Razón, ideología, realidad
autor: Alain Finkielkraut
Docente de Cultura general e Historia de las Ideas, Ecóle Politechnique.
fecha: 2008
fuente: Ragione, ideologia, realtà
Publicado en el n.14 de Atlantide (2008.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Razón e ideología

Robert Musil, escritor y autor de El hombre sin calidad, con gran ironía y pertinencia cita el “principio de razón insuficiente”. La suya es una respuesta al gran principio filosófico, formalizado por Leibniz e interpretado luego en modo admirable por Heidegger. Leibniz, recapitulando en cierto modo una gran tradición metafísica, afirma: «Nihil est sine ratione», nada existe fuera de la razón. Es decir, no se producen más que eventos que tienen válidas razones para suceder.

El protagonista de El hombre sin calidad, Ulrich, se pregunta si no sea verdad lo contrario, es decir que no se producen más que eventos sin razones válidas. Este “principio de Musil”, que es evidentemente irónico es una espléndida advertencia contra la ideología. Su definición preliminar es ésta: la ideología siempre consiste en querer someter la realidad al “principio de razón”, sin dejar nada al azar o a la coincidencia. Aquella de Musil es pues una especie de gimnasia, de higiene del espíritu frente a la tentación ideológica que está en cada uno de nosotros. Consiste en recordar, no perder de vista el hecho de que podría ser vigente un principio de “razón insuficiente”.

Probemos a ahondar la naturaleza de la ideología. A cierto punto he tomado la decisión de reflexionar sobre los eventos así como ocurrían, eligiendo entre ellos aquellos que me parecen graves, importantes, sintomáticos y tratando de explicarlos. Este desafío que me he lanzado a mí mismo nacía por la insatisfacción creciente que nutría en relación a la información. Incluso viviendo en nuestro mundo post-marxista y post-totalitario, tenía la impresión, leyendo los periódicos, de chocar con la ideología y, profundizando en este trabajo, creo haber comprendido el mecanismo fundamental.

Consideremos por ejemplo los atentados del 11 de septiembre: estos eventos atroces han dejado a todos con la boca abierta. Se trató de eventos irreducibles a cualquier intento sistemático de explicación. Este estupor cargado de horror no ha durado sin embargo, al menos en Francia, más que algunos días, una semana al máximo. Muy rápidamente he tenido la impresión de que la realidad ya no fuera reportada por lo que era. Los comentaristas, recuperados del estupor, iniciaron a decir que los Estados Unidos eran víctimas de su propia superpotencia, en otras palabras, culpables de lo que había ocurrido. Por algunas horas habían sido sacudidos por un acto que había puesto en discusión su visión del mundo, porque aquello que habían designado, según el esquema de una especie de lucha de clases internacional, como “el enemigo”, había sido atacado por un enemigo que de pronto podía parecer aún peor. Afirmar que los Estados Unidos era víctima de su superpotencia era un modo para digerir el evento: la ideología reencontraba la última palabra.

Para comprender la fuerza de este mecanismo ideológico hay que remontarse más atrás, a Jean Jacques Rousseau. El pensador suizo (y era una innovación metafísica extraordinaria) dijo: «EI odio, la tiranía, la considero la fuente de todos los males del género humano». De este modo daba al mal un origen ya no natural, sino histórico y social. El mal ya no estaba en el hombre, sino en la sociedad. Él proporcionaba así a la política una carrera sin límites, porque su objetivo a estas alturas se convertía en aquel de eliminar el mal de la Tierra, modificando radicalmente las condiciones de la vida social humana, colocando el origen de todos los delitos humanos en el dominio. Ser roussoniano quiere decir poder remontarnos siempre al delito original y de este pensamiento quedamos hoy ampliamente deudores.

Los Estados Unidos – el “Imperio”, come dice Toni Negri – dominan el mundo y el origen del crimen del 11 de septiembre es esta misma dominación. La ideología – es una aplicación del principio de razón suficiente - absorbe el delito real en el delito original. De este modo volcando la situación, es posible, convertir las víctimas en culpables.

