Palabras y Ciencia, qué quiere decir «Científico»
autor: Giuseppe Del Re
Ordinario de Química Teórica en la Universidad “Federico II” de Nápoles
fecha: 2013-02-07
fuente: SCIENZAinATTO/ Parole e Scienza: cosa vuol dire «Scientifico»
traducción: María Eugenia Flores Luna

Significado y Sentido del Léxico Científico. Siempre más seguido, hoy, el atributo «científico» es utilizado en modo ambiguo e impropio. Para aclarar el autor reflexiona sobre las características del hacer ciencia y analiza validez y límites también a través de una serie de ejemplos. Muestra además cuánto sea culturalmente reducida la concepción corriente, que asocia el concepto de ciencia a la realidad natural exclusivamente en sus aspectos matematizables. En el trayecto riguroso, y a través de analogías y diferencias viene a indicar la búsqueda de lo verdadero como el núcleo irrenunciable de cada real experiencia cognoscitiva.

Lord Ernest Rutherford (1871-1937) ha pasado a la historia de la física, aquella que todos narran, por haber demostrado experimentalmente que el átomo está constituido de un núcleo y de un conjunto de electrones que giran entorno. En un círculo más estrecho es conocido también por dos tesis aún hoy muy difundidas entre los hombres de ciencia. Una es resumida por la máxima qualitative is poor quantitative, cualitativo es cuantitativo pobre, citada con perplejidad por el cultísimo René Thom, ilustre matemático francés fallecido hace poco.(1) La otra fue referida alrededor de 1970 por el ilustre pedagogista estadunidense Robert Hutchins (1899-1977) en un brioso «discurso después de la cena». «Rutherford era amigo de Samuel Alexander», dijo más o menos Hutchins refiriéndose a un conocido pensador, «pero cuando Alexander trataba de hablarle de sus ideas filosóficas, su comentario era: “aire caliente, aire caliente, querido Samuel”. Y habría podido demostrar científicamente aquello que decía» continuó el orador en tono grave, «midiendo el aumento de temperatura del aire en la habitación en la cual Alexander hablaba».

Entonces el auditorio rió; hoy no pocos pensarían en serio que o el discurso de Alexander era fundado, y en aquel caso debía ser científico, es decir tenía que tener aspectos observables y mesurables; o bien el buen filósofo tenía que resignarse a pertenecer a la especie más inútil de intelectuales, precisamente filósofos y poetas.
En resumen, el punto de vista de Rutherford identificaba lo que es científico con el método y los criterios de confianza de las afirmaciones de la física en cuanto fuente de conocimientos verdaderos. Era, es decir, aquello que en epistemología se llama «reduccionismo fisicalista».

La ciencia y la física

Reduccionista es aquel tipo de juicios que implican la fórmula «nada más que». Por ejemplo, es reduccionista quien retiene suficiente hacer ver que la cocina tiene el efecto de hacer los alimentos más digeribles para concluir que la buena cocina es el arte de hacer los alimentos más digeribles. Del mismo modo es reduccionista quien sostiene que basta entender cómo funciona el cerebro para saber todo de la mente.

El reduccionismo puede ser precioso cuando es metódico, porque entonces responde simplemente a aquella exigencia que se llama «economía de pensamiento»: no buscar otras explicaciones antes de haber agotado aquellas que se pueden obtener según una cierta línea. Cuando en cambio es sistemático, el reduccionismo es una plaga, porque es el origen de discursos aberrantes, como aquel bien conocido sobre el «gen del altruismo».

