Tú eres un bien para mí

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autor: Luca Doninelli
escritor
Emilia Guarnieri (entrevistadora)
presidente de la Fundación Meeting para la amistad entre los pueblos
fecha: 2016-08-21
fuente: Tu sei un bene per me
traducción: María Eugenia Flores Luna

Emilia Guarnieri:
Buenas tardes, hoy entramos ulteriormente en el título del Meeting de este año. Damos la bienvenida a Luca Doninelli, gran amigo personal de muchos de nosotros, gran amigo del Meeting: si van al sitio del Meeting, encontrarán que ha participado cuarenta y nueve veces. En cuarenta y nueve veces, Luca, has dado una buena contribución al Meeting. Famoso escritor, como se sabe, ha comenzado a escribir en 1978, creo que por instigación de Giovanni Testori. Sus obras son conocidas: Los dos hermanos, Regresábamos del mar, ha sido finalista en el Strega, actualmente es finalista en el Campiello 2016 con la novela Las cosas simples. Luca es también Profesor en la Católica de Milán, pero ha sido justo topándonos en las páginas de esta novela que hemos encontrado sugerencias, consonancias con aquello que vivimos hoy, tales que de alguna manera nos han inducido a pensar en Luca para tratar el título. Es algo nuevo para el Meeting, es la primera vez que confiamos a un poeta, a un escritor, por tanto también a un lenguaje diverso, la introducción un poco más sistemática del título del Meeting. Digo un poco más sistemática porque me parece que, desde que hemos comenzado, cada gesto, cada encuentro, cada cosa que hemos hecho o visto o escuchado haya sido una introducción a este Tú eres un bien para mí. Hoy hacemos un intento sistemático.

También en su novela Las cosas simples hay una civilización en el caos. Un caos que tiene también una visibilidad material, un mundo destruido, hombres destruidos, hombres que han perdido el deseo de hacer, el deseo de vivir, de trabajar, de construir. Todo se está desmoronando, como en una novela de ciencia ficción, todo se ha interrumpido: los transportes, las comunicaciones, cualquier cosa. Las ciudades han implosionado y se han destruido, los buenos deseos de los hombres, en un contexto donde se ha vuelto difícil vivir, donde la parte más brutal de la criatura humana tiende a salir, parecen esfumarse. Pero hay alguien que incluso en estas situaciones más improbables todavía invierte en el deseo del hombre, alguien que sabe, dice en la novela, “que una civilización coincide con los campos que abre al deseo humano, alguien que sabe que ningún delito es tan solapado como el exterminio del deseo, alguien que sabe que también en las condiciones más adversas un muchacho debe poder continuar deseando tantas cosas”. Y este alguien en la historia de Doninelli está, este alguien es una criatura femenina, Chantal. Chantal tiene el coraje de mirar a cada tú que encuentra como un bien, Chantal tiene el coraje simple e ingenuo de creer que el deseo de cada hombre, de cada mujer, sea el gran impulso que pueda cambiar la historia. Chantal tiene este coraje, esta simplicidad de creer en el deseo, en el hombre, en el corazón. Pero este coraje de Chantal no es el coraje prometeico, no es el coraje que hincha los músculos, es un coraje que no me parece muy diverso del coraje del cual habla Papa Francisco, lo recordarán, lo hemos leído el primer día, el Papa define valeroso el título de este Meeting.

Habla del coraje de quien no se cierra en el horizonte restricto por los propios intereses, habla del coraje que es capaz de superar la inseguridad existencial que nos lleva a tener miedo de los demás. Habla del coraje que es capaz de testimoniar el diálogo y, agrega papa Francisco, “de un diálogo que implica la claridad de la propia identidad, pero al mismo tiempo la disponibilidad para ponerse en los zapatos del otro para captar lo que agita su corazón y qué busca realmente”.

