Migración, derechos humanos y pluralidad de las culturas
autor: Lorenza Violini
Ordinario de Derecho constitucional, Universidad de los Estudios de Milán
fecha: 2016
fuente: Migrazione, diritti umani e pluralità delle culture
Publicado en el n. 37 de Atlantide
traducción: María Eugenia Flores Luna

1. La sociedad occidental tradicionalmente libre y plural no ha hecho esfuerzo, en un primer momento, para volver a proponer los propios valores – que por simplicidad pueden ser reasumidos en la expresión derechos humanos – a la ola de migraciones que ha vivido el continente europeo a partir de los años Ochenta y que ha cambiado profundamente el rostro de nuestros territorios. Todos recordamos las decisiones realizadas en los años Noventa por la Corte Constitucional italiana, que ha reconocido también a los inmigrantes los derechos fundamentales que competen a cada hombre (y no sólo a los ciudadanos) como los derechos a la salud o aquel a la instrucción y a ser tratado según el principio de igualdad y de no discriminación, incluso en presencia de situaciones jurídicas diversas (ciudadanos o no, inmigrantes legales e ilegales, etc.).

Sostenida por una tasa de desarrollo de la economía tendencialmente creciente y por una integración europea en progreso, capaz de asimilar en los varios Estados de la Unión las diversas olas migratorias, provenientes del África y causadas por el subdesarrollo, Europa ha sentido el problema de la inmigración como esencialmente económico, incluso acompañándolo con una reflexión centrada en el tema de la integración cultural, capaz de generar convivencia pacífica y bienestar para todos. En materia, el debate ha conocido – y en parte aún conoce – las matices de las diversas políticas nacionales y se ha concentrado en los pro y los contra de los varios modelos: aquel inglés, de tipo multicultural en sentido propio; aquel de tipo integracionista francés (no carente de elementos de fuerza); aquel alemán basado en la adhesión (a menudo formal) a los valores constitucionales como límite último pero eficaz para la diversidad implícita en las varias etnias de proveniencia. Se piense – por lo que respecta a este País – en los debates acerca de la oportunidad de hacer conocer a quien pedía asilo o residencia los valores de la Carta constitucional alemana, aquel Grundgesetz que ha fundado antes la nueva Alemania salida de la guerra y luego la unificación, debates que han llevado a considerar minoría a aquellos que veían en tal pedido una forma de “colonialismo” cultural.
En la actualidad, las cosas han cambiado profundamente. La crisis económica ha cuestionado las dinámicas de acogida a los migrantes basadas en la presencia de fracciones del mundo del trabajo no practicadas por los autóctonos, la pobreza ha crecido en modo exponencial, los Estados han visto agudizarse las fallas de sus sistemas de welfare ya problemáticos en los tiempos de la expansión económica, a menudo fundados en aumento de la deuda pública. El terrorismo – que ha llevado al corazón de Europa sus ataques y guerra en diversas partes del mundo – y la tercera guerra mundial en diversa ubicación, han provocado una intensificación del fenómeno migratorio. Y, como era natural esperarse, cambiando de signo, la inmigración siempre más imponente e invasiva ha puesto en crisis mucho del sistema cultural que, incluso con todas sus variantes y sus diferencias, todo sumado había tenido en las décadas precedentes.

2. ¿Qué ha ido propiamente, en crisis? Se podría decir que la crisis cultural ha tocado el planteamiento de fondo de la aproximación a la diversidad que se iba imponiendo con la inmigración, basada en la idea de una sociedad abierta, plural y libre, es decir capaz de tolerar una diferenciación también radical de enfoques según el concepto de libertad de Mill, aquella que – casi tautológicamente – significaba que todo se pudiera hacer excepto lo que mirara a interferir con la libertad de los demás. Sometida a esta visión una concepción estructuralmente individualista del ejercicio de la libertad y del concepto mismo de hombre, aquel que – según la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano – nace y es libre e igual en derechos. Principio ciertamente verdadero si no es confinado dentro de un horizonte individualista y materialista que determina el sentido último y la dirección aplicativa.
Tal visión ya había sido puesta en crisis en los albores del constitucionalismo de la segunda postguerra, que había confiado la tutela última de los derechos fundamentales a las Cartas Constitucionales, moderna versión positiva del derecho natural como límite a la libertad, consciente de los límites intrínsecos al ejercicio libre de los derechos individuales, no atribuibles a las decisiones del sistema político y a las lógicas frágiles de la mayoría. Pero, como a menudo sucede, esta primera sacudida de terremoto en el sector de los derechos humanos fundamentales luego se había asentado abandonando muchas cuestiones relacionadas a la naturaleza y al fundamento de los derechos y a su necesidad de adecuarse a los cambiantes contextos de la sociedad en evolución.

Y, así, luego ha sucedido que crisis económica y guerra hayan hecho explotar con violencia la contradicción de un sistema democrático y constitucional basado en la libertad entendida como un valor positivo pero, por otro lado, incapaz de nombrar con claridad los límites: haber opuesto libertad y derechos al límite, como si fuera de por sí externo a los primeros dos factores y con ellos en contra tendencia, ha tenido como resultado la demonización del mismo y de su total deslegitimación, aun cuando eso fuera impuesto por la ley o, incluso, identificado como legítimo por los guardias de las Constituciones, las Cortes Constitucionales.

3. Si esta parábola puede y debe ahora considerarse en agotamiento, si hoy no sólo ha terminado la época del multiculturalismo como convivencia de grupos entre ellos separados, sino también se ha evidenciado en forma trágica la imposibilidad de integrar forzadamente tales grupos étnicos y de controlar la intrínseca violencia (pensemos en los hechos de Colonia pero también en las continuas violaciones de los códigos penales a causa de culturas profundamente antifeministas), si las economías de Occidente ya no son capaces ni menos de ofrecer aquel apoyo material que hasta aquí ha consentido a los inmigrantes sentirse – en algún modo – parte de un sistema finalizado al bienestar de todos, ¿qué queda de las políticas de integración, sean ellas económicas, sociales o culturales?

