Para volver a generar futuro
autor: Luigino Bruni
fecha: 2014-01-14
fuente: Per tornare a generare futuro
traducción: María Eugenia Flores Luna

Estamos dentro de un eclipse del tiempo. La lógica de la economía capitalista y su cultura que está dominando incontrastable en mucha parte de la vida social y política, no conoce la dimensión temporal. Sus análisis costos-beneficios cubren pocos días, meses, algún año - en la más generosa de las hipótesis.

Una tendencia radical de este capitalismo es en efecto el progresivo acortamiento del arco temporal de las opciones económicas, y por lo tanto de aquellas políticas cada vez más guiadas por la misma cultura economicista. La revolución industrial, antes, aquella informática luego, y por fin aquella financiera han sustraído tiempo a las opciones económicas, hasta llegar a las fracciones de segundo de algunas operaciones sumamente especulativas.

Sin embargo, Luigi Einaudi lo recordaba, «en el Medievo se construía para la eternidad»; se actuaba y pensaba en un horizonte infinito que estaba siempre presente y orientaba las opciones concretas, desde honrar los contratos hasta los arrepentimientos y legados en punto de muerte de mercantes y banqueros. La profundidad del tiempo, aquella de la cual provenimos (historia) y aquella hacia la cual vamos (futuro), está ausente de nuestra cultura económica, y, como consecuencia, también de nuestra cultura civil, de la formación de los economistas, del sistema educativo.

Estamos precipitando así en un mundo muy parecido a aquel descrito en Flatland (tierra plana), del inglés E. A. Abbott (1884). En aquel cuento, un habitante de la tierra sólo a dos dimensiones, Flatland, se pone un día en contacto con un objeto a tres dimensiones (una esfera) procedente de Spaceland. Muy sugestivos y actuales los diálogos y las reflexiones del libro, entre la cual la intuición que en un mundo a dos dimensiones, no habiendo la profundidad y la perspectiva, la sociabilidad es muy pobre, rival, posicional, jerárquica. Las mujeres son descritas por Abbott como rectas, (una sola dimensión), en polémica con la sociedad machista de su tiempo que no reconocía a las mujeres la dimensión política y pública.

Un hipotético viajero del tiempo, que proviniera del Medievo, llegando a nuestra sociedad haría una experiencia muy parecida a aquella de la esfera descrita en Flatland, porque sería impresionado fuertemente por la ausencia de la tercera dimensión, aquella del tiempo. Cuando, hace alguna década, confiamos el diseño y el gobierno de la vida social a la lógica de la economía capitalista, renunciando a la primacía de lo civil y de lo político a lo económico, cuando el homo oeconomicus con su típica lógica se vuelve poco a poco el único habitante que cuenta y comanda en las habitaciones del poder, inició la progresiva e inevitable caída en una nueva Flatlandia, en una tierra a sólo dos dimensiones: dar y tener, costos réditos, ganancias y pérdidas, aquí y ahora, bajos y altos. Una tal tierra plana donde sólo queda el espacio.

Una primera consecuencia de una cultura plana y sin tiempo es la producción de masa fundada en lo efímero y sobre la no duración de las cosas y de las relaciones. Los objetos tienen que ser reemplazados velozmente, de otro modo se detiene la máquina consumo-producción-trabajo-crecimiento-Pil. Quien en otras épocas no dominadas por lo económico iniciaba a construir una catedral, o quien adornaba con obras de arte una plaza, no tenía como objetivo el consumo y el deterioro veloz de aquella obra, no quería que se “consumiera” para ser reconstruida pronto. Si no hubiera sido así, no tendríamos la Capilla Sixtina, la Flauta Mágica de Mozart, San Luis de los Franceses. El objetivo de aquellas antiguas construcciones eran la magnificencia y la duración: se querían producir bienes duraderos, que no se consumieran. La construcción artística y artesana era construcción de duración, y la “regla de arte” y la reputación de su autor eran conformes ante todo con esta duración. Y así aquellas antiguas obras duraderas todavía son capaces de amarnos, de hacernos felices, de hacernos vivir.

