Obras de caridad
autor: Sergio Massalongo
Prior del Monasterio Santos Pedro y Pablo (Cascinazza, Milán, Italia)
Monica Poletto y Stefano Giorgi (moderadores)
fecha: 2010-04-10
fuente: Opere di carità

STEFANO GIORGI

Tal como decíamos en la invitación a la Escuela de las Obras de Caridad de este año, nuestro objetivo con la realización de una escuela, es el de “introducir (a quien se dé cuenta que tiene la necesidad) al método de trabajo que caracteriza a las obras de caridad: método que se centra en el compartir y en la construcción de lugares de acogida real”

Desde el año pasado, recogiendo el desafío que nos hizo don Carrón en la Asamblea conclusiva de la edición que tenía como título “La caridad es la raíz de la respuesta a las necesidades”, la modalidad con la que procede nuestra escuela es la de lecciones que afronte un tema crucial para la vida de las obras a partir del relato de una experiencia viva en acto.

Así fue con don Eugenio, que el 24 de octubre nos introdujo al gran tema de la libertad como experiencia, primero para nosotros mismos: “el problema no son los otros”, decía “que la libertad pueda comenzar a ser una experiencia es la única posibilidad de bien dentro del mundo. La única posibilidad de bien para el mundo es un hombre libre; vale decir, que esta experiencia de bien, de leticia, justamente de libertad, comience a entrarte en el cuerpo”

Y fue lo mismo también con Bernard Scholz el 10 de diciembre, cuando trató el tema del trabajo, conjugando la libertad con otra gran categoría: la responsabilidad: “la dinámica del trabajo es siempre una dinámica dirigida a un propósito”, nos dijo, contándonos sobre sí mismo: “el trabajo está siempre orientado a, el problema es siempre respecto a que cosa. El profesionalismo es usar de modo sistemático y útil los instrumentos a disposición para alcanzar el objetivo…. Y el objetivo de todo es que surjan sujetos nuevos: nuestras obras no están hechas para poner todo en orden, sino para hacer nacer un sujeto libre y responsable. Quien trabaja para nosotros y quien nos es confiado. Y una verdadera responsabilidad puedes asumirlas solamente si entiendes que tu eres más que aquello que haces o dices”.

Hoy estamos en la tercera etapa de nuestro camino y el tema es el aspecto económico y su incidencia en la vida de las obras. Ésta también es una lección que parte del relato de una experiencia significativa: aquella del monasterio.

En nuestra historia, el monasterio/monacato nunca representó un reclamo exclusivamente espiritual como la referencia ideal para una reconstrucción social. Esta descripción que hace el Cardenal Newman de la experiencia de los monjes, nos pareció extremadamente significativa para introducirnos al trabajo del día de hoy:

“San Benito encontró el mundo social y material en ruinas, y su misión fue volverlo a poner en marcha. No con métodos científicos, sino con medios naturales. No obstinándose con el pretexto de hacerlo en un tiempo determinado o haciendo uso de recursos extraordinarios o a través de grandes gestas, sino de un modo tan tranquilo, paciente y gradual, que su trabajo pasó inadvertido hasta cuando estuvo terminado. (…)

Hombres silenciosos se veían en la campiña o se escabullían en el bosque, excavando, desenterrando, construyendo, y otros hombres silenciosos, que no se veían, estaban sentados en el frío del claustro, esforzando sus ojos y concentrando su mente para copiar y volver a copiar fatigosamente los manuscritos que habían salvado- Ninguno de ellos protestaba por lo que le tocaba hacer. Sino que, paulatinamente, los bosques pantanosos se transformaban en la ermita, la casa religiosa, la amasandería, la abadía, el villorrio, el seminario, la escuela y finalmente, en la ciudad.”

John Henry Newman, Historical Studies, II.

Por esta razón la vida monacal para nosotros representa un ideal al que mirar en la construcción de una obra. El monasterio es un ejemplo de aquél “realismo” y de aquella “prudencia” que don Giussani ha señalado como características de la obra, en el discurso a la DC lombarda en 1987, en Assago.

“Es necesario observar que estos movimientos son capaces de permanecer abstractos. No obstante, la inercia o la falta de inteligencia de quien los representa o de quien participa de ellos, los movimientos no logran permanecer en el abstracto, sino que tienden a mostrar su verdad al afrontar las necesidades en las que se encarnan los deseos, imaginando y creando estructuras operativas capilares y atingentes que llamamos obras, “formas de vida nueva para el hombre”, como dijo Juan Pablo II en el Meeting de Rimini en 1982, relanzando la doctrina social de la Iglesia. Las obras constituyen un verdadero aporte a una novedad en el tejito y en el rostro social”.

Las características de obras generadas en una responsabilidad auténtica deben ser: realismo y prudencia. E realismo está relacionado con la importancia del hecho que el fundamento de la verdad es la adecuación del intelecto a la realidad; mientras que la prudencia que en la Suma de Santo Tomás, es definida como un criterio recto en las cosas que se hacen, se mide sobre la verdad de la cosa antes que sobre la moralidad, sobre el aspecto ético de la bondad. La obra, justamente por esta necesidad de realismo y prudencia, se vuelve signo de imaginación, de sacrificio y de apertura” Luigi Giussani, El yo, el poder y las obras. Contribuciones desde una experiencia, Marietti 1820, pág 168-169)

Hemos invitado a Padre Sergio, prior del monasterio de la Cascinazza, para que nos cuente su experiencia del monasterio como “obra” y para dialogar con él sobre un tema que consideramos crucial para la concepción y desarrollo de nuestras obras: el aspecto económico. La centralidad de este aspecto se torna más evidente a raíz de la crisis económica en la que nuestras obras se vieron involucradas, ya sea directamente o por ser consideradas “baluartes” de caridad y, por esto, llamadas a frenar los efectos de esta crisis.

MONICA POLETTO

Antes que nada, muchísimas gracias a Padre Sergio. Estoy muy contenta que haya venido para estar entre nosotros. Entiendo el sacrificio al afrontar ciertos temas en una vida ya tan llena, y por esta razón le agradecemos tanto.

Dijimos que el método de la escuela es el testimonio: por esto, lo primero que te pedimos es tu historia y la historia de tu obra que es el monasterio de la Cascinazza. En el relato que harás, te pido que tengas en cuenta un asunto que surgió en la reunión del directivo de la CdO-obras sociales, que discutimos esta mañana. Uno de nosotros nos preguntó sobre si tú eras la persona más adecuada para hablar de dinero y crisis, ya que en este momento estamos tan expuestos a los problemas de la gente, tenemos archivos de personas que vienen a pedirnos trabajo (evidentemente nuestras obras en este momento sirven también como baluarte social). El monasterio nos parece en cambio una realidad protegida: ¿es así? Te cedo la palabra.

PADRE SERGIO

Les agradezco la consideración y la invitación a participar en un encuentro tan importante como éste. Me gustaría más escuchar y aprender que hablar: estoy de acuerdo con esa persona y pensé que tal vez no soy yo el más indicado para afrontar un tema tan difícil. Pero ésta fue también la objeción que le hice a Giorgio Vittadini, cuando me pidió participar en este encuentro. Le dije “pero yo no sé nada de estas cosas…” y él me dijo “justamente por esto es importante escucharte”. De esta forma, me liberó de mi ignorancia y puedo de esta forma libremente intentar dar una respuesta.

Ciertamente se nos concede vivir en un momento, este actual, que no es fácil. La situación política, económica y social, no solamente en Italia sino que en general, no goza de una óptima salud: más bien, presente en varios niveles quiebres en el sistema, me atrevería a decir peores que las grietas provocadas en la tierra por los terremotos reciente. Estas últimas son de carácter geológico, y se pueden incluso aplacar con el tiempo. Pero las grietas que vivimos del sistema surgen en la profundidad del yo humano, un yo siempre más devastado y en caída hacia las profundidades de la propia miseria. Y aún no hemos tocado fondo.

