Tener ganas de familia
autor: Angelo Scola
Cardenal, Arzobispo de la Diócesis de Milán (Italia)
Alberto Laggia (entrevistador)
fecha: 2012-03-30
fuente: Scola: l’Italia ha voglia di famiglia
traducción: María Eugenia Flores Luna

MILÁN – Publicamos aquí una entrevista al Arzobispo publicada por el semanal católico italiano “Famiglia cristiana

A dos meses del VII Encuentro mundial, el arzobispo de Milán cardenal Angelo Scola relanza con fuerza la belleza del matrimonio cristiano. Y no quiere sentir hablar de “crisis”.

«Hay aún muchas ganas de familia. Nada está perdido, estamos en el tiempo de las grandes decisiones». Alude una vez más el cardenal Angelo Scola. Y lo hace, esta vez, sobre los temas más queridos para él del matrimonio y de la unión familiar. Al arzobispo de Milán, que es también miembro del Comité ejecutivo del Consejo Pontificio para la familia y ya director del Pontificio instituto Juan Pablo II para el estudio sobre matrimonio y familia, además de autor de varios ensayos sobre el tema, la categoría de “crisis”, en este caso, no agrada, porque no explica todo, más bien a veces puede hasta confundir. Así pone la sordina a muchas Casandras que ya han cantado el De profundis por la familia, recordando que ya hace algunas décadas había quien teorizaba, con la “muerte del padre”, el fin de esta institución ya retenida fuera de moda.

Esto no significa, según el ex patriarca de Venecia, negar la evidencia de una fiebre patológica, que es decir, fuera de la metáfora, la «sociedad compleja y plural» hace difíciles el matrimonio y la procreación de los hijos, e incluso que la «fragmentación social y del yo amenaza con minar las relaciones al interno de la comunidad familiar», pero de este tormento epocal se puede salir. ¿Cómo? A dos meses del VII Encuentro mundial de las familias que se celebrará en Milán, le hemos pedido al cardenal que haga un balance sobre el estado de salud de la familia y sobre el nexo vital que transcurre entre afectos, trabajo y reposo, que es luego el focus temático del Family 2012.

Eminencia, Usted ama decir que «nunca es verdad que todo va mal». Pero sustentar que, a pesar de las dificultades presentes, haya “ganas de familia” podría, a primera vista, parecer temerario. ¿No le parece?
«No soy yo quien lo dice, lo dicen los números de la cuarta investigación European Values Studies sobre los valores en que creen los europeos que evidencia que la familia es considerada importante por el 84 por ciento de los europeos y por el 91 por ciento de los italianos. En 46 Países de 47 es puesta en primer lugar, precediendo aspectos centrales del vivir social como el trabajo, las relaciones de amistad, la religión y la política. A partir de estos datos, no nos es permitido hablar en términos absolutos de la crisis de la familia; más bien tenemos que preguntarnos de dónde deriva el tormento que la está atravesando».

¿Que hipótesis se pueden hacer?
«Me parece que uno de los factores más determinantes de este malestar sea el modo en que es pensada y practicada la relación de pareja, la relación hombre-mujer. Ha cambiado mucho en este ámbito en las últimas décadas. Baste pensar en la así llamada “revolución sexual”, en la práctica de la contracepción y el camino que ha llevado a la emancipación femenina. Hasta la “diferencia sexual”, que es una dimensión intrínseca al yo, ha sido puesta en tela de juicio. Como siempre sucede cuando se verifican fenómenos de fuerte y rápido cambio, el ajuste crea malestares, necesita tiempo. Sólo hoy, en algunos ámbitos del feminismo, se empieza a afrontar la cuestión en términos innovativos, justo a partir de la insuperabilidad de la “diferencia sexual”. Este viraje podría ser el punto de partida para afrontar las contradicciones y las “anomalías” que hoy se han creado en la relación hombre-mujer y que, a mi parecer, también están a la base del tormento de la familia. Entendámonos: estoy hablando de la dificultad que pasarán las próximas décadas, vinculadas al gran extravío antropológico de este principio del milenio».

No se trata entonces de una crisis irreversible, sino de un malestar fuerte que preanuncia algo nuevo. Para decirla como el filósofo Massimo Cacciari, « se vive en una sociedad que podrá dar vida a aperturas imprevisibles, a oportunidades positivas, o a catástrofes»
«El hombre del tercer milenio está expuesto a un tipo de apuesta. Invadido y atropellado por el multiplicarse de fenómenos inéditos como la globalización, la civilización de la Red, el progreso de las neurociencias y de las biotecnologías, el mestizaje de las culturas, está llamado a elegir, y no puede no hacerlo, qué quiere ser: un yo en relación, o bien, como opina alguno, el puro experimento de sí mismo. El partido decisivo se juega aquí».