El reduccionismo mismo se vuelve luego fisicalista cuando toma como modelo aquella forma de reduccionismo metódico que desde la época de Galileo ha caracterizado la física. Esta última trata de explicar las propiedades de la materia en términos de procesos - eventos ordenados en cadenas de causas y efectos - que ponen en juego los constituyentes últimos de la materia y son gobernados por leyes muy generales. Se definen luego oportunas proporciones medibles y se traducen las relaciones de causa-efecto en ecuaciones matemáticas que conectan sus valores. Este «programa» ha conducido a resultados extraordinarios y dominó la escena del pensamiento científico después de la mitad del Novecientos, pero en realidad no permite dar explicaciones completas ni siquiera al interno de las ciencias de la naturaleza. El problema en que esta limitación es más evidente es aquel de la vida.(2)

Para darse cuenta de cómo han cambiado las cosas basta recordar el criterio de «falsificabilidad» introducido por Karl R. Popper (1902-1994). Aquel criterio tuvo un momento de gran popularidad porque parecía a primera vista decisivo para establecer cuándo una teoría se podía llamar científica. Porque aún no se podía aplicar a teorías como aquella de la evolución, lo que queda hoy no es más que haber enfocado un problema. Se ha aclarado que, para ser científica, la explicación de un hecho observado debe responder a cánones bien precisos.

Además, las ambigüedades ligadas al término «científico» se han incluso extendidas, por efecto de dos factores contrastantes. De un lado, la prospectiva más amplia a la que ha cedido el puesto el reduccionismo fisicalista se ha abierto a disciplinas como la psicología y la teología; además, el propagar de la especialización en todos los campos ha creado compartimientos cerrados que hacen difícil cualquier comparación entre discursos científicos en ambientes diferentes.

Quien está comprometido en proponer a los jóvenes los fundamentos de la ciencia se encuentra por eso en el deber de decidir una ruta en un mare magnum de ideas desligadas y confusas. Y como la única cosa sabia es evaluar la situación, quizá puedan ser útiles las anotaciones que siguen.

Usos y abusos de un atributo

Detengámonos ante todo en los usos corrientes del atributo «científico». En general, indica vagamente algo bien acertado e importante para el progreso técnico y económico. Sobre este fondo común, sin embargo, a él se dan al menos cuatro significados diferentes.

En un primer sentido científico es lo que según quien habla «se demuestra» por controles «objetivos» ejecutados por «expertos». Por ejemplo, se demuestra «científicamente» que una cierta laca para el cabello, CapLack para darle un nombre, no daña el cabello, que las piñas hacen bien a la salud, etc. Esto corresponde a la idea de que la ciencia constata imparcialmente los hechos. Como decía un dicho americano de los tiempos de oro: «el científico no piensa, observa».
En un segundo sentido, muy eficaz cuando se trata de persuadir a los inexpertos, se llama científica una investigación que conduce a números obtenidos con métodos estándares. Se encuentra normalmente unido a números recabados con métodos generalmente reconocidos, en particular los de la estadística.

Quién no sabe cuántos trucos escondan las estadísticas aun para el investigador más serio se siente pleno de reverencia cuando los «técnicos» primero le describen las innumerables precauciones tomadas para recoger los datos de modo irreprochable y luego los ponen frente a una serie de datos numéricos con estimaciones de los probables errores, valores medianos, descartes máximos, y otros más.(3)

En un tercer sentido se llama científico lo que es opinión común de los especialistas de un cierto campo. Per ejemplo, todos dicen que es «científicamente» probado que el universo ha comenzado con una gran explosión, el famoso Big Bang. No interesa en qué modo eso se sepa, y qué signifique verdaderamente: estimula la fantasía, se puede usar como alternativa a la creación ex nihilo - aunque no tenga que ver ni en pro ni en contra -, y eso basta. En un cuarto sentido es científica una respuesta, en términos de «hechos» observados o de leyes de naturaleza, a los problemas puestos por nuestra experiencia del mundo sensible. ¿Por qué la hierba es verde? La respuesta «científica» es: porque contiene clorofila, sustancia que absorbe las radiaciones entorno al rojo.

La ciencia y las ciencias

No es fácil dar un juicio preciso sobre estos usos o abusos. No es fácil aun porque hay dos modos de entender el término «ciencia».
Cuando se dice «la ciencia», a lo mejor con mayúscula, se indica el complejo de las ciencias matemáticas, físicas y naturales. Cuando en cambio se habla de «una ciencia» se piensa también en muchas disciplinas fuera del ámbito matemático-natural. ¿Por qué entonces «científico» se tendría que reservar sólo al estudio de los números y de la naturaleza?