El trabajo que nos espera para responder a esta pregunta es a un tiempo oscuro y entusiasmante.
Es oscuro porque obliga a adentrarse en los meandros más profundos del Occidente actual, buscando las raíces. El tema de las raíces, religiosas o filosóficas que sean, ha sido examinado al tiempo de la fallida constitución europea la cual, como es conocido, ha borrado las raíces cristianas en el texto, luego no ratificado por los Estados miembros y confluido en el Tratado de Lisboa. En aquella acepción, tal tema se había luego revelado como inapropiado para interpretar el presente, un presente libre y plural, hostil a todo fundamentalismo.

El momento actual, sin embargo, casi obliga a regresar, si no al tema de las raíces cristianas, al menos a aquel de las raíces de la cultura europea, desde siempre abierta a los aportes de culturas diversas y a replantearse – en modo compatible con una sociedad que se hace siempre más fluida – las cuestiones de fondo que rigen la convivencia, cuestiones que se refieren a cada hombre y que no sólo en Europa ha sido generado. Quizá es tiempo de examinar, en términos comprensibles al hombre de hoy, la cuestión metafísica sobre la naturaleza del hombre, cuestión que había sido esterilizada también en el pasado reciente en cuanto factor de división, una cuestión de división y no inclusión, relegada a los espacios más íntimos de la consciencia sin posibilidad de incidencia alguna en los modos de regular la convivencia. Y si el debate ético, incluso floreciente, vive su propia vida y aquel bioético admite sólo ampliamente la esfera de los derechos, nunca limitaciones, cómplice la globalización de los sistemas de tutela, uno de los cuales siempre termina por admitir con prácticas lícitas prohibidas para otro, ¿por qué volver a reflexionar sobre la naturaleza última del ser humano?

Para abrirse a una señal de respuesta, va dicho que, si el hombre es una nada, elemento contingente de una naturaleza sólo material, ¿cómo es posible defenderlo de los abusos de culturas fundamentalistas y del tentativo de anonadarlo en nombre de los radicalismos religiosos? Incluso con todas las distinciones que no vale la pena replantear en esta sede, si domina el nihilismo de molde libertario o de molde fundamentalista, ¿cómo se podrá hacer frente al agudizarse de los fenómenos migratorios que ponen en crisis la cultura europea de la hospitalidad?
En esta oscuridad hace falta finalmente adentrarse a la búsqueda de respuestas que, antes de ser aceptadas socialmente como factores determinantes de un nuevo humanismo, sean capaces de satisfacer la cuestiones últimas del corazón humano, de todos los corazones que pueblan el universo multicultural de nuestras ciudades.

Instrumentos de tal búsqueda pueden ser los valores constitucionales comunes al Occidente, que se deben releer no en la óptica del positivismo puro sino como son ellos en realidad, expresión de una concepción de hombre que huye de la tiranía de las ideologías – totalitarias, fundamentalistas o libertarias que sean. Pero aun todas las otras ciencias, de aquellas humanas a aquellas exactas, pueden ser, cada una en el propio ámbito, lugares donde cultivar tal búsqueda, el seguimiento de maestros que no dejan de ofrecer ejemplos de alta racionalidad, de grandeza de ánimo y de apertura.

En este sentido se trata de una tarea entusiasmante, sea para quien proviene del mundo laico sea para quien ahonda la propia identidad en las diversas propuestas religiosas hoy presentes en el contexto social. Va descubierta, en la dimensión personal y en aquella comunitaria, la última verdad de sí mismo y el sentido de la convivencia, una convivencia no opresiva, solidaria, abierta a lo diverso hasta aquella apertura extrema que viene llamada misericordia, dar a los pobres – es decir a todos – un corazón.

4. Y, entonces, por cuanto concierne a los sistemas jurídicos, ¿cómo no reconocer que todo el sistema social de los mismos refleja, sea incluso en filigrana, sólo el valor último de la misericordia, casi una relectura en términos jurídicos de las obras de misericordia que ahora, en este año, vienen llamándonos constantemente la atención? Antes de volverse asistenciales, los sistemas sociales del Occidente han sido creados para dar voz a aquella exigencia de dignidad que caracteriza al ser humano, no primariamente como pretensión sino más bien como anhelo para garantizar a todos – incluso dentro de lógicas de libertad – una existencia libre y digna.

Ella no se detiene en la mera libertad negativa sino entra en la esfera del otro por un movimiento de solidaridad, de pasión por el destino común, una cuestión de sociabilidad, de ser socios, es decir amigos, capaces de hospitalidad y de interés los unos en los otros. La mera visión libertaria no tiene necesidad de simpatía y le pesa reconocer que los hombres han sido puestos juntos para complementarse y para enriquecerse en el intercambio de bienes materiales y morales.

Todo esto implica una valorización de concretos nexos sociales que están presentes en los diferentes contextos. No una libertad abstracta, hecha de autonomías sin conexiones, sino encuentros reales de personas y de grupos que puedan compartir la existencia, sin prejuicios, sin la violencia de verdades establecidas antes y más allá de la mirada humana que abre los unos a los otros. Una mirada que no sea encubierta por la indiferencia. Todo esto está en nuestras cartas que fundan los sistemas y la convivencia. Se abre un espacio grande de investigación y de diálogo, que es responsabilidad de todos, hasta generar leyes más justas, más capaces de indicar a quien entra en nuestros contextos que para todos puede haber espacio si este espacio, hospitalario, puede ser compartido y no violentado.

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