Siempre me ha conmovido, a este respecto, una frase de don Giussani que me hizo estremecer la primera vez que la escuché, porque yo no era capaz de responder. Decía “No creo exagerar al afirmar que muchísima gente no sabe en absoluto reconocer los límites entre la bestia y su persona, no conoce lo que es propio de sí mismo, qué cosa constituye verdaderamente lo humano” (L.Giussani, Escape de la violencia, en CL – Litterae Communionis, n.5/1988, pág 52-53)

Nosotros sabes que lo que constituye lo humano, lo propium del humano, es la relación con el Misterio. Nos lo dijo Jesús: “Si permanecen en mi palabra son verdaderamente mis discípulos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres” Jn 8, 31-32) La verdad no es un sentimiento, sino que es Su persona real, que nos hace libres.

Bien, escuchen lo que le dijo Zapatero a Obama en Febrero de este año, en el National Breakfast of Prayer, al que fue invitado a decir una oración: “La libertad es la verdad común, cívica, que nos hace verdaderos, auténticos como personas y como ciudadanos, porque nos permite de mirar a la cara el propio destino y nos permite a cada uno buscar la propia verdad”. Entonces, según él, la liberad es hacer lo que nos parece y place, y ésta es la verdad. La libertad es este subjetivismo demencial.

Si hay cien millones de personas que viven así, no hay ni unidad ni construcción, sino un miedo y un control despiadado de uno sobre el otro, porque cada persona podría ser un terrorista. Entonces, paradójicamente, una circunstancia como la que ahora vivimos, podría resultar incluso positiva, porque las dificultades nos obligan a ir a lo profundo de las motivaciones, para tomar conciencia hasta el fondo de esta situación.

El Papa, en el Angelus del 7 de marzo dijo una cosa que me impresionó mucho: “La posibilidad de conversión exige que aprendamos a leer los hechos de la vida en la perspectiva de la fe (No a un nivel natural, sino de mover la mirada al plano de la fe). En la presencia de sufrimiento, de lutos, en todo tipo de pruebas, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, Quien, queriendo siempre y solo el bien de sus hijos para un destino inescrutable de Su amor, permite ahora que seamos probados por el dolor para conducirlos a un bien más grande “ . Entonces, también una situación como la que vivimos ahora podría ser óptima para redescubrir la cuestión de fondo.

Mi intervención de hoy no tiene la pretensión de dar la receta para resolver los problemas que afligen a la sociedad y el mundo, sino que de ofrecer un intento de ejemplo de cómo hacer surgir en este mundo un modo de vivir las mismas e idénticas cosas que viven todos, a partir de una mirada de fe.

Sabemos que la fe es el reconocer a Cristo presente que nos vuelve claro el objetivo de la vida y que es capaz de hacérnoslo alcanzar. Para entrar en la pregunta que me hicieron, me colgaría de aquello que he dicho hasta ahora, y partiría de una frase que don Giussani nos dijo hace veinte años: “La naturaleza de la experiencia que hizo nacer la Cascinazza es justamente el acontecimiento en el mundo de una unidad de hombres, que por la visión y el amor de Cristo arden por edificar el mundo; arden por edificar la Iglesia. En vez de edificarla como catedral, como podían hacerla en el Medioevo, es la edificación de la Iglesia como persona”.

Nuestro trabajo, el monasterio, es la reedificación del yo, a través de todo lo que se hace. Es ésta la aventura más emocionante de toda la vida, más aún de todos los misterios que uno podría poner en pie.

Ahora, el yo, no sólo el yo profundo sino que también el ser humano, el niño, nace cuando otro te dice: “Tú eres mío, te quiero, quiero que tú existas”. Cuando es otro el que te afirma para tu destino, afirma tu ser. Es entonces que comienzas a mirarte a ti mismo con una ternura que nunca antes conociste, que no sabías ni si quiera tener; te miras con la misma ternura con la que eres mirado por Cristo. El yo nace cuando sabes a quién perteneces, de quien eres hasta el fondo, y cuando sabes de quien naces cada día, en cada instante.

Este bloqueo te libera de cualquier egoísmo, de la esclavitud de las cosas, en el sentido que entras dentro de todas las cosas sin miedo, porque te da una mano en todo, te da la clave de todo: y aquellos que puedes ofrecer es a Jesucristo mismo, que es todo. En entonces cardenal Ratzinger, en la homilía del funeral de don Giussani, decía: “Si uno no ofrece a Cristo al mundo, no ofrece nada”.

Quisiera decirles hoy día cuatro breves pasajes, para responder a esta pregunta sobre mi historia, porque a mi historia está conectada toda la historia del monasterio, y más o menos mis vivencias son las vivencias de mis hermanos, en las que pude llegar a decir “yo” con esta conciencia. Necesité 15 años de monasterio para poderlo decir.

1 Entré en el monasterio no para ser monje, sino para hacer la voluntad de Dios, para seguir a Cristo en esta forma de vida que Él me dio para mi cumplimiento. En un inicio, me abandoné completamente al contexto de obediencia al superior y a la comunidad, como al molde que te da la forma. Fue una obediencia total, pero casi automática: traté de vivir bien todas las cosas, incluso con escrúpulo, pero en el fondo las cosas no eran mías, se me escapaban.

Esto lo descubrí 7 años después, cuando un día vino don Giussani para ayudarnos a entender de dónde nace el juicio de comunión entre nosotros, y nos exhortó con estas palabras que verdaderamente me devastaron: “¿Por qué se requiere de un juicio? Porque el juicio nos indica el camino, nos conduce. Pero entonces, hay algo que está antes del juicio, que es el amor y la voluntad al camino: ésta no es una cosa trivial, porque en la medida en que no se ame verdaderamente el camino, el juicio se vuelve una cosa que a uno no le importa nada, o se vuelve una búsqueda del amor propio de uno. El camino es el profundizar en la relación con el Señor”. Delante a estas palabras, me sentí descolocado, porque yo tenía un juicio sobre todo pero no amaba a nadie: no habría dado mi vida por ninguno de los que allí estaban, de aquellos que habían sido llamados conmigo.

En ese momento se me hizo evidente que el objetivo puede estar presente, pero si no lo amas en la carne con la que se presenta, tú no estás presente, no está el yo. Y entonces ¿cómo se hace para vivir así?

2 Entendido esto, fui lanzado al segundo punto, cometiendo el error opuesto. El error es tener la pretensión de ser capaces de darse un significado, de construir nosotros la unidad con nuestras fuerzas, con nuestras intenciones: construir un bonito monasterio en el nombre de Jesucristo, para Jesucristo. ¿Qué cosa hay más bella que ésta? Olvidando que la unidad no se construye, sino que de la unidad se nasce. En síntesis, me esforcé al máximo para que la obra se volviese mía. Pero en la medida que aumentaba nuestro esfuerzo para alcanzar este objetivo (estábamos todos dentro de este horizonte), más parecía alejarse el objetivo. Y más aumentaba la dificultad y el escándalo de aceptarse a uno mismo y a los otros de la comunidad, porque los límites se volvían una objeción, se volvían un signo de incapacidad, un juicio de condenación sobre nuestra incapacidad de realizar este ideal perfecto y utópico
Pero, tal como se pregunta el Brand de Ibsen. “¿No es suficiente entonces toda la voluntad del hombre para construir un solo ápice de salvación?” Este intento utópico para mí duró 10 años. ¡No dos minutos!

