También la lectura puede ser sólo un vicio
autor: Giuliana Zanello
fecha: 2013-08-18
fuente: SCUOLA/ Anche la lettura può essere solo un vizio
traducción: Renzo Firpo

"En el fondo, el hecho que alguien sea un afanoso lector, de por sí, sólo demuestra que sabe leer": así el filólogo Dino Baldi, recientemente, en Radio 3, ha buscado, un poco provocadoramente, de romper el esquema por el cual ya desde hace tiempo se habla de lectura y lectores en términos esencialmente cuantitativos, así que quien en un año se leyera, por ejemplo, toda la Biblia y sólo por eso resultaría "lector débil" con respecto a quien en el mismo arco de tiempo leyera veinte novelas policiales. Y hace falta recuperar un mínimo de sentido crítico y reconocer que en muchos casos hay millones de cosas por hacer mejores que la lectura, que un paseo, una conversación, una torta. La lectura, naturalmente, no vale de por sí, ni es de por sí positiva la abundancia de volúmenes: ¡cuántas veces añadimos a los que ya poseemos un libro más por curiosidad superficial o incluso, y lo sabemos, para retardar el momento en que afrontar las lecturas "verdaderas", ¡que nos esperan desde hace años!

También la lectura puede ser sólo un vicio, no más noble que otros, cuando leemos como consumidores, de nuestro tiempo y del libro. La consideración no implica, a este nivel, juicios de valor sobre lo que leemos, sino concierne más bien nuestra actitud: se puede leer como consumidores inclusive a Homero. Probablemente éste es un punto de verdad difícil de atacar hoy por nosotros, profundamente sumergidos en la antropología del consumidor, que no nos damos más cuenta frecuentemente ni siquiera de su carácter siniestro, que no sentir repulsión. Y quizás también se anida de estas partes la razón por la que el discurso sobre el leer se vuelve así rápidamente discurso sobre el mercado editorial o sobre los apoyos viejos y nuevos: no que éstos sean problemas carentes de importancia y atractivo, pero son otra cosa.
¿Y pues, tenemos necesidad de leer? Prescindiendo de la información y de los escritos funcionales, naturalmente. ¿Necesitamos leer literatura? ¿Tiene sentido proponerla a los chicos, inclusive también en tiempos de carestía, invertir dinero para este objetivo?

En el fondo, la lectura ha quedado por milenios una actividad completamente elitista, a su interno la literatura incluso mucho más. Sólo un puño de años nos separa de los tiempos en que bajo nuestros cielos se vivía y se moría, en general, analfabetos o casi. ¿Es sensato creer que muchas generaciones hayan estado por esto privadas de algo fundamental? ¿Y entonces, por qué insistir? ¿Por qué no enseñar sólo lo que es útil para vivir la vida concreta y trabajar y entregar el resto al ámbito indiscutible de los gustos y las elecciones personales? ¿Por qué imponer en la escuela la literatura arruinándola, como frecuentemente afirman escritores y poetas?

Pensamos por un instante en la condición de un campesino de hace sesenta años. No leía nada o casi nada. ¿Pero su vida por esto faltaba de literatura, entendiendo el término en sentido más amplio como ámbito de elaboración de la dimensión simbólica y estética? Seguramente no: tenía los cuentos orales, el patrimonio de las fábulas, las oraciones, la liturgia. La materia psíquica profunda, con la angustia que se une a ésa, venía emanada en narraciones plasmadas por el trabajo de siglos, ordenadas y al mismo tiempo insensatas, ordenadas como la razón, insensatas como el hado y las pasiones. Epifanía del magma de trágico y cómico de la existencia que así se podía decir y mirar y soportar. Y luego la liturgia, el nivel estético, perceptible, presente, de un misterio positivo.

Ahora bien, si abandonáramos la ambición (no despojada de defectos y aspectos discutibles, por favor) de una difusión capilar de la literatura a través de la escuela, no regresaríamos a esto. Todo esto está perdido para la mayoría, al menos en el segmento de la historia que nos ha tocado. El nuestro sería un viaje hacia la cancelación de cualquier lenguaje simbólico compartido. Del lenguaje simbólico eficaz, se entiende, de aquél que no sólo dice sino hace, que es un decir que hace.

El miedo del horror y la muerte, el enigma de la casualidad, la presión incomprensible de los impulsos, el odio, el amor: todo eso los hombres de cada civilización han sometido a incansable elaboración simbólica que, también en las formas populares, tenía detrás de sí la grandeza de la vida de generaciones, siglos de experiencias sedimentadas. Hoy aquella grandeza es para nosotros asequible solo a través de las obras maestras de la literatura. No se trata de escribir rankings, de establecer qué cosa esté dentro y que cosa esté fuera y de pasar por lo tanto a debatir (otro argumento siempre de moda) sobre la legitimidad de la distinción entre alta literatura y literatura de consumo; demos incluso por descontado que, en el fárrago que difícilmente se puede inventariar de todo lo que se escribe y se vende, hay mucho que tenga la grandeza del que se ha hablado. No es este el punto: lo esencial es que a las jóvenes generaciones no venga a faltar nutrimento adecuado, y es por lo tanto inevitable que nuestras preocupaciones apunten en primer lugar a hacerlas parte de las obras que de seguro han ya demostrado tener la fuerza para sostener la vida de los individuos y el camino de una civilización.
En cierto sentido, no es el caso de enfatizar demasiado la cuestión de la comprensión. En parte porque el hecho de sustraerse como fin último a cualquiera pretensión de comprensión completa es justo lo que los convierte en obras maestras; en parte porque los surcos que ellas trazan dentro de nosotros son siempre enredados y misteriosos, sobre todo cársticos: en cada momento de nuestra existencia nos encontramos a sacar del nuestro tesoro cosas nuevas y cosas antiguas, que apenas recordamos cuándo y cómo les habíamos puestas y que en todo caso aparecen diferentes, o mejor "aparecen" realmente por la primera vez.

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