Neurociencias y persona
autor: Mauro Ceroni
Docente de Neurología en la Universidad de los Estudios de Pavía
fecha: 2014-12-31
fuente: SCIENZAinATTO/ Neuroscienze e persona
Emmeciquadro n. 55
traducción: María Eugenia Flores Luna

Las reflexiones de un neurólogo como comentario del documento final del Grupo de Trabajo de la Pontificia Academia de las Ciencias sobre las nuevas perspectivas abiertas por las neurociencias sobre la comprensión de las actividades humanas. En la amplia panorámica de las cuestiones abiertas es necesario expresar con claridad un punto crucial: la conciencia no se reduce al funcionamiento cerebral y nuestra capacidad de observar y juzgar toda la realidad presupuesta, sino supera cada bioquímica cerebral.

A leer la síntesis final del encuentro de tres días sobre Neurosciences and the Human Person: New Perspectives on Human Activities tenido en la Pontificia Academia de las Ciencias en noviembre de 2012 con la participación de neurocientíficos, filósofos, antropólogos, paleontólogos, sociólogos procedentes de todo el mundo, síntesis redactada por el grupo de trabajo que dirigía el encuentro mismo, ante todo uno es conmovido por la pertinencia del tema propuesto para las urgencias culturales de la actual condición histórica. El tema del congreso es fascinante y directo al punto neurálgico de nuestra cultura: «Las cuestiones en los confines entre neurociencias y filosofía: ¿qué hay al fondo del ser personas humanas? ¿Cómo se ha desarrollado el cerebro del hombre? ¿Cuáles mecanismos de la conciencia, de la capacidad de evaluación, de decisión, del autocontrol, de la formación de las creencias en un grupo social, del sentido de sí mismo, de la importancia de la educación para el desarrollo del cerebro humano?»
Cada uno de estos temas ha sido afrontado en sesiones separadas con síntesis final, aquí en seguida brevemente retomadas.

Las cuestiones en campo

La evolución del cerebro es propuesta como factor fundamental del desarrollarse de especies humanas, desde los monos y luego al propio interior hasta el homo sapiens al cual nosotros pertenecemos. Se evidencia la aparición de una nueva forma de evolución junto a aquella biológica que había caracterizado la vida sobre la Tierra hasta aquel punto: la evolución cultural. La aparición de la cultura es puesta en relación a la evolución del cerebro, pero sin poder precisar el origen y la naturaleza de este cambio epocal. También se evidencia la extrañeza y el límite de la concepción de Santo Tomás sobre el cerebro.

La conciencia es sutilmente manipulada en el laboratorio en la parte sensorial con varias técnicas que muestran determinados niveles de estímulo para que ocurra la percepción consciente; la conciencia del propio cuerpo, el propio esquema corpóreo pueden ser influenciados por manipulaciones sensoriales. Muchos mecanismos cerebrales quedan fuera de nuestra conciencia, pero son esenciales para el explicarse completo y preciso de ésta. Se expresa la esperanza de que estos conocimientos puedan contribuir al cuidado de los disturbios de la conciencia comprendidos los comas (las pérdidas de conciencia) persistentes.

El sistema de valores, la capacidad de decisión y el control de sí mismo han sido mapeados en el cerebro humano, con notable variabilidad interindividual. La dependencia de sustancias psicotrópicas es interpretada como disfunción de estos circuitos y se expresa la esperanza de poder manipular y variar la funcionalidad de estas áreas para resolver la dependencia.

El sistema de creencias es un dominio muy importante de la cognición en la especie humana que es la base del comportamiento social correcto de los seres humanos. Se empiezan a conocer las áreas y los circuitos implicados en su formación y control. La esquizofrenia es interpretada como una alteración de estos circuitos. Es precisamente esta la base del fuerte sentido de pertenencia social que caracteriza a la especie humana y de los comportamientos altruistas así frecuentes entre los humanos. La educación es subrayada como el grande y típicamente humano instrumento de desarrollo del individuo, de la sociedad y del cerebro mismo. También aquí el análisis es conducido sobre el dúplice registro: aquel filosófico tradicional, donde se subraya la importancia de la concepción aristotélica de la potencia y del acto; y aquel del desarrollo cerebral a través de la prodigiosa plasticidad de los circuitos cerebrales. Se espera que los fenómenos del aprendizaje y de la enseñanza puedan ser finamente analizados con metodologías cuantitativas para poder mejorar las prestaciones cerebrales. En fin se discute el enfoque ecuménico de los problemas más típicamente humanos. Se subraya como por ejemplo la conciencia de sí mismo es un tema privilegiado que requiere la aportación de neurocientíficos, psicólogos y filósofos que trabajen juntos tratando de uniformar las definiciones y los métodos de investigación para una provechosa colaboración e interacción. También emerge la objetiva dificultad que nace de concepciones de fondo diferentes acerca de la naturaleza del hombre y su modo de funcionar, su inteligencia, la naturaleza de la libertad.

¿Qué idea de hombre?

