Primavera árabe, la amistad como vía para el conocimiento
autor: Wael Farouq
Profesor de Lengua Árabe en la American University del Cairo
fecha: 2011
fuente: L’amicizia come via alla conoscenza
Publicado en el n. 23 de Atlantide (2011.2)
traducción: Elisa Ferrero (árabe-italiano)
María Eugenia Flores Luna (italiano- español)

La humanidad de hoy está viviendo una paradoja histórica cargada de ironía. El gigantesco salto tecnológico realizado por el hombre, en efecto, a pesar de haber derribado las barreras del tiempo y del espacio, ha producido sólo una fragmentación aún mayor, a nivel internacional, social e individual. Tal fragmentación, que ha transformado naciones, sociedades e individuos en islas separadas, no es nada más que la otra cara de la medalla del desgaste de la certeza del ser humano. En efecto, cada vez que ésta disminuye, la vorágine entre el ser humano y el mundo se hace más amplia. Todos vivimos esta paradoja, porque en el mismo momento en que la tecnología nos ofrece abundantes posibilidades de conectarnos con cualquier persona, en todas partes del mundo, con la simple presión de una tecla, el sentimiento de soledad aumenta, el deseo disminuye, el miedo al otro se apodera de la sociedad e individuos, y la vorágine entre ser humano y el resto de la humanidad se amplía cada vez más.

Una relación fundamental

Neil Armstrong, posando el pie sobre la luna en 1969, ha dicho: «Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad». Este sentimiento de unidad con el resto de la humanidad que Armstrong sentía, junto a la creencia de que aquel pequeño paso fuera el resultado de la comunión con ella, y no solo su contribución a ella, son la más sincera expresión de lo que podemos llamar «la certeza de la existencia», la cual, en efecto, es una experiencia incompleta sin el otro, mientras la certeza es la forma cognitiva de una existencia completa. La identidad humana siempre ha sido el resultado de una pertenencia, o de una relación, construida en algún tipo di certeza. El hombre, en efecto, es padre, hijo, hermano, amigo, amante, amado, líder o subordinado, sin embargo siempre en relación con el otro, no importa si este otro es un individuo, un grupo, o un dios adorado. Hoy, en cambio, la identidad y el sentimiento de pertenencia no necesitan más que de alguna marca comercial, tanto que el dicho de Descartes «pienso luego existo» al final se ha transformado en «consumo luego existo».

Todo eso ha hecho que lo transitorio llegue a ocupar un lugar central: vivimos una vida transitoria, tenemos trabajos transitorios, relaciones transitorias, matrimonios transitorios y viviendas transitorias. También todo lo que utilizamos en la vida cotidiana se ha vuelto transitorio, desde pañuelos de papel a las bolsas y la vajilla de plástico. No hay nada que lleve consigo una señal de distinción, nada que posea un significado, porque todo es sólo temporáneo. Por esa razón, el enfoque a la cultura contemporánea ha pasado del ser (o existencia) en el mundo, a la transformación (o paso) en el mundo. El mundo, precisamente, de lo fugaz y de lo transitorio. Sí, las ideologías han caído, pero el miedo al otro ha crecido. El nihilismo ha perdido terreno, pero su lugar ha sido tomado por una neutralidad pasiva en relación con cada cosa. El cambio – palabra mágica del mundo de hoy – se ha vuelto un fin por sí mismo, en lugar de ser un instrumento para alcanzar la coherencia consigo mismo y con la realidad.

El significado de términos como «humanidad, existencia, certeza, verdad» se vuelve siempre más nebuloso, alejándose de la realidad humana, tanto que está a punto de borrarse del vocabulario de la cultura contemporánea, la cultura del «post». Reflexionando sobre el término “post”, descubrimos la incapacidad de dar un sentido a la condición humana actual, y también descubrimos la incapacidad para definir y comprender. Una mirada general a las obras de los intelectuales que se han ocupado del fenómeno «post», resalta una cantidad impresionante de contrastes, conflictos y falta de puntos de encuentro. A excepción, sin embargo, de la consideración común de que la fiebre del consumismo, de la cual la sociedad contemporánea es prisionera, ha eliminado cualquier percepción de la historia, camino sobre el cual ha iniciado nuestro entero sistema social contemporáneo, perdiendo la capacidad de conservar el propio pasado para vivir un eterno presente, un estado de transformación permanente que borra aquella herencia histórica que las entidades sociales de entonces estaban obligadas, de alguna manera o de la otra, a salvaguardar.

¿Qué certeza y qué existencia son posibles en una sociedad que ha perdido el sentido de todas las cosas, una sociedad «post-moralista», en la cual el ser humano se ha liberado de la obligación o del empeño, en relación con la religión, con la sociedad y con el otro? Es la «sociedad de las falsas imágenes» – para usar el nombre que le ha dado Jean Baudrillard – en la cual el ser humano está inundado de imágenes que se auto-producen y entierran lentamente el ejercicio de una humanidad viva, tanto de no lograr distinguir ya la realidad de su falsa imagen. Eso basta para afirmar que la libertad y la existencia del individuo son sólo una leyenda, porque la práctica humana, y hasta la imaginación humana, ambas se han vuelto prisioneras de estas falsas imágenes, mientras el ser humano y la presencia humana se transforman poco a poco en imágenes destacadas de sí mismos, más bien de la existencia misma. La vida se ha convertido en una simple «representación» de las imágenes que el ser humano recibe y es aquí que se esconde la crisis existencial del hombre contemporáneo, presente y ausente al mismo tiempo.