En muchos casos, quizá, hace falta convivir con la ambigüedad, contando con el contexto. Pero propio por eso es importante tener bien claro cuándo es que un corpus de conocimientos constituye una ciencia.

artamos de la definición siguiente: «ciencia es una actividad de investigación que produce un conocimiento argumentativo con respecto a un cierto ámbito del saber». No es una definición perfecta, pero para nuestros fines está bien, porque indica tres elementos esenciales: - investigación en un cierto campo, conocimiento, argumentaciones -, y no aclara nada sobre los objetos que constituyen el campo del saber en cuestión.

Esta última ausencia es importante. Como se ha dicho, nosotros asociamos normalmente la palabra ciencia a nuestra experiencia sensible y a la matemática, excluyendo investigaciones que van de la teología dogmática a la psicología analítica. En cambio estas últimas son ciencias también, en los límites en los que son «argumentativas», son es decir estructuras lógicamente coherentes de respuestas a problemas que emergen de un cierto campo de indagación.
Los términos ciencia y científico se aplican por tanto a un corpus de conocimientos con las cuatro características siguientes, de las cuales damos algunos ejemplos tomados de dos casos extremos, la teología dogmática (T) y la física (F).(4)

Un campo de investigación y de métodos específicos para estudiarlo

T: las proposiciones que entran o puedan entrar en la doctrina de la Iglesia; exclusión de aquellas no pertinentes;
F: los procesos físicos a nivel más elemental posible; búsqueda de datos y proyecciones de experimentos que correspondan a procesos bien precisos.

Un programa

T: determinar las relaciones entre las proposiciones objeto de estudio y los puntos irrenunciables de la Revelación y de la Tradición;
F: recabar un conjunto coherente, completo y no redundante de leyes y proporciones que consientan describir el devenir de las cosas materiales en términos de ecuaciones matemáticas.

Criterios de verdad

T: control de la coherencia de las proposiciones estudiadas, entre ellas, con la Revelación y con los conocimientos ciertos obtenidos por otras ciencias
F: control de la coherencia de las hipótesis con principios y leyes ya aceptadas, verificación cuantitativa de las previsiones teóricas mediante experimentos ad hoc.

Un universo de conceptos

T: Dios, espíritu, mundo, hombre, etc.;
F: energía, gravitación, partícula elemental, etc.

Un discurso o una investigación conducidas en el ámbito de una disciplina con estas características son «científicas», si con eso se entiende «objetivos». Si en efecto los datos de referencia no dependen del investigador, si se procede al filo de la lógica y si se sirve de criterios de verificación cuyo veredicto no es cuestión de opiniones, se puede lograr, al menos en línea de principio, una única solución de cada problema puesto al interno de la disciplina.

Crítica de los significados corrientes de «científico»

Examinemos a la luz de estas aclaraciones los cuatro significados dados al atributo «científico» en el lenguaje común.
A propósito del primer significado, «demostrado mediante controles apropiados», se entiende por el ejemplo de la laca para el cabello que una cosa es la observación y otra es la interpretación de la observación.

Que la laca CapLack no haya dañado ciertos cabellos expuestos a ella por un cierto periodo de tiempo puede ser verdad. ¿Pero con qué derecho se concluye que la observación dice algo sobre lo que hará la laca en otros casos y por periodos de tiempo más largos? Si no hay una argumentación precisa, la afirmación «no daña los cabellos» es pura esperanza.

Este ejemplo hace sonreír, porque ya saben todos que es lenguaje publicitario, pero en realidad resalta una problemática fundamental de todas las ciencias, ya citadas incluída la física. Se trata del hecho que las llamadas «observaciones», es decir la recolección de datos experimentales es siempre, como dicen hoy, theory-laden, cargada de teoría. Las interrogaciones que se hacen en el ámbito de cada ciencia, en efecto, se estudian en el cuadro de su programa, que a su vez implica bien determinadas hipótesis y axiomas. En otras palabras, observaciones independientes respecto a hipótesis y teorías prácticamente no existen.

