O protagonistas o nada
autor: Marco Bersanelli
Docente de Astrofísica en la Universitá degli studi de Milán
Emilia Guarnieri (moderador)
Presidente Fundación Meeting per l’amicizia fra i popoli
fecha: 2008-08-28
fuente: O protagonisti o nessuno
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "O protagonisti o nessuno", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "O protagonistas o nada")
traducción: Carmína Vasquez

MODERADOR: "Sobre la triste landa en purísimo azul veo del alto titilar las estrellas (…) y cuando contemplo aquellos aún más sin ningún fin remotos nudos casi de estrellas, a nosotros aparecen cual niebla, a los que no el hombre y no la tierra sola sino todas en uno, del número infinito y de la mole, junto con el áureo sol, nuestras estrellas o son desconocidas, o así aparecen como ellos a la tierra, un punto de luz nebulosa; al pensamiento mío que pareces entonces, o prole del hombre?”.

El inmenso e ilimitado tamaño del universo en las palabras de Giacomo Leopardi, ¿Cómo sentirse entonces protagonistas en medio a tanta infinidad y a tanta belleza infinita? ¿Cómo ser protagonistas? ¿Qué es esta prole del hombre que desea ser protagonista cuando no es ni un punto infinitesimal respecto al punto más infinitesimal de una nebulosa? Hoy precisamente es un astrofísico, un científico, que por profesión tiene que ver con esta infinidad, quien nos habla del tema del Meeting "O protagonistas o nada". Agradezco al profesor Marco Bersanelli que ha aceptado confrontarse con este tema. El profesor Bersanelli, amigo querido por muchos de nosotros, es precisamente docente de Astrofísica en la Universitá degli studi de Milán, predominantemente se ocupa de astrofísica y cosmología experimental. Ha participado en 1989 y en 1991 en las expediciones científicas a la base americana del Polo Sur. Ha conseguido la medalla de oro por la actividad científica desarrollada en la Antártica y ha pasado este último verano en Bélgica, haciendo la última prueba del satélite Planck, que debería ir en órbita al principio del próximo año. Por lo tanto justo una persona que de infinidad y sobre la pregunta qué quiere decir ser hombres, ser protagonistas dentro de esta infinidad, creo que pueda entender de ello. En estos días hasta hoy, estamos al cuarto día del Meeting, no la vastedad del cielo, sino la vastedad de la tierra hemos encontrado, la complejidad no menos fascinante y provocante de la tierra, del mundo, de los problemas de los hombres, de las cuestiones de la paz y la convivencia, de las preguntas que nacen de la vida y de lo cotidiano de cada uno de nosotros, esto ha sido el tema en estos días. En estos días hemos encontrado a muchos protagonistas: del arzobispo de Moscú Monseñor Pezzi, a Vicky, hombres políticos, hombres potentes, de gran prestigio internacional, pensemos solamente en el Secretario General de la Liga árabe Amr Moussa, hombres que con sus decisiones pueden determinar las suertes de la paz en el mundo; otros encontraremos, en estos días encontraremos a Barroso, el Presidente de la Comisión europea, encontraremos a Osman, el premio Sakharov 2007, el día sábado, es decir personajes que brillan en la escena mundial. Personas que han venido aquí, como me dijo uno de nuestros huéspedes, uno de nuestros relatores, uno de los huéspedes más importantes y acreditados que el Meeting haya tenido en estos días, "que han venido aquí para hablar, del propio corazón, a partir del propio corazón", es decir personas que de toda manera han venido aquí a testimoniar aquel deseo de bien, de sentido, aquella necesidad de utilidad – para que podamos también usar términos concretos para hablar de protagonismo - aquella necesidad de utilidad, es decir de estar en el mundo y en la historia por algo por el cual cada uno de nosotros es movido. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué está ocurriéndonos frente a estos encuentros? Yo digo que nos hemos sentido provocados justamente por su testimonio. Porque frente - sólo hago un ejemplo, pero pienso que es evidente para todos - al espesor de dignidad humana que aquellas tres mujeres de color, de ayer en la tarde, una de las cuales ha salido por primera vez de su país, Vicky junto a Rose y junto a Marguerite Barankitse han testimoniado una dignidad, una capacidad, una energía, un sentido de la vida que les hace realmente protagonistas y donde era justamente evidente que todo esto nacía de un sentido de su existencia, de lo que ellas eran y no del sitio que ocupaban. Decía frente a testimonios como éstos, nosotros también nos hemos sentido más protagonistas, justo porque en estos días, estas cosas las hemos visto, Vicky la hemos vista, Monseñor Pezzi lo hemos visto, nosotros, los que trabajan o aquellos que encontramos, es decir hemos realmente visto, y ¿qué cosa hemos visto? Hemos visto que se puede vivir así, como recita oportunamente el título del ciclo de testimonios que un poco hace de hilo rojo en esta edición del Meeting, se puede vivir así, se puede vivir con un sentido, se puede caminar juntos con hombres diferentes, con hombres de culturas, de razas, de religiones diferentes, no es un eslogan. El otro día, nuestro gran amigo Bonzo del monte Koja, Shodo Habukawa, que ha vuelto al Meeting después de seis años - una relación antigua que luego hemos heredado de don Giussani - saludándome me dijo: "yo rogaré cada día por tu felicidad". Esto es lo que tenemos en común con todos, esta tensión a la felicidad y también esta intuición que ella se puede pedir. Decía, se verdaderamente puede vivir así, lo hemos visto, se puede caminar juntos, se puede construir, basta con contestar cuando llega la llamada, decía Vicky ayer en la tarde, también ratificaba Monseñor Pezzi contando ayer su historia, pero ¿qué es esta llamada? La llamada no es algo que viene del hiperuranio o algo que viene del mundo de los sueños, la llamada para cada uno viene de la realidad y lo hemos visto, porque estas personas en estos días nos han documentado exactamente esto, la llamada viene de la realidad, es la realidad que nos llama, es la realidad que nos pide que aceptemos su desafío. Un último ejemplo quiero hacerles. La noche anterior, la última noche de la instalación, la noche mientras me iba a la casa, era sábado, pasando por la Hall central, estaba de rodillas un chico, con un pequeño trapo, la Hall central es bastante grande como saben, este chico estaba sacando las últimas manchas de pintura del suelo con una pasión, con una dedicación, con una inteligencia en sacarles, que pasando de allí aquella imagen se me ha quedado en los ojos y he dicho: éste sí que es un protagonista, es decir éste es un protagonista" y en aquel momento era la noche anterior al inicio, en aquel momento he justo pedido por mí y por todos ustedes la misma pasión por la realidad y la misma capacidad de obedecer inteligentemente a la realidad tal como él estaba haciendo. Yo creo que en estos días, lo que estamos documentándonos es justo un deseo de ser protagonistas así. La palabra al doctor Bersanelli.

MARCO BERSANELLI: Agradezco a Emilia, doy las gracias a los amigos del Meeting por esta invitación, que indudablemente para mí representa un gran desafío. Me sentiría más cómodo al hablar de otros argumentos, no sé de Dark Energy o de expansión del universo. El tema no es fácil, también porque la palabra protagonista a menudo es usada en un modo equivocado, parcializado, que requiere ser aclarada, y también esta alternativa seca "O protagonistas o nada", pueden aparecer al principio un poco exagerado, un poco categórico. A mí pero me parece que, si nos paramos un segundo, se comprende que es sencillamente verdadera. Cada hombre en efecto por su naturaleza aspira a ser protagonista, no el hombre abstracto, cada uno de nosotros, todos sentimos el deseo que nuestra vida deje una huella, que dé una contribución original, que sea nuestra y sólo nuestra. Es insoportable la idea que nuestra vida pase sin producir nada, que el tiempo corra sin haber vivido hasta el final. Es insoportable. Sobre todo nos repugna la idea que nuestra misma existencia en cuanto tal no sea algo único. La juventud es justo el momento de la vida en que aflora la urgencia, el deseo profundo de ser protagonistas de la propia vida, como ha dicho Juan Pablo II: "la vida es la realización del sueño de la juventud, el hombre por su naturaleza aspira a ser protagonista". Esto vale para cada uno de nosotros, para la persona individual, y vale para la presencia humana en el mundo, en general. El hombre está sobre la escena del mundo para ser protagonista de la historia, y está en el universo para estar en relación con todo lo que existe; no hay nada de lo que existe que sea sentido por el hombre como extraño, que no sienta una relación con aquel objeto, con cada cosa creada. El ser humano en efecto es el que da el nombre a todas las criaturas, que