La tendencia espontánea de la ideología es de dividir los seres humanos en dos categorías: de un lado aquellos que actúan, responsables de sus actos y por tanto acusables; del otro aquellos que reaccionan, la causa de sus actos queda externa a ellos mismos y pues son inocentes. Ellos gozan de la inmunidad del prefijo “re-”: réaction, résistence, rébellion, révolte (reacción, resistencia, rebelión, revuelta). La sociología dominante hoy se inscribe bajo esta distribución roussoniana de roles y explica las acciones humanas a través de su contexto. El rechazo ideológico de un cierto número de realidades no era inspirado por alguna voluntad de poder, sino precisamente por el principio roussoniano del delito original.

Este principio ha alimentado ciertamente al marxismo, pero es capaz de sobrevivir a él: he aquí por qué, después de muchos años de la caída del Muro, estamos aún sujetos a la tentación de la ideología. Tenemos la tendencia a erigir sistemas que de cualquier modo integren, absorban lo que los contradice. Hay una extraordinaria resistencia de los sistemas a los hechos finitos. Sin embargo, ella podría poner en cuestión y atenuar la fuerza de los sistemas, su pertinencia e introducir un principio moral. Los sociólogos, por ejemplo, niegan la realidad de la violencia en las periferias, o la atenúan, y están convencidos sea de buscar la verdad, que de conocerla. Y hoy, el pensamiento sistemático, de algún modo, niega el mal, o mejor dicho, el mal a un cierto estadio social. Se habla de pecado original en el sentido de crimen original. Hay un crimen de la desigualdad, hay opresiones sociales, los opresores y los oprimidos, que no hacen más que resaltar la violencia. Por tanto, este pensamiento sistemático es tanto más difícil de combatir, cuanto más está simultáneamente convencido de ser el pensamiento más coherente, más justo, aquel que ve más lejos. Así, los sociólogos conocen los resultados, aún antes de haber realizado las investigaciones.

Ideología e política

Una característica de la ideología es su incapacidad de contar más allá del número dos. Es el esquema de la única alternativa. Tomemos el problema hebreo: en un universo constituido y despojado de la memoria, Están de un lado los hebreos y del otro los nazis. Y he aquí que los hebreos de Israel o los Sionistas, terminan por ser acusados de ocupar el lugar de los nazis, porque la memoria ha reducido la pluralidad humana a esta exclusiva oposición binaria. Hoy para los hebreos es muy difícil vivir, en Israel o fuera de ello, a causa de este odio restrictivo. Los hebreos son acusados de no ser más hebreos y son condenados exactamente por haber abandonado su identidad, su “alteridad”. El esfuerzo tiene que ser aquel de sustraer este conflicto a la ideología, para restituirlo a la política.

La segunda Intifada, a diferencia de la primera, ha sido la reacción a una propuesta de paz. En Camp David los palestinos han respondido con una Intifada que no ha sido una revuelta de piedras, sino una revuelta armada. Esto ha hecho desalentar a los sostenedores de la paz en el campo israelí. Israel hoy no es un País conquistador, es un País desesperado, convencido de que todo haya sido intentado y que ya nada pueda servir. Con esto no quiero decir que la actual política israelí no sea criticable, sino arrancar el conflicto israelí-palestino a la ideología para restituirlo a la política significa restituirles la singularidad del evento, salir del cliché binario: no existe la potencia de un lado y el sufrimiento y la inocencia del otro; los palestinos no son los hebreos de Israel. Se puede oponerse a cierta política, sin recaer en la ideología y en su maniqueísmo.

El deseo de control total de la realidad: Prometeo

Podemos sin embargo preguntarnos si el hombre moderno sea animado por la ideología irracional o por ideas razonables. Lo que lo anima, en verdad, es un deseo - que tiene su grandeza - de control total de la realidad. Eso se expresa a través del “principio de razón”, la esperanza de una coincidencia entre real y racional. No hace falta criticar inmediatamente este movimiento, si fuéramos radicalmente antimodernos sería también ésta una forma de ingratitud. Este deseo, que se expresa por ejemplo en la fórmula “scientia propter potentiam”, la ciencia por el poder, tiene como finalidad un mejoramiento de las condiciones humanas. Es la figura de Prometeo, aquel que no se resigna nunca. El comfort que disfrutamos hoy y el alargamiento de la vida son cosas por las cuales estamos en deuda con el movimiento moderno.

