Solamente un hombre libre cumple el deber de la verdad
autor: Vincenzo Buonomo
fecha: 2008-12-01
fuente: Solo un uomo libero può compiere il dovere della verità
traducción: Jorge Enrique López Villada

Libertad religiosa: un derecho sin límites. Un método inductivo ayuda a localizar el exacto alcance de la noción de libertad religiosa y su relación con las prerrogativas de la persona y con el entorno circunstante.

“Hay un orden en el universo y en la cúspide está Dios". Es la imagen con la cual André Frossard (1) explica su elección de fe, en la libertad, con una expresión que puede ayudar eficazmente a captar el concepto de libertad religiosa: la capacidad, libre, de la persona de satisfacer la necesidad de remontar las circunstancias humanas para encontrar sus raíces. Una perspectiva fascinante y al mismo tiempo un proceso siempre en devenir que muestra la religión como un "hecho religioso" y como una "realidad institucional" que concierne, no sólo a la esfera privada del creyente, sino que tiene una dimensión pública relevante en el ámbito de los Estados y en la más amplia comunidad de los pueblos. Es importante resaltar este último aspecto sobre la complejidad de un derecho como el de la libertad religiosa, motivada por el amplio contenido de historia, doctrina, proclamaciones, como incluso de cambios en las ideas, en la cultura y en las fuentes de la normatividad.
La búsqueda de significado impone solucionar una primera cuestión: delimitar el contenido de la libertad religiosa. No para privarla de algunos de sus componentes o para restringir su alcance, sino exclusivamente para evitar una errónea o al menos parcializada interpretación. Puede ser entonces conveniente - o quizás también necesaria - una metodología inductiva para aclarar enseguida sentido y significado localizando así aquellos elementos que son extraños o que, en todo caso, no constituyen la esencia y el valor de la libertad religiosa.
La imagen ofrecida por Frossard muestra que la persona no tiene la facultad de ser o proclamarse ley suprema de ella misma poniéndose, por tanto, como completamente independiente de Dios. Una lectura así caería en una visión según la cual la libertad humana se convierte en la fuente exclusiva de los comportamientos de la persona, de su obrar, incluso también de su perfil religioso. Además, si se aceptara una tal disposición, la persona se vería exonerada de cualquier ligazón o deber religioso, llegando de este modo a admitir que a cada uno es dado arbitrariamente el establecer si tiene que creer o no. Negación e indiferencia serían consecuencias, por decir lo menos, obvias.
La libertad religiosa, entonces, no puede significar que la persona pueda poner legítimamente sobre el mismo plano verdad y error y por tanto, creer que todas las creencias o las formas de religiosidad (o las que se proclaman como tales) sean equivalentes. Haciendo así, en efecto, la libertad religiosa sería equivalente a aquella tolerancia aplicada a las llamadas formas de "nueva religiosidad" (new age) también frente a evidentes violaciones de derechos y de libertad. Ciertamente la reflexión se impone cuando, por ejemplo, las garantías internacionales del derecho a la libertad de religión asemejan las religiones tradicionales a las nuevas formas de religiosidad, las religiones teísta a aquellas no-teístas.(2)

Además, hay otro elemento que está en la relación entre libertad de religión y libertad de convicción o credo. Hasta los años noventa del siglo XX los dos elementos estuvieron en estrecha correlación (mejor, oposición) para permitirles a los partidarios del ateísmo de Estado justificarse en los comportamientos omisivos o de la intolerancia. Hoy, en cambio, la expresión "libertad de convicción" es puesta como “pendant” a la libertad de religión, dejando percibir la idea de que el derecho a la libertad de convicción o credo ya no sea más equivalente de la libertad de profesar y difundir el ateísmo, sino más bien un derecho a no profesar religión alguna o credo, o a profesar una "propia", personal y autónoma creencia. Es el fenómeno de los “individual believers” en que confluyen tanto tendencias a legitimar comportamientos lejanos del hecho religioso, como incluso de la dimensión institucional de las religiones.