La verdad no es tal si no toma cuerpo

El sombrío cuadro apenas descrito es aquel que ha hecho la experiencia de Luigi Giussani, y del Meeting de Rímini, un evento extraordinario en mi vida, reasumido en los siguientes términos: la fuerza invencible de la fe; la confianza en el ser humano y en su capacidad de dar un sentido a la propia vida; la humanidad de las verdades abstractas que hace posible practicarlas; el realismo, la racionalidad y la belleza; la amistad como vía hacia el conocimiento y el descubrimiento de sí mismo y del otro. Es una experiencia en la cual es realmente difícil separar palabra y vivencia, evento y persona, una experiencia a través de la cual he podido comprender que todo en lo que creo lo he vivido en la relación con alguien y por medio de la cual he comprobado que no existen valores humanos excelsos. Precisamente porque son humanos, no son excelsos. La verdad no es tal, en efecto, si no toma cuerpo. Cada verdad es una persona y cada persona es una verdad.

Por cuanto me concierne, gracias a una amistad de muchos años, he aprendido muchas cosas del Meeting de Rímini. La más importante, quizá, es que la diferencia es la base del diálogo. El diálogo, en efecto, tendría que basarse en un encuentro, porque en el encuentro se hace espacio, a la propia vida, a otra persona, iniciando a descubrirla. La diferencia así entendida es la base del conocimiento, mientras el diálogo es un instrumento para conseguirlo, porque borra la diferencia en nombre del diálogo con el otro no es menos aberrante eliminar al otro a causa de su diferencia. En la realidad en que vivimos, pertenecer a un grupo espiritual, político o cultural significa liberarse de la propia diferencia para poderse integrar al grupo. En el Meeting de Rímini, sin embargo, he visto un grupo que impulsa a cada individuo a sobresalir, a hacer su propia experiencia y a descubrir el propio camino. El individuo no se define en base a la pertenencia del grupo, sino se descubre a sí mismo al hacer parte de eso. La conciencia de la propia diferencia refuerza la certeza de poseer algo que ofrecer. No existen personas pobres. Cada uno es capaz de dar algo a los otros, precisamente en virtud de su diversidad.

Más allá de la duda y el miedo

En plaza Tahrir, la conciencia de la diferencia ha sido parte de un proceso de conciencia aún más grande: la comprensión del significado de la existencia y el redescubrimiento del espíritu social, a través de la vía propuesta por Giussani en El sentido religioso, que viví en el Meeting de Rímini, es decir el encuentro. En plaza Tahrir, en efecto, ha sido el encuentro entre diferentes clases de la población egipcia, que el régimen de Mubarak había diligentemente transformado en islas separadas, a derribar las barreras de la duda y del miedo, poniendo fin al conflicto de estereotipos que había amenazado con incendiar a la sociedad pocos días antes de la revolución, tras el atentado a la iglesia de Alejandría. En plaza Tahrir, ha sido del todo normal ver a una muchacha con una cruz colgada al cuello verter el agua para la ablución de la oración a un hombre barbudo, así como ver celebrar la Misa, en medio a un círculo de musulmanes que repetían «amén», al unísono con sus hermanos cristianos.

Plaza Tahrir ha sido el espacio en el cual la juventud ha descubierto el sentido de la propia existencia y ha recuperado la confianza en la propia capacidad de cambiar las cosas, después de haber comprendido que los propios sueños no eran inalcanzables, porque ellos mismos eran la encarnación. Mucho se ha escrito sobre la revolución egipcia, sobre la pobreza, la opresión y la violencia que han despertado la rabia de la gente más allá de los límites. Sin embargo, como egipciano que ha vivido la revuelta, y también cuanto ha ocurrido antes, sé que todo eso no ha sido el verdadero motor de la revolución. No ha sido una revolución de la cólera, sino de la fe. Los egipcios, en los cinco años precedentes a la revolución, ya habían tenido más de tres mil sit-in, huelgas y manifestaciones, con los cuales habían pedido el cambio y expresado su rechazo al proyecto de hacer hereditario el poder. ¿Qué cosa ha cambiado, entonces, para provocar una revolución de ese tipo?

La única cosa cambiada en los egipcios, que se esconde detrás del suceso de la revolución, es el haber creído en la propia capacidad de cambiar las cosas. Esta fe no ha llegado a completarse si no gracias a la experiencia de comunión que los egipcianos han podido vivir en la realidad virtual de las páginas de Facebook. Por último, los egipcianos han roto las barreras imaginarias del tiempo y del espacio del mundo virtual, llenando la plaza Tahrir para crear un tiempo y un espacio del todo nuevos y agregar aún a las tantas plazas que han luchado por la libertad otra plaza más: plaza Tahrir precisamente, la plaza de la liberación. A interponerse entre los egipcios y la libertad era sólo su no creer en ella, porque todo lo que necesita el ideal para convertirse en realidad vivida, de tocar con la mano, es la fe.