Por tanto, en la base de la modernidad hay una especie de resentimiento contra el mundo así como es donado y en relación a lo dado. Hoy, sin embargo, corremos el riesgo de vivir en medio a nuestros “productos”. Se dice por ejemplo de un campesino, que es un “productor” de cerdos: es la recaída en el lenguaje de un poder demiurgo, multiplicado por las nuevas tecnologías.

Del mismo modo estamos volviéndonos siempre más capaces de “fabricar”, de “producir” niños. Hannah Arendt ha hecho del nacimiento el paradigma ontológico del evento. Recuerda, en este extrañamiento de la condición del hombre moderno, la fórmula bíblica «ha nacido para nosotros un niño», dando una especie de traducción secular, laica: el niño es un milagro. Advertimos que la utopía híper-moderna está teniendo lo mejor de los milagros. ¿El hombre está destinado a vivir en medio a sus productos, o puede aún reconocer lo que es dado? Creo que debemos sentirnos invitados a este tipo de conversión, de la que siempre ha hablado la poesía. La poesía es siempre rendimiento de gracias y ha mantenido una voz impalpable en medio a nuestros exploit tecnológicos, que tendremos que ser capaces de entender antes de que sea muy tarde.

Que seamos ateos o creyentes, creo que tendríamos que estar de acuerdo en esto: el hombre no debe creerse Dios. El híper-prometeísmo es de algún modo esto.

Ampliar la razón

Un mal uso de la razón lleva a someter al mismo criterio la pluralidad humana, la realidad natural. Un correcto uso de la razón da honor a lo que los griegos llamaban phroenesis: encontrar el esfuerzo de una razón práctica, adaptada a la singularidad de los casos. Uno de los problemas de la modernidad es, en nombre de una concepción limitada, aquel de olvidar la sabiduría práctica y relegarla como forma de ejercicio de la literatura. Por eso, en mi trabajo, concedo a ella gran importancia, porque está aún atenta a los individuos, a los matices, a los eventos y a la pluralidad.

Hoy hay una sociedad sentimental a la que un autor italiano, Vattimo, concede una gran importancia, recuperando la visión histórica de Joaquín da Fiore, según el cual después del régimen de la ley y aquel de la fe, estamos en el régimen de la caridad; máxima lejanía por tanto del judaísmo. Y, siempre según Vattimo, en una Europa desencarnada del cristianismo, el corazón sería en cierto modo la “caridad”, una especie de puro amor. Los europeos deberían hacer de cubierta el uno al otro y la verdadera caridad - en esto alcanza a Derrida - no sería ofrecer algo a alguien, sino dejarlo ser lo que es.

Esta es la tentación de Europa: no importa cuál haya sido nuestra cultura, no debemos considerarnos herederos de ella, sino debemos crear un espacio en nosotros, para acoger mejor lo que viene. El amor pues entendido como tolerancia, debe tomar el lugar de las culturas de pertenencias. Y es esta “catolicidad” del corazón que intenta ser de cualquier modo el nuevo programa europeo.

El diálogo entendido en sentido autorreferencial prescindir de las diferencias religiosa y tiene en ello la propia finalidad. Parece que las religiones se junten, que surja la paz, porque, en el fondo, las religiones tienen todo en común, mientras la realidad está en auténtica desarmonía. En nombre de la razón hace falta promover un diálogo auténtico, no tanto en el sentido del sentimiento auténtico que la animaría, sino tratando de relevar las verdaderas diferencias entre una religión y la otra. Se considera que la autenticidad del sentimiento pueda evitar el contenido en los diálogos: pero se necesita saber en qué se cree, cuáles sean los principios, cuáles los textos conocidos y las ideas de Dios. Las relaciones pueden comenzar sólo desde aquí.

Ver también La ideología ha muerto. O tal vez no por Carlo Dignola

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