Razón científica y verdad
autor: Marco Bersanelli
Profesor de Astrofísica, Universidad de Estudios de Milán
fecha: 2008
fuente: Ragione scientifica e verità
Publicado en el No. 14 de Atlantide (2008.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Los éxitos de la ciencia

Al evaluar la contribución que la ciencia aporta a la razón total, y por tanto a la tendencia fundamental del sujeto humano a la verdad, quisiera partir de un aspecto que me parece no pueda ser censurado, ni minimizado: el evidente suceso de la ciencia en el ámbito de sus capacidades cognoscitivas. El enfoque científico ha demostrado una capacidad extraordinaria, no previsible a priori, al captar aspectos genuinos de lo real hasta sus fronteras extremas.

Me ocupo de cosmología, es decir del estudio del universo en su conjunto, en particular del origen y de la evolución del universo primordial. Impresiona el hecho de que observemos y comprendamos – hasta cierto punto, pero realmente – procesos físicos que estaban activos en la escala cósmica en los momentos iniciales de la expansión del universo, hace 14 mil millones de años, en el alba del tiempo. Podemos medir con precisión e interpretar la primera luz liberada en el espacio, la cual lleva restos de los “embriones” de las estructuras cósmicas que hoy observamos entorno a nosotros y de las que también nuestro ambiente inmediato y nosotros mismos somos parte. Podemos estimar algunos de los parámetros fundamentales que describen la composición y la dinámica cósmica, como por ejemplo la edad del universo: 13.7 mil millones de años, con una incerteza inferior al 2%.

El conocimiento científico reserva continuamente sorpresas y plantea nuevas preguntas, cada vez es posible dar un paso, pequeño o grande, hacia una comprensión más profunda. El Large Hadron Collider (LHC), el nuevo acelerador del CERN (Centro Europeo de Investigación Nuclear) que entrará en función al final de 2008, permitirá alcanzar energías de 14 Tera-electronvoltios: son las energías características del universo 2 o 3 mil millonésimos de segundo después de su nacimiento. Más o menos contemporáneamente, el ESA (Agencia Espacial Europea) lanzará el telescopio espacial PLANCK, que iluminará el comportamiento del universo en un instante cósmico aún más inicial, hasta 10-35 segundos del big bang, cuando la estructura misma del espacio y su geometría podrían haber sido fijadas por una expansión exponencial.

La promesa y el peligro

Quizá, aún más que ciertas metas científicas particulares, asombra el hecho que detrás de todos los detalles se entrevé una coherencia del cuadro global. Muchas son las preguntas abiertas en el campo de la astrofísica, de la cosmología, de la física fundamental – para no hablar de la biología. Pero el trayecto paciente de estas ciencias, especialmente en las últimas décadas, no nos restituye sólo partes notables, sino disgregadas, de informaciones que más o menos arbitrariamente juntamos. Al contrario, tiende a revelar una estructura sorprendentemente unitaria de la naturaleza en su conjunto. Este hecho es tan significativo que probablemente cualquier filosofía o visión del mundo que, para ser coherente consigo misma, se viera obligada a negar o rechazar este dato notable, acabaría por perder su credibilidad.

Pero justo en el logro impresionante de la ciencia se anida su peligro. La ciencia «puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad», como ha señalado Benedito XVI en la Spe salvi, que sin embargo agrega: «la situación del hombre, en el desequilibrio entre la capacidad material y la falta de juicio del corazón, se convierte en una amenaza para el hombre y para la creación». La amenaza no consiste ante todo en las potenciales aplicaciones tecnológicas, sino empieza antes, en un “desequilibrio” que concierne al hombre y su capacidad de juicio. Es lo que históricamente ha ocurrido. El orgullo por la capacidad de la ciencia de revelar las dinámicas de la naturaleza ha alimentado una exaltación impropia de la razón científica, que ha caracterizado los últimos cuatro siglos de nuestra historia, paralelamente a los evidentes beneficios traídos por los nuevos descubrimientos. Aún hoy se tiende a ver la ciencia como manifestación de un poder que el hombre siente tener, de una capacidad de dominio de lo real que no parece tener necesidad de nada más que de sí misma. La ciencia se presenta como la demostración de que el ingenio del hombre es capaz de alcanzar resultados extraordinarios, hasta acceder al pleno control del mundo físico y biológico, incluyendo la vida humana del individuo y su evolución como especie.