La revolución egipcia representa una transformación cultural de la mentalidad árabe única en su género. Es en efecto el primer evento del mundo de tal magnitud que infringe las barreras entre realidad tradicional y mundo virtual o, para ser más precisos, el primer evento que construye un puente entre los dos mundos. El utilizo de Facebook para invitar y preparar la revuelta no es sólo expresión de la maestría de los jóvenes – que han sido líderes – al manejar los instrumentos de la modernidad, sino revela también una nueva realidad, vivida hoy por toda la humanidad, en la cual la persona hace cada día experiencia de la liberación de las cadenas del tiempo y del espacio, una nueva realidad en la cual tiempo y espacio se transforman de sistema de referencia y contenedor de la acción humana a objeto mismo de la acción. Una observación atenta a los eventos de la revolución, revela el deseo de retomarse la existencia humana sustraída por la dictadura, despojando tiempo y espacio de su absoluto neutral y recuperando, en consecuencia, la capacidad de poseerlos. El martirio de centenares de jóvenes en defensa de la plaza Tahrir no ha sido más que el intento de preservar aquel espacio simbólico, concentrando todo Egipto en aquella plaza, para que su pequeña superficie pudiera transformarse en un gigantesco conglomerado de existencia y acción humana. El atribuir nombres a los días de la revolución ha sido sólo un modo para arrancarlos a la continuidad del tiempo, acuñándolos, como se hace con una moneda, con el nombre de sus verdaderos propietarios: los revolucionarios.

Los símbolos religiosos, usados antes para excluir al otro, se han vuelto una manifestación solidaria entre musulmanes y cristianos: sí, estoy aquí, porque estoy a favor de la libertad, junto a ti. La toma de posesión del tiempo y del espacio ha sido una premisa necesaria para rechazar la dictadura. Por tal motivo, no es para nada extraño que la revolución haya condensado sus pedidos en una sola palabra, o en un solo verbo: irhal, vete, sal de nuestro tiempo, de nuestro espacio y de nuestro mundo. El «aquí y ahora» nos pertenece. Antes de pedir al dictador que se vaya, los revolucionarios se han apoderado pues del espacio y del tiempo. El dictador que había impuesto su supremacía en el «aquí y ahora», utilizando símbolos y discursos pertenecientes al pasado, ha sido luego despojado por medio de miles de chistes que han hecho de él una caricatura, al fortalecimiento de la cual él ha contribuido combatiendo Facebook con caballos y camellos.

La fe en la libertad

El resultado más importante de la revolución ha sido la liberación de la mentalidad árabe del sueño del tirano justo. Muchos han criticado la revolución por la ausencia de un líder, sin embargo ésta ha sido su característica distintiva más importante. Nadie ha guiado a los millones de personas que salieron a la calle a manifestar, si no la fe en la libertad. Eran conscientes de sacar su fuerza sólo por ser muchos, por tanto ha sido introducido por primera vez, en el vocabulario de las protestas, el término milyoniya. Justo como sucede en el mundo virtual, donde una página web no adquiere su fuerza de quien la administra, sino de la cantidad de sus adherentes, en la revolución el carisma individual ha sido transferido a toda la colectividad. El régimen de Mubarak ha caído en dieciocho días, porque se ha encontrado ante un desafío no tradicional. No ha tenido que afrontar ni un líder, ni un partido, ni una ideología, sino más bien valores humanos y una voluntad de grupo. Es por tal razón que para nada le han valido los tradicionales instrumentos de la represión, del terrorismo y de la difamación, así como no ha funcionado ni siquiera el negociado. La cosa más importante que los egipcios han aprendido de esta revolución es que la libertad no significa sólo romper cadenas, o superar los obstáculos que se encuentran al realizar los deseos individuales y de cada grupo.

La libertad es compartir con los otros. La libertad es encuentro con el otro, porque no existe libertad separados de los demás. Las condiciones impuestas por la realidad pueden mutar, pero el deseo humano de libertad y justicia es eterno, no cambia jamás. La voluntad humana que se basa en la certeza de la existencia es la única capaz de producir un cambio en la realidad, basado en la experiencia humana que da forma a la verdad, porque la verdad carente de experiencia, significado y presencia humana es una falsa verdad. La verdad es una toma de posición del todo parcial, mientras las verdades neutrales no son humanas. Lo «verdadero» es un evento en el cual la acción humana no está separada del valor moral. La humanidad de la verdad, en el mundo de hoy, es decir el mundo post-moderno, es el salvavidas de la demagogia, de la ideología y del predominio de estereotipos y falsas imágenes. Es ésta la experiencia de la cual tenemos necesidad hoy para restablecer la conexión perdida entre el individuo y la humanidad, para ser capaces de redescubrir nuestra existencia y nuestra verdad, una verdad caracterizada simultáneamente por lo absoluto, representado por la humanidad, y lo relativo, representado por el individuo.

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