Si Cristo no fuera más escándalo y locura para hombres ...
autor: Hans Urs von Balthasar
fecha: 1984-08-29
fuente: Se Cristo non fosse più scandalo e follia per uomini e popoli
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "America americhe 1984: l'impossibile tolleranza?", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "América américas 1984: ¿la imposible tolerancia?")
traducción: Carmína Vasquez

Mis queridos oyentes, el tema que me han reservado - Si Cristo no fuera más escándalo y locura para hombres y pueblos - tiene un título bastante teatral, aunque exprese perfectamente el intento de ustedes. El mío será aquel de reinsertarlo en su contexto bíblico, así que se vuelva plenamente comprensible.

Escándalo es una palabra del Evangelio y proviene sin duda del Cristo mismo. Significa exactamente: trampa que se encierra sobre el animal, pero también piedra de tropiezo, obstáculo que puede hacer tropezar y caer. Locura es una palabra usada por San Pablo para poner en evidencia que la sabiduría de Dios, manifestada sobre todo en la Cruz del Señor, supera y contradice cada sabiduría puramente humana y a esta última puede aparecer como insipiencia como locura. Para entender bien hace falta añadir enseguida la frase paulina: "La locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres"(1Cor 1, 25).

Tomemos en examen, primero, la palabra escándalo que en el Nuevo Testamento aparece 54 veces. Hay dos tipos de escándalo: aquel de los hombres que seducen a los débiles, los pequeños, los que creen en la existencia del pecado y a los cuales haría falta atacar una piedra al cuello para hacerlos hundir en el mar. La libertad humana es amenazada por su misma debilidad: desdichados los que abusan de ella. Pero hay otro escándalo, aquel del Cristo mismo, sobre todo del Cristo crucificado, escándalo inevitable para la entera razón humana, escándalo intencional e instituido, de toda manera, por el mismo Señor, ya que está escrito: "He aquí, yo pongo en Sión una piedra de tropiezo, una piedra de escándalo; pero quien cree en ella no será confundido" (Rm 9,33).

Si Dios instituye el escándalo en Sión, da enseguida también el modo para evitarlo: quien cree en él - es el Cristo aquel de quien se habla - no será confundido. ¿Pero quién es el que cree no sólo por una parte del camino como la muchedumbre, como la mayor parte de los apóstoles, sino hasta el final escandaloso, como aquellas pocas mujeres como Maria y el discípulo predilecto? Únicamente el que se adhiere hasta el final. San Pedro repite: "He aquí, yo pongo en Sión una piedra angular… y quien pone sobre ella su fe no será confundido" (1Pt 2,6), y añade: “Ellos se tropiezan porque no creen en la Palabra", (1Pt 2,8) porque sólo creen hasta que les gusta y les parece razonable y no hasta que la Palabra dura, y es decir hasta la infamia de la Cruz, en la cual toda la sabiduría y la potencia humana parecen confusas, en la cual parece contradicha cada palabra del Cristo mismo, en la cual parece apagada cada esperanza en él, el Mesías. Será necesario mucho tiempo, también después de la Resurrección, para que estos discípulos se convenzan que su fe era insuficiente: el anuncio de las mujeres les parece "puros cuentos", (Lc 24,11), Jesús tiene que regañarles su incredulidad (Me 16,14).

He aquí el segundo término. La locura. No se quiere creer si no a todo lo que se entiende con la propia humana sabiduría, a lo que también entra en las propias categorías incluso las más sublimes: lo que las supera, la sabiduría de Dios, aparece irracional. Nosotros somos aquellos sabios y aquellos capaces a los que, según las palabras de Jesús, Dios ha escondido su misterio; mientras los pequeños no distinguen lo que todavía comprenden de lo que no comprenden más, pero proceden sin indecisión y tragan, por así decir, todo de un solo bocado. Según las palabras del Cristo, ellos son los únicos a quien revela toda su sabiduría misteriosa.

En las categorías de los sabios y capaces juntos, Pablo incluye sea a los Judíos que los Paganos. Los Judíos piden signos para creer, sólo creerán en lo que habrán visto, el apóstol Tomás será él último en el Evangelio a reclamar la visión. Los griegos están en busca de la sabiduría, también ellos limitan su consentimiento a lo que les parece sabio, su capacidad de comprender las cosas intelectuales será la peor piedra de tropiezo. Tienen una filosofía sutil pero cerrada, con una atadura para arriba, sin abertura a una cosa que los supera. Si construyen un altar a un Dios desconocido, es todavía dedicado a una de aquellas numerosas divinidades incluidas en su bien conocido Olimpo. Más allá no hay que un "destino" que ya no interesa la sabiduría, porque él mismo no la tiene . Todo esto está quizás mucho más cerca de nuestra época que no a aquella de Jesús, aunque el problema sea siempre el mismo.