Examinando el óptimo documento sintético del entero encuentro, fruto de notable trabajo e inteligencia del grupo que dirigía el entero congreso, he quedado sorprendido por la preponderancia casi completa, aunque en gran parte tácita e implícita, de la concepción del hombre como determinado últimamente por su cerebro y por lo tanto por la evolución biológica que lo ha creado.

En las conclusiones se afirma que: «el actual conocimiento de la organización del cerebro humano y de cómo eso dé lugar a los estados mentales ya provee una contribución importante a la cuestión de lo que la persona humana es». Pero ¿cuál es pues la contribución tan importante de las neurociencias para entender qué sea la persona humana?

¡Se trata del hecho que la persona humana últimamente coincida con su cerebro! Así procede el texto: «las reconstrucciones de los conceptos de conciencia y autoconsciencia, mente y alma, forma e informaciones, pueden ayudar a reunir las ciencias naturales, las ciencias sociales y aquellas humanísticas. Gracias al descubrimiento de la centralidad del cerebro, hecho por las neurociencias, ahora tenemos un nuevo punto de partida para nuestro reconocimiento de la condición del ser humano. Hoy podemos ser sea actores sea espectadores de nuestras acciones y de nosotros mismos; la perspectiva en primera persona del sí mismo subjetivo es completada por la perspectiva en tercera persona de las neurociencias. Sólo el ser humano es capaz de crear tal circularidad observando el funcionamiento de su cerebro desde el exterior con instrumentos cada vez más potentes, pero también interpretando estos datos desde el interior, sobre la base de la propia consciente auto-reflexión».

Por toda su historia el homo sapiens, es decir nuestra especie, ha vivido, se ha desarrollado, ha fundado civilizaciones, también ha explorado el mundo y luego el espacio sin mirar dentro de su cerebro y ahora ¿qué se piensa que ocurra empezando a mirarnos dentro? La centralidad no es el cerebro sino el hombre como tal; sólo las culturas que ponen al centro la persona humana como tal sobreviven y se desarrollan, las otras son destinadas a implosionar y acabar. Y en todo caso no han sido las neurociencias las que descubrieron la centralidad del cerebro en el cuerpo humano (no en el hombre!), sino la neurología clínica y la neurofisiología que ha nacido de ella.
Hay una equivocación de la cual es importante darse cuenta en las afirmaciones arriba indicadas: cuando nosotros estudiamos «con instrumentos cada vez más potentes» lo que ocurre en nuestro cerebro, nosotros no somos «espectadores de nuestras acciones», nosotros no vemos nada de nuestras acciones, no tenemos ninguna conciencia de ellas, sólo estamos viendo regiones de nuestro cerebro que se encienden y se apagan. Para ser actores y espectadores de nuestras acciones tenemos una única vía aquella de nuestra conciencia, de nuestra experiencia.

¿Y cuál es la perspectiva ecuménica que puede reconciliar finalmente las ciencias físicas, con aquellas psicológicas y sociológicas y con el mundo de la literatura y de la poesía y de todas las artes? Es la centralidad del cerebro; aquel es el punto de comprensión total, el punto unificador de todos los conocimientos.

¿Por qué debería ser conveniente acoger este nuevo modo de entender a la persona humana? Así continúa el texto examinado: «además de contribuir a esta búsqueda conceptual, los neurocientíficos cognitivos también tienen una importante responsabilidad en relación a los numerosos desafíos puestos por el mundo contemporáneo. Pronto nuevas interfaces podrán conectar el cerebro humano a la computadora y robot, aliviar la parálisis de los miembros […]. El sistema jurídico podrá beneficiarse, pero también ser puesto en tela de juicio por nuestra mejor comprensión de los determinantes conscientes y no conscientes del comportamiento humano ofrecido por las neurociencias. Muchas instituciones humanas existentes, como por ejemplo el sistema carcelario, tendrán que ser reexaminadas a la luz de nuestra creciente comprensión del cerebro humano y a la posibilidad de cambiarlo y educarlo».

Es impresionante notar que todas estas afirmaciones son solamente deseos, la proyección de esperanzas, pero no ha sido provista alguna prueba que efectivamente las neurociencias hayan permitido interfaces eficientes entre cerebro y computadora para aliviar parálisis de las articulaciones, u ofrecido interpretaciones más realistas del comportamiento humano a los jueces, o provisto una mejor educación y cambio a los presos. O mejor, estas afirmaciones reposan en la concepción de que el comportamiento humano sea completamente comprensible y entonces manipulable actuando apropiadamente en su cerebro. Parece volver el mito cientista de poder modificar al hombre depurándolo de los defectos que la naturaleza no ha sabido evitar.

Si el hombre está determinado totalmente por el funcionamiento de su cerebro y eso es últimamente atribuible al determinismo físico-químico y biológico, entonces su comportamiento es últimamente manipulable desde el externo interviniendo en su cerebro. A este punto el significado de palabras comunes como cambio o como educación cambia radicalmente, ya no es acompañamiento de la libertad de la persona, sino se convierte en técnica de manipulación cerebral. ¿Pero quién será el encargado para hacerlo? ¿No es también él un hombre con sus defectos? ¿No arriesgamos con volver a ciertas operaciones dictatoriales y racistas en nombre de la ciencia?