busca el sentido de todas las cosas, según nuestra tradición judío-cristiana. Naturalmente en la historia muchas civilizaciones han interpretado en modos diferentes esta vocación del hombre de ser sí mismo, de cumplirse, de vivir hasta el final la propia naturaleza, de poseer y de conocer lo real. No vale la pena en este momento, naturalmente, recorrer las etapas de la evolución de la mentalidad en la que al respecto hoy nos encontramos, precisamente de la mentalidad moderna, las etapas que han conducido a nuestro presente. ¿Cómo podemos trazar sintéticamente la condición, digamos, cultural, existencial en la que nosotros hoy nos encontramos, respecto a este deseo profundo de ser nosotros mismos? ¿Cómo se encuentra el hombre contemporáneo, es decir, cada uno de nosotros, respecto a aquel deseo de ser protagonistas de la vida? Nos viene en ayuda Hanna Arendt, que es una de las voces más agudas, una voz muy laica, de la época contemporánea: "El hombre moderno no ganó este mundo cuando perdió el otro mundo, y tampoco la vida fue favorecida por eso, como pensaban. Él fue proyectado en sí mismo, proyectado en la impenetrable interioridad de la introspección, donde a lo sumo pudiera experimentar los procesos vacíos del mecanismo mental, su juego con sí mismo". Y aquí viene la frase crucial: "Es perfectamente concebible que la edad moderna, empezada así con una excepcional y prometedora lozanía de actividad humana, acabe en la más mortal y en la más estéril pasividad que la historia nunca haya conocido”.
También aquí parece un poco una exageración, este subrayado de la pasividad, pero nosotros lo vemos bajo nuestros ojos, cotidianamente, como educadores, como padres, como profesores, pero sobre todo si nos fijamos en nosotros mismos. Tenemos que constatar esta debilidad, esta debilidad extrema del sujeto humano, al que le cuesta interesarse de lo real, que ya no logra realmente a interesarse de nada, como si alguien hubiera decidido y nos hubiera convencido que la realidad no nos concierne si no marginalmente, o bien que pueda ser reducida a lo que de ella nosotros decidimos elegir. Es como si los hechos hubieran como perdido su eficacia, ya no son acogidos naturalmente como oportunidad para la realización de sí. Más bien son sentidos como obstáculos de los cuales librarse o como límite que hay que superar. El gran Eliot dice: "Todos ustedes son personas a las que nada les ha ocurrido, a lo sumo un impacto continuo de acontecimientos externos, han pasado a través de la vida como en el sueño". He aquí, nuestro compromiso por la educación, en todos estos años, nace justo de la conciencia de esta dificultad en la cual todos nosotros nos encontramos. Del resto ya en 1987 don Giussani habló de un efecto Chernobyl como de un estallido nuclear, que podría dejar estructuralmente, aparentemente, intacta la estructura, pero vacía, destruye, el hombre desde el interior, desde adentro; o bien Carrón que subraya insistentemente que nuestro problema capital es que hemos reducido la relación con la realidad, convirtiéndonos en víctimas de lo que él ha llamado "una inercia antropológica" y esta crisis en la relación con la realidad también ha llevado una aridez como tenor del conocimiento. Fíjense, nosotros sabemos muchas cosas, descubrimos muchas cosas, pero es como si nos dejaran indiferentes, todo nos deja como éramos antes, no suscita un instante de conmoción. En el ámbito científico, por ejemplo, uno casi se avergüenza que quede como un residuo de estupor frente a lo que observamos, lo que descubrimos, cuando en cambio es exactamente aquel estupor, aquella maravilla que de hecho reabre continuamente al conocimiento. Max Planck a quien justamente, es dedicado el satélite en el cual estamos trabajando, decía: "Quien ha alcanzado el estado de no asombrarse más de nada, demuestra sencillamente haber perdido el arte de razonar y de reflexionar". Se ha perdido aquella última simpatía por la realidad que caracteriza al hombre sano, según aquella bella definición querida a don Giussani: "La personalidad es definida por la capacidad de simpatía; la simpatía por la realidad, la familiaridad con el dato nace de la experiencia de un significado presente" o al menos del admitir la posibilidad de un significado presente, si es negado el significado - "el otro mundo", como decía Hanna Arendt -, y se ha nublado el nexo con la realidad. Hasta la materialidad de las cosas, la que el viejo