Autonomía de la persona

A la luz de estas aclaraciones, es más fácil mostrar la libertad religiosa como el derecho de cada persona a profesar la propia religión según el dictamen de su conciencia. Un derecho a establecer relaciones con Dios en la intimidad de la conciencia, pero de forma, al mismo tiempo, individual y comunitaria al abrigo de influencias coercitivas que del exterior puedan intervenir, o se crean con derecho de hacerlo. Vuelve aquí la dimensión pública, ya que afirmar la libertad religiosa como derecho fundamental significa sostener la autonomía de la persona no frente a la religión, sino respecto a todos aquellos que querrían limitar el alcance del sentimiento religioso. Tutelar la libertad religiosa, por tanto, tiene como resultado la garantía de la relación entre la persona y Dios, relación que si se ve como relación jurídica, está en condición de señalar "deberes" y "derechos."

Una perspectiva como ésta está presente en la doctrina católica, que al proclamar la libertad religiosa, no afirma que los seres humanos están exentos de las obligaciones que derivan de la religión, sino que la libertad humana es violada si se impide a alguien de seguir su propia conciencia en materia religiosa. Todo esto tiene una fuerte motivación en la misión misma de la Iglesia, en su dimensión de "Pueblo de Dios" que está anclada al mandato divino de "llevar la buena nueva a todas las gentes" [Mt 16,9-20]. En efecto, a trabajar para que esta finalidad pueda ser alcanzada son invitados todos los cristianos, llamados a difundir el mensaje evangélico a todos los hombres. Es un modo de reconocer los derechos de que cada persona – a las que el cristiano es llamado a llevar el anuncio de "la buena nueva" - es portador, depositario y beneficiario: derechos entre los que incluso está aquel de llegar al conocimiento de la verdad y de adherirse a ella libremente.

Y aquí está de nuevo la referencia a la libertad de religión como la libertad de la conciencia a no estar en modo alguno obligado incluso a la elección de Dios. Así se expresa el Concilio Vaticano II en la Declaración Dignitatis Humanae (DH), cuando indica los modos y los medios para difundir "la buena nueva", especificando que en cada forma de apostolado o en la obra por hacer conocer el mensaje cristiano, los creyentes no deben recurrir nunca a medios coercitivos. Más bien, son llamados a afanarse para que cada persona, creada a imagen de Dios, se adhiera a la fe cristiana manifestando un consentimiento plenamente libre que respete su dignidad y su libertad.

La visión católica de la libertad religiosa reclama - y casi impone - este argumento doctrinal y de método a cuantos hacen parte de la Iglesia. Hay una segunda perspectiva que emerge consecuentemente y puede ser fácilmente acogida. La libertad religiosa, que es un derecho fundamental, tiene que ser reconocida a cada persona, no sólo por los católicos, sino por todos los seres humanos y principalmente por quienes están en los poderes públicos y que presiden la vida de cada comunidad política.

Camino secular

La justificación de este interés, traducida luego en un actuar concreto, reside en el hecho que cada uno debe establecer la propia relación con Dios en correspondencia a la ley que Dios mismo ha establecido. Por este motivo, la persona incluso tiene el deber de conocer aquella ley con claridad siempre mayor, utilizando medios idóneos de información y cuando se trata de cristianos, siguiendo la enseñanza de la Iglesia y acercándose siempre más a la voluntad y al designio de Dios. Voluntad y designio que se perciben en el dictamen o voz de la conciencia: lo que emerge es siempre el derecho a no ser impedidos en seguir la propia conciencia. Exactamente lo contrario de actitudes que apuntan a la discriminación en cada forma, al proselitismo coercitivo o a las conversiones forzadas que no reconocen que "la intolerancia religiosa es en grado sumo odiosa y ofensiva a la persona humana; pues de esta manera el hombre es privado de la libertad en seguir los dictámenes de su propia conciencia: dictámenes que considera supremos y sagrados, aun cuando, de buena fe, caiga en el error" [Concilio Vaticano II, Esquema preparatorio "De libertate religiosa" 19. XI. 1963, n. 3 ult. inciso].