El yo es una realidad inconmensurable

Hay un único punto en el documento como resumen final de los trabajos, donde se da voz a otra concepción.

«La ciencia ha confirmado la existencia de millares de millones de conexiones entre mil millones de neuronas y circuitos neuronales que componen el cerebro humano y sus ramificaciones dentro del cuerpo. Sin embargo, en general los filósofos de la tradición socrática no están de acuerdo con que la inteligencia y la voluntad humana sean sólo eventos neurales que ocurren en el cerebro. Para los neurocientíficos, el cerebro integra todas las funciones corpóreas. Desde el punto de vista de los filósofos en el curso de la reunión, esto no significa que ello dé al cuerpo su unidad vital ontológica, porque ésta es dada por el alma […]. Para santo Tomás de Aquino (y los pensadores contemporáneos de su escuela), este emerger de una unidad vital de los seres vivientes o esta independencia (libertad) de los actos, de las acciones revela la independencia del ser […]. Esta concepción filosófica, en particular la cuestión central de la relación entre el cerebro y el alma, ha generado intensos debates entre los científicos y los filósofos que participan en el grupo de trabajo. Ha sido subrayado por los filósofos que las funciones del cerebro solas no son suficientes a sustentar declaraciones éticas y ontológicas acerca del estado de la persona humana. A los seres humanos con graves discapacidades de las funciones cerebrales no pueden ser negados humanidad y dignidad. Pues, aunque los científicos y los filósofos han concordado sobre el hecho que el cerebro contribuye a la unidad vital de un organismo, la posición de los filósofos afirma que el alma es el principio de diferenciación entre los seres vivientes y es la esencia que unifica […]. En la perspectiva de los neurocientíficos presentes en la reunión, autonomía de acción y conciencia de sí mismo únicamente derivan de la actividad cerebral que auto-organiza y provee modelos y motivaciones para actuar, comprendidas las operaciones morales (comportamientos y emociones)».

Ante todo el argumento es presentado como el choque entre dos modos de afrontar la misma cuestión que son entre ellos incomunicables e irreducibles. De estos el método neuroscientifico es aquel moderno, científico, objetivo, mientras aquel filosófico es aquel antiguo, precisamente «socrático» o medieval. El segundo recurre al término «alma», término completamente desusado en nuestra cultura.

Además el debate no concierne sólo a la relación conciencia-cerebro, sino también implica aquel fundamental pero distinto, de cuál sea la esencia del ser viviente, es decir si la vida sea completamente explicada por el determinismo físico-químico y biológico o implica otro factor, sin el que no es exhaustivamente comprensible. Este tema fascinante no ha sido en todo caso el objeto del congreso.

No emerge en todo el documento de modo explícito y claro el punto en mi opinión fundamental en esta discusión. La afirmación de que la conciencia sea reducible al funcionamiento cerebral y pues que la conciencia, el yo, la persona sean generados totalmente por el cerebro y sean por lo tanto el puro resultado de la evolución biológica, es dada como obvia y descontada. Pero ¡tal afirmación no es de naturaleza científica!

No lo es ni siquiera como hipótesis de trabajo porque no es posible pensar en un procedimiento experimental que pueda verificar la hipótesis, es decir ver si es verdadera o falsa. Como todas las afirmaciones que pretenden definir de modo total la esencia de las cosas no se trata de una afirmación científica, sino filosófica, ideológica. No es posible excluir por vía científica que la persona humana sea constituida por dos principios inseparables entre ellos, constitutivos ambos de la persona, pero irreducibles entre ellos, sin pues la posibilidad de reducir el principio no material a aquel material.

Pero si la afirmación de que la conciencia es producida íntegramente por el cerebro no es de naturaleza científica ¿cómo podemos juzgar entonces de la sensatez o menos de tal afirmación? Cuando una afirmación no se puede someter a verificación científica, experimental, para no caer en el puro subjetivismo, en un juicio basado exclusivamente en el propio modo de sentir la realidad, hace falta referirse a la experiencia humana en su totalidad y concreción. Hago notar que el método científico no es otra cosa que una ejemplificación, un aspecto de la referencia última a la experiencia como supremo criterio de juicio

¿Qué nos dice la experiencia que hacemos cada día de nosotros mismos inmersos en la realidad, en aquella trama tan compleja y fascinante que constituye nuestro mundo, la condición en que vivimos y que abraza todo el Universo y toda la ciencia? Nos dice que nosotros somos capaces de observar y juzgar toda la realidad, también nuestro cuerpo, de tomar distancias de lo real para poderlo comprender, que tal capacidad supera cada bioquimismo cerebral, lo predispone para poderse expresar, pero lo supera. Aunque analizáramos el cerebro de una persona hasta la última molécula no encontraríamos nunca a aquella persona, su conciencia, su yo.

Se trata en efecto de realidades irreducibles; el yo, el sujeto es una realidad inconmensurable, es decir, según la etimología de la palabra, que no se puede medir.

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