materialismo indicaba como única verdadera realidad, acaba por disolverse. Son impresionantes, siempre me impresionan cuando las vuelvo a ver, las palabras de Sartre cuando dice: "¿Mis manos qué son mis manos? La distancia inconmensurable que me divide del mundo de los objetos y me separa para siempre de ellos”. El mundo de los objetos, cómo está lejano aquel ímpetu positivo, aquel abrazo de un Dante Alighieri por el cual cada criatura en su materialidad, en su contingencia era percibida como signo del Misterio: "¿Todas las cosas tienen orden entre ellas, y esto es forma que hace el universo semejante a Dios". Pues, ¿cuál es la idea de protagonista, de realización de sí que ha fracasado, que ha perdido lo real? Benedicto XVI en la Spes salvi describe sintéticamente la pretensión moderna con esta frase: "El progreso es la superación de todas las dependencias y es progreso hacia la libertad perfecta". He aquí, le hace eco don Giussani: "La época moderna, más bien la época contemporánea es la documentación trágica de aquello al cual el hombre llega como pretensión de autonomía". La pretensión de hacerse por sí mismo, de realizarse por sí mismo, de crearse por sí, de decidir solo, de tener como centro su propis persona , ésta es el desliz del hombre moderno, es el desliz en que todos nosotros estamos implicados: identificar la propia realización con la superación de todas las dependencias, pensar que la personalidad, la creatividad, el protagonismo nazca de la autonomía, del pertenecer a sí mismos, del tener a sí mismos como centro. ¿Pero entonces hay otra posibilidad o bien es ésta una derrota definitiva para aquel deseo innato que nosotros sentimos, el de ser protagonistas hasta el final?
Don Giussani contesta a esta pregunta, contesta con una indicación de un camino y con el testimonio de una vida: "Protagonista no quiere decir tener la genialidad o la espiritualidad de algunos, sino tener ea propio rostro, que es en toda la historia y eternidad único e irrepetible". Es ésta la frase de la cual ha sido, digamos, originado el título del Meeting de este año, que es una expresión que Giussani usó en 1979 en el diálogo con algunos universitarios. Realmente Don Giussani está en la época contemporánea con el que ha tenido el coraje de reconocer, como juicio y como testimonio de vida, la naturaleza irreducible del yo humano, de cada yo humano, el valor infinito de la persona individual. Pero nosotros, cada uno de nosotros, está llamado a darse cuenta de esta irreductibilidad, puede reconocerla observando la experiencia, sorprendiendo en la propia humanidad una espera, una capacidad de infinito que desfonda cualquier reducción sociológica o seudocientífica. La naturaleza nos ha dotado con un corazón que nos hace rebelarse a cualquier esquema que pretenda encerrar nuestro yo en un perímetro finito. Luego protagonista no es quien logra realizar grandes cosas, sino es el hombre libre, es decir quien vive conscientemente este su ser único e irrepetible. Además, como decía antes Emilia, quien ha visto a Vicky ayer, que se ha escuchado a Rose: "tú tienes un valor más grande que tu enfermedad y que la muerte", he aquí quien ha visto, entiende esto. Quien ha visto a Marcos y Cleuza, quien ha visto los amigos encarcelados, quien se mira alrededor en estos días y divisa el modo en que nuestros amigos voluntarios están aquí trabajando, esto es ser protagonistas, nace de una experiencia de libertad. Giussani insiste: "Todo el pasado, el presente, el futuro por la eternidad, aunque existieran centenares de mil millones de mundos, no existirá nunca un yo como el tuyo; tu yo es irreducible y hay una sola irreductibilidad en la historia, el yo”, la cosa que parece más frágil. Somos dependientes del universo en todo, más descubrimos el semblante de la naturaleza y más nos damos cuenta que íntimamente dependemos del contexto cósmico y no solamente del contexto local en que nosotros vivimos, sino estamos absolutamente libres del universo como sujetos, no somos determinados por los antecedentes físicos y biológicos, como un tal evolucionismo ideológico querría hacernos creer. Miren, éste no es un sentimiento vago o una idea entre las otras, me parece que sea una exigencia radical y una evidencia radical. Yo creo que un hombre ya no podría vivir sin la oculta certeza de no ser asimilable a nada de lo que lo circunda y de lo que lo precede, ya no podríamos vivir. Entonces tenemos que dar otro