Santa Hildegarda. Los albores de la ciencia en su fe
autor: Mario Gargantini
fecha: 2012-05-15
fuente: Gli albori della scienza nella fede di santa Ildegarda
(Las albores de la ciencia en la fe de santa Hildegarda)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Siempre ha sido considerada santa, Hildegarda de Bingen, pero ahora lo es oficialmente, proclamada en los últimos días por su compatriota Papa Benedicto XVI, que empieza a insertarla en la lista de los “doctores de la Iglesia”; sacándola de las clasificaciones del pensamiento Nuevo Era y de un ecologismo panteísta, a los que a menudo ha sido impropiamente avecinada, para reconducirla definitivamente en el álveo de la tradición cristiana en la que ha nacido y crecido.
Hildegarda era una monja benedictina alemana, que ha sabido conjugar los vértices de la experiencia religiosa con una inteligente atención a los fermentos culturales de su época y con una apasionada participación en los hechos sociales, eclesiales y políticos que afligían al Sagrado Romano Imperio. Estamos en pleno siglo XII, una época de gran dinamismo, de contrastes, de nuevas ideas. Elegida abadesa joven, su fama se difunde rápidamente, llegando también a oídos del papa Eugenio III que lee personalmente sus escritos durante el sínodo de Treviri y, en el concilio de San Bernardo, da a Hildegarda el permiso de revelar lo que el Espíritu le inspiraba animándola a escribir.
De su intensa y poliédrica actividad de estudiosa, nos quedan así muchas obras de carácter teológico, musical, científico; obras, que por la fusión de textos, imágenes y músicas podríamos clasificar como "multimediales". Hildegarda ha utilizado de modo potente el instrumento de las imágenes, sacando y reformulando el gran patrimonio de la imaginación medieval, que no era simple fruto de la fantasía sino estaba cargada de significados y de valores. Sus visiones son en efecto extraordinarias figuras intelectuales desarrolladas sobre la base del imaginario colectivo de la época (ya que Dios le hablaba desde el interior de su cultura) en el que estaban activos también elementos naturalísticos y astrológicos heredados de la antigüedad precristiana.
Hay que notar que para Hildegarda las visiones no eran momentos de éxtasis y tanto menos de trance: por admisión suya y de los testigos, durante la visión ella no perdía nunca el control, siempre mantenía el contacto con la realidad y era plenamente consciente, incluso en los sufrimientos que acompañaban aquellas raras experiencias. Podemos entender luego las visiones como modo especial de "ver", un modo particular de entrar en relación con la realidad, un modo directo, capaz de ir a lo profundo, de intuir lo verdadero, de captar nexos y relaciones, de imaginar posibilidad y por tanto a veces también de prever hechos futuros.
Para nosotros hombres del siglo XXI, es difícil madurar una conciencia de la red, articulada y profunda, de correspondencias entre nuestra humanidad, física y espiritual al mismo tiempo, y el cosmos. No así para Hildegarda, para la cual el misterio percibido en la contemplación de la naturaleza no es tanto aquel del cosmos en sí, cuanto aquel de nuestro misterio reflejado en aquel del cosmos. Sus visiones se introducen en el surco de cuantos han investigado el significado de las semejanzas entre las estructuras del hombre y aquellas del mundo. Si al primero se le ha mirado como a un universo completo pero miniaturizado, un microcosmos, el segundo ha sido visto como un Cuerpo Total, un Todo humanizado.