Un segundo tema de investigación se sintetiza en esta pregunta: ¿en qué presupuestos se debe basar una correcta visión de la libertad religiosa? Ante todo en la capacidad de la persona de adherirse a los principios y a los elementos operativos de la "comunidad en la que cree" que le permite implicarse directamente también en la vida de la "comunidad en la que vive".
Para el cristiano la búsqueda del origen del derecho de la persona humana a la búsqueda religiosa - derecho hoy universalmente reconocido, incluso con matices diferenciados en cuanto al nivel de protección – reclama un camino secular que va unido con el principio de la experiencia cristiana. Con Jesucristo, por primera vez en la historia, la relación entre los seres humanos y Dios es propuesta en unos términos de una claridad inconfundible, revelándose como una relación inmediata y personal que debe ser configurada y vivida en la verdad y en el amor. Sin quitar nada al actuar en los ambientes sociales. Acciones libres y por tanto capaces de garantizar la plena capacidad de obrar con responsabilidad buscando la realización personal: crecimiento de sí mismos a través del tiempo, haciendo cada vez más intensa en la verdad y en el amor la propia comunión con Dios, como observa el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos del Vaticano II Actuositatem//, 4.
La relación de la religión y la libertad debe ir de la mano con la exigencia de que la dimensión social no obstaculice el ejercicio de aquella libertad, sino que claramente la favorezca. Eso implica, además, que el contexto social no haga presión sobre la persona para que se adhiera a una religión en la cual no cree, y que tampoco, usando la fuerza, le impida la profesión de una fe religiosa determinada.
Armado con esta reconocida dignidad, el creyente está llamado a resistir frente a reglas, leyes o sugerencias de comportamiento emanadas por las autoridades públicas, cuando se trata de actos en contra de la voz de la conciencia y por tanto en contra de los mandatos divinos. Para el cristiano el primer mandamiento es amar a Dios: "Amarás de todo corazón a tu Señor Dios, con toda tu alma y con toda tu mente; éste es el más grande y el primero de los mandamientos" [Mt 22,37]. Y el amor no puede ser vivido más que libremente. Esta línea doctrinal motiva la afirmación del documento Dignitatis Humanae, que dice: "Un elemento fundamental de la doctrina católica, contenido en la palabra de Dios y constantemente predicado por los Padres, es que los seres humanos están obligados a responderle a Dios creyendo voluntariamente; nadie, por tanto, puede ser obligado a abrazar la fe en contra de su voluntad" [10].

Justos límites

Cierto es que en el considerar la libertad religiosa se asume la perspectiva del respeto de los derechos humanos, el martirio cristiano aparece, no sólo como un énfasis de la libertad religiosa, sino también como de libertad de pensamiento y de conciencia. A propósito, las palabras de la "Trilogía" de Pio XI de marzo de 1937, las encíclicas “Mit brennender Sorge”, “Divini Redemptoris” nos son muy conocidas y que aluden, respectivamente, a las situaciones determinadas por el nazismo, el comunismo y el socialismo ateo, y tienen en común la reivindicación de una libertad de religión "compuesta": respeto de la conciencia, del pensamiento, del culto, de la enseñanza y de la acción pública del creyente en la sociedad civil.
Una de las principales cuestiones que se halla en la normas de los Estados y en las tendencias del orden internacional es la cuestión del límite que se puede imponer a la libertad religiosa. Tema complejo más allá de la pura dimensión jurídica - a menudo conflictivo – además también por las visiones y las consecuentes posturas asumidas frente a la dimensión religiosa y frente al mismo diálogo interreligioso. En otras palabras, la posibilidad de anunciar y difundir el mensaje religioso ¿puede estar sometida a restricciones?
El derecho a la libertad religiosa debe ser reconocido por el orden jurídico y sancionado como derecho fundamental, sin embargo, pueden ser aplicados "justos límites" en cuanto al ejercicio. Límites determinados según las circunstancias pero con el necesario discernimiento, es decir, con aquella necesaria "valoración" política conforme a las exigencias del bien común a través de normas conformes al orden moral objetivo, como es el reclamo: "…de la eficaz defensa de los derechos y de su pacífica armonización a favor de todos los ciudadanos, de una adecuada y suficiente protección a la paz pública que consiste en una vida en común fundamentada sobre el concepto de una honesta justicia además de de la debida custodia de la pública moralidad" [DH, 7].