Insisto: mientras más se es moralista, uno más se da cuenta de los errores

3 Tercer acápite. Al final de estos 15 años, era evidente que Cristo me había vencido: yo era incapaz de construir el ideal, Él no permitía que pusiese las manos en la obra que es Suya. Pero yo no quería aceptar esta derrota, y como un niño caprichoso decía: si la obra es suya, que se las arregle. Estoy acá, trabajo, pero que se las arregle. Esta posición me llevó al absurdo: era absurdo estar en el monasterio con esta posición. Me debatía en lodo de mi rechazo, el que me hacía aflorar siempre más mi nada y mi violencia.

En fin: estaba completamente a merced de Dios. Y ahí se volvía claro - y se vuelve claro hasta hoy - que , o me dejo salvar por Otro, me dejo construir mi rostro por Otro, o blasfemo.

En este punto, incluso queriendo escoger a Dios, no tenía ni si quiera una mínima imagen de que Él estuviese. Estaba sólo en la posición de alguien que espera una misericordia. Esperar que Él llegase, en la forma y el momento que Él quisiese. Ese fue para mí el momento de la fe desnuda y cruda, porque tal vez nunca llegaría: me puso en una condición de extrema mendicidad. Pero Él, paso a paso, llegó; y esta vez, no pude resistírmele, porque su modo de hacerse presente fue de una razonabilidad y de una belleza turbadoras, mucho más de lo que esperaba. Su llegada me hizo entender que mi yo es positivo, así como soy, que mi límite es positivo, que yo no soy positivo en cuanto a mi capacidad de positividad, sino porque Él es mi positividad. Cristo no me sacó el límite, sino que con Él se es libre del límite: incluso quieres tu límite porque es la forma en que tú lo reconoces a Él. El límite se transforma en una tensión en la relación.

Aceptar esto fue de máxima conveniencia para mí, y la ocasión para renacer y decir continuamente “yo”, “mi yo eres Tú, que me abrazas y me perdonas; que tomas mi yo y me das el tuyo; Tú que te hiciste mi nada para que yo entendiese cuánto valgo”

Llegados a este punto, se comienza por gracia a gustar y amar las cosas de un modo distinto. Hay una lógica en contrario (invertida) : eres tú que revistes las cosas de una positividad, más que esperarte una positividad de las cosas. Se parte de una plenitud que hay, que incluso te llena más y que aumenta siempre más.

Yo incluso, físicamente, me di cuenta de este asunto después de 15 años en una cosa muy simple: un día, estaba en el patio de la casa y de repente me di cuenta que faltaba una teja en el techo. Y me preocupé de hacerlo ver. Antes, no me interesaba nada. Me decía : alguien se preocupará de ello. Pero recuerdo aún físicamente el contragolpe y decir: falta una teja. Ahí entendí que la casa era mía, y que me había sido dada sin ningún cálculo mío.

Este renacimiento del yo coincidió con el nacimiento de una amistad nueva entre nosotros los monjes: la palabra adecuada para expresar esta amistad es “milagro”. El milagro de una comunión donada, inquebrantable, desde la cual puedes recomenzar continuamente porque no la hiciste tú, con un gusto nuevo por la vida que empapa toda la realidad de esta certeza.

4 El cuarto hecho fue mi elección como superior del monasterio hace 15 años. Un llamado a una paternidad, a como surgen las obras, a cómo surge el yo en las personas. Yo, por carácter, estoy bien incluso si estoy solo, pero el Señor rompió esta tranquilidad mía llamándome a esta tarea: educar a los otros en la fe, educándome a mí mismo. Todo lo que me fue dado debo vivirlo como responsabilidad hacia los demás. Esto no ha sido fácil y tampoco lo es ahora, porque la medida de evaluación, si olvida la propia historia, se vuelve ó despiadada o indiferente hacia los demás, exigente hasta lo inverosímil. Entonces, paradójicamente, los hermanos me son de ayuda sólo con su estar presentes, independientemente de aquello que hacen o son: con su estar presentes me reclaman hacia la misericordia que recibí.

Su estar presentes es la corrección continua para mí al motivo por el que estoy en el monasterio, Y la frase decisiva que me dijo don Giussani en los primeros años de esta tarea, que dio un vuelco a mi posición, fue: “Atención que tú debes mirar a tus hermanos como los mira Dios. No como los miras tú, sino como los mira Dios”. Al decirme esto, entendí que no era una presunción, sino que la verdadera exaltación del yo. Yo no soy capaz de mirar a los demás como los mira Dios: pero mientras más acepto esta posibilidad, les aseguro que se vuelve posible. Dejándote hacer por Otro, lentamente llegas también tú a sorprenderte en el razonar como este Otro, de modo infinito. Saltan todos los prejuicios que tenemos en nuestra cabeza. Se empiezan a mirar verdaderamente las cosas como las mira Otro - una persona real, no abstracta. Y yo mirando continuamente a este Otro, digo “¿Pero cómo hace Éste a hablar así?” Con uno así, más grande en la fe, llegas tú también, poco a poco, sin darte cuenta, a mirar de esa forma.

Si a las personas las miro con mi propia medida, la reduzco. Pero si comienzo a mirarlas como las mira Dios, entonces valorizo toda la positividad que tienen dentro, toda la positividad que ellos son.

MÓNICA POLETTO

Para entrar en el meollo/corazón del tema de hoy, el primer argumento que queremos plantear es aquél del realismo. Porque el dinero corresponde/adhiere a un realismo. Hacer aquello que se puede hacer y no más de lo que se puede es un signo de realismo y de obediencia al Misterio. Planteado este tema, hay otro tema que dialoga con éste, es decir, nuestra postura frente a la necesidad. De hecho, aquello que nos empuja a osar, muy frecuentemente haciendo un paso más largo que nuestra pierna, es en muchos casos la magnitud de las necesidades que encontramos.

Por esto te pedimos: ¿Debemos hacer aquello que se puede hacer obedeciendo a la realidad, es decir, también al presupuesto, y en qué medida y con el desgarro que sentimos respecto de la necesidad que encontramos? Porque evidentemente lo que se nos pide no puede ser una posición aséptica e impermeable respecto a la necesidad. Un subtítulo a esta pregunta podría ser : realismo y providencia. ¿Cómo el confiarse a la Providencia es un aspecto de realismo y no de imprudencia?. Reduciéndolo mucho, el riesgo es que se viva en esta postura: “Yo respondo a la necesidad que encuentro y luego Dios verá como me ayuda”.

PADRE SERGIO

Ésta es una pregunta compleja; necesitaríamos todo un día o más para responderla adecuadamente. Intento decir ahora algunas cosas.

Antes que nada, yo me encuentro bien de poner a prueba el punto de partida. ¿Cuál es la finalidad del hombre, de la vida? ¿Cuál es la cosa última? La finalidad de la vida, al final, no es el bienestar. La finalidad de la vida es Jesucristo. Dicho esto, no quiere decir que uno de deba hacer nada porque todo lo hace Jesucristo: éste es un fatalismo que produce sólo miseria. Si uno, por ejemplo, está enfermo, no puede decir: “No me cuido, porque al final todo está en manos de Dios y si tengo que mejorar, mejoraré”. Esa persona no debe decir esto; se entiende que razonablemente no es una posición correcta.

Al mismo tiempo, movido por la necesidad que encuentro, tengo que tener claro lo que está dentro de esta necesidad, de otro modo, ilusiono a la gente. Justamente con este propósito me conmovió el Papa; en la homilía de la Vigilia Pascual puso un ejemplo que calza al dedillo con esto: “Se hace evidente la resistencia que el hombre opone a la muerte: de alguna parte - han reiteradamente pensado los hombre - debería también haber una hierba medicinal contra la muerte. Más pronto que tarde debería ser posible encontrar un remedio no sólo contra ésta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad : contra la muerte. Debería, por tanto, existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están en busca de tal sustancia curativa. También la ciencia médica actual investiga, si bien no propiamente de excluir a la muerte, de eliminar sin embargo el mayor número posible de sus causas, de alejarla cada vez más, de procurar una vida siempre mejor y más longeva.