Desde siempre la Iglesia ha propuesto la “conveniencia” y la belleza del matrimonio cristiano, pero nunca como hoy la institución matrimonio está en crisis. Lo dicen los datos sobre separaciones y divorcios. ¿Qué hacer, entonces?
«Deberíamos ser todos invitados y noblemente provocados a reconocer un hecho: la familia es “un universal social y cultural”. Un acreditado antropólogo, ciertamente no sospechoso de catolicismo, como Claude Lévi-Strauss afirmaba que “una unión socialmente aprobada entre un hombre y una mujer y sus hijos es un fenómeno universal presente en todo y cualquier tipo de sociedad”. A este “universal” se le designa específicamente con el nombre de familia: otras formas de convivencia podrán recibir otros nombres, pero no se pueden llamar familia. Como de modo insuperable nos ha recordado la Redemptor hominis, el cristianismo es el involucrarse de Dios en nuestra historia para revelar plenamente el hombre al hombre. Entonces el sacramento del matrimonio es la realización plena y “con-veniente” de este “universal social”, para utilizar la acertada definición del antropólogo francés. En una sociedad plural como la nuestra, los cristianos son llamados a documentar esta conveniencia con su testimonio completo. Eso implica, además, la capacidad de abrazar a las familias heridas para compartir su prueba».

En el ínterin la política dicta los cambios y las nuevas reglas también con respecto al matrimonio y a su eventual disolución. Nuestro Parlamento, justo en estos días, está discutiendo sobre el así llamado “divorcio breve”, que el Gobierno de Zapatero, en España, ya ha aprobado en 2005…
«Me parece un paso decididamente equivocado. “Es por la paciencia que se mide el amor”, dice el poeta Milosz. Normalmente un matrimonio requiere a los cónyuges mucha implicación recíproca y tiempo de preparación. Cuando se va en crisis, pensar en eliminar el problema liberándose lo más rápido posible es, más que una ilusión, una falta de responsabilidad hacia sí mismos y, a menudo, hacia los hijos. Enterrar apresuradamente una relación, por cuanto dolorosa pueda ser, no es una buena premisa para construir el futuro. Sobre esta delicadísima materia quiero añadir una consideración: cada institución tiene que atenerse rigurosamente a lo que le compete y a lo que está efectivamente en su poder. El Estado como institución, tiene que registrar la orientación predominante que se manifiesta dentro de la sociedad civil. Es ésta, por ejemplo, la tesis de Habermas. Entonces, el Estado no es llamado a administrar la sociedad civil, sino a gobernarla. Se trata de una distinción fundamental, que es con demasiada frecuencia olvidada, con el grave riesgo de imponer a la sociedad elecciones ideológicas».

El mismo discurso también puede valer con respecto al “registro de las parejas de facto”, ya instituido en algunas Municipalidades…
«Sí, obviamente. Generar y reconocer reales derechos subjetivos no es objeto propio de medidas administrativas: ésa es tarea del poder legislativo. Me parece que operaciones de este tipo posean una preocupante connotación ideológica que, en el caso en cuestión, contradice a la misma Constitución italiana, que en el artículo 29 afirma: “La República reconoce los derechos de la familia como sociedad natural basada en el matrimonio”. Vivimos en una sociedad plural, y nos enfrentamos con “mundovisiones” diferentes, pero justo por eso estamos llamados todos como ciudadanos, a proponer el bien común acerca de las cuestiones fundamentales del vivir. Así los cristianos, y también muchos no creyentes, plenamente convencidos de la fuerza del “universal social” que es la familia, proponen a todos este dato y, en todo caso, sustentan la necesidad de llamar cada cosa por su propio nombre. El nombre familia no se ajusta bien a otras formas de convivencia. Obstinarse en utilizarlo confunde y acaba por vaciar los preciosos factores constitutivos de la verdadera familia».

¿Nota quizás un temor, un déficit de testimonio en este sentido?
«Sí, también entre los cristianos, en nombre de un malentendido concepto de libertad, se acepta una posición neutral. Se dice: yo quiero la familia, pero dejo libres a los otros para actuar como mejor les parezca. Esta actitud es la muerte del dinamismo social. En efecto, más la sociedad es plural, más tengo el deber de proponer, subrayo “proponer”, lo que reputo decisivo para la vida buena - en este caso el matrimonio y la familia - en vista de una comparación apasionada y un posible recíproco reconocimiento. A nosotros nos es pedido proponer el bien de la familia y del matrimonio».