He percibido como un eco de aquel coraje de Chantal, al encontrar este acento de coraje en el mensaje de Papa Francisco. ¿Qué sucede? Sucede que en la novela, en torno a Chantal, se crea un mundo, un contexto en el cual se puede vivir, con tradiciones, dolores, situaciones improbables, pero el amor y el coraje de Chantal construyen como otro mundo en el mundo. Y entonces, nos preguntamos si hoy, que no existe la catástrofe de la novela de Doninelli pero hay sin embargo una similar, haya hombres que desean amar una nueva construcción, desean que se pueda construir otro mundo en el mundo. Me ha venido a la mente una frase de Giussani, cuando dice que una nueva civilización, una nueva cultura, es el “nexo entre todas las partes de bien que se encuentran, en el intento por hacerlas valer y practicarlas. Se enfatiza lo positivo, incluso en su límite, y se abandona el resto a la misericordia del Padre”.

Me venía por preguntarme: ¿pero hoy hay hombres deseosos de amar un amor así, una nueva construcción, deseosos de amar así una nueva cultura, que sea nexo entre todos estos fragmentos de positivo? Piensen en cuántos fragmentos de positivo hay ya en este Meeting, los estamos viendo, los estamos encontrando. Creo que sea una bella pregunta y me permito agregar otra, también ésta bastante inevitable: ¿pero nosotros los cristianos, creemos aún en la capacidad de la fe que hemos recibido para ejercitar una atracción en aquellos que encontramos? ¿Creemos aún en la triunfadora fascinación de su belleza desarmada? Porque, si es posible para Chantal amar y mirar con positividad, no podemos dejar de preguntarnos si es posible para nosotros y si creemos en la posibilidad de esta triunfadora fascinación de la belleza desarmada de lo que hemos encontrado.

Pero, y concluyo, si tú no fueras un bien para mí, ¿por qué tendría que desear construir contigo? ¿Si tú no fueras un bien para mí, por qué tendría que desear encontrarte? ¿Por qué tendría que desear involucrarte en la misma belleza que me ha involucrado? La cuestión de que tú eres un bien para mí, que es más que obvia, como creo que la intervención de Doninelli confirmará, se convierte realmente en una cuestión seria, porque se puede desear la construcción, se puede desear juntar piezas si el otro es un bien. Si tú no eres un bien, ¿por qué? Si no tengo el coraje de mirarte así, ¿por qué tendría que desear construir? La cuestión se vuelve realmente una cuestión seria, y entonces, Luca, ahora te escuchamos.

Luca Doninelli:
Cuando los amigos del Meeting me han propuesto este encuentro, me han venido a la mente decenas de personas que habrían podido hacerlo mejor que yo. Pero la vida es esencialmente la respuesta que damos a una invitación, a alguien que nos llama. El hecho de no tener títulos particulares para decir ciertas cosas (un escritor no tiene títulos, podría ser también un criminal) me recuerda que todo aquello que un hombre puede decir de interesante es algo que a su vez ha aprendido. Hay quien se exhibe a sí mismo y quien cuenta aquello que ha aprendido, y estas últimas son, generalmente, las personas más interesantes. Y se aprende de quien a su vez ha aprendido y sigue aprendiendo. Por eso quisiera dedicar lo que diré a la persona que más me enseña esta verdad simple y al mismo tiempo difícil, como todo lo que es simple. Es uno de los fundadores de Cometa, pero es también un gran artista, Erasmo Figini: las palabras que diré son un modo para decirle gracias con todo el corazón.

Viniendo a nosotros: en el montón de pensamientos que en seguida me han asaltado, no apenas Marco Aluigi me ha comunicado esta propuesta tan inesperada, una imagen se ha abierto paso: la de María que acoge en su regazo el cuerpo del Hijo muerto. Para ella Jesús era el hijo que había amamantado, amado, atendido, hecho crecer, aquel que más que nadie le había hecho sobresaltar el corazón. Y al mismo tiempo era el Hijo del Altísimo, Dios él mismo. Para ella las dos cosas eran una sola. Y ahora estaba muerto, inerte entre sus brazos. ¿Qué podía significar para María, en aquel instante, "tú eres un bien para mí"? Este es el abismo que se abre para quien quiera afrontar este tema sin retórica: un abismo en el que es fácil caer si una gracia inimaginable, imposible, no hubiera ocurrido, si yo mismo no hubiera hecho y no hiciera la experiencia de alguien que me dice - aquí, ahora - "tú eres un bien para mí".