Pero reflexionemos por un momento: ¿Cómo sería verdaderamente, si se lograse, tal vez no excluir totalmente la muerte, sino que de alejarla indefinidamente hasta llegar a una edad de varios cientos de años? La humanidad envejecería en modo extraordinario; no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable sería no un paraíso, sino más bien una condenación”.

Es extraordinario, porque a partir de una cosa positiva se llega a una posición completamente contraria. Aquí se ve que la obra verdadera y propia es la fe (cfr. Jn 6, 29).

El punto no es identificar la necesidad: decir que existe la necesidad de que el hombre viva cientos de años y después es la necesidad la que dictamina el camino. Esto me lleva fuera de mi camino, porque veo sólo el particular de la cuestión, y después para salvar el particular, me pierdo.

Antes de entrar en el monasterio trabajé 5 años como operario en Ferrocarriles del Estado; en mi unidad éramos un centenar de operario, casi todos de la Cgil.

También yo, a pesar que hubiese encontrado el movimiento nacido de don Giussani, tenía la tarjeta de la Cgil y compartía las mismas batallas, pero con un acento que me venía de otra parte: del encuentro hecho.

Por una parte, los compañeros, viéndome así audaz, estaban impresionados de mi entusiasmo y por otra parte decían: “Si eres verdaderamente cristiano, tienes que involucrarte aún más con nosotros; ¿ves cuántas necesidades hay por resolver? Hasta cuando existan estas necesidades, nosotros no estaremos bien”

No es que esas necesidades no existiesen, pero al decirme esto era un modo para eludir el problema. La respuesta así es siempre mañana, no hoy; por lo cual ponte a trabajar, ocúpate del tema, y cuando hayamos solucionado esas necesidades, estaremos mejor. Pero estas necesidades son infinitas. Me decían así para distraerme, para centrar el problema en un activismo, porque tenían miedo de que, siendo abofeteados delante de sus narices, Jesucristo les mostrase su verdadera necesidad. Por lo tanto: se responde a las necesidades de los otros, para no responder a las propias.

Pero una obra no es cristiana ni si quiera porque la hagas por Jesucristo, porque en nombre de Cristo puedo poner en pie una obra que no considera a Cristo, que de Cristo no tiene nada, nada más que mi idea de Cristo. Por ejemplo, un gran y famoso monasterio benedictino español en estos últimos años ha pensado ser misionero, grabando sus cantos gregorianos. Estaban conmocionados por el hecho. Esos cantos estaban en los primeros lugar de las ventas mundiales; todos los cantaban, hasta los ateos. A un cierto punto, el monje director del coro, mareado por el éxito, se fugó con todas las ganancias que les habían producido la venta de los discos…. Y provocó un terremoto en el monasterio, tanto que apenas pudieron salvar algunos trozos. ¡Piensen con qué contrición después los monjes cantaban esos cantos en la liturgia! Aquí ¿dónde estuvo el error?. No fue en grabar los discos, sino que en el hecho que el valor recayó en el monasterio, en su capacidad, en que hicieron una cosa bella por Jesucristo, en que se volvieron famosos, en que entraron nuevas vocaciones…. Pero no se fijaron en lo que estaba antes.

Otro ejemplo. Otro famoso monasterio, en este caso belga, tiempo atrás y en vista que el trabajo iba bien, y que tenía un gran éxito, pensaron de hacer algo bueno dándole trabajo a la gente. Se dijeron : “¿Por qué no? ¡Démosle trabajo a la gente!” Para hacer esto, el Monasterio se agrandó de modo tal de llegar incluso delegar la dirección del trabajo a gente de afuera, porque era demasiado demandante: y los monjes se quedaron sin trabajo. Ahora son mantenidos, viven de las rentas. Piensen ¡qué aburrimiento!. Pero la vida monacal en ese monasterio se está apagando tristemente.

Otro ejemplo: hace algunos meses me llama por teléfono un amigo cura pidiéndome la disponibilidad de ir a dar los Ejercicios a los seminaristas de la Liguria. Esto me dice por teléfono: “El rector del seminario de Génova está de acuerdo, y también el Cardenal Bagnasco. También lo hablé por teléfono con Carrón y él no está en desacuerdo”. Y bien, me sentí acorralado. Entonces, después de este primer fastidio, pensé que podía ser una gran ocasión que justificaba un sacrificio. Entones, lo conté en la comunidad y la comunidad me dijo: “No, tu no vas”. Y entonces, llamé a Carrón y le expliqué lo que pasaba. Y él me dejó libre. Y yo decidí no ir, porque el sacrificio de aquél “no” en realidad era un “sí” a mi comunidad. Era afirmar una pertenencia. Yo no puedo decir sí a los demás, si digo que no a los que Dios me puso al lado como signo de su presencia. Esto me conmovió, porque al decir que no, era un sí. Aquí el criterio de la elección no me lo dictó la necesidad, sino que me lo dio la experiencia de una compañía que hago. La necesidad me hizo reconocer aún más la presencia que hay dentro de la compañía que vivo. Por lo que estoy agradecido de esa invitación, aunque haya dicho que no: cierto que es una gracia que te ancla a la realidad, el tener una compañía, una regla que te ayuda a juzgar todo lo que acontece, a retomar siempre el punto original.

Por ejemplo, también la campana que en el monasterio marca nuestro ritmo de vida, que tañe 15 veces al día para la oración, la comida, el dormir…. Tal vez estás leyendo algo bello y te llaman a cortarlo para mirar algo aún más grande. Es una herida para un MÁS. Paradójicamente, de la herida de dejar ese trabajo para mirar a Cristo, surge en la vida monacal aquella genialidad de obras que han generado la economía a lo largo de los siglos. Es increíble/demencial, pero es así. Depende de cosa quieres afirmar en el gesto, en la cosa que haces.

La obra, entonces, para no ser ambiguo, debe explicitar el corazón de la experiencia: la batalla es contra el dualismo. Generalmente se dice: está la fe y está la obra. No es verdad: está sólo la fe, vivida en una comunidad, que se vuelve juicio sobre la realidad y por lo tanto, obra. Pero la obra no puede estar fuera de esta cosa. Es Dios que obra, pero lo quiere hacer a través de ti, a través de tu sí, a través de tu libertad. Las obras degeneran cuando el corazón de la obra no es la reflexión sobre la experiencia de quien las hace, sino que la laboriosidad, los proyectos. No es que éstos no estén bien, pero depende de donde se pone el meollo del asunto, en que cosa se quiere crecer. Lo más importante no es la obra, sino la reflexión de la experiencia que genera la obra. Por ejemplo: a los monjes que trabajan en nuestra cervecería, les pedí que obligatoriamente se reuniesen todas las semanas, aunque fuese por un minuto, y preguntarse ¿Por qué estamos juntos?. ¿Por qué hacemos este trabajo? Y les digo: es una revolución poder preguntarse aunque sea una vez a la semana esto.

¿Qué hay al fondo de la tentación de resbalar sobre proyectos, de desfasarse de la obra? Cuando no es brutalmente un simple hacer dinero, la tentación es la de querer acelerar los tiempos de Dios en la transformación del mundo: se pone la confianza en nuestras capacidades para dar una forma inmediata, visible a lo que deseas. Así, haces coincidir la obra con tu persona. En vez Cristo transforma las cosas según sus ritmos y sus tiempos. Ejemplo: antes de entrar al monasterio, verifiqué esta hipótesis con don Giussani por tres años. Estaba clara desde el primer instante, y él me lo confirmó, pero me hizo esperar tres años. Y yo sinceramente al principio no entendía, pero ahora le doy las gracias por toda la vida, porque si hubiese forzado los tiempos, ahora no estaría aquí. Porque la vida monástica no es una intuición, es una vida, y se requiere tiempo para ver si eres apto.

