¿Quién tiene miedo de la técnica? Respuesta a Olivier Rey
autor: Paolo Musso
Docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Insubria de Varese - Curso de licenciatura en Ciencias de la comunicación
fecha: 2014-09-02
fuente: SCIENZAinATTO/ Chi ha paura della tecnica? Risposta a Olivier Rey
Publicado en el N. 54 de Emmeciquadro
traducción: María Eugenia Flores Luna

Hoy hay una difusa y creciente tendencia a criticar la tecnología, no sólo por su efectivo o posible mal uso, sino precisamente en cuanto tal. Incluso captando algunos aspectos reales del problema, tales análisis amenazan sin embargo con ser demasiado unilaterales.
En este artículo Paolo Musso responde al de Olivier Rey del título:
El Superhombre, un sueño del hombre disminuido, publicado en este mismo número de Emmeciquadro y que bien representa esta tendencia. Se abre así una comparación fecunda sobre una temática de gran actualidad, tendiente a individuar criterios de juicio concretamente equilibrados.

Incluso ya habiéndose convertido en un lugar común, en realidad la crítica a la tecnología es cosa reciente. Aunque generalmente se identifique el « fin de la inocencia tecnológica» con el estallido de la atómica de Hiroshima, la confianza ha en efecto continuado aún por mucho tiempo, sea a causa del boom económico post-bélico, sea gracias a aquella auténtica «atómica al revés» que ha sido la llegada a la Luna.

La crítica a la técnica y a sus causas

Al menos a nivel de masa, el clima sólo ha cambiado en los años Ochenta y, más aún, Noventa del siglo pasado, es decir en concomitancia con la revolución informática. No creo sea una casualidad: evidentemente el fin, (al menos por ahora) de las exploraciones espaciales y la comercialización de su tecnología ha provocado un proceso de «despoetización» que ha generado en muchos una reacción de creciente fastidio, que se ha transformado luego en un verdadero rechazo cuando tal tecnología ha ascendido a símbolo de la globalización y de los problemas que ésta ha traído (que no han empezado con la crisis actual, sino bien antes, aunque hoy tendemos a olvidarlo). Como decir: «Nos han prometido la Luna y ha acabado todo en un celular» (en sentido literal: el procesador de los actuales celulares es más o menos equivalente por potencia de cálculo a las computadoras utilizadas por la NASA para las misiones Apolo y los satélites para telecomunicaciones son hoy el principal business de las Agencias Espaciales).

Una comprobación muy significativa es dada por la ciencia-ficción, donde justo en los años Ochenta, con el género cyberpunk (precisamente inspirado en la revolución informática, vista en clave pesadamente negativa), acabó la era del optimismo e inició la moda, todavía dominante, de la ciencia-ficción distópica, señalada por atmósferas oscuras, sociedades inhumanas y una visión intensamente negativa del futuro y el progreso, cuya expresión más conocida es probablemente Blade Runner.

Las críticas de este tipo (del cual aquella de Rey es un caso paradigmático) están sin embargo en realidad basadas en un análisis de los defectos de la sociedad tecnológica, de la que luego inculpan a la técnica de modo apriorístico, sin una reflexión seria sobre su naturaleza. Reflexión que en cambio es necesaria y que por tanto ahora haremos.

Tecnología e inteligencia humana

Un primer punto por la cual ninguna reflexión seria sobre el argumento puede permitirse prescindir está constituido por una evidencia: al menos sobre nuestro planeta, la tecnología es típica sólo de los seres humanos.

Las tentativas de ciertos etólogos y filósofos de atribuir capacidades tecnológicas también a los animales, (monos, pero no sólo) se basan en una equivocación de fondo: una cosa es en efecto imaginarse un uso instrumental de un objeto ya existente, otra es concebir en cambio el proyecto de una máquina compleja que desarrolle funciones ni lejanamente símiles a algo ya visto en la naturaleza, ya que tal proceso, no pudiendo apoyarse en imágenes concretas, solicita la capacidad de utilizar conceptos abstractos, en lo que consiste específicamente el pensamiento, que es la característica distintiva del hombre (1).