1. Ayudémonos a pensar.

Comienzo con tres breves observaciones preliminares. Primera observación. El dato cultural más impresionante de estos años es la casi total incapacidad de Europa y del Occidente en general para hacer frente con un juicio lúcido (nosotros, hijos del Iluminismo) a todas las tragedias que la están atravesando, a los estragos causados por el terrorismo a aquel, inmenso, que se consume todos los días en nuestros mares, por una inesperada fragilidad económica que produce masas siempre más grandes de pobres hasta la persecución de las que en muchas partes del mundo es hecha objeto la fe cristiana.

Es urgente que nos ayudemos a recuperar una posición culturalmente adulta en el mundo en que vivimos, una posición que comprenda lo más posible todos los factores en juego, desde el terrorismo a la inmigración, de la crisis a los odios ideológicos. Aun entre nosotros, es muy difícil encontrar personas capaces de afrontar el problema en su conjunto: pero ésta es precisamente la urgencia. Tenemos que ayudarnos a construir una mirada hacia el hombre que tenga unidas las cosas, en fin debemos ayudarnos a pensar, porque pensar quiere decir esto: tratar de afrontar todos los términos de una cuestión compleja.

Segunda observación. El humanismo occidental está colapsando, y sin embargo nuestra pregunta sobre el futuro continúa - también frente a los atentados terroristas - a gravitar en un horizonte asfíctico: ¿qué será de nosotros?, ¿de nuestra sociedad?, ¿de nuestra bella civilización?, ¿de nuestras bellas calles de la ciudad?, ¿de nuestra riqueza?, ¿de nuestro shopping?
El primer dato, al menos para mí, es que frente a un tú de proporciones nunca vistas, nosotros los europeos seguimos dirigiendo la mirada y el pensamiento a nosotros mismos, tratamos es decir de salvar nuestras políticas, nuestros proyectos, y nos cuesta imaginar nuevos proyectos, más bien, a menudo rechazamos su principio, a menudo nos negamos a imaginar un nuevo proyecto. Pero mientras tanto el pánico crece. De aquí mi pregunta: ¿cómo podemos recuperar, aquí, ahora, un pensamiento sano, no enfermo, capaz de pensar en los demás sin precipitar en el moralismo o en la paranoia?

Tercera observación. Hace algunos años Máximo Cacciari, cuando era alcalde de Venecia, en una entrevista muy simpática dijo, entre broma y serio, que el problema principal de los alcaldes son los ciudadanos: con sus quejas tontas, con su incapacidad para levantar la nariz más allá del pequeño problema que les embota el cerebro, los ciudadanos obstaculizan muy a menudo la acción determinante de un buen administrador. Y concluía que, sin ciudadanos, las ciudades serían administradas mucho mejor.
Al decir estas cosas Cacciari citaba indirectamente a Hannah Arendt que en su obra maestra Los orígenes del totalitarismo, que recoge la trágica experiencia de un siglo de horror, establecía una diferencia fundamental entre las antiguas tiranías y los totalitarismos actuales. En las primeras el hombre es aplastado, reducido a esclavo, humillado; en las segundas el hombre es, simplemente, inútil. Se podría sustituir - es aquello que imaginaba Giovanni Testori en su Post-Hamlet - con un robot, se podría sustituir su sangre con una linfa sintética. La historia militar cuenta que, con el tiempo, el porcentaje de las víctimas civiles en las guerras ha aumentado exponencialmente hasta convertirse en la casi totalidad. El hombre, entendido como el hombre individual, como este hombre aquí, cuenta cada día menos.

2. Un encuentro personal.

Entramos ahora en el centro de nuestras reflexiones. Recientemente ha fallecido la anciana madre de mi querido amigo. Uno de los últimos días esta mujer, dirigiéndose al hijo, dijo: "Cuando me encuentre delante del Señor, ¿qué le diré?". Mi amigo se conmovió mucho por estas palabras, porque evidentemente su mamá, que era una mujer de gran fe, tenía la convicción de que el encuentro con Dios es un encuentro personal: el encuentro con otro, con uno que me dice "tú" y al cual digo "tú". En efecto, el hombre comienza a contar algo ante sus propios ojos sólo si encuentra a alguien que le dice "tú". He aquí un primer paso.
Trataré, como puedo, de detallar todo esto haciendo mi trabajo. Mi materia no son las ideas o los grandes modelos sino la vida así como se me presenta.
El "tú" también puede ser feo.