Diez años atrás, por ejemplo, hicimos algunos trabajos de ampliación de nuestro monasterio: se hablaba de ellos 20 años antes, se hacían proyectos y diseños, pero la cosa se verificó sólo después de 20 años. Y se verificó en la forma más adecuada, porque si hubiésemos construido veinte o treinta años antes, ahora hubiéramos tenido que cambiar completamente los proyectos.

Entonces, el problema no es la gestión de la crisis o la gestión de las necesidades, porque haciéndolo así no se introduce nada nuevo en una situación que ya es frágil por sí sola. El problema está aguas arriba/antes: en la conciencia de vida que tiene, de donde esperas el cumplimiento de tu humanidad, de tu felicidad. Cierto, el dinero puede hacer tantas cosas, pero ¿son todo en la vida? Qué es lo unicum necesario? El hecho que Cristo es el único bien. Se necesita entregarse a esta evidencia. ¿Por qué uno no se entrega? Uno lo entiende a nivel intelectual, pero luego piensa que decir así sea una reducción cuantitativa (Herodes, como dicen los Evangelios, temblaba cuando nació Jesús, porque tenía miedo que le arrebatase el reino).

En cambio, no es una alternativa cuantitativa, sino que indica una modalidad con la que se está en relación con las personas y las cosas: indica cómo usas las cosas. ¿Las usas para la construcción del reino de Cristo, para la gloria de Cristo, o para otras cosas? Cristo no te saca nada de lo que tienes: si eres el jefe de una multinacional, está bien; anda no más, no debes dejar tu puesto para hacerte el monje. Haz lo que debas hacer. Pero Cristo te pide el corazón completo: no te saca nada de lo que estás haciendo, pero tu corazón es suyo. Que Cristo sea el único bien, no quiere decir que uno debe amar al Señor y no hacer nada más, sino que juntamente porque amas a Cristo, comienzas a amar todo, a hacer todo bien, a abrazar todo de una determinada forma. ¡Ésta es la pobreza de corazón: la pertenencia a Cristo! Ésta es la ausencia de la riqueza, aunque seas dueño de 50 rascacielos.

Entonces, la pregunta : “¿Cuál es la relación entre hacer lo que se puede – obedeciendo a la realidad - y el desgarro que sentimos frente a la necesidad que encontramos?” me hizo pensar que la vida monástica es justamente la ejemplificación exacta de esto. Cuando uno entra al monasterio, pareciera que fuese una retirada, una huída ante la necesidad del otro o del mundo. Es así que el mundo te mira, como uno que huye de las necesidades reales. En cambio, entrar en el monasterio para mí fue ir al fondo de mi necesidad y en esto uno lleva consigo la necesidad de Cristo que todos tienen, aunque no lo sepan. Es una grandeza escondida ésta: los demás no lo saben, mientras que yo sí lo sé, me fue dado el conocer la profundidad de las cosas, donde todo nace. Por lo que, estoy en el monasterio porque, amando mi destino, amo el destino de todos y de todo.

En La vida de san Benito, escrita por Gregorio Magno, se dice que san Benito, deseoso de agradar sólo a Dios, en los primeros años de su vocación, se retiró a una gruta en los montes de Subiaco y allí se quedó por tres año, hasta cuando su escondite fue descubierto por algunos pastores. Estos, viéndolo tan a mal traer en sus vestimentas y en su aspecto, primero lo confundieron con un animal, pero cuando lo escucharon hablar, se dieron cuenta que ellos tenían el corazón como animales. Así comenzaron a visitarlo y a llevarle a sus hijos, para que les instruyese según su sabiduría. Signo, éste, que esos tres años que Benito pasó en soledad, no los pasó sin hacer nada, aburrido, no los pasó para huir de las problemáticas sociales, sino para vivir más profundamente su responsabilidad personal frente al misterio de Cristo, pera todos los hombres. Esto lo hizo adherirse en forma potente a la realidad, tanto es así que san Benito no vio este hecho de haber sido descubierto, como una preocupación de proteger un pasado, sino como el inicio de una respuesta nueva frente al Misterio presente. ¡Qué libertad!

Así es en las obras: uno hace lo que humanamente puede, puede hacer incluso mucho, estando eso sí atento a no reducir la naturaleza del deseo. Cuando la obra te come el saber por qué la haces, entonces estar fuera. Esto está también documentado en la Regla de San Benito. En el capítulo 57, sobre los artesanos del monasterio, se dice. “Si en el monasterio hay artesanos, que ejerzan su oficio con gran humildad, siempre que el abad lo permita. Pero si uno de ellos se enorgullece por la habilidad de su oficio, creyendo de sacar alguna ventaja del monasterio, que se aleje de este oficio, y que no se le vuelva a poner en él sino hasta cuando, volviendo a ser humilde, el abad se lo permita nuevamente. Si después se tuviese que vender algún producto de los artesanos (también aquí, porque no se saque la atención del punto original), se miren bien a quienes por cuyas manos deban pasar los productos, de cometer algún fraude. En fijar los precios, después, no se insinúe el mal de la avaricia; incluso, se venda siempre a un precio más bajo de cuanto podrían hacerlo los seculares”. Dentro de esto está la preocupación de no dejarse arrastrar por la obra, sino que de quedarse anclados en lo que viene antes.

En lo que respecta a la relación entre realismo y providencia que habías citado, realismo y providencia están siempre juntos en una perspectiva de fe. De hecho, como se leyó antes, el realismo es adherir a la realidad según la totalidad de sus factores, por lo tanto incluso según aquél factor último presente en la realidad que es el misterio de Dios. Mientras la providencia es la presencia y la obra de Dios que mueve la historia para su cumplimiento positivo.

La necesidad de la providencia nace de la conciencia de nuestra nada, de ser totalmente desproporcionados de frente al significado de lo que somos y hacemos, y por lo tanto, de estar disponibles a que Otro haga lo que para nosotros es imposible. Yo siento de ser hecho por el infinito, pero con mis fuerzas no puedo tocar el infinito: sólo si el infinito se presenta ante mí, entro en esta dimensión. Ésta es la modalidad. Y la confianza en la providencia es este confiarse a Uno. Como dice don Giussani en el libro ¿Se puede vivir así?, en la página 278, el éxito de la pobreza, lo que nace de la esperanza es la confianza, que es lo contrario de estar suspendidos en el vacío: es en cambio estar suspendidos sobre la plenitud. La verdad es que Cristo sostiene el peso de todo en nuestro futuro, hasta llegar al destino: Aquél que ha comenzado la obra la lleva también a su cumplimiento. Esto, en el fondo, es también el sentido de la oración cristiana, contrariamente al ansia que es la pretensión de la respuesta inmediata según la expectativa de la propia imagen. La oración cristiana no sabe cuál es la respuesta, pero sabe que la respuesta está. Es un suspenderse sobre la plenitud.

La imposibilidad de ver de inmediato la imagen de aquello que vivimos nos educa a la apertura de una relación: yo no sé cuál es la respuesta, pero sé que hay una respuesta porque me abre a una relación, me mueve afectivamente hacia el donante.