paso, tenemos que intentar otro paso: ¿qué es esta irreductibilidad que nos transforma en protagonistas, que nos da una esperanza de ser protagonistas, de dónde viene? ¿Es una capacidad nuestra, es una decisión nuestra? ¿Es una voluntad nuestra? No, es una evidencia: yo no estoy haciéndome a mí mismo. Don Giussani cuántas veces nos ha exhortado a darnos cuenta de esto, a ensimismárnos en esta percepción de sí: mi yo está hecho por otro, en cada momento, ahora. Ésta es una evidencia accesible a la razón. Giussani decía: "es la más gran evidencia en sentido absoluto"; no es una elección nuestra, no es una interpretación, un instante de esta conciencia significa un instante de verdadera conmoción, es el instante en el cual uno como por la primera vez se percata de sí y de las cosas como algo sorprendente. Podría decir, algo injustificado, que no se justifica de sí, es algo que es dado gratis de modo totalmente gratuito, dado por una presencia misteriosa cuanto real. Es precisamente de aquí que nace una nueva afección por lo que existe, nada es sentido más como extraño, se desea que nuestro conocimiento de las cosas que nos rodean y de nosotros mismos llegue hasta las raíces misteriosas de las que ellas surgen. Entonces la consistencia de la personalidad no está en la pretensión de autonomía, sino en la conciencia de aquella presencia de la cual mi yo y todo el universo surge. Entonces protagonista es el hombre que se percata continuamente con estupor que el propio yo es engendrado por algo que no es él, por un infinito, por algo distinto de sí. He aquí entonces que se trazan, digamos así, los elementos de una lucha, en la cual el hombre contemporáneo, es decir nosotros, somos reclutados. Giussani dice: "La lucha de hoy, cultural, es entre dos concepciones del hombre: entre el hombre que pertenece a algo grande, a la gran Presencia, o bien que pertenece a sí mismo". No es que sea evidentemente la lucha entre los buenos y los malos, o entre nosotros y los otros, es la lucha que se combate cada día en el terreno de la experiencia de cada uno de nosotros. Entonces quisiera ver brevemente cómo estas dos concepciones de sí, de la propia personalidad en acción, del propio ser protagonistas, se confrontan con lo real, primero bajo el nivel humano, histórico es decir el poder y luego bajo el poder natural, el universo. Un hombre que funda a sí mismo sobre sus propias fuerzas, un hombre que pertenece a sí mismo, un hombre que es totalmente enganchado a su propia capacidad, a un propio proyecto, o a una capacidad moral propia, es fácilmente presa del poder, su pretensión de autonomía lleva a la disolución, a la pérdida de la libertad como a "originalidad de juicio" decía Giussani. Uno se convierte en alienado en la opinión común, en las opiniones inducidas por la cultura dominante. Bastaría con ver cómo terminó la inmensa mayoría de los que hace 40 años, en 1968, han confundido la propia libertad con un proyecto político, totalmente reabsorbidos. La capacidad de reabsorción y reciclaje del poder es extraordinaria. Este yo, todo apoyado sobre sí mismo, acaba por perder su rostro, se convierte en presa de una mentalidad que lo domina, "he aquí que resbala", como decía Hanna Arendt, en aquella "estéril pasividad" en la cual de algun modo todos somos testigos e implicados. Mientras un hombre consciente de su propia irreductibilidad es inasimilable a cualquier poder, democrático o totalitario que sea. Los primeros cristianos preferían morir que identificarse con el César. Un hombre libre como Solženitsyn ha tenido en jaque un entero régimen, hemos tenido de ello una documentación espléndida en estos días. El poder cambia imagen, cambia en la historia pero tiende siempre a negar, a ahogar esta punta aguda del yo, de su irreductibilidad, porque huye, no la puede controlar. En el siglo pasado, las dictaduras trataron de ahogar a la persona con el aislamiento y con la violencia física, hoy a mí me parece que paradójicamente el extravío del yo sea favorecido por un exceso de comunicación y posibilidad de elección. Miren, casi es una nueva ideología, yo no tengo nada contra Internet o los teléfonos, los utilizo abundantemente, digo que es mentirosa la idea que una mayor libertad, una mayor realización de nosotros mismos venga automáticamente de la multiplicación de las posibilidades de elección, de visibilidad, de velocidad de cambio de información, de sustitución de informaciones.