Por ejemplo hay un modo de decir que detesto, y es: ¿pero nosotros no nos hablábamos de tú? Me sucede a menudo escucharlo de personas con las cuales jamás he intercambiado una palabra en mi vida. Es una frase conclusiva. Si dices no, es imposible dado que jamás nos hemos hablado, haces la figura del maleducado. Sin embargo la alternativa a la figura del maleducado es, más que una mentira (pero por supuesto, ¡cómo no!), el ingreso en un área de pseudo-confianza en la cual yo estoy completamente en poder del otro. Es el otro que me admite en su área de confianza: yo puedo confiar en él (mientras él normalmente no lo hace con nosotros). Es una especie de ejercicio de fuerza, del cual salimos neutralizados. Mi interlocutor se sienta en el centro de su área de confianza, en la cual su posición no es igual respecto a la mía. Este desequilibrio se llama poder en el sentido negativo de la palabra. El poder implica un mundo de relaciones desequilibradas, por eso es difícil de manejar: yo sé, poseo, conozco todo de ti, puedo alcanzarte en cualquier instante, mientras tú no sabes nada de mí y no me puedes alcanzar ni tocar.
El "tú" puede tener una función de reducción.

Cuándo por ejemplo decimos "tú" a algo que no funciona, que no va como quisiéramos o que estamos intentando hacerlo funcionar como quisiéramos. Cuando no logramos enfilar una aguja, cuando una cerradura no funciona, cuando el coche no parte: ¿pero quieres funcionar de una vez pues? ¿Quieres salir de allí? Si le digo a una gallina ven aquí es porque sabe que quiero torcerle el cuello y entonces se esconde. Al contrario, si las cosas funcionan como nosotros queremos no hay muchas razones para hablar de tú: ellos son sólo medios, instrumentos, una prolongación de nuestro cuerpo, una función de nuestro proyecto, y no tienen ninguna necesidad de recibir de nosotros el estatuto de seres. No tienen consistencia fuera de nosotros, de nuestro proyecto. Su consistencia somos nosotros mismos. Decimos tú a la gallina que escapa, no a aquella que está parada.

La existencia del otro en fin parece manifestarse (al menos así parece) como una oposición, una enemistad, algo que estoy obligado a tener en cuenta en contra de mi voluntad. El otro es un enemigo, pasar a través de este aspecto, según yo, tarde o temprano es inevitable. Incluso con Dios es así: de Moisés a Jonás, de San Agustín a Miguel Ángel, hasta el admirable Innominado de Manzoni, que este año ha venido a encontrarnos aquí en Rímini.

El "tú" es precisamente otra cosa.
El mes de febrero pasado mi mujer, después de una operación al pie, no ha podido caminar. Yo empujaba su silla de ruedas, de aquellas rígidas, con las cuatro ruedas pequeñas. He aquí este simple gesto me ha hecho conocer aspectos del suelo de mi casa y de la acera de mi casa que jamás habría imaginado. Cada mínimo desnivel, de los que normalmente no me doy cuenta se trasformaba en un obstáculo, en un problema por resolver: desde el felpudo de casa a un ligero bache en el andén. Si no afrontaba el problema, si lo ignoraba, la silla (con mi mujer) comenzaba a irse por su cuenta.

Experiencias muy simples, como ésta, nos enseñan una cosa mucho más impactante de lo que pensamos: que, es decir, la realidad que nos rodea, o mejor cada parte de realidad que nos rodea, obedece a un proyecto que no nos pertenece: el andén no está hecho para mi silla de ruedas, y el desnivel que encuentro pertenece a aquella pequeña parte del andén que me concierne en ese momento. Pero lo que encuentro no es sólo aquella pequeña parte: gracias a aquella pequeña parte, a aquel pequeño desnivel, yo aprendo que el otro - como tal - obedece a una regla que no es mía.
La existencia del mundo es una presencia inexorable, algo que incumbe, que los artistas representan a menudo como un precipicio, un remolino, un grito, una amenaza, como en el Grito de Munch, o en los últimos angustiosos cuadros de Van Gogh o de Francis Bacon, o incluso como una belleza luminosa igualmente misteriosa y a su modo inquietante, como en ciertas pinturas de Henri Matisse, o de Piero de la Francesca, o de David Hockney: el "tú" no nos deja en nuestro lugar, nos obliga a movernos: también por eso su presencia es algo que, la mayoría de las veces, admitimos a regañadientes.
Pero oír que nos digan "tú" es la fuente de la alegría, del placer.