Contra la verdadera naturaleza

Quedan algunos otros aspectos que indirectamente se proponen de alguna manera como límites al ejercicio del derecho religioso, como es el caso de uniones históricas y culturales tradicionales de una comunidad religiosa con una particular nación. Son situaciones que permiten a la comunidad misma recibir especial reconocimiento de parte del Estado; tal reconocimiento, de ningún modo, podrá ejercer discriminaciones de orden civil o social de parte de "otros grupos religiosos" [DH, 6]. Sin embargo, aún son evidentes ciertas situaciones en las que a pesar de que las relaciones entre los aparatos estatales y las comunidades religiosas corresponden a las normas del estado de derecho (rule of law, imperio de la ley) y a las normas del derecho internacional, tal visión no es compartida por todos. Sin embargo "la religión o el credo, por aquellos que la profesan, es uno de los elementos fundamentales sobre la concepción que tienen de la vida y por tanto, aquella libertad de religión o de credo tiene que ser respetada y garantizada plenamente". (3)
Son conocidas, desafortunadamente, situaciones en las que no sólo el derecho a la libertad religiosa es violado, sino que es propuesto de modo deformado respecto a su verdadera naturaleza, como lo demuestran algunos indicadores evidentes en el contexto de las actuales relaciones internacionales. Es el caso de la tendencia a incorporar la religión en el más amplio concepto de cultura, como muestra la decisión de las instituciones europeas que proclamaron el 2008 como el Año Europeo del Diálogo Intercultural, donde se hizo referencia a las "religiones" para luego hablar de "credos" o de "creencias" presentes "en Europa y en otros lugares” que tienen necesidad de ser armonizadas: el instrumento debería ser el diálogo intercultural, que pone la religión en una posición sólo instrumental.
De forma análoga, la Asamblea General de las Naciones Unidas, ha adoptado la posición de institucionalizar el diálogo entre las religiones dentro del ámbito de las Naciones Unidas, creyendo que "la recíproca comprensión y el diálogo entre las religiones constituyen elementos importantes del diálogo entre las civilizaciones y la cultura de la paz"(4), también en este caso, el diálogo interreligioso es vehiculado a través de las culturas.
Frente a estas limitaciones, cada vez más "dilatadas", el cristiano es consciente acerca de las consecuencias sobre las relaciones entre la comunidad religiosa y la comunidad política: la primera se organiza de forma adecuada para satisfacer las exigencias espirituales de sus fieles, mientras que la otra tiene la tarea de establecer relaciones e instituciones al servicio del bien común. Y esto iniciando del respeto de la libertad religiosa que da la garantía de un espacio de acción necesario a la comunidad religiosa.
Como Juan Pablo II recordaba en el Centesimus Annus, "La Iglesia respeta la legítima autonomía del orden democrático y no tiene competencia de expresar preferencias por una u otra solución institucional o constitucional" [47] y ni siquiera tiene la tarea de entrar en los ámbitos de los programas políticos, a no ser por sus implicaciones religiosas o morales. Es el principio de la autonomía recíproca, que no comporta una separación que excluye la colaboración entre las dos comunidades.
Una correcta visión de la libertad religiosa implica entonces una dimensión individual y comunitaria que contempla la libertad de expresión, de enseñanza, de evangelización y también la libertad de manifestar en público el culto, la libertad de organizarse y de tener una normatividad interna, la libertad de elección, de educación, de nombramiento y de traslado de los propios sacerdotes o ministros, libertad de construir edificios religiosos y de adquirir y poseer bienes necesarios para la propia actividad. En resumidas cuentas, la libertad de asociación para fines no solamente religiosos sino también educativos, culturales, de caridad. (5)
Cuando el 18 de abril de 2008, frente a la Asamblea General de la ONU, Benedicto XVI, hablando de los contenidos del derecho a la libertad de religión, expresaba como "inconcebible que unos creyentes tengan que suprimir una parte de ellos mismos - su fe - para poder ser ciudadanos activos; no debería ser nunca necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos". En este momento se advirtió que ese derecho a la libertad de religión es un componente esencial de la vida de los pueblos y de la familia de las naciones. ¿Es quizás por esto que en contra de la libertad religiosa converjan tantas amenazas y obstáculos?

Notas
(1) Dio esiste, io l’ho incontrato (Dios existe, yo le encontré), SEI, Torino 2004, 90-94.
(2) La referencia es al General Comment No.22 (48), del Comité de los derechos Humanos de la ONU, que conciernen el artículo 18
del Pacto internacional acerca de los derechos civiles y políticos, que tutelan la libertad de religión.
(3) Resolución 4/10 del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU de 30 de marzo de 2007.
(4) Resolución 61/221 del 20 de diciembre de 2006.
(5) Cfr. Juan Pablo II, Carta a los Jefes de estado que firmaron el Acta final de Helsinki (1 de septiembre de 1980), 4.

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