Algunos investigadores del Lorentz Liver Laboratory han previsto que este criterio, sobrepuesto a la bioingeniería y la microelectrónica en las próximas décadas - hablan de 50, 70 años - llegará a modificar la idea que tenemos de nuestro cuerpo, el que podría convertirse en algo al cual nosotros podremos dar la forma que a nosotros más parece y gusta, libres de elegir, además algún principio se inicia a ver, tampoco el dato del propio cuerpo es aceptado, seguido. En todo caso sin ir al futuro, ya hoy es claro que la persona es cada vez más humillada, tiene cada vez más dificultad a percibir un objetivo, a la merced de los falsos protagonistas creados por la mentalidad engañadora de algunos programas televisivos. No es la posibilidad de elección: miren, en un mar infinito de posibilidades equivalentes somos aparentemente más libres, en realidad estamos sólo más confusos, ¿por qué? Porque el yo es algo único, antes de elegir, antes de comunicar, necesita encontrar, de amar y de ser amado. Como ha dicho Benedicto XVI: "Hoy el hombre es amenazado por un desequilibrio entre las posibilidades que tiene y la debilidad del juicio del corazón". Éste es el desafío para nosotros. ¿Habrá Solženitsyn en el siglo XXI? ¿Todavía habrá hombres sin patria? Y por fin nos preguntamos, pero si realmente el hombre le pertenece a sí mismo, ¿hasta dónde puede llegar su poder sobre la realidad, cuánto puede ser grande el poder de un hombre? Comparémonos con la realidad todo entera del universo, un faraón o Giulio César, Bush o Putin, pueden jactarse indudablemente un gran poder sobre la tierra, también Berlusconi naturalmente, pero ¿el poder de un hombre noble o malvado que sea, hasta dónde puede llegar? ¿Cuándo hubiera conquistado toda la tierra, dónde realmente ha llegado, dónde ha llegado? He aquí, si hay una cosa que la ciencia moderna nos hace ver con claridad, con una claridad sin precedentes, es el abismo de la vastedad del mundo, la potencia de las fuerzas en juego respecto a lo que nosotros somos, la inmensidad del espacio y del tiempo al interior de los cuales un ser humano es un instante invisible, es un punto invisible. El universo tiene una historia de 13,7 mil millones de años, casi 14 mil millones de años. Ahora, si nosotros comparamos este tiempo, la edad del universo, a un año, bien toda la duración del imperio romano es menos que un segundo, un instante, toda la duración del imperio romano. Los confines del universo observable, si tenemos en cuenta la expansión, se encuentran a unos 46 mil millones de años luz, quiere decir unos 400.000 mil millones de mil millones de kilómetros, si nosotros comparamos este horizonte cósmico al Oceano Atlántico, lo que tuvo de frente Cristóbal Colón, entonces la distancia entre la Tierra y la Luna sería como un décimo de un millón de millones de un granito de arena sobre la playa de Portugal. He aquí, si el tamaño humano fuera medido por el dominio que éste logra establecer sobre el mundo, somos condenados la nada, también el más grandioso poder político se pone insignificante, despreciable, más bien osaría decir ridículo. Pero entonces tenemos que preguntarnos: ¿hay algo en el hombre que admite comparación con esta vastedad del universo, de la realidad toda, toda entera? Y de nuevo aquí nos viene en ayuda Dante. Para él cada circunstancia humana es una circunstancia cósmica, para iniciar a describir el gesto humano, el instante de su aventura, su amor por Beatriz, su descubrimiento de Dios, Dante sitúa el instante en el contexto cósmico, como cuando inicia su viaje en el primer canto del infierno. Dice: "Hacía tiempo desde el principio de la mañana y el sol salía en alto con aquellas estrellas que eran con él cuando el Amor divino movió al inicio aquellas cosas bonitas". Se ve en el universo, no es que empieza así en su pequeño, él está en relación con todo. ¿O bien cuándo inicia la gran ascensión hacia el Paraíso, hacia el destino, como empieza? "Surge a los mortales por muchas desembocaduras el lámpara del mundo, pero por aquella que cuatro círculos une con tres cruces, con mejor curso y con mejor estrella parece juntada y la humana sustancia más a su modo templa y sella". Cuatro círculos une con tres "cruces" dice el instante cósmico de aquel momento, no hay un gesto humano si no la relación con la totalidad, porque esto es lo que caracteriza lo humano, es la señal de aquella irreductibilidad, es esto que nos describe como dimensión que no se puede reducir, absorber en todo lo que nos precede y nos circunda. Bien, pero la visión actual que nosotros tenemos del universo en realidad parece exaltar aún más esta relación fascinadora entre el yo irreductible y el cosmos en su evolución, en su vastedad. Una gran astrónoma del siglo pasado, Maria Mitchell, ha escrito estas palabras: "Estos inmensos espacios de la creación no pueden ser medidos por nuestra limitada potencia, sin embargo pequeña como es nuestra realidad respecto a la infinidad de la creación, breve como es nuestra vida en comparación con los ciclos del tiempo, nosotros estamos tan entrelazados con el todo, que la vibración de las palabras que nosotros gritamos, llena todo el espacio y su tremor atraviesa todo el tiempo". Quizás aún más vibrantes y definitivas son las palabras del ya citado Leopardi, el que como saben fue un conocedor profundo de astronomía, por lo tanto habló de las estrellas y de la luna, del universo también teniendo una idea del punto de vista físico de lo que decía y afirma: "Considerar la amplitud inestimable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos y encontrar que todo es poco y pequeñito para la capacidad del propio ánimo. Imaginarse el número infinito de los mundos y el universo infinito y sentir que el ánimo y el deseo nuestro seria aún más grande que este universo, me parece a mi mayor señal de grandeza y nobleza que se vea en la naturaleza humana". He aquí, si el yo es reconocido como irreductible, como relación con el infinito, entonces hay algo en la persona individual que no se borra a la presencia del universo, hay algo que tiene, que sujeta la comparación con la vastedad cósmica, más bien la supera por todas partes.