Pro he aquí una cosa extraña: aquella acogida del otro, que nos moviliza contra nuestra voluntad, nos llena de alegría y de estupor cada vez que otro la dirige a nosotros. Si yo fuera el suelo, el andén donde empujo la silla de ruedas, cómo estaría contento sintiéndote que dices no maldito andén, sino el terreno está hecho así, ¡por eso tenemos que hacer algo! Qué satisfacción cada vez que alguien, antes de considerarnos como un obstáculo por remover o como algo por reducir a su diseño, ¡nos reconoce por lo que somos! Que satisfacción cada vez que nos sentimos llamados por nuestro nombre a lo mejor por alguien que creíamos no se acordase ni siquiera de nosotros. Entonces sí, nos sentimos abrazados.

Más allá de sus giros políticos (temática del Bien Común, etc.) Tú eres un bien para mí es la fórmula del abrazo, es la traducción en palabras de un abrazo.
Quizá si se acuerda de mí, decimos entre nosotros, y en cambio aquel viene a nosotros con los brazos abiertos y dice nuestro nombre. No pretende resolver nuestros problemas, no nos extorsiona un "tú" de dominio puro, sino acepta y reconoce que nosotros somos algo original, algo bello porque es irreducible a cualquier otra cosa. Quien se comporta así, nos ayuda a amarnos, a aceptarnos, a conocernos.
El escritor David Foster Wallace, conocido por muchos jóvenes también aquí presentes, y quizá aun por alguien menos joven, pone en esta ternura hacia sí mismo la tarea suprema de la vida humana.

3. "Para mí".

Ahora trato de dar otro pequeño paso. En Hamlet de Shakespeare un actor invitado a Elsinor rompe a llorar mientras recita el lamento de Hécuba en la muerte de Príamo. No aguanta, es un texto muy doloroso. Y Hamlet, que está escuchando, queda atónito viéndolo llorar, y se pregunta: ¿Quién es Hécuba para él o él para Hécuba?
He aquí. ¿Qué significa para mí? En la escuela en que colaboro, la Oliver Twist de Como, está prevista una hora de título bellísimo: "todo es para mí". Durante aquella hora, los muchachos y los profesores son invitados a tener limpios los locales, a reparar lo que ha estado o se ha roto por incuria o distracción o por agentes externos, etc. Hay sin embargo un riesgo, que es aquel que limita "todo es para mí" a una idea utilitarista: un aula limpia es mejor que un aula sucia, una mesa de trabajo ordenada es mejor que una mesa desordenada, etc.

Si es así, "para mí" y "por interés mío" quedan sinónimos.
En cambio "todo es para mí", si lo queremos traducir con otra frase, es más bien sinónimo de "nada me pertenece". Antes hemos dicho que la realidad obedece a leyes que no he establecido yo, hasta la enemistad, hasta el odio. Ahora tenemos que agregar que este ser no-mío es para mí. Yo arreglo el pupitre, limpio el piso porque el pupitre y el piso me han sido dados, así como me ha sido dada la lección de matemática, así como me ha sido dado el compañero, así como me ha sido dada - donada - toda la realidad, incluida mi propia vida (no me detengo en las consecuencias incluso civiles de aquello que estoy diciendo).

El piso por limpiar, el pupitre por reparar son signos de una cierta relación con la realidad, que la razón reconoce por naturaleza, aunque luego tiene que esforzarse por superar el instinto puro, que no coincide con la naturaleza. ¿Recuerdan a Jesús? «Cuando ven una nube salir de poniente, ustedes dicen enseguida: "Va a llover"; y así ocurre. Cuando sienten soplar el siroco, dicen: "Hará calor"; y así es. Hipócritas, el aspecto de la tierra y del cielo saben reconocerlo; ¿cómo es que no saben reconocer este tiempo?». Como decir: reconocer las señales es natural, sin embargo ustedes sólo conocen los signos si esto les da un beneficio.