Todas las civilizaciones (por lo menos las que han sobrevivido) han tenido tres grandes “custodias del tiempo”: las familias, las instituciones públicas, las religiones. Las familias son la arcilla con que el tiempo da forma a la historia. Un mundo que pierde la dimensión del tiempo no entiende los pactos, el amor fiel, el “para siempre” no da valor a la memoria y al futuro. Y por lo tanto no entiende y combate la familia, que es todo esto junto. Las instituciones, luego, permiten que en el relevo entre las generaciones, cuando acaba la carrera todavía haya una meta, se hayan conservado y no degradadas las reglas del juego, que tenga todavía sentido correr y el correr del tiempo tenga un sentido, (dirección y significado). Al interior de estas instituciones también aquellas económicas han tenido, y tienen, un rol importante. Los bancos, por ejemplo, han sido la correa de transmisión de la riqueza y del trabajo entre las generaciones. Han sabido conservar y aumentar el valor del tiempo. Y cuando los bancos se extravían, olvidan el valor del tiempo porque ya no les sirve, sino especulan sobre ello, ayer y hoy se comportan “contra la naturaleza” y van contra el Bien común. En fin las religiones, la fe, las iglesias.

Para poder entender el tiempo y construir para el futuro hace falta una visión del mundo más grande que nuestro horizonte temporal individual: he aquí porque las grandes obras del pasado estaban siempre intensamente ligadas a la fe, a la religión, que ligaba (religa) el cielo con la tierra y las generaciones entre ellas, que daba sentido al principio de una obra que su promotor no habría visto ni tanto menos gozado. Las religiones y la fe son sobre todo el don de grandes horizontes en el cielo de todos.

Un homo oeconomicus sin hijos y sin fe, que vive en una sociedad con familias frágiles y cortas, no tiene ninguna buena razón para invertir sus recursos en obras que vayan más allá de él mismo: el único acto racional es consumir todo dentro del último día de su vida. Pero un mundo de homines oeconomici con perspectivas que no exceden su existencia terrenal, no es capaz de edificar obras grandes, ni de verdadero ahorro que tiene su raíz profunda también en la conciencia de que la vida de nuestras obras y de nuestros hijos tiene que ser más larga y grande que la nuestra. Es cuando falta el eje del tiempo que se cumple sobre ancha escala el pecado social de la avaricia, porque la más grande avaricia es eliminar el porvenir en el horizonte. Por esta razón no hay acto más ir-religioso que esta avaricia social y colectiva. En el eclipse del tiempo hay una inmensa, trascendental, abismal carestía de futuro.

Las Iglesias, las religiones y los carismas deberían volver a invertir en obras más grandes de su tiempo, sembrar y edificar hoy para que otros puedan recoger mañana. Expertos de tiempo y de infinito, tienen que ocuparse del futuro de todos. Las pasadas generaciones de europeos, sobre todo aquellos entre el Medievo y la Modernidad, han sabido hacer esto, y así han edificado obras magníficas que todavía nos dan identidad, belleza, y nos hacen trabajar. Y los carismas han generado millares de obras (hospitales, escuelas, bancos…) que todavía nos enriquecen, nos curan, nos educan, porque aquellos hombres y aquellas mujeres sabían ver horizontes más grandes que los nuestros. ¿Qué grandes obras están edificando hoy las religiones, las iglesias, la fe, los carismas? ¿Dónde están sus universidades, bancos, instituciones?

Existen algunas semillas, pero son muy pocas y el terreno en las que han caído no es todavía bastante fértil y cultivado para que aquellas semillas puedan convertirse un día en grandes árboles y selvas, para donar tiempo y futuro a nuestro mundo plano: «Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio» (Evangelii gaudium, 222).

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