Pero si es así, entonces muy difícilmente se podrá sustentar que la técnica sea «en sí misma» algo inhumano, visto que es más bien una de las cosas más específicamente humanas que existan. Y muy difícilmente se podrá sustentar que es algo impersonal, puesto que sin la contribución activa de personas concretas no podría ni siquiera existir.

El principio tecno-antrópico

Pero hay más. En efecto es fácil demostrar que existe una estrecha correlación entre las condiciones que permiten el desarrollo de la vida y aquel de la tecnología. Por eso tiempo atrás también he formulado una nueva versión del celebérrimo «principio antrópico», hablando a propósito de un verdadero «principio tecno-antrópico», el cual afirma que «nuestro universo está hecho de modo tal que sus leyes permiten el nacimiento de civilizaciones tecnológicas» (2).

Naturalmente, como también en el caso del principio antrópico original, se puede discutir sobre cuál sea su verdadero significado. Sin embargo, al menos para quien, como Rey, se ponga en una prospectiva religiosa, se vuelve de veras difícil no ver en eso la señal de una precisa voluntad del Creador. El cual sin embargo en el libro del Génesis ha dado explícitamente mandato al hombre de «dar nombre a las cosas», es decir de aprender a conocer la íntima naturaleza con el fin de «dominar la tierra», término que, como resulta evidente por el contexto, va entendido en el sentido de «gobernar con sabiduría», eso, precisamente, «según» la naturaleza de las cosas y no «contra» ella.

La obediencia a la realidad

Ahora, contrariamente a lo que se dice generalmente, es justo en la tecnología que tal necesidad de obedecer a la realidad se expresa al máximo grado. El motivo es muy simple: se pueden doblegar a la propia voluntad con la violencia o la lisonja los hombres y los animales pero no las máquinas.

Si no están convencidos, la próxima vez que se les estropee el automóvil ¡prueben un poco a hacerla repartir a fuerza de gritos o prometiéndole llenarlo de gasolina de primera calidad! No hay nada que hacer: hace falta resignarse a llevarla al mecánico, el cual logrará hacerla repartir sólo después de haber entendido cuál es el problema y por tanto qué reparaciones son necesarias hacer, es decir después de haber «ido a la escuela» de la realidad.
Eso ya lo había comprendido perfectamente hace cuatro siglos el fundador de la ciencia moderna, Galileo Galilei, el cual en 1624 recordaba a Francesco Ingoli que «en las cosas naturales, la autoridad de los hombres no vale nada; […] la Naturaleza, Señor mío, se burla de las constituciones y decretos de los principios, de los emperadores y de los monarcas, a solicitud de los cuales ella no cambiaría una jota de sus leyes y estatutos» (3).

Ahora, esto, que es presentado generalmente como el rechazo al principio de autoridad de parte de Galileo, es en realidad, como se ve claramente ya desde este paso y como todavía resulta más claramente por el examen global de sus textos al respecto, solamente un rechazo de la autoridad humana, ya que en la ciencia hay una autoridad más alta a la cual referirse, que es directamente aquella de la Naturaleza, pero indirectamente aquella del mismo Dios, que es el artífice de la Naturaleza.

El modo en el cual tal autoridad superior es consultada es el experimento, que es realizado a través de oportunos instrumentos, que son a su vez productos tecnológicos: luego hay entre ciencia y tecnología un tipo de círculo vicioso, o, si se prefiere, también podríamos decir que se trata de dos aspectos de una misma actividad, distinguibles en línea de principio, pero nunca separados en práctica. En todo caso, lo que cuenta es que es justo el «momento técnico» de la ciencia que asegura su fidelidad a la realidad, (4).

Naturalmente es verdad que la tecnología, una vez «producida» en conformidad con la naturaleza de las cosas, puede ser luego «usada» de modo no conforme a ella y por lo tanto violenta, pero éste es otro problema: queda la evidencia que ninguna tecnología puede ser producida sin el reconocimiento de la existencia en el mundo de un orden objetivo que nos precede y no es modificable a nuestro agrado. Tal reconocimiento no basta, por sí mismo, a garantizarnos contra susodichos eventuales usos equivocados, porque por eso es necesario que los seres humanos tomen conciencia de eso de lo cual ello es signo (o sea que el mundo no es una propiedad privada nuestra de la cual podemos hacer lo que queremos), lo que no es automático: sin embargo tal toma de conciencia no es ciertamente facilitada por el negar la existencia misma de tal dato originario, pretendiendo reducir la tecnología a un mero instrumento de la voluntad de potencia y su desarrollo a una lógica puramente económica.

