los efectos que producen. En realidad, en su indagación, este discurso está insertado en una investigación más amplia, de carácter antropológico y filosófico, que quiere remontar al arquetipo de todos los media , al medium por excelencia, que él individúa en la escritura, y precisamente en la escritura alfabética. Ella habría producido, en su aviso, aquel increíble cambio de pensamiento que habría llevado al descubrimiento de la teoría, del significado separado del medio que lo transmite. Pero esto nos llevaría al interno de una reflexión más profundizada sobre el pensamiento de McLuhan y otros autores, sobre todo filósofos, que se han interesado en estas cuestiones, que merecerían un discurso a parte. Aquello que parece interesante, en cambio, es una consecuencia inmediata de la conciencia adquirida gracias a estas consideraciones: si tal es el poder no sólo informativo, sino también y sobre todo formativo de los medios de comunicación, esto significa ante todo una gran responsabilidad de parte de quien los administra y de quien opera con ellos. Hablamos evidentemente en particular de aquéllos media que tienen la característica de poder alcanzar un elevado número de personas que pueden afectar notablemente al interior de la sociedad. Reconocido en efecto que cada medium tiene un poder comunicativo en si, más allá del uso que hace, se plantea pero el problema moral de cómo administrar, en cuanto posible, este poder. El ejemplo más evidente es quizás propio aquel de Internet, probablemente el más revolucionario medio de comunicación después de la invención del alfabeto. La responsabilidad de quien opera en Internet es grande, grande al menos en cuanto a sus potencialidades. Pero quizás, antes que a nivel moral, la verdadera pregunta está a un nivel ontológico: ¿en una era en la cual los media expresan más que nunca sí mismos y su poder, poder que los potentes persiguen para expresar a su vez el propio poder…¿ qué cosa vale la pena decirse? ¿Qué cosa de veras es importante comunicar, anunciar, testimoniar? Si hay una verdad que anunciar, o es para el mundo, o no es verdadera. ¡Nuestro sitio, humilde pero decidido en el juicio, ha nacido, va adelante y crece por esto!

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