El misterio del conocimiento científico

La irracionalidad última de esta posición según yo se revela en el hecho de que ella salta una evidencia fundamental: no nos damos cuenta de que el hecho mismo que el conocimiento científico sea posible es en sí mismo un gran misterio. Que a nosotros sea dado el poder de describir en profundidad a través de las matemáticas aspectos diversos de la realidad física en modo sintético, simple y detallado, y que todo eso lleve a reconocer un cierto cuadro general, este es un dato de hecho. Aquello que no comprendemos es cómo eso sea posible. La ciencia nos permite captar un orden inherente a la naturaleza, el cual viene percibido por nosotros como una belleza tanto más irresistible cuanto más profundizamos. Un poco como la posibilidad de saborear comida exquisita en el hombre excede las exigencias de la alimentación pura, así nuestra razón es capaz de conocer el mundo físico según una profundidad que supera con creces nuestras necesidades de supervivencia. Es un exceso que parece casi irrazonable. ¿Cómo es posible que en aquel punto infinitesimal del cosmos, que es el hombre, sea dada esta capacidad de relacionarse con todo lo que existe en el universo?

Como decía Albert Einstein, «la cosa más incomprensible del universo es el hecho de que el universo sea comprensible». Que la matemática - que es un registro de nuestra racionalidad, un lenguaje conciso, en cierto sentido el más esencial que la razón sea capaz de desarrollar - se demuestre adecuada para describir el orden del universo es un hecho sorprendente. Paul Wigner, premio Nobel de física en 1963, en un famoso trabajo suyo de significativo título The unreasonable effectiveness of mathematics in the natural sciences afirma: «La enorme eficacia de la matemática en las ciencias naturales es un hecho que roza el misterio y por la cual no existe una explicación racional. No es para nada natural que existan leyes de la naturaleza, y aún menos que el hombre sea capaz de descubrirlas. El hecho milagroso de que el lenguaje de la matemática sea apropiado para la formulación de las leyes de la física es un regalo maravilloso que no comprendemos, ni merecemos» [1].

Benedicto XVI ha intervenido más de una vez para resaltar este hecho fundamental. En su discurso de Verona en 2006, por ejemplo, afirmaba: «La matemática como tal es una creación de nuestra inteligencia: la correspondencia entre sus estructuras y las estructuras reales del universo despierta nuestra admiración y plantea una gran pregunta. Implica una correspondencia profunda entre nuestra razón subjetiva y la razón objetivada en la naturaleza. Se vuelve inevitable preguntarse si no deba existir una única inteligencia originaria que sea la fuente común de la una y de la otra». Al tomar consciencia de tal privilegio dado a la naturaleza humana nos sentimos singularmente emparentados con todo el universo. Y esto plantea, come dice el Papa, una gran pregunta: ¿Quién o qué cosa es origen de esta inaudita correspondencia? La primera respuesta racional y afectiva es un aumento de positividad, de gratitud.

El desliz del reduccionismo

La gran ilusión en la que el hombre puede incurrir, casi deslumbrado por la posibilidad de su razón científica, es ver esta última como la única razón creíble, la única verdadera racionalidad. En el espacio de la racionalidad no existiría nada fuera del perímetro definido por la demostrabilidad científica. Este modo de ver, sin embargo, es ilusorio. Es evidente en efecto que la ciencia paga el precio de su extraordinaria capacidad de lectura de lo real con la parcialidad del ángulo que su método le consiente abrazar.

El enfoque científico, para funcionar, reduce deliberadamente la sección de impacto, el ángulo visual del objeto: en primer lugar eso va aislado de su contexto, y en segundo lugar nos limitamos a considerar los aspectos cuantificables y medibles. En el proceder científico, justa y conscientemente, evitamos cierto tipo de objetos y cierto tipo de preguntas: no porque sean irreales o indignas de nuestra razón, sino simplemente porque el método científico no es capaz de afrontarlos. Tal reducción del objeto de investigación es perfectamente lícita, más bien es indispensable, siempre que al final del proceso no nos olvidemos que voluntariamente hemos operado tal restricción.