El verdadero impulso del progreso

Esto, además, también es un falso histórico clamoroso. En su artículo Rey afirma: «En nuestro días siempre se cuenta la historia al revés. Por ejemplo, científicos, ingenieros, técnicos, a cierto punto se revelan capaces de construir motores extremadamente potentes. ¿A qué podría servir esta potencia? Nos percatamos que ella debería ser suficiente para hacer volar aparatos más pesados que el aire, y nos ponemos a construir aviones. Pero he aquí como se presentan las cosas: desde siempre el ser humano ha soñado con volar y, por fin, la técnica moderna permite realizar el sueño de Ícaro. Como si este fuera el objetivo que había movido a los motoristas a su trabajo».

Pero en realidad quien cuenta aquí la historia al revés es justo él: la invención del avión no ha sido para nada debida a la creación de «motores extremadamente potentes», que han sido ciertamente necesarios para tener aviones eficientes, sino han venido sólo «después» de la invención en sí misma (los hermanos Wright se hicieron construir un motor a la medida, justo porque aquellos existentes no eran bastante potentes); y los inventores del avión han sido justo movidos por el deseo de «realizar el sueño de Ícaro», tanto es verdad que ya se había empezado a pensarse desde (al menos) los tiempos de Leonardo, cuando no existía todavía el concepto de motor.

Y ésta no es para nada una excepción: todos los más grandes descubrimientos científicos, que luego han permitido también los más grandes adelantos tecnológicos, han nacido de la búsqueda desinteresada de la verdad y no de motivaciones económicas o en todo caso utilitaristas, tanto es verdad que siempre se ha repetido regularmente el mismo guión, con los autores del descubrimiento que fueron siempre los primeros en dudar que pudiera tener nunca alguna utilidad práctica. Este pues no es para nada un ingenuo «buenismo» de ilusos, sino la pura y simple verdad histórica: que luego, viéndolo bien, no es para nada simplemente histórica, es decir contingente, sino nace de una necesidad intrínseca, por la simple pero óptima razón que no se puede conocer la utilidad de una cosa antes de descubrirla.

Desgraciadamente afirmaciones de este tipo no son solamente falsas, sino también extremadamente peligrosas, puesto que acaban por justificar y reforzar, sea incluso involuntariamente, la convicción que desde hace algunos años a esta parte se está haciendo cada vez más camino a nivel político, por lo cual en nombre de la utilidad práctica se está cada vez más perjudicando la investigación humanística con respecto de aquella científica y, en el ámbito de esta última, la investigación de base con respecto de aquella aplicada: lo que, por cuanto apenas dicho, es un auténtico suicidio, no solo cultural, sino también desde el punto de vista de la utilidad práctica.

Ahora, esta tendencia no vendrá cierto volteada enfatizando ulteriormente, sea incluso para criticar, el aspecto utilitarista de la tecnología, sino, todo lo contrario, mostrando cómo la investigación aplicada se basa en aquella de base y ésta, a su vez, sea muy favorecida (como demuestran las biografías de casi todos los más grandes científicos) de una cultura lo más posible amplia y variada, por la simple razón que no puede existir un método preconfeccionado para tener nuevas ideas y por lo tanto la única cosa que puede ayudar es entrenar la mente a ser lo más posible elástica y poliédrica.
Se trata en fin no de demonizar la utilidad económica, sino de hacer entender que, como ha dicho en el Caritas in veritate Benedicto XVI, nada es más económicamente ventajoso que la gratuidad.

Beneficios y riesgos de la tecnología

El otro aspecto inaceptable del análisis de Rey es el completo desconocimiento de la muy potente contribución de la tecnología a la humanización del mundo, tanto que llega a afirmar que hoy los hospitales se habrían vuelto, justo por su naturaleza hipertecnológica, «lugares de humillación de la persona».

