San Pedro. El primer desembarco del Apóstol en Italia
autor: Stefano Biavaschi
fuente: Il primo sbarco dell’apostolo Pietro in Italia

Mucho se conoce de los viajes y de las etapas del apóstol Pablo, mientras que tenemos menos información respecto a los desplazamientos del príncipe de los apóstoles, Pedro, nacido en Betsaida de Galilea y muerto en Roma en el año 67. Sabemos ciertamente que viajó mucho para difundir el Evangelio, a partir de Judea y de Samaria. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro es recordado, además que en Jerusalén, en Lidda, Joppe, Cesarea. En su primera Carta, Pedro se dirige a los "fieles dispersos en el Ponto, en la Galacia, en el Capadocia, en Asia y en Bitinia"(1Pt 1,1), señal de que ha conocido a los habitantes de estos lugares. Para los estudiosos esta epístola ha sido escrita en Roma, la "Babilonia" a la cual el apóstol alude en el penúltimo versículo. Según la Tradición Pedrina, en efecto, el príncipe de los apóstoles no sólo alcanzó Italia, sino que vivió los últimos veinte años de su vida en la capital del imperio; después del martirio fue enterrado sobre las Colinas Vaticanas, y sus huesos aún descansan en la cripta de los papas subyacente a la basílica de San Pedro. Hay pero dificultad en reconstruir con exactitud los viajes pedrinos y a establecer las paradas. Entre los escritos así llamados pseudo-clementinos (preciosa fuente para los estudiosos de los primeros siglos), compuestos poco después del 200 d.C., hay una obra denominada Viajes de Pedro, que fue adoptada por los judíos ebionitas. Los ebionitas creían sea en el hebraísmo sea en Jesús como Mesías(actitud todavía hoy presente entre los millares dejudíos mesiánicos de Israel), e se referían a un evangelio reelaborado por Mateo, y también a la obra Viajes de Pedro. Es de este texto que fue tomada la imagen de la iglesia como "barca de Pedro", porque el apóstol insistía subrayando que, si al timón de la Iglesia está Cristo, el obispo hay que considerarlo como el "segundo timonel".

En el curso de los siglos, diversos documentos de gran interés enriquecen la así llamada tradición pedrina, con base a la cual algunas ciudades compiten por el primer desembarque de San Pedro en Italia, y en particular: Otranto, San Pedro en Galatina, Santa Maria de Leuca, Gallipoli, Tarento, San Pedro en Bevagna (Manduria). No se puede excluir pero que el apóstol haya visitado más de uno de estos puertos, siguiendo las rutas comerciales que antiguamente hacían escala justo en estos lugares.
En Otranto, sobre la colina más alta, surge una antiquísima iglesia que quiere conmemorar el desembarque, narrado también del historiador Hegesipo (110-180) en el De Bello Judaico, una de las más antiguas historias eclesiásticas que conocemos. Encontramos confirmaciones de este desembarque también de parte de Clemente Alejandrino (150-215), Arnobio (255-327), Eusebio de Cesárea (265-340), Cirilo de Jerusalén (313-386), San Ambrosio (339-397). Varios estudiosos de prestigio, entre los cuales Baronio, Tasselli, Arditi, han concluido que, a la luz de las “vestigia nobilia" presentes sobre el territorio, el apóstol hubiera atravesado de veras Otranto en el año 43 como etapa de su viaje hacia Roma. Del resto sabemos que también Cicerón desembarcó en el puerto de Otranto proviniendo de Grecia.

En San Pedro en Galatina, hoy Galatina, es conservada en la Catedral la piedra sobre la cual, según la tradición, San Pedro reposó durante una de las etapas salentinas en su viaje desde Antioquía hacia Roma. No al azar el escudo de armas de la ciudad de Galatina contiene como símbolo las "llaves de Pedro."
En Santa Maria de Leuca un antigua fuente relata que "Pedro, llegado de Jerusalén, encontró a la población local"; pero se teme que la referencia sea debida a Pedro obispo de Alejandría.

En Gallipoli hay la iglesia de San Pedro de Samari para recordar el paso del apóstol; según la tradición pedrina el vicario de Cristo habría en este sitio nombrado al primer obispo de Gallipoli: Pancrazio, su condiscípulo. Es de subrayar que la investigación histórica ha confirmado que San Pancracio vivió de veras en el siglo I, y fue de veras obispo de Gallipoli por algunos años, antes de desplazarse a Sicilia donde padeció el martirio. En sustancia, no son poco los testimonios que confirman una vasta evangelización de la Puglia desde el siglo primero, y ponen justo en edad apostólica los orígenes de las sedes episcopales salentinas, sobre todo las de Gallipoli y Otranto.