Después de poco tiempo de haber entrado en el monasterio, un día le pregunté a uno de los primeros monjes que iniciaron la Cascinazza: “¿Cómo fue que vinieron aquí? ¿Por qué justamente aquí? Y él me respondió: “Mira, todo aquello que buscamos, no lo encontramos, pero aquello que encontramos fue mejor que aquello que habíamos buscado”. Por lo tanto, la providencia sabe hacer cuentas mejor que uno. Lo que se necesita, es estar disponibles.

Sin realismo y providencia, que según yo están unidos, sin estos dos aspectos no hay progreso en la vida, porque el progreso no se mueve por el ansia de alguna cosa que no tenemos todavía, sino que se mueve sobre lo que hay. Sobre esto se funda todo el Medioevo monástico: sobre lo que hay, y de ahí surge toda una originalidad impensada.

Ciertamente, este argumento (realismo y providencia) toca también la dimensión de la obra, tiene que ver con la dimensión de la obra. ¿Cómo se puede decir: yo respondo a la necesidad que encuentro y luego Dios verá cómo me ayuda? Para nosotros en el monasterio los criterios para estar dentro de esta cosa son:

– Una valoración equilibrada de nuestras posibilidades, no solo económicas, sino que sobre todo de mantención de lo que se pone en pie. Por ejemplo, si en este momento alguno me diese dinero para construir la iglesia y todo el resto que le falta al monasterio, con la condición de hacerlo de inmediato, me pondría en una gran disyuntiva, y probablemente le diría que no. Tal vez en un par de años las condiciones cambiarían, y eso será posible. Ahora no tenemos las fuerzas para mantener tal estructura. La dimensión de la obra es por lo tanto, muy importante.

– El referirse a la autoridad, a una autoridad, en el caso del monasterio, al superior. Podrían considerarlo por descontado ustedes que me oyen, pero no es así. Por ejemplo: al ecónomo le es muy fácil tomar una tajada importante de poder en el monasterio, manejando los dineros o los trabajos como a él le parezcan. Pero no se pueden tomar iniciativas en el monasterio sin referirse al superior, ni tampoco introducir alimentos que no están contemplados en el menú cotidiano, para no indisponerse con el resto de los hermanos (¡Es así! ¡Así tan pequeños somos, que es así!

– Tener una vinculación entre lo que se hace y la compañía a la que se pertenece, porque la obra, sea cual fuere, es para la edificación común, para hacer leudar toda la pasta, por lo que se requiere también un juicio común.

Y San Benito por esto es maravilloso, porque en el capítulo III de la Regla dice, que cuando se debe decidir algo importante, se debe convocar a toda la comunidad, porque el Señor frecuentemente revela a uno más joven cuál es la mejor respuesta. Se requiere una mirada de fe para decir que la respuesta puede llegar también desde el último de la comunidad.

Un ejemplo de la providencia en acto: cuando partimos con la cervecería, antes de construir las instalaciones presentamos el proyecto a Finanzas. Se tardaron meses para darnos la respuesta, finalmente, nos dijeron que podíamos construirlo.

Nosotros construimos las instalaciones y , a su término, sale el agente para controlar.

No está de acuerdo con una parte de las instalaciones, y nos pide una modificación que significaba una cuantiosa suma, pero sobre todo, que iba en desmedro de la seguridad del procedimiento de fabricación de la cerveza. Entonces la situación era: si no modificábamos las instalaciones, entonces no daban el permiso para fabricar la cerveza. Pero modificar la planta, significaba desmedrarla. ¿Qué hacer? Recuerdo que quedaban un par de semanas para Navidad, y entonces le dije a la comunidad: debemos rezarle al Señor, debemos pedirle qué quiere decirnos con una cosa así. ¿Qué debemos hacer? ¿Modificar la planta o bien, no partir con la cerveza? ¡Nunca habíamos rezado tan intensamente en comunidad! Y antes de Navidad, nos llegó la comunicación que este agente lo habían promovido a otro lugar. A su puesto, llegó uno que no tuvo este problema y nos dio el permiso de partir.

Es verdad que en el extremo del límite de nuestra paciencia, Su signo aparece.

MONICA POLETTO

Seguimos con el tema de la cervecería. Nos interesa muchísimo enfrentarlo con respecto a este tipo de problemática: en su experiencia - respecto a la finalidad - y así aclarar las del monasterio - ¿Cómo eligieron las actividades que les permitieran por una parte sostenerse económicamente y por otra, continuar abocados a sus fines, sin que los desnaturalizara?

Te hago esta pregunta porque es muy frecuente entre nosotros: nuestras obras, especialmente en ciertos momentos complicados, tienen usualmente costos de estructura importantes, donde los costos de estructura son costos de personal, visto que trabajamos preferentemente en el ámbito de los servicios a las personas. En este período de crisis, tantos de nosotros hemos hecho de todo para no despedir a alguno, y al mismo tiempo nos hemos cuestionado sobre este tema: ¿se pueden llevar a cabo actividades solo por una justa tensión a cubrir los costos, pero que frecuentemente nos alejan de los fines originales y tal vez incluso de lo que sabemos hacer bien?

Por lo tanto, éste era sólo un ejemplo para la pregunta que te vuelvo a plantear : en tu experiencia, respecto a la finalidad y así aclarar aquellas del monasterio, ¿cómo eligieron las actividades que les permitiesen sostenerse económicamente y que les permitiesen actuar hacia esta finalidad?

PADRE SERGIO

Cuando los monjes llegaron en el ’71 en la Bassa milanesa para establecer el monasterio, se adaptaron al contexto que encontraron. No tenían ninguna idea particular, encontraron una lechería, una pesebrera y algunos campos.

Yo entré en el ’75 y el tercer día de monasterio ya estaba trabajando en la pesebrera, alimentando a las vacas. Yo hice este trabajo por seis años, además de trabajar en el campo. En ese tiempo pensaba que iba a hacer estos trabajos durante toda mi vida, y estaba feliz, a pesar de la fatiga, no me daban mucha preocupación. Especialmente por tres cosas : Primero, este tipo de trabajo, pesebrera y campo, me ayudaba mucho a estar apegado a la realidad. Ir a la pesebrera me liberó de todos los pensamientos inútiles que tenía cuando entré, es una situación muy real. Segundo, mi ayudaron a confiar mucho en la ayuda de dios, porque si cortas la hierba para cosecharla y luego le cae la lluvia encima, pierdes bastante hierba, por lo que son trabajos que te abren a una medida más grande, tanto es así, que en nuestra comunidad, sea al inicio de la siembra sea al término de la cosecha, decimos misas y rezamos por esta necesidad. Y tercero, estos trabajos favorecían mucho una comunión entre nosotros, favorecía la fusión de la vida, la ayuda fraterna, el compartir las fatigas. En fin, construían un clima de fraternidad.

Yo entré en el ’75 y hasta inicios de los ‘80 hice este trabajo. Pero a inicios de los ‘80 el precio de la leche se fue al suelo, y la mitad de la comunidad se fue a hacer otra actividad. El trabajo se volvió agotador: es así como pensamos vender los animales y cultivar solo los campos con maíz, soya, cebada, etc., vendiendo estos productos a consorcios. Sacamos todas nuestras cuentas y visto que los números daban, nos decidimos por esta hipótesis, que por lo demás, daba un respiro a la vida de la casa. Pero, después de 10 años, o sea, a comienzos de los ’90, pasó con el campo lo que había sucedido con la pesebrera : el precio de los cereales era siempre menos, por lo que los gastos eran siempre más altos, y a pesar de esta situación, en el filo entre la ganancia y la pérdida, decidimos de continuar trabajando los campos justamente por la razón que decía antes, tratando de congeniar este trabajo con algún otro para sostenernos.