Todo es poco y pequeñito, es la paradoja de la condición humana, casi es una nada, casi es la nada del yo de cada uno de nosotros que es capacidad de infinito, es aquello que el salmo octavo expresa desde la antigüedad en modo insuperable: "Si miro tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has fijado, ¿qué es el hombre para que te recuerdes de él y el hijo del hombre para que lo cuides? Sin embargo lo has hecho poco menos de ti, de gloria y de honor lo has coronado". He aquí, gente como Dante, como Pascal, como Leopardi o Dostoievski y como don Giussani, ha entendido muy bien que cada ser humano tiene una grandeza inconmensurable, inconmensurable, de otro orden, Pascal dijo, y esto es precisamente su irreducible y directa relación con el Misterio que lo crea. Retiren esto y díganme como puede defenderse razonablemente de la mercantilización de la vida humana, del dar un precio, bajo o alto según quien decide, a cada vida humana, a nuestra vida y la de nuestros hijos. No hay razonable oposición a esto, ¿a qué vale una vida de sufrimiento? A ser quebrada. O protagonistas o nada. Pero, mantener la conciencia de sí, este nivel de la conciencia de sí como relación con el infinito, es arduo. Más bien es imposible para la mayoría. El poder, como hemos visto, tiende a ahogar esta autoconciencia, esta libertad. Pero no es todo, si bien miramos, también hay una extraña renuncia que es precisamente del yo, casi quisiera poder prescindir de sí mismo, como si quisiéramos liberarnos de nuestra libertad como un elemento endógeno, no inducido por la mentalidad pero propia del interior, de la pasividad que decía antes Hanna Arendt. Hay la espléndida, vehemente frase de Rilke: "Todo conspira a callar de nosotros, como se calla de una injuria, o quizás de una esperanza inefable". O Dostoievski: “No hay para el hombre pensamiento más angustioso que el de encontrar lo más pronto posible a quien reponer el regalo de la libertad"; o Berdiaev: “Parece casi que el hombre se haya cansado de la propia libertad y que esté listo a renunciar en nombre de una fuerza que organiza su vida, interiormente y exteriormente”. Entonces, concluyendo, no podemos evitar esta última pregunta: ¿qué cosa permite hoy, hoy, el despertarse del yo? De este yo tan dividido, desorientado, combatido, qué cosa permite devolver a la persona la posibilidad de ser sí misma realmente? ¿Es todavía posible? ¿Es posible para nosotros contemporáneos? "¿Qué puede desafiar la medida con que el hombre se mete delante de lo real"?, recientemente decía Carrón, "¿qué cosa permite ampliar el deseo? ¿Qué permite poner en marcha el centro del yo que es como bloqueado? Hace falta un acontecimiento, hace falta un acontecimiento". Lo que permite que nosotros nos encontráramos a nosotros mismos es un amor encontrado, no es una filosofía mejor de la otra, tampoco religiosa. Es una presencia en la que uno se topa y que afirma el ser tuyo. Ésta es la dinámica natural con que la persona humana se desenvuelve en el curso de la vida. El niño se convierte así en hombre, flotando en la presencia de quien tiene de frente, sintiéndose hecho por la presencia del padre y de la madre; el hombre adulto se enriquece de este modo, en el encuentro con otro diferente de sí. La hipótesis cristiana es que ésta también haya sido y sea la dinámica con que la gran Presencia, la que misteriosamente me hace a mi mismo en este momento, se ha hecho compañía al hombre. El cristianismo, como nosotros lo hemos encontrado, es esta invitación inesperada que te cambia la vida, es un encuentro con uno que te mira y también te dice "los cabellos de tu cabeza son contados", o bien que le dice a aquella viuda a quien se le murió el hijo, como don Giussani nos ha hecho revivir muchas veces, "mujer, no llores". He aquí, esto es más grande que el universo, es más grande que la vida, porque es el manantial de la vida. Miren, no es que nosotros estamos contra el poder, no se trata de demonizar nada, más bien, a cada uno es dado lo que es dado; es que a nosotros nos encanta mucho más el poder de la mirada de Cristo sobre aquella mujer que la presunción de ciertos políticos.