El desliz del reduccionismo no consiste en el acto de la reducción, necesario para entrar en el juego del método científico, sino en el olvido de eso, por lo que al final del proceso del conocimiento confundimos la realidad total, o la totalidad del objeto del cual habíamos partido, con la simplificación que hemos hecho para acceder al juego. Después del viaje de ida, hace falta no olvidar el viaje de regreso. La superación del reduccionismo no está pues en el evitar la simplificación, sino en el restituir el resultado científico eventualmente obtenido al objeto en su totalidad y en el recolocar el objeto en su relación con la totalidad del cual recibe el sentido. Sólo así también el resultado científico verdaderamente tendrá algo que decirnos.

En particular el método científico no tiene en sí mismo los instrumentos para responder a las preguntas de significado, de objetivo, de consistencia última de las cosas; resulta ineficaz al considerar el valor de un objeto o de un acto humano, el “por qué vale la pena”. El método científico no tiene en sí ni siquiera los instrumentos para interrogarse sobre el origen del propio éxito. La gran pregunta que plantean Albert Einstein, Paul Wigner y Benedicto XVI, sobre cuál sea el origen último de la correspondencia entre la racionalidad humana y la racionalidad de las estructuras naturales, no es una pregunta que el método experimental es capaz de afrontar. Ella nace espontáneamente del terreno de la experiencia científica, tiene plena obligatoriedad y dignidad racional, pero se debe dirigir en un contexto que está más allá de la ciencia, dominado por otros modos en que la razón se expresa a sí misma. El mismo Benedicto XVI en el famoso discurso de Ratisbona había afirmado: «La moderna razón, propia de las ciencias naturales […] lleva en sí una interrogante que la trasciende […]. Ella debe simplemente aceptar la correspondencia entre su espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, sobre el cual se basa su metodología. Pero la pregunta sobre el porqué de este dato de hecho existe y debe ser confiado por las ciencias naturales a otros niveles y modos de pensar – en la filosofía y en la teología».

Una forma degenerada de ciencia

Si se teoriza la necesidad de la demostrabilidad científica para cada cosa que quiera decirse verdadera, se atrofia la razón y se suprime la posibilidad del juicio humano. Al final se pueden justificar cosas tremendas. Si la racionalidad coincide con el único registro científico, el único verdadero criterio para la acción será “hacer todo lo que con la ciencia y la tecnología es posible hacer”. Se vuelve muy débil, a este punto, poner muros a través de leyes, prohibiciones, exhortaciones morales. El principio ha sido promovido y adquirido, no hay razón para no hacer todo aquello que se puede hacer. Lo que se traduce en “hacer todo lo que da ganancia”, o “hacer todo lo que trae ganancias a quien lo puede hacer”. Quiere decir someter la ciencia al poder. Queda una forma degenerada de ciencia, aquella que Giorgio Israel llama “tecnociencia”, que hoy, especialmente en ciertos sectores, amenaza con tomar ventaja. Por ejemplo, no hay una prueba matemática del hecho que el embrión sea un ser humano, ni jamás podrá haber, pero existen todos los elementos para que un juicio y una razón abierta que sepa captar los datos pueda expresarse, aunque sólo sea como criterio de prudencia. Si el único método aceptable es aquel de la demostrabilidad, entonces todo se vuelve relativo y discutible y al final prevalen las razones del provecho – que es aquello que está ocurriendo e inevitablemente tenderá a suceder, también en otros terrenos.

No sólo existe un espacio racional fuera de la ciencia sino, mirándolo bien, la ciencia misma no podría darse sin una razón que excede las categorías que vienen atribuidas al método científico en sí mismo. En otras palabras, también el procedimiento físico-matemático no puede vivir solo de “razón científica”. Si consideramos la experiencia del hacer investigación, antes que razonar en abstracto sobre ella, fácilmente nos damos cuenta de que el sujeto de tal experiencia es y sigue siendo un ser humano completo, abierto al encuentro con lo real, cuyos pasos cognoscitivos ponen en cuestión una razón no separable de la dinámica afectiva y mucho más amplia de la pura capacidad lógico-deductiva [2].

Universidad y futuro

La ciencia, con su gran posibilidad de penetración y de eficacia, pierde credibilidad si pretende aislarse del sujeto humano que es protagonista, separándose de otras vías de la racionalidad que colaboran a responder a la exigencia de un significado exhaustivo para sí mismo y para el mundo. «¿Cuál es el valor de las ciencias naturales? - se preguntaba Erwin Schrödinger - Su objetivo, fin y valor es el mismo de cualquier otra rama del saber humano. Más bien, ninguna de estas ramas por sí sola tiene un propósito o un valor, sino sólo la unión de todas las ramas del saber tiene un significado o un valor, y esto puede ser definido muy sencillamente: obedecer el mandamiento del oráculo de Delfos, “conócete a ti mismo”. O, para decirla con el sintético, expresivo estilo de Plotino: “¿y nosotros quiénes somos?”» [3].