El primer trabajo que encontramos fue uno de microelectrónica: soldábamos microchips sobre circuitos electrónicos impresos. Era un trabajo que se adaptaba bien a nuestro estilo de vida: silencioso, rentable, dentro de nuestros horarios, no teníamos que salir, era la misma empresa que venía a buscar y a entregar el trabajo. Sólo que después de siete u ocho años, los monjes que lo hacían perdían gradualmente la vista; además que los ritmos demandantes para ganar algo estresaban a las personas.

Entonces, aún con descontento, dejamos este trabajo, para respirar un poco más. Nos adaptamos así a un trabajo muy banal y simple, como embalar objetos en cajas. Después de algunos años, no obstante, la empresa no nos dio más ese trabajo y entonces éste también terminó. Ahí entró el amigo Giorgio Vittadini, que nos ofreció la posibilidad de ordenar el archivo de la CdO, un trabajo que hicimos por varios años y que terminamos no hace mucho tiempo. A este punto, los tiempos estaban maduros como para preguntarnos si venía al caso emprender un trabajo nuestro: habían entrado en el monasterio más vocaciones, y más bien que trabajar para otros, nos preguntamos se valía la pena emprender un trabajo propio.

Le preguntamos a tantos amigos, y uno nos dijo: “¿por qué no hacen cerveza?” Habíamos verificado todas las otras hipótesis, que se habían desmoronado una después de otra, pero en cerveza nadie había pensado… Habíamos pensado en enlace de códigos, a un trabajo de papelería, a un tipo de agricultura en particular, pero por un motivo u otro, la hipótesis de estos trabajos no se concretaba.

Hasta que un día, vienen dos de la cofradía a verme preguntándome la posibilidad de verificar la hipótesis de fabricar cerveza. Recuerdo que de inmediato pensé “Ahora estamos”. Leí esa iniciativa personal como un signo de responsabilidad. Les di mi favor en todo. Hicieron una larga trayectoria, pasando un mes en una abadía de Flandes, no sólo para aprender el oficio sino que muy especialmente para ver si éste era compatible con la vida monástica. En vista que las dos cosas podían funcionar juntas, decidimos. La providencia nos hizo llegar unos barriles – una misericordia increíble - y en aquél punto la idea se volvió realidad y comenzamos. Ahora, después de dos años de producción, le agradezco a Dios por cómo nos abrió este camino.

¿Cómo escogimos las actividades que nos permitieron sostenernos? Digo algunos criterios a partir de lo que vivimos.

El primero, es una obediencia a las circunstancias, a la pobreza delante de la realidad. Es increíble, pensaba, que todas las sugerencias para un nuevo trabajo nos hayan llegado desde el exterior, no fue ninguno de nosotros que dijo “Hagamos esto, hagamos aquello” Una gran pobreza de imágenes nuestras, no obstante al mismo tiempo ésa era la actitud más adecuada, porque fue una obediencia simple a las indicaciones que nos llegaron desde la realidad.

Segundo: una disponibilidad a reciclarse en los distintos trabajos. Trabajamos en la pesebrera, en los campos, en la microelectrónica, ingresamos datos en el computador… Una disponibilidad es una humidad a reconvertirse en los distintos trabajos. Tercero: un profesionalismo. Aunque fuese sencillo incluso meter en caja los lápices, nosotros queríamos siempre volvernos los dueños del trabajo: hacerlo bien, en forma rápida y ordenadamente. No nos parece trabajar a medias, sino que, lo poco que se haga, que se haga bien, porque es para uno.

Cuarto criterio: no fuimos capaces de sacrificar a ninguno de nosotros en un oficio particular en pos de un bien común. En muchas ocasiones tuvimos la posibilidad que alguno de nosotros hiciese un trabajo particular, pero esto significaba que iba a estar solo: y esta posibilidad nunca fue secundada por nosotros, porque no era justo que uno pagase por todos.

Quinto criterio: el trabajo debe permitir la vida común de la comunidad según la regla. No se puede elegir un trabajo que esté fuera de la naturaleza de nuestra vocación; no debe ser un trabajo tan complicado, de desnaturalizar la vida común; debe permitir la posibilidad de los momentos de silencio, de meditación, de oración; darnos el tempo para los momentos comunes; no puede sacarnos continuamente de la clausura. Por tanto, un trabajo que tenga presente nuestras características.

Sexto: la valoración de la iniciativa personal; la valoración de un riesgo como posibilidad de una responsabilidad, incluso si esto debe ser sometido a la obediencia y a la vida de la casa.

Séptimo: el trabajo no debe ser totalmente intelectual, sino que según la regla. Ninguno es eximido de los servicios de la casa (hacer la comida, hacer el aseo y todo aquello que se requiere).

Octavo, que podría ser el primer punto: “Busquen ante todo el reino de Dios y todo el resto les será dado en abundancia”. Si buscamos al Señor, Él no nos deja solos sino que se preocupa de nuestra necesidad.

También en lo que respecta a la cervecería, además de estos criterios, sea dicho que el punto crucial para nosotros no es la ganancia. Pareciera absurdo para quien nos mira desde fuera. Cierto, un mínimo de estabilidad económica es importante, especialmente el no tener deudas y cosas de este tipo. Pero lo que es aún más importante es que este trabajo favorezca la unidad entre nosotros. Sobre esto está puesta la vigilancia. Justamente porque un buen oficio, es una invitación a una humildad más grande, a vivir la vida como servicio. Por esto fijamos un número máximo de botellas que no sobrepasamos, para permitir un equilibrio del trabajo con la casa. También decidimos no vender la cerveza en el monasterio, sabiendo que con esto perderíamos la mitad del precio de cada botella, salvando no obstante así nuestra vida de las constantes interrupciones de los compradores. Buscamos el hacer aprender este trabajo a más personas de la comunidad, de modo de poder ser intercambiables y poder hacer turnos. También estos son criterios importantes.

MONICA POLETTO

Podríamos preguntarte tantísimas cosas, pero por ahora, hasta aquí no más llegamos. Cerraría con una pregunta que introduce un tema un poco más amplio, que evidentemente parte siempre de la relación con el dinero, para ampliarlo. En este período, nos estamos preguntando, a partir de la asamblea de la CdO, al hecho que nuestra obra es para el bien de todos, es decir, que en cierta medida “no es nuestra”. Esto introduce el tema de la posesión. La pregunta que quisiéramos hacerte es: “ Cuál es el nexo entre el poseer sin poseer y la responsabilidad total de la obra, hasta en los detalles de la responsabilidad económica de la misma?

Es un tema importante, porque es fácil oscilar entre dos posiciones, ambas no adecuadas a la naturaleza de la obra y de quien la hace. Las dos posiciones son, por una parte, sentirse dueños y por la otra, el no asumir la total responsabilidad. Esta última tiene un aspecto que evidentemente es paradójico: se puede llegar a decir “Hago la deuda y algún otro me la debe cubrir”. No hemos llegado a estos puntos paradójicos, pero debemos entender como el dicho “No es mío” y el dicho “Es totalmente mío” están juntos.

PADRE SERGIO

Respondo a esta pregunta con un ejemplo. Para mí fue una de las cosas más escandalosas, en la que aprendí uno de los pasos decisivos de mi vida.