Pero yo no reparo el pupitre para poderlo romper de nuevo, lo reparo porque me ha sido dado, y si me ha sido dado no puedo reparar el pupitre y, al mismo tiempo, tratar a mi compañero como si fuera un perro: esto es ser hipócritas, no es cuestión de incoherencia (que siempre hay, faltaría más) sino de concepción de sí mismo. Pedro, después de haber negado a Jesús, llora amargamente, mientras Judas, después de haberlo vendido, se ahorca. No es que un pecado sea más grave que el otro, es diversa la relación con la realidad. Estoy convencido de que también Judas amaba a Jesús. El problema es ¿quién es éste? ¿Quién es éste que amo? Puedo amar a un profeta, un maestro, puedo amar a un hermano que de repente enloquece… Tú eres un bien para mí. Toda la civilización depende de la estima que tenemos, momento a momento, de aquel "tú".

4. Una posición dramática.

Este es el significado de la civilización cristiana y laica que hemos construido durante siglos, desde Abraham y desde la fundación de la polis griega hasta hoy: una civilización que no sólo ha producido Giotto y Leonardo sino que nos hace ceder el asiento en el autobús a una persona anciana o a una mujer embarazada, que nos induce a no considerar un enemigo al profesor de nuestro hijo sólo porque le ha dado una nota negativa, etc.
Todo esto implica sin embargo un drama que no se puede evitar. Entre tú y yo hay un espacio dramático, a veces trágico, donde la libertad se pone en juego de nuevo. Entre tú y yo hay algo que no eres tú y no soy yo, una especie de Tercero, otra cosa en el sentido material del término, porque la libertad no se ejercita en la nada, y no es ni siquiera un ejercicio de posesión (siempre justificado) del otro.

Es el punto donde me interesa llegar. El fin alegre, si existe, no va jamás apresurado. Hay un espacio de silencio entre tú y yo, un espacio donde la soledad de cada criatura es conservada, a pesar de la retórica que se hace a veces sobre el tema de la comunicación: y es conservada como relación con algo que es más que el simple cuerpo que tengo delante de mí, y que podría también negar, decir: no existe. Aun las redes sociales a menudo no son más que mudos testigos de nuestra soledad. No son diversos, quiero decir, del resto de la realidad. Entonces la cuestión es: ¿cómo "tú" te conviertes realmente en un "tú" irreducible? Esto no va por sí solo, no es obvio.

Una de las experiencias más duras pero también más iluminantes de mi vida ha sido la compañía que yo y otros hemos hecho a nuestro amigo más querido, durante la larga enfermedad que lo ha llevado a la muerte, en 2011. En el tiempo que pasó en el hospital, íbamos a visitarlo todos los días y estábamos con él gran parte de la jornada. Se hablaba pero no de todo, e incluso las cosas de las cuales hablábamos, o los textos que leíamos juntos, aparecían en su verdad: una ayuda, una sugerencia, pero no algo que pudiera responder realmente al grito silencioso de aquellos ojos. No porque aquellas cosas no fueran verdades, sino porque la verdad exige siempre un salto del yo (lo que va por sí solo es la banalidad del mal, es el diablo) y él se encontraba delante del salto más grande que haya – y el salto le tocaba a él y sólo a él, no a nosotros o a las palabras que leíamos. En aquellos momentos estaba claro que la respuesta a aquel grito silencioso no estaba en nuestras palabras, y ni siquiera en nuestras pobres personas, sino en un encuentro con alguien que no éramos nosotros. Nuestra tarea era decir que sí a aquel encuentro, decir sí junto con él, que decía sí, y lo ha dicho hasta el último instante.

Entre tú y yo hay un silencio, un silencio denso y duro, duro de aceptar y duro de aprender, pero en este silencio está la raíz del bien: yo no soy la respuesta a tus preguntas, tú no eres la respuesta a las mías. Nada nos puede bastar, decía Foster Wallace. Por eso yo no puedo ejercitar un poder sobre ti, ni tú en mí. Esta es la primera cosa que aprendemos mirando a los ojos de alguien que está por morir