Incluso cuando damos el mismo nombre a una clase de objetos, por ejemplo llamamos hojas a ciertas partes de los vegetales, ya hacemos una generalización que presupone que las diferencias entre los objetos de una misma clase, las hojas, sean menos significativas que aquellas entre objetos de diversas clases, por ejemplo hojas y flores.

Tomemos luego la física de las partículas. Se aprende en la universidad que las fotografías en la cámara de Wilson, una forma de observación que ha abierto el camino a descubrimientos extraordinarios, muestran estrías formadas por el vapor de agua que se condensa al pasar una partícula cargada.

¿Cómo se hace para saber que son estrías de vapor? ¿Cómo se hace para saber que son causadas por un campo electroestático? ¿Cómo se hace para saber que son limitadas al trayecto de una partícula? Y, si es por eso, ¿cómo sabemos que de verdad ha entrado una partícula cargada? Las respuestas son casi todas del tipo: «se así no fuera, entonces sería violada la segunda ley…», o «esto es razonable porque es análogo a lo que se observa en este otro experimento…»; etc. Dejemos a quien lee hacer el largo elenco de las argumentaciones teóricas en la cual se basa esta «lectura». Agregamos sólo que hay incluso aspectos no completamente claros, por ejemplo el mecanismo de la condensación del agua.

El segundo significado, «lo que es cuantificable es objetivo», es una variante del primero que pone el acento no tanto sobre el control experimental cuanto sobre la medición o evaluación numérica.

El razonamiento (falaz) sobre el cual se basa es éste: todos sabemos que 2+2 da 4; este resultado no depende de las ideas y convicciones de quien hace las operaciones, porque la matemática no es una opinión. Esta «objetividad» se extiende a otra ciencia exacta, la física, porque las magnitudes físicas son medibles y sus relaciones son representadas por ecuaciones. Por tanto, si un estado de cosas se estudia recabando números según reglas independientes por el observador, el estudio es «científico» y objetivo.

Este discurso no se sostiene desde el punto di vista lógico. Parte de la certeza de los resultados matemáticos para pasar a la física, cuyos resultados son objetivos no porque se pueden dar en forma numérica sino porque las ecuaciones expresan relaciones entre propiedades de la materia que consideramos ciertas. Luego se extiende a todos los estados de cosas que se pueden asociar a valores numéricos siguiendo reglas o criterios prácticos bien definidos, y concluye que aun en aquellos casos se tiene que ver con datos objetivos. Desgraciadamente sin embargo entran en juego pesadamente las reservas hechas a propósito del significado precedente, y la afirmación se debería probar con argumentaciones que las tengan en cuenta.

Detengámonos en el ejemplo familiar de las estadísticas, muy actual para la didáctica. De los debates sobre los «parámetros económicos» hemos aprendido cuánto sean difíciles de interpretar éstas últimas. Pero en economía cuanto menos hay datos cuantitativos de pertenencia, por ejemplo las entradas del erario. En otros campos se cree que sean «objetivas» - y por eso científicas - cifras que tienen solo la calidad de no haber sido directamente manipuladas. Se tome el caso bien conocido de las evaluaciones estadísticas sobre la preparación de muchachos que terminan la escuela secundaria.

Basta reflexionar un momento para entender que las preguntas para “marcar con una equis” no pueden cubrir ciertos aspectos de la formación, por ejemplo la capacidad de captar el mensaje transmitido por una poesía. Los controles estadísticos de la capacidad de lectura son por tanto falseados por la naturaleza misma de la evaluación. Además, los técnicos ofrecen indicaciones de datos fiables, como el error estándar, que presupone que las excepciones al promedio sean exclusivamente casuales. Un caso histórico que causó asombro hace entender bien que en general no es así. Hace casi un siglo en los Estados Unidos fue medido el cociente de la inteligencia de las varias razas o estirpes y resultó que los negros venían últimos, seguidos por los italianos. Sólo más tarde se dan cuenta que muchos italianos hablaban un inglés muy aproximativo y que el inglés de los negros es más pobre y en parte diferente de aquel de los blancos. Los analistas no habían pensado que, como las preguntas eran hechas en inglés, la diferencia atribuida a nivel medio de inteligencia era producida por el vehículo lingüístico con que venían suministradas las preguntas.