Después de una semana de mi elección a superior en la comunidad, en el ’95 me ví con don Giussani para compararme con él sobre muchas cosas: lo que tenía que tener presente, lo que es más urgente, etc. La última cuestión que sometí a su consideración es si debía ver la ampliación del monasterio. Él me dijo en forma seca “Sí, se tiene que construir; sigue a tal persona y hazlo”. Se requirieron 3 años para obtener los permisos de edificación. En el intertanto, me vi varias veces con don Giussani para definir los detalles de la construcción. Para cuántos monjes se piensa el monasterio, de qué porte debe ser la iglesia, cuáles criterios tener para relacionarnos con los huéspedes, y todo el resto que podía definirse, de modo tal que el proyecto tuviese presente estos criterios. En síntesis, un trabajo emocionante. Después de 3 años, obtenidos los permisos, voy donde él muy contento como un niño que va donde el papá a llevarle la tarea que terminó. Y él, como única respuesta, me dijo “¿Yo te dije que construyeras? ¡No te dije nada!”; y yo, “¿pero cómo? Él, “no me acuerdo”. Me quedé petrificado y no entendía nada. Intenté ingenuamente de hacerle recodar cómo habían sido las cosas, pero él parecía caído del catre. ¡Y nos habíamos reunido decenas y decenas de veces! Entonces, visto que ya no se podía hacer más, por un instante pensé como Josué: Dios da, Dios quita, ¡bendito sea Dios! Volví a casa, conté lo que me había pasado a la comunidad, y hubo un hielo total. ¡Ninguno decía ya nada, todos callados, todos al trabajo! Éste era el clima. Bien, tres meses después, inesperadamente porque ninguno habló más de ello - no salió una palabra más desde aquél momento - al final de la misa de la Epifanía, llegaron los Reyes Magos. Es decir, la cuestión se abrió, y poco a poco, comenzaron a llegar los fondos para comenzar el trabajo.

Ahí descubrí una de las cosas más grandes de la vida : descubrí, de golpe, que es la gratuidad. La gratuidad es la liberación de una posesión mía sobre la obra, es la expropiación de lo mío y la afirmación del origen. No es simplemente una expropiación de lo mío, sino que para que yo pueda afirmar el origen, Si la obra hubiese sido mía, y alguien después no hacía lo que yo quería, lo habría matado. En vez, la obra es de otro que, al mismo tiempo, me la da a mí para que yo la custodie dentro de esta gratuidad. Caminar dentro de mi casa, ahora, es para mí caminar dentro de su gratuidad, dentro de la libertad. También los muros, les aseguro, me dicen que soy amado. Por un lado nada es mío, por otro, todo es mío. Me impliqué en todo, pero nada es mío. Es mío lo que me es dado. Por otra parte, también san Benito dice esto en la Regla, en el capítulo 31: todos los objetos y los bienes del monasterio son considerados como vasos sagrados del altar, porque todo nos es dado. Es la densidad del divino dentro del efímero presente, que nace justamente de una gratuidad.

¿Cuál fue el riesgo del que fui salvado en esta situación? Lo dice bien don Julián Carrón: porque estamos juntos en la misma historia, pretendo de ti que tú me des aquello que me hace falta. Yo había ido donde don Giussani, en el fondo, con esta pretensión, aunque ingenuamente. Yo hice todo esto, ahora dame, contribuye, hace. Y él hizo como si nada, para reclamarme a mí un paso aún más grande. Decía don Julián en la Asamblea Nacional de la CdO, el 22 de Noviembre 2009: “Siendo todos pecadores, no estamos para nada exentos de decaer en la gratuidad y caer en el puro cálculo, pensado que estamos a salvo sólo porque pertenecemos a una amistad como la nuestra. El riesgo es entramparnos en una defensa corporativa de lo que hacemos, quizás teniendo dentro un proyecto de hegemonía siempre al acecho”. En fin, unidos y enojados. El equívoco está en una concepción errada de la pertenencia. No estamos juntos por una organización, sino para convertirnos a la naturaleza de nuestra experiencia. Nosotros en cambio, damos por descontado que ya la alcanzamos e identificamos las formas de nuestro pensamiento con una organización que exime al movimiento de la conversión a la naturaleza de la experiencia. En cambio, no es que exista la conversión y luego está el camino: la conversión está siempre, porque Cristo está siempre presente.

Último ejemplo: a medida que nuestros responsables de la cervecería progresaban en este oficio, tanto más aumentaba la brecha de conocimiento sobre esta materia respecto del resto de la comunidad. Una tarde, en el recreo, noté que algunos de nosotros les hacía observaciones a nuestros hermanos que trabajaban en la cervecería, observaciones simples y justas., y que éstos reaccionaban un poco mal. En ese momento, comprendí cómo era fácil apegarse a la obra que se hace, así que al día siguiente le dije a estos dos hermanos: “Si están disponibles para involucrarse al máximo para producir la cerveza, y si delante de la petición de trabajar en los campos la aceptan, entonces sigan con este trabajo, de lo contrario, olvídense de aquello que están haciendo”. Al día siguiente, volvieron y me dijeron: “Está bien, seguimos adelante como nos dices tú”. Entendieron que la cervecería no debe ser lo medular, que no está la casa en relación con la cervecería, sino que al revés.

Este poseer sin poseer es justamente la virginidad en el trabajo, y es la cosa más grande porque es vivir las cosas en su verdad. ¿Cómo se hace para vivir las cosas en su verdad? La virginidad no entró al mundo como una filosofía, entró como imitación de Cristo, quien dentro de todas las cosas que vivía, manifestaba la vida en su finalidad, que es la relación con el Padre. Vivir las cosas así, por imitación a Cristo, da un anticipo de inmediato de cómo va a ser lo definitivo, y un gusto inimaginable en el vivir las cosas humanamente.

STEFANO GIORGI

Un gran gracias padre Sergio, no sólo por los contenido sino que también por el modo con el que respondió a nuestras preguntas hoy día.

Mientras hablabas, me venía a la mente un breve artículo de padre Pavel Florenskij sobre la lección, que describe aquello que hoy nos dijiste. Florenskij, gran filósofo y científico ruso, decía que la verdadera lección debe ser como un paseo: daba la imagen del paseo. Al pasear por cierto que cuenta la meta, que debe estar presente, pero contemporáneamente cuenta también el caminar, el respirar, el aire, la atención a lo que sucede. “La lección ideal es una suerte de coloquio, de conversación entre personas espiritualmente cercanas. La lección no es un trayecto en el tren que te arrastra por los rieles fijos y te lleva a la meta por la vía más corta, sino que es un paseo a pie, una gira, aunque sea con un punto final bien preciso… Para quien pasea, es importante caminar, no sólo llegar… La lección no debe enseñar éste o aquél tipo de hechos, generalizaciones o teorías, sino que preparar al trabajo, crear el gusto por la ciencia, activar, la levadura para la actividad intelectual (diría dar el impulso a un trabajo de comparación y reflexión sobre la experiencia del propio trabajo en la obra). No es tanto un principio nutritivo, cuanto fermentativo, y la fermentación consiste en el gusto por la concreta adquisición por contagio; consiste en la ciencia de saber acoger con veneración lo concreto…. La aspiración de ver con los propios ojos y de tocar con las propias manos” (Pavel Florenskij, Lección o Lectio, en La Nueva Europa, n.2/2010)

Lo que hoy hiciste con nosotros es justamente esto: introducir en nosotros un principio de fermentación. Creo que esto indica también el método de trabajo para los tiempos por venir antes de la Asamblea final, que se realizará el 5 de junio con don Eugenio Nembrini. Desde hoy parte un trabajo, para todos nosotros, que quisiéramos que fuese de reflexión sobre la experiencia, de comparación a partir de las respuestas que padre Sergio nos dio, recordándonos cómo “la obra degenera cuando el corazón de la obra no es la reflexión sobre la experiencia que se hace”.

Tenemos un mes y medio de tiempo, por lo que éste tipo de trabajo es posible libremente, individualmente, por grupos, al interior de la obra, entre ciudades… teniendo presente que la lección de hoy se verá y se dialogará en las 31 sedes en las que existe la Escuela de las Obras de Caridad en Italia, más aquella de Madrid, de Lisboa, de Tirana… Por lo tanto, lancémonos a este trabajo de comparación recogiendo preguntas, testimonios, observaciones.

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