Desde hace tiempo los católicos denuncian la insuficiencia de políticas de apoyo para la familia. Cambian los Gobiernos, pero el resultado es el mismo. ¿Por qué en Italia es tan difícil promover políticas sociales pro-familia?
«La ausencia de políticas sociales y culturales en favor del bien precioso de la familia es grave tal como el compromiso incumplido con respecto a la libertad de la educación. Son dos grandes minusvalías que Italia arrastra desde hace tiempo».

Y ahora con la crisis de la economía todo es aún más difícil…
«Ciertamente. Pero una vez más la familia está demostrando la centralidad de su rol social y también económico, fungiendo de amortiguador con respecto a la crisis actual. Muchas familias están afrontando con extrema dignidad, y también con mayores sacrificios con respecto al pasado, la grave situación de la falta de trabajo. Hay un sentido de responsabilidad en nuestro País que más en general denota, contrariamente a cuanto van diciendo algunos, la gran nobleza de nuestra sociedad civil. Por la capacidad de construir relaciones, participación y solidaridad, lo digo sin temor de ser desmentido, somos los primeros de Europa».

¿Una certeza de juicio que también proviene de la experiencia pastoral?
«Es así. En la diócesis de Milán, como ya me había ocurrido en Venecia durante la Visita pastoral, encuentro la comunidad con una gran vitalidad que nace de abajo, una extraordinaria pasión por donar tiempo y energías para los otros. Un recuerdo, para todos: en la ciudad de Caorle, que tiene más o menos 5 mil habitantes en invierno, se cuentan 70 diferentes asociaciones de voluntariado. Ciertamente, a menudo una parecida vitalidad social coexiste con los egoísmos y las resistencias, por ejemplo, respecto al fenómeno de los inmigrados que llaman a nuestras puertas, pero hay una riqueza que la política aún no ha sabido interpretar».

La pérdida del trabajo y el desempleo juvenil minan pesadamente la estabilidad de las familias italianas. ¿Cuánto pesa hoy la crisis respecto al miedo de hacer familia?
«Sería fácil y demagógico sólo notar este hecho, sin embargo muy doloroso. Pienso que también se tienen que comprender hasta el final las transformaciones radicales actuales en el mundo del trabajo, que mellan su misma concepción».

¿Alude al final del así llamado puesto fijo?
«También. Está fuera de duda que la precariedad laboral sea destructiva, y que la falta de perspectivas incida en la voluntad de un joven para hacer familia, empujándolo a formas más precarias y no comprometidas de convivencia. Pero la idea del puesto fijo como era entendido por nuestros padres, o de mi generación, ya no existe. Se tiene hoy que hablar de “trayectos laborales”. En esta situación hace falta repensar las garantías de acompañamiento, reformar el sistema educativo tomando en serio un plan de escuela profesional. Se puede ser el fontanero o el constructor de sillas de modo culturalmente avanzado y creativo. En lugar de preparar sólo “médicos” a bajo precio, Italia debería pensar en recorridos de instrucción profesional conectados a la Universidad, como se hace en tantos otros Países europeos».

El Gobierno quiere relanzar la economía con las liberalizaciones. Una de éstas concierne a los horarios de las tiendas: ¿no será el fin del descanso en familia y del concepto de fiesta?
«Partiría de la tríada sabiamente propuesta en el título del VII Encuentro mundial de las familias: afectos, trabajo, fiesta-descanso. El yo necesita hacer una experiencia de unidad para poder forjar buenas relaciones. El equilibrio psíquico de una persona que afronta las fatigas del trabajo necesita vivir los afectos y la dimensión gratuita del descanso, que tiene en la fsta su cumbre. Es el así llamado “tiempo enérgico”, como Roland Barthes lo definía, refiriéndose al benedictino “Ora et labora”. Disgregar estos tres factores expone a la sociedad al riesgo de situaciones patológicas. Si el padre descansa el domingo, la madre el lunes y el hijo el jueves, no tendrán la posibilidad de reunirse. Viene a faltar la dimensión del tiempo compartido, que es tiempo para la relación con Dios y con los otros. Creando condiciones por las cuales el descanso festivo se vuelva individualístico, fragmentado, aboliendo de hecho el significado del domingo, nosotros anulamos la eficacia misma del descanso. Por tanto, sin demonizar los grandes centros comerciales, me pregunto: ¿sirve de veras transformar el domingo en día laborable? ¿Ganaremos algo con ello?».

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