A propósito del tercer significado, condensado en la cláusula «lo dice la ciencia», se habría tentado de recordar que a su tiempo se habló mucho a propósito del famoso ipse dixit, y luego se dan por acertadas, simplemente sobre la autoridad de los expertos, afirmaciones que no se pueden sufragar con experimentos directos y que sólo pocos pueden entender. Tomemos la teoría del Big Bang. Es verdad que esta aparece como la explicación más plausible de observaciones muy importantes sobre el universo.(5) Pero no es en sí una certeza demostrada con los hechos, porque no existe ningún tipo de experimento que podría servir para que una verificación sea incluso indirecta.

Con un término del lenguaje familiar, podemos decir que si ella se acepta se acepta todo, o al menos así creen la mayor parte de los astrofísicos. Resumiendo, en el tercer significado es científico aquello que los científicos consideren verdadero. El cuarto significado, en el que a menudo se fundan argumentaciones contra la búsqueda de cosas como el significado de la vida, corresponde a limitar lo que es científico al campo de indagación y a los métodos de las ciencias de la naturaleza, negando realidad a una exigencia irreprimible del hombre, aquella de un fundamento absoluto de la moral y de la verdad. Hemos ya señalado las dificultades que ocasiona este punto de vista.

Científico, objetivo, universal, comunicable

De todo esto se trae ante todo una lección de prudencia. El juicio «es científico» se debería usar con extrema prudencia. Haría falta sobre todo prevenir asociaciones de ideas que en algún modo sobrentiendan un juicio de valor. El arte y la literatura no son investigación científica, pero es pernicioso relegarlas entre los pasatiempos y es inmoral practicarlas como exhibición de encuentros más o menos provocadores. Ellas más bien tienen en común con las ciencias su comunicabilidad.
Dicho esto, discutimos en fin brevemente un ejemplo fundamental de distinciones entre científico y no científico. Comparamos el camino que conduce a una certeza científica como la conservación de la energía y el camino con el que hombres como san Agustín llegaron a la fe religiosa.(6) Sigamos el esquema del método hipotético deductivo, que no se debería proponer a los niños de la escuela elemental, pero que en la forma justa y al nivel justo de madurez mental es un buen modelo de argumentación científica.

A un espíritu curioso las observaciones experimentales más familiares le ponen problemas difíciles, como el hecho que, rozando el uno contra el otro, dos cuerpos en movimiento no sólo pierden velocidad, sino se calientan. En general, luego, la experiencia ordinaria hace pensar que cuando un cuerpo actúa sobre otro haya algo que viene transferido. En el caso de los choques se sabe que lo que se transfiere es en particular la energía cinética, y se sabe que esta última es equivalente al trabajo de una fuerza que produzca precisamente aquella energía cinética. Recogiendo juntos estas observaciones se llega a formular la siguiente hipótesis: en cada transformación de un sistema de cuerpos materiales hay una proporción que se transforma, revelándose con cambios de propiedad o de estado de los cuerpos individuales, y que aún, si el sistema es realmente aislado, no cambia el valor. Ésta se llama energía del sistema.

La ley general así enunciada es la conservación de la energía. Su verificación procede haciendo ver que no contradice sino completa otras leyes ya aceptadas y da cuenta de tantas observaciones, por ejemplo el hecho que nosotros consumamos más oxigeno y produzcamos más calor cuando hacemos un trabajo pesado. Por tanto, no solo se acepta, sino se erige incluso como principio, porque se aplica sin excepción al devenir del universo físico.(7)
Tenemos aquí una serie de preguntas de tipo «¿por qué es así y no de otro modo?», una hipótesis general de respuesta - «la razón es que la energía se conserva» - y una serie de verificaciones en observaciones ya conocidas y en otras que se pueden predisponer apropósito.
Hacemos ver ahora que se puede construir un camino análogo para el discurso de fe religiosa y que así se puede entender en qué cosa difiere eso del discurso científico.