La universidad nace exactamente como lugar de descubrimiento de una profunda unidad del conocimiento en la diversidad de los métodos. Una imagen muy diversa de la actual situación de fragmentación, cansancio, pérdida: ¿cuál hipótesis de perspectiva podemos identificar para que la universidad hoy pueda sostener el descubrimiento de la razón en su totalidad?

Benedicto XVI en su intervención en Pavía en 2007, ha formulado tres pasajes que parecen pasos de un programa, casi un manifiesto, en que ha enfocado una tendencia entre el nivel institucional y el nivel personal del vivir la universidad. No da soluciones, sino señala problemas ya no aplazables. Lo hace proponiendo tres diversos binomios. El primero dice: «Las disciplinas tienden naturalmente, y también con razón, a la especialización, mientras la persona tiene necesidad de unidad y síntesis». El acuerdo es difícil no sólo entre científicos y filósofos, sino también entre físicos, químicos y biólogos; más, entre físicos que se ocupan de sectores diversos de la física… Es posible gastar una vida de intensa y reconocida investigación y entender casi nada de aquello que ocurre un milímetro más allá. Esta tendencia de alguna manera es inevitable, pero queda el hecho de que la persona, dice el Papa, tiene necesidad de unidad y de síntesis. Segundo binomio: «La investigación tiende al conocimiento, mientras la persona tiene también necesidad de la sabiduría, de aquella ciencia que se expresa en el saber vivir», es decir de un conocimiento no separado de la vida, que no es puro tecnicismo, sino es una capacidad de juicio que haga útil y comunicable, bueno también el conocimiento. El tercer binomio: «La estructura privilegia la comunicación, mientras las personas aspiran a compartir». No se conoce si no en una compañía humana, cuya unidad no es proporcional a la cantidad de información que se intercambia, sino al reconocer que somos llamados a un tarea común.

Estas observaciones abren una perspectiva en la cual uno quisiera consumirse para profundizar y comprender más. Las tres palabras que están a la izquierda en los binomios son cosas importantes, no hay que castigarlas, sino comprenderlas dentro de un conocimiento en relación con la persona, es decir la razón en su totalidad. Especialización, conocimiento y comunicación requieren que la Universidad tenga su estructura, que tenga las reformas que estas palabras claves requieren etc. Mientras las palabras a la derecha (unidad, sabiduría y compartir) requieren un “yo en acción”, es decir un maestro, un testigo. No conciernen a la estructura universitaria del mañana, sino el testimonio de una presencia, de una persona presente hoy en la universidad con un corazón cierto, con una nueva mirada. Un maestro es alguien que vive la propia presencia como tendencia a la unidad de la propia persona. Más que de un discurso que trata de construir puentes intelectuales entre campos diversos, eso de lo que realmente hay necesidad es una persona que demuestre en sí misma un nuevo tipo de unidad de percepción de las cosas, una razón que finalmente no sea separada de la vida. La sabiduría es una razón que no está separada de la afección a las cosas que conocemos y a las personas en torno a nosotros, y por tanto del compartir. El deseo final es, por eso, aquel expresado por Benedicto XVI en Ratisbona, «que no obstante todas las especializaciones que a veces nos hacen incapaces de comunicar entre nosotros mismos, podemos formar un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diversas dimensiones».

Notas e indicaciones bibliográficas
1. E.P. Wigner, The Unreasonable Effectiveness of Mathematics in Natural Sciences, Communications in Pure and Applied Mathematics, vol. 13, 1960, pp. 1-14.

2. M. Bersanelli, M. Gargantini, Solo lo stupore conosce (Sólo el estupor conoce), Rizzoli, Milán 2003. S. Chandrasekhar, Truth and Beauty. Aesthetics and Motivation in Science, The University of Chicago Press, Chicago 1987. W.I.B. Beveridge, The art of scientific investigation, William Heinemann, Londres 1950.

3. E. Schrödinger, Che cos’è la vita? Scienza e umanesimo (¿Qué es la vida? Ciencia y humanismo), Editorial Sansoni, Florencia 1988, p. 101.

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