En Tarento la visita del apóstol es narrada en la Historia Sancti Petri, texto hagiográfico escrito en el siglo IX-X, donde se narra que Pedro, antes de entrar a la ciudad en la época del emperador Claudio (41-54 d.C.), quiso detenerse en la isla que queda de frente, hoy llamada isla de San Pedro. También en este caso no se trataría sólo de una parada, sino de una etapa que incluye siempre la evangelización de los habitantes, su bautismo y su conversión. Un Index Apostolorum del III siglo confirmaría la institución pedrina de los primeros obispos pulleses, entre los cuales San Basso, quizás originario de Ruvo, martirizado en Roma en la persecución de Trajano (108 d.C.). También el obispo San Cleto parece haber sido nombrado por San Pedro.
Hay que augurarse que investigadores universitarios y estudiosos podrán cumplir indagaciones profundizadas entorno a éste y otros sitios, con el fin de perfeccionar nuestro conocimiento sobre los viajes de Pedro. Si para los viajes de Pablo es verificado el itinerario marítimo que antes de Roma tocó Malta, Siracusa, Reggio Calabria y Pozzuoli, para aquellos de Pedro hace falta tener mucho cuidado al distinguir entre historia y leyenda, también porque, a menudo, la historia se tiñe de leyenda y la leyenda hunde las raíces en la historia. Cierta es en todo caso la presencia del apóstol en la capital, vistos también los estrechos ligámenes entre Roma y el Evangelio escrito por Marco, que fue "secretario" y compañero de viaje de Pedro (v. 1Pt 5,13). Además antiquísimos escritores como Clemente Romano (95ca), Ignacio de Antioquía (†107ca), Ireneo (†180ca), Tertuliano (155-220), Eusebio (260-340), reconocen que Pedro hubiera obrado en Roma y allí hubiera muerto. Más bien, parece que Pedro haya llegado a Roma aún antes de Pablo; esto porque cuando Pablo escribe a los Romanos (57 d.C.), ellos resultan ya convertidos ("la fama de vuestra fe se expande en todo el mundo", Rm 1,8). Pablo, en efecto, conocerá sólo la capital en su tercer viaje de 59-62 d.C. a causa de continuos impedimentos, si bien se declarara "pronto a predicar el Evangelio también a vosotros de Roma" (Rm1,10-15).
El hecho que sea pues cierta la presencia de Pedro en Roma, daría por consecuencia como noticia cierta la precedente travesía del meridiano sur. La multiplicidad de las referencias salentinas hace por ejemplo pensar en un real paso pedrino en los lugares que hemos citado, también porque las antiguas rutas marítimas que hicieron llegar a Roma mercancías y personas tenían como desembarque justo los lugares hasta aquí recordados. Abundancia de señales y referencias también encontramos en San Pedro en Bevagna, la localidad marítima de Manduria, a mitad de camino entre Tarento y Gallipoli, y que conserva en su topónimo la antigua tradición pedrina. Manduria es ciudad antiquísima, de origen pre-romana, con importantes restos de la lejana civilización messapica (necrópolis, murallas), y también es recordada por Plinio (23-79 d.C.), en la Historia Naturalis por su inagotable Fuente, después llamada "Pliniana". Justo junto a la necrópolis messapica, siempre rica de sorpresas arqueológicas, surge la antiquísima iglesia de San Pedro Mandurino, provista de un hipogeo a columnas cavadas en la toba, adornada de frescos que algunos estudiosos (entre los cuales Petrucci) considera al menos en parte paleocristianos. Sobre esta construcción subterránea, un magistral fresco representando a San Pedro acoge al visitador: sobre ello se encuentra una incisión que en este "templum vetustissimum" es consagrada "apostolorum principi".