Es por esto que jamás nos capturarán. ¿Por lo tanto uno, cuándo empieza a ser protagonista? Cuando se topa con alguien, en una presencia, por lo tanto se da cuenta de ser mirado así, deseado, considerado, llamado por nombre. Esto te hace decir “yo” con una ternura y una dignidad inconcebible. No se trata de hacer grandes cosas, sino el punto es que si uno se siente mirado así, se convierte en un sujeto incansable, ya no puedes detenerlo, un protagonista de positividad; descubre aquella capacidad de simpatía por todo (miren el Meeting qué es) y tenderá a construir pedazos de un mundo mejor, allí donde se encuentra, cada día, ¡sin excederse! Casi sin darse cuenta. Porque como una vez don Giussani dijo: "Las fuerzas que cambian la historia son las mismas que cambian el corazón del hombre". Pues si el Misterio infinito, si es verdadero, si es verdad que el Misterio infinito ha entrado en la historia, si el sentido del universo ha entrado en el universo, entonces es Él el protagonista y nosotros lo somos en la relación con Él, siguiéndolo. Sigrid Unset tiene esta frase maravillosa: "Dios podía obligar los hombres a seguir el camino que había trazado para ellos y a obedecer como hacen las estrellas, pero él se ha hecho hombre y ha depuesto su omnipotencia sobre el lujo del mundo de los hombres", ha depuesto su omnipotencia sobre el lujo de nuestra libertad. Y entonces la única verdadera condición para ser nosotros mismos, para ser protagonistas, paradójicamente, porque aquí se va de paradoja en paradoja, es la sencillez, es la humildad. Como recientemente Carrón ha escrito: "Quien deja entrar a Cristo a través la grieta de las propias heridas y de la propia necesidad humana, se llena de estupor por cuánto ocurre, se da cuenta de la realidad, comienza de nuevo a vivir, porque esta necesidad, este ser heridos que nosotros ante todo somos, es el primer dato, es lo que la modernidad no ha querido ver, es lo que nosotros corremos el riesgo de no querer ver, es decir que somos unos miserables, somos todos faltantes, somos pobres, por nosotros no nos damos el ser, por nosotros no nos damos la vida, la respuesta a la felicidad. Más bien, somos necesidad, el hombre es este grito en el universo y somos capaces de traición, de vileza, porque deseamos vivir pero somos tentados a renunciar a vivir, como todos. Por esto, en fondo, no tenemos otro recurso que el mendigar de Él". Entonces concluyo con estas palabras de don Giussani: "El hombre vuelve a ser él mismo cuando vuelve a ser mendigo, a mendigar su meta, su destino. El verdadero protagonista de la historia es el mendigo: Cristo mendigo del corazón del hombre y el corazón del hombre mendigo de Cristo". Les agradezco.

MODERADOR: Sin patria y mendigos, agradecemos el doctor Bersanelli porque esta imagen de protagonista que hoy nos ha testimoniado, documentado y relanzado delante, es realmente la imagen más gloriosa, justo porque es más indomable, sólo podemos estar libres porque estamos sin patria y porque somos mendigos, pero sólo podemos mendigar porque tenemos una percepción vívida de nuestro deseo, de nuestra necesidad, de nuestro pedir. Esto nos vuelve gloriosamente mendigos y esto nos convierte gloriosamente en protagonistas de la historia. Gracias y buenas noches.

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