Søren Kierkegaard. La contemporaneidad del hecho cristiano
autor: Maurizio Schoepflin
fuente: Søren Kierkegaard: La contemporaneità del fatto cristiano

Sería cómodo confinar a Jesús en los archivos de la historia. Pero el cristianismo es seguir a una persona, no una doctrina. A 150 años de la muerte, la actualidad del filósofo danés.

Søren Kierkegaard escribe en el Ejercicio del cristianismo: "Es como lo Absoluto que el cristianismo ha entrado en el mundo y no para consolar, como querría la razón humana; al revés ello siempre habla de los sufrimientos que tiene que soportar el cristiano o el hombre en general para volverse y ser cristiano… hay una diferencia abismal infinita entre Dios y el hombre; por tanto se ha visto que, en la situación de la contemporaneidad, convertirse en cristianos… es para la razón humana un tormento… Y siempre será así, si el convertirse en cristianos significa en verdad ponerse contemporáneos de Cristo… En relación a lo Absoluto no hay en efecto que un solo tiempo: el presente; para el que no es contemporáneo con lo Absoluto, lo Absoluto no existe para nada. Y ya que Cristo es lo Absoluto, es fácil ver que respecto a él, es posible sólo una situación: aquella de la contemporaneidad" (S. Kierkegaard, Esercizio del cristianesimo [Ejercicio del cristianismo], bajo la dirección de C. Fabro, Studium, Roma 1971, p. 126). El danés Søren Kierkegaard, del cual ha transcurrido apenas el 150° aniversario de la muerte, ha sido uno de los máximos pensadores religiosos de todos los tiempos y una de sus principales preocupaciones fue la de poner al amparo la fe cristiana de cualquier contaminación o facilitación. A su juicio, aquello cristiano es un mensaje radicalmente paradójico que exige del auténtico creyente una respuesta igualmente paradójica. Pero eso es solamente posible si Cristo no es considerado exclusivamente un personaje histórico, por cuanto extraordinario, pero un "viviente", un "contemporáneo" que le pide a cada hombre que lo siguiera "aquí y ahora."

Seguir a una persona
Sería cómodo confinar las palabras, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús entre los acontecimientos remitidos a los archivos de la historia: en tal modo se privaría el Evangelio de su capacidad de adherirse al presente y a la vida de cada uno. La contemporaneidad entonces se convierte en la condición esencial para que cada uno pueda convertirse en verdadero discípulo del Señor: para el auténtico cristiano no se trata en efecto de aceptar una doctrina, sino de seguir una persona. Kierkegaard rechaza un cristianismo "visto a distancia", o bien languidecido y privado de su detonante escándalo: para él, la paradoja de un Dios que se hace hombre no admite cómodos escapes.

Admiradores e imitadores
Kierkegaard establece una neta distinción entre el admirador y el imitador de Cristo: "Señor Jesús Cristo - se lee todavía en el Ejercicio del cristianismo -, Tú no has venido al mundo para ser servido y por lo tanto tampoco para hacerte admirar o adorar en la admiración. Tú eras el camino y la vida, Tú has pedido sólo "imitadores". Entonces despirtanos si nos hemos dejado tomar por el entorpecimiento de esta seducción, sálvanos del error de quererte admirar o adorar en la admiración en lugar de seguirte y parecernos a ti" (Ejercicio cit., p. 290). Segun el filósofo de Copenhague, admirar significa reducir el anuncio cristiano a mera meditación que, resultando fría e impersonal, elimina "el elemento decisivo de la predicación cristiana, el momento personal, este tú y yo", (Ejercicio cit., p. 291). Eso va a estrellarse directamente con la más íntima naturaleza de la verdad del Evangelio que no puede ser despersonalizada, evaluada con separación o bien fríamente examinada; más bien, al revés, es justo ella a examinar al hombre que se le pone seriamente de frente. Es por esta razón que el imitador, es decir quien el que secompromete en primera persona respecto a la Palabra salvadora, siempre se encuentra bajo examen. El verdadero cristiano testimonia la fe con la propia vida: se trata de realizar un reduplicación del Cristo, una personal duplicación existencial del Verbo, una sincera y experimentada imitación del Señor. El imitador es el que se hace marcar por Jesús y lo sigue hasta el final, arriesgándose en primera persona: "Cuando no hay ningún peligro - Kierkegaard escribe -, cuando reina la calma y cuando todo está en favor del cristianismo, es hasta demasiado fácil intercambiar al admirador con el imitador y con toda tranquilidad puede ocurrir que el admirador muera en la ilusión de haber elegido el camino justo. Atención por lo tanto a la contemporaneidad" (Ejercicio, cit., p. 302).

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