Las preguntas iniciales son del mismo tipo, « ¿por qué es así y no de otro modo?». Ellas sin embargo ya no se refieren a hechos de los cuales un sujeto actúa con total distancia, más bien a su reacción personal a la experiencia del mundo, por ejemplo al espectáculo del triunfo de la fuerza y de la mentira, al sufrimiento de los inocentes, en resumen al «escándalo del mal». Que aun éstos sean datos objetivos, desgraciadamente no hay duda. Está luego la consciencia de que, por cuanto se luche contra el mal, la naturaleza y la historia tienen una fuerza irresistible.

El hombre busca entonces una hipótesis que le permita no solo darse razón de ésta y de otras experiencias, y aun de entender aquello que puede hacer personalmente. Llega en fin, como sucedió en san Agustín(8), a la hipótesis de la existencia de un ser supremo. Puede deducir de esta hipótesis que hay aspectos de la realidad que el hombre por su limitación no podría nunca entender. Puede deducir que buscando una «revelación» habrá una guía y normas para no contribuir él mismo al mal.

Hasta aquí, el camino es precisamente aquel que llaman hipotético-deductivo, típico de las ciencias de la naturaleza.
¿Pero cómo hacemos la verificación?
Admitir que ciertas cosas no somos capaces de entenderlas no es una verificación, aunque supera una dificultad. En realidad, la verificación es posible, pero no es la aceptación con base en un discurso lógico, es más bien la fe vivida. Si, poco a poco que vivimos nuestras experiencias en coherencia con nuestra fe religiosa, vemos que la «hipótesis Dios» nos asegura el equilibrio interior e ilumina nuestras decisiones en todas las circunstancias de la vida, entonces la verificación es positiva.

Justo en la naturaleza de esta verificación, por otra parte, está la no cientificidad del discurso de fe. Hasta la verificación se sigue la razón, pero al final el juicio en pro o en contra de la hipótesis afronta sus raíces en lo vivido, y por eso en último análisis tiene que consistir en la adhesión de toda la persona, es decir en la fe.
Este paso es necesariamente subjetivo, en el sentido que cada uno tiene que cumplirlo por sí mismo.
Pero aun eso no va malinterpretado: como se puede compartir el reconocimiento de una verdad científica, así se puede compartir la experiencia de fe, porque en ambos casos subsiste una universalidad y una comunicabilidad que derivan de la naturaleza humana.(9)

Note
1. René Thom (1921-2003), Medalla Fields por la matemática, creador de la teoría de las catástrofes, en: Prédire n'est pas expliquer (Prevenir no es explicar), Champs-Flammarion, Paris 1993.

2. Cfr. nuestra nota sobre los Sistemas en el n. 20, abril 2004, de Emmeciquadro.

3. Se vea un texto magistral de Corrado Gini, ilustre estadista italiano, publicado por la revista Punti Critici n. 8, octubre del 2003, titulado Los peligros de la estadística (1939).

4. Me disculpo con los teólogos por haber invadido su campo. Aquí se trata sólo de dar una idea de la diferencia con la física, no de determinar aquello que verdaderamente hacen los teólogos dogmáticos. De todos modos he consultado el viejo pero excelente texto De Deo creante et elevante, aún en latín, de Thomas Mulldoon S.T.D., decano de la facultad teológica de Sydney, 1959.

5. Cfr.: Alberto Masani, La Cosmologia nella storia, fra scienza, religione e filosofia (La Cosmología en la historia, entre ciencia, religión y filosofía), La Scuola, Brescia 1996.

6. Cfr.: Giuseppe Del Re, The Cosmic Dance, Templeton Press, Philadelphia 2000, cap. 13. Por la historia del principio de conservación de la energía, cfr. nuestra nota sobre la Energía en el n. 18, Agosto del 2003, de Emmeciquadro.

7. Con alguna reserva a nivel cuantístico, en virtud del principio de Heisenberg.

8. Como todos saben, lo relata en las Confesiones.

9. Cfr.: Massimo Camisasca, El secreto compartido, Ares, Milano 2004.

-
Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License