El antiguo ritual de la procesión que desde tiempo inmemorial se desarrolla en Manduria en San Pedro en Bevagna quiere justo hacer memoria del desembarco del apóstol, debido, según la tradición pedrina, a un naufragio. Señales de un antiguo naufragio, para decir la verdad, son bien evidentes a pocos metros de esta costa: los bien conocidos sarcófagos de mármol tosco que hacen bella muestra de sí sobre los transparentes fondos marinos. Se trata ciertamente de manufacturas de época romana, que remiten a los primerísimo siglos d.C., pero no es cierto posible establecer si son procedentes de la misma nave que llevaba al apóstol. Cierto es que el desembarque a San Pedro en Bevagna era a menudo etapa obligada para los antiguos marineros, sea por el abastecimiento de agua (el Chidro es uno de los raros ríos locales sobre la parte iónica del Salento), o sea por el abastecimiento de la sal, tan indispensable para la conservación de los alimentos transportados (y bien presente en la cercana salina De’ Monaci).
Según el estudioso local Antonio Bentivoglio (1946-2005), "San Pedro en Bevagna era desde la época romana, pero también pre-romana, etapa obligada en la ruta Otranto-Leuca-Tarento, porque la navegación era de cabotaje: pequeña navegación comercial que se desarrollaba entre un puerto y otro". De hecho en la iglesia costera de San Pedro en Bevagna es conservada, tras el ábside, la "pila bautismal de Pedro" y la "piedra" del altar sobre la cual Pedro habría celebrado las primeras misas itálicas. Según Bentivoglio la antiquísima costumbre de las "perdonancias", celebrada todavía el 3 de abril, se remonta a los tiempos apostólicos de conversión bautismal y catecumenado penitencial. En los últimos años, un ulterior acontecimiento arqueológico tiene de nuevo puesta la atención sobre el paso del apóstol en estos lugares: en el terreno entre la iglesia de San Pedro Mandurino y la necrópolis ha sido casualmente encontrada una lápida bimilenaria, de piedra viva, que parece hacer memoria justo al príncipe de los apóstoles. Allí está en efecto incidida la inscripción "PETRO VI.SI.ET." (“A Pedro sea la vida eterna"). En el escrito "El epígrafe paleocristiano de Manduria en el cuadro de la tradición pedrina", compuesto el 5 de julio de 95, Antonio Bentivoglio afirma: "La datación de la lápida nos viene del "cursus" de las cartas, que es aquel de la capital cuadrada romana, y también del estilo del texto. Además ha sido encontrada la presencia de restos de minio, un compuesto químico con el que se recubrieron los caracteres incididos, porque el minio, oxidándose, adquiría un color rojo, y eso es una indicación de la importancia del acto dedicatorio. A la luz de todo esto afirmamos que tal inscripción deba referirse a San. Pedro, fundador de la Iglesia de Roma".
Según Bentivoglio, para confirmar la autenticidad de la lápida dedicatoria, ahora engastada en la Biblioteca "Marco Gatti" de Manduria, también hay algunos "errores" típicos de la epigrafía cristiana antigua como la "E" en lugar de la "Æ", o bien la ausencia en la misma "E" del asta horizontal superior. Además del dativo "PETRO" y además de las tres palabras abreviadas ("VI" por Vida, "SI" por Sit, "Et" por Eterna), aparece en un siguiente renglón una "A" apuntada que está por AMÉN, por la cual se deriva la lectura: "Sea la vida eterna a Pedro. Amén".

Además la señal del ancla, presente en el lado izquierdo de la losa, confirmaría la ubicación entre la paleografía cristiana. ¿Es posible que tal lápida haya sido incidida en seguida de la noticia de la muerte de Pedro? Quizás llegó la voz, a los convertidos de aquellas tierras, de la crucifixión del apóstol bajo Nerón. Aquélla muerte que, como dijo Juan, Cristo le había presagiado (Jn 21,18ss). El escritor latino Latancio así relata: "Ya desde algún año reinaba Nerón, cuando llegó a Roma el apóstol Pedro y, obrados algunos milagros por la virtud y el poder que Dios había infundido en él, convirtió a muchos a la verdadera fe y levantó a Dios un templo fiel y duradero. Nerón, tirano malvado y pérfido como era, cuando eso le fue referido, y se enteró de que cada día, no sólo en Roma, sino en todos los lugares, numerosas personas desertaban al culto de los antiguos dioses y, condenada la vieja religión, pasaban a la nueva, se puso con todas las fuerzas a derribar el reino celeste levantado por el apóstol y a destruir la verdadera fe: persiguiendo primero a los siervos del Señor, hizo crucificar a Pedro y decapitar a Pablo". Según Origenes, Pedro "llegado por fin también a Roma, fue crucificado cabeza abajo, forma de martirio que él mismo consideró justa" no sintiéndose digno de morir como Cristo. Y Caio, citado por Eusebio, añade: "Yo les podría mostrar las tumbas de los apóstoles: si tú quisieras venir a las colinas Vaticanas o a la calle Ostiense, encontrarás en efecto los monumentos sepulcrales de los que han levantado esta nuestra iglesia."

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