Evidentemente Rey no tiene bien claro qué fueran los hospitales pretecnológicos, donde la gente tenía terror de entrar porque sabía que era muy difícil salir vivos y que justo por esta razón eran todos administrados por religiosos, porque eran los únicos que osaban incluso hacerlo sabiendo de dejar casi ciertamente la piel.
Luego es verdad que justo la sustancial impotencia de la medicina impulsaba a una mayor atención hacia la persona del enfermo, visto que a menudo era el único tipo de «cuidado» que se le podía proveer; tal como es verdad que hoy justo el hecho de contar con cuidados eficaces a menudo impulsa a concentrarse sólo en el aspecto técnico olvidando aquel humano: pero este problema no se soluciona usando menos la tecnología, sino usando más (y sobre todo mejor) nuestra libertad.

También la alienación del hombre de hoy (que no es por suerte en todo caso así total como Rey pretende) no puede ser imputada automáticamente a la técnica.
Es hasta demasiado fácil contraponer el trabajo del artesano al del obrero en cadena de montaje: fácil, pero también engañoso, porque trabajos satisfactorios también existen hoy, tal como trabajos alienantes existían también en el pasado, y no es para nada descontado que el saldo sea desfavorable a nuestra época.
Pero sobre todo, aunque ciertamente el tipo de trabajo influya, últimamente en decidir el hecho que uno sea o no alienado no es eso sino la «consistencia de la persona», que no depende de las circunstancias: de otro modo sí que seríamos de veras robots y entonces la mentalidad tecnocrática sería justificada plenamente.

No por nada el artículo de Rey se concluye con la afirmación que el Cielo existe, pero sólo «fuera de este infierno», que sería el mundo tecnológico: conclusión coherente con sus premisas, pero no con la esperanza cristiana, que está en cambio totalmente «dentro» de las circunstancias.
Efectivamente críticas de este tipo pueden parecer a primera vista más «atrevidas» que aquellas que buscan tener cuenta de todos los factores del problema, negando cada automatismo y subrayando la importancia decisiva de nuestra libertad, pero en realidad son solo más simplistas y, a la larga, mucho menos atrevidas, en cuanto acaban por ser deresponsabilizantes. Si en efecto la técnica es intrínsecamente perversa, ¿qué podemos hacer? Nada, obviamente, (o bien renunciar completamente, lo que es impensable): con que estemos libres de la incómoda incumbencia de hacer seguir a las denuncias unas propuestas concretas y podamos volver a nuestros asuntos en santa paz.

Con eso no quiero decir que la tecnología no ponga también problemas realmente inéditos.
En particular, poniéndonos en mano un gran poder sin incluso proveernos, por así decir, del «manual de uso», ciertamente ella tiende a empujarnos a actuar en el modo descrito tan vivamente por Rey: y por eso artículos como el suyo tienen en todo caso su utilidad. A condición sin embargo de que estemos conscientes que se trata sólo de una tendencia y no de un destino fatal, y que ceder o resistir últimamente depende de nuestra libertad.
Libertad que, gracias a su capacidad de reconocer y también afirmar el infinito dentro del más finito y fragmentado aspecto de la realidad, también es el único fundamento de nuestra dignidad, que ninguna tecnología, por cuanto penetrante, nos podrá quitar nunca.

Notas
1. Paolo Musso, La scienza e l’idea di ragione (La ciencia y la idea de razón), Mimesis, Udine 2011.
2. Paolo Musso, On the last terms of Drake Equation: the problem of energy sources and the «Rare Earth hypothesis», en Ehrenfreund Pascale, Angerer Oliver, Batrick B. (eds.) [2001], Exo-/Astrobiology Proceedings of the First European Workshop, 21-23 May 2001, ESRIN, Frascati, Italy, ESA Publications Division, Noordwijk, pp. 379-382.
3. Cfr. Edizione Nazionale delle Opere di Galileo Galilei, (Edición Nacional de las Obras de Galileo Galilei), Giunti Barbera, Florencia, 1890-1909, vol. VI, p. 538. Paolo Musso, La scienza e l’idea di ragione (La ciencia y la idea de razón), Mimesis, Udine 2011, § 1.13.

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