Pero hemos progresado mucho en sabiduría puramente humana, sea ampliando inmensamente el campo de nuestros conocimientos cósmicos, psicológicos y sociológicos, sea reduciendo problemas un tiempo filosóficos, y en un cierto sentido abiertamente discutibles, en resultados adquiridos de las así llamadas "ciencias humanas", sea sencillamente prohibiendo - y éste es el positivismo - poner el problema de la causa última (problema considerado insoluble) para limitarse a las cuestiones solubles de las relaciones intramundanas .

Los Rusos, a partir de su materialismo, se obstinan en descubrir nuevas armas de guerra, pero cualquier futuro auténtico de la ciencia humana es excluido de estas búsquedas. He aquí a qué punto estamos, todos juntos, Países del Este y países occidentales. Al Este predomina el materialismo, en Occidente el positivismo. Y no creáis que esta evolución se detenga delante de las puertas de la Iglesia. Hoy más que nunca la Iglesia es amenazada por una laceración que la divide hasta el final en dos campos que, girando ambos alrededor del escándalo y a la locura divina, son nocivos en igual medida. Lo que es llamado "progresismo" es un abierto rechazo del escándalo, se tiene que adaptar la doctrina cristiana a la comprensión del hombre de hoy.

Ciertos exegetas de las dos orillas del océano se aplican en eso eliminando como superadas sea algunas palabras de Cristo que aluden a su próxima resurrección y muerte, sea sobre todo, y aquí se unen a ellos célebres teólogos, el sentido de la Cruz como sacrificio ofrecido al Padre "pro nobis". Ya que Jesús no ha mencionado el sentido salvador de su muerte ni por el pueblo de Israel, ni por toda la humanidad, esta interpretación de la Cruz tiene que ser una piadosa invención de la teología tardía (como se dice normalmente) de San Pablo y de San Juan. Antes que un sacrificio vicario por el pecado del mundo, hace falta mostrarles un testimonio supremo del amor paternal que, siempre siendo infinito e incondicional, no necesita ser reconciliado y es por lo demás incapaz de cambio. No se trata de una cólera divina que, a través de la Cruz, debería ceder a un amor ya total. ¡Pero, nosotros contestamos, qué extraña locura de Dios, demostrar su afección por nosotros entregando a su Hijo eterno a aquel atroz suplicio, no para la remisión de los pecados, sino como prueba de su amor! Esto no es cierto lo que piensa el Nuevo Testamento y sobre todo la Carta a los Judíos.

Dejemos aparte todas las teorías que ven en Jesús solo una especie de profeta (se encuentra en muchos libros hebreos contemporáneos que reclaman a Jesús por Israel), ellas no ven que el cumplimiento del antiguo Testamento también es un derrocamiento (¡acabada la Tierra Santa! acabado el pueblo étnico: ¡partan, vayan en el mundo entero para anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos! Desde entonces, como han sentido con inmensa alegría a los Padres de la Iglesia, el mundo entero es tierra santa.). Dejemos también aparte a todas las iglesias laterales y sectarias que se refieren únicamente a un Jesús histórico, o a una Biblia literal y que no quieren aceptar una presencia perpetua y activa del Espíritu Santo de Jesús en su Iglesia santa, sacramental e institucional, como Cristo la quiere que instituye a Pietro jefe de su Iglesia indefectible y Maria madre de toda la comunidad santa: el Cristo de ésos quedará abstracto e inaccesible o bien el aproximación con él será pietista, subjetivo y meloso.

Pero esta última reflexión nos lleva a un nuevo aspecto del escándalo y la locura divina: la Iglesia del Cristo participa íntimamente en estas calidades, pero sólo si profesa una fe total en la Cruz salvadora del Señor. Una Iglesia liberal y progresista no necesita ser perseguida, se elimina por sí sola. Pero añadimos una palabra sobre la tendencia contraria: el tradicionalismo. Ello no niega expresamente el escándalo del Cristo y aquel de su Iglesia, pero el centro de su interés está en otro lugar: en la afirmación que no se tiene que tocar el depósito transmitido que por ello se expresa ante todo en la "letra": la "letra" de la misa de Pío V, la "letra" de los Concilios anteriores al Vaticano II el que, interpretando algunas verdades según el Espíritu, habría traicionado la "verdad literal" y sería por tanto inaceptable. Es ésta la negación implícita de la presencia de Cristo por medio [!?] del Espíritu en la Iglesia de todos los tiempos, por lo tanto también en la de hoy.

El cisma representado por el tradicionalismo extremo y antirromano no es más que una nueva forma de un literalismo sobrevenido después de cada Concilio ecuménico importante, desde Nicea y Calcedonia. Es una forma de racionalismo que, en lugar de creer en el Espíritu que reina en la Iglesia, confía en el propio saber, del propio mayor saber, y traiciona por lo tanto la loca sabiduría de Dios para adherir a la propia humana sabiduría. Pero hay un fenómeno afín del cual no queremos olvidarnos: podemos fijarnos a tal punto y de modo unilateral sobre el concepto de escándalo cristiano y locura de Dios que hacemos de ello una teoría englobante que ya no deja espacio a una sabiduría divina más allá de [¿cuánto!?] estos conceptos expresan. Entonces la locura divina se convierte para mí en una cosa espiritualmente manipulable, un método filosóficamente aplicable, una dialéctica. Es de este modo que el Luteranismo llega a hablar de un Dios cuya sabiduría tiene necesariamente un aspecto diabólico, que la Bondad divina es al mismo tiempo Cólera divina, cosa que, al final, conducirá al racionalismo dialéctico de Hegel para el cual la Cruz, el viernes Santo es, como él dice, especulativa, es decir la ley misma de la razón, que se llama humana o divina.

La danza sagrada que los filósofos de hoy hacen alrededor del hegelismo, última etapa de la filosofía antes del materialismo y del positivismo, se revela infecunda y estéril, sólo se gira alrededor de sí misma, olvidando cada vez más el verdadero misterio: aquel de la Cruz y de su presencia real en la Iglesia de todos los tiempos a través del Espíritu. Ninguna sabiduría humana puede manipular el escándalo cristiano y la locura de Dios según la propia medida. Y es justo lo que tenemos que recordar a las dos Américas, que este año constituyen los temas de este Mitin, aunque sus ideologías sean bien diferentes y en muchos puntos hasta opuestas.

La América del Norte, que está en cabeza en las investigaciones técnicas, sociológicas y psicológicas tiende a erigir la razón como un absoluto. Concederá un propio puesto al fenómeno religioso, en cuanto actitud humana privilegiada, pero no se cuidará del lado objetivo de esta o aquella religión que se presentará como revelada, conocerá una tolerancia sin límites para todas las formas, aunque totalmente contrarias entre ellas, de expresiones dogmáticas o casi dogmáticas; y llevará esto a la convicción que todos aquellos que creen en algo sagrado serán para los cristianos unos cristianos anónimos, como serán, por ejemplo, para los budistas unos budistas anónimos. Sobre la guía telefónica de Los Ángeles hay en fila páginas y páginas de Iglesias de todos los tipos cuyos templos pasan a menudo de una secta a la otra. Un aspecto de escándalo, en esto, es una locura más humana que divina, una locura que no preocupa a nadie; como en Italia han sido suprimidos los manicomios, así en los Estados Unidos se tolera con benevolencia cada forma más o menos inofensiva de creencia religiosa de los hombres.

Se podría decir que es preocupante el hecho que en el Continente no pueda existir persecución para una Iglesia que conserva, a su centro, el verdadero escándalo cristiano. El cristiano, basta que se porte de modo moralmente tolerable para la sociedad, será dejado trawnquilo. El moralismo general habrá vencido el partido y el testimonio cristiano, que para nosotros lleva al martirio, le será sometido como una especie al género. Ciertamente, habrá la lucha de las razas (y no de las clases) y Martin Luter King, óptimo cristiano, será el mártir de esta lucha, pero su muerte será más bien la victoria de una raza que de una religión.

En la América del Sur encontramos un racionalismo totalmente diferente. Es, y aquí hace falta simplificar, la lucha entre dos formas racionalistas y políticas de comprensión del cristianismo. No merece la pena insistir sobre el así llamado catolicismo de los así llamados opresores, que podría casi siempre reducirse a una forma de tradicionalismo la cual permite a una clase dirigente la expresión clásica de una fe católica limitada a repetir un Credo y a la práctica de los sacramentos. De todo esto, escándalo y locura son excluidos. Mientras catolicismo y derecho político son juntados íntimamente. El contrario de esta amalgama es más difícil de definir y es conocido como teología de la liberación. El problema es saber en que sentido se trata de una teología cristiana propiamente dicha o de un movimiento sociológico que se sirve, con razón o injustamente del Evangelio.

No dudo absolutamente de la buena fe de muchos, hasta de la mayor parte de aquellos teólogos que se reconocen en la teología de la liberación. Pero la pregunta terriblemente candente es otra: ¿con qué derecho se sirven del Evangelio y de su escándalo para hacer política? La opción para los pobres puede ser central en la actitud de Jesús, ¿pero en eso Él ve sólo los materialmente pobres o todos los pobres diablos no más bien indigentes o ricos que fracasan su entrada en el Reino de los Cielos? Hay, ciertamente, la dificultad de los ricos de pasar por el ojo de la aguja y la fuerza de textos parecidos. Pero no son ni la riqueza ni el poder político que para Jesús separan el Reino en dos campos. El pobre que no posee ningún confort en tierra es más abierto a la Buena Nueva que el rico lleno de preocupaciones económicas. ¿Pero hace falta quizás ayudar al pobre a adquirir una parte de este bienestar?

Hay, sin duda, un límite muy estrecho entre miseria, que tiene que estar en todos los casos suprimida, y pobreza, que puede ser una gracia que nos acerca al Reino. Charles Péguy con mucha razón nos ha inculcado esta distinción, él no hace otra cosa que seguir la parábola del Samaritano. Y es la caridad cristiana, ella sola, que nos debe animar a seguirlo, una caridad que inspira una política, pero que no se identifica con ella. Entre las dos hay una diferencia de nivel. Dos jesuitas franceses nos lo dicen bajo cada punto de vista: P. Fracou que trabaja en Chile y que nos ha dado aquel libro con el título famoso: "Antes (de todo) el Evangelio", es decir antes de la política. El restablece el escándalo de la Cruz única de Cristo y prohíbe confundirlo con el de la miseria humana.

P. Pierre Ganne, mi viejo amigo durante los estudios teológicos, que desgraciadamente ha muerto, en su nuevo libro sobre el Espíritu Santo nos inculca: concepto de Alianza es que sólo el hombre libre es capaz de establecer relaciones verdaderas, es el hombre libre que se vuelve justo y no el hombre justo que se vuelve libre. El éxodo empieza con la liberación; después, dentro de esta liberación (obrada por Dios) se puede pedir al pueblo que establezca relaciones justas. La decisión de justicia empieza en el del hombre; si su corazón es esclavo, él no puede tener el concepto de relaciones justas, miren a Lenin. No hay ejemplos de revoluciones que no hayan reforzado el régimen administrativo y policíaco. No olvidemos que Satanás se disfraza de ángel de luz. Nuestras ilusiones a menudo son con base a la generosidad. La libertad de los otros no es algo que yo elijo. No soy su fuente. La perversión del paternalismo lleva a proclamar: yo elijo tu bienestar, tu felicidad. Ahora, el mundo está lleno de esta pretensión, de elegir nuestra felicidad, es hasta un tema político. En este mundo el Evangelio es ininteligible. Lean todo el libro, publicado por Centurion, 1984. La politización de la caridad es por lo tanto otro modo de pervertir la locura de la Cruz.

Pero les dejemos a los latino-americanos su chance de encontrar en su situación extremadamente difícil el equilibrio que permita de unir teología y política sin identificarle. Concluimos recordando que el escándalo de la Cruz y la locura de Dios no son para nada eslóganes a nuestra disposición. Ambos los términos, cuyo significado converge, no son otra cosa que la expresión del hecho que la Sabiduría divina nos supera infinitamente. San Pablo lo repite en todas las lecturas. Esta sabiduría nos supera, pero no nos es sustraída. Habiendo acabado con inculcar el misterio de la Cruz, padecida “pro nobis”, el apóstol continúa: Ayuda sí, la sabiduría que nosotros exponemos entre los (vueltos cristianos) perfectos, Dios la ha revelado a nosotros a través del Espíritu que escudriña cada cosa, como también las profundidades de Dios. El hombre terrenal no acoge las cosas propias del estado de Dios; para él son necedades y no puede entenderlas, porque es gracias al Espíritu que se juzga. Pero el hombre espiritual juzga todas las cosas, porque, nosotros poseemos el pensamiento de Cristo. Nosotros lo tenemos, no como una posesión, sino siempre como don. Y este don nos es dado no para nosotros, sino para ser comunicado y este don libertador sólo se difunde en la comunión. Es la comunión que libra y es la libertad, ella sola, que vuelve posible la comunión. Pero nosotros no construimos ni la libertad ni la comunión. Ambas y su unidad son pura gracia de Dios

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