En las primeras décadas del siglo XII el tema del macrocosmo tuvo gran difusión: la escuela teológica de Chartres fue el lugar privilegiado de la profundización de una doctrina fundada, con referencia al Timeo de Platón, sobre el paralelismo entre macrocosmo y microcosmos. Los monjes cistercienses la hicieron propia y la enriquecieron; pronto se encontró expresada y compartida en todos los centros de cultura, participada en todas las mentalidades. A nivel iconográfico, el modelo más difundido en la Edad Media de la relación entre microcosmos y macrocosmo era aquel del hombre zodiacal, con la figura humana al centro de uno o más anillos sobre los que se encontraban representados los signos del zodiaco.
Con Hildegarda aparece un motivo nuevo o por primera vez elaborado con claridad: el hombre “resplandor de belleza y de luz” es representado como el núcleo central de un cosmos a círculos concéntricos, abrazados por Dios uno y trino. La imagen tiene una vehemente semejanza con la de la Trinidad de la misma Hildegarda, que lleva al centro a Cristo. El Renacimiento habría retomado esta iconografía reduciéndola a solas componentes geométricas - proporcionales (piensen en el hombre con los brazos abiertos de Leonardo), confiando a ellas el valor de alusión cosmológica.
Estas referencias nos llevan a hablar de la obra científica de Hildegarda que, si es enfocada con ojo superficial, puede hacer sonreír al investigador moderno, acostumbrado al implacable rigor de los formalismos matemáticos. Un análisis más atento y libre de preconceptos, sabe en cambio localizar, entre los pliegues de un lenguaje imaginativo, sugerencias e indicaciones que tocan el corazón de las cuestiones más debatidas en las ciencias físicas, químicas y biológicas.
Como por ejemplo la exigencia de superar una visión determinista y cerrada de la realidad para revelar aspectos imprevisibles y sutiles. Una de las obras científicas de Hildegarda se titula justo “El libro de las sutilezas de las criaturas divinas”, a indicar aquella característica singular, la subtilitas, que cada serio observador no puede evitar descubrir si sólo acerca la naturaleza con la disponibilidad a ver más allá de lo que aparece, a superar el sentido común. Es interesante notar como ocho siglos después, reflexionando sobre las paradojas emergidas por las conquistas de la física moderna, Albert Einstein repita la misma expresión respondiendo a quien aludía un cosmos ya convertido en incognoscible: “Sutil es el Señor, pero no maligno”.
Para lograr captar las sutilezas de la naturaleza, el planteamiento galileiano-newtoniana, que extrae de la naturaleza sólo los factores cuantitativos, se revela insuficiente. Emerge hoy la necesidad de ampliar el equipo metodológico de las ciencias reintroduciendo, por ejemplo, instrumentos de pensamiento como la analogía: localizar analogías de forma, de estructura, de funciones, de organización, de finalidad, puede ayudar a construir modelos más adecuados para una amplia gama de nuevos fenómenos. La entera obra de Hildegarda se basa en el uso de la analogía y del símbolo: a través de tales instrumentos ella intenta comunicar no sólo las ideas sino también la experiencia, incomunicable a palabras.

Otro de los conceptos base de Hildegarda es la concepción unitaria de la creación, que es rica en implicaciones por su actividad científica y médica. No es posible conocer separadamente la estructura del hombre de la estructura del cosmos: ellas se compenetran y se rigen por una radical analogía que deriva del tener una causa común, la Trinidad. Todos los elementos de la creación se reflejan en el hombre y el hombre se refleja en los elementos, pudiendo contribuir a una mayor o menor armonía del universo.
Esta misma concepción ha sustentado la actividad de asistencia y cura de enfermos que Hildegarda asiduamente ha desarrollado: dispensando consejos e indicaciones prácticas, redactando recetas de fármacos y medicamentos, asistiendo directamente a religiosos y laicos enfermos. Según el típico enfoque medieval, salud del cuerpo y salvación del alma están estrechamente correlacionadas; por lo demás una y otra son indicadas, en latín, por la única palabra salus; así en sus obras, la medicina es concebida esencialmente como una terapia que ayuda a vivir como le gusta a Dios. El hombre puede contribuir a la propia redención con una mesurada conducta de vida; por consiguiente los medicamentos son siempre entendidos como reglas de vida y viceversa. En la naturaleza el hombre encuentra los constituyentes elementales de su cuerpo; si interviene la enfermedad (que es falta de viriditas, concepto con el que Hildegarda indica la energía inherente a cada cosa con la que la potencia del Creador sustenta la creación), en la naturaleza él encontrará todo lo que puede sustentarlo y reponerle las fuerzas: “[El Señor] en este mundo ha circundado al hombre de todo y esparce cada cosa de gran fuerza, de modo que la entera creación asista al hombre en todo”.

Hay una tensión que atraviesa casi desapercibida el mundo contemporáneo: ella se puede definir necesidad de una visión unitaria (holística) del hombre, de la naturaleza, de Dios. Ella a menudo aflora deformada en las corrientes esotéricas, o bien conceptualmente articulada en los ámbitos de la ciencia como la biología, la química y la física. A veces un poeta o bien un pintor, nos dan sugestivas representaciones a través del dinamismo estético con que invaden al mismo tiempo cielo, tierra, hombres, cosas. La tradición cristiana en su historia, ha conocido no sólo esta tensión, sino ha sabido elaborar, a través de la actividad y la reflexión de algunas de sus grandes personalidades, un desarrollo crítico coherente. Hildegarda de Bingen es luminosa testigo de la visión holística de la tradición cristiana, visión que no ha sido para ella sólo fulmínea intuición, pero también, y sobre todo, ejercicio potente de una mirada y un pensamiento abiertos a la totalidad de lo real.
Conocer la historia, las visiones, la doctrina, el saber de Hildegarda es introducirse en una concepción de la existencia integralmente positiva; es descubrir que, en la constelación de las grandes personalidades cristianas, brilla también la figura de esta profetisa teutónica.

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