Platón - La República. El mito de la caverna
autor: Platón (429-347 A.C.)
fuente: La República (libro VII): El mito de la caverna

Y a continuación seguí, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza. Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza, detrás de ellos, la luz de un fuego que arde lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de los cuales exhiben aquellos sus maravillas.
Ya lo veo, dijo.
Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.
¡Qué extraña escena describes-dijo-y qué extraños prisioneros!
Iguales que nosotros dije, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismo o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
¿Cómo-dijo-si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
¿Qué otra cosa van a ver?
Y si pudieran hablar los unos con los otros ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
Forzosamente
¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
No, ¡por Zeus!-dijo.
Entonces no hay duda –dije yo-de que los tales tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
Es enteramente forzoso-dijo.
Examina, pues-dije-qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a su naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello ya a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de ¿qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes habían contemplado les parecía más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
Mucho más-dijo.
Y si se les obligara a fijar su vista en la luz misma ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que éstos son realmente más ciegos que los que les muestran?
Así es-dijo.
Y si se lo llevaran de allí a la fuerza –dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿No crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
No, no sería capaz-dijo-, al menos por el momento.
Necesitaría acostumbrarme, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de todo esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que les es propio.
¿Cómo no?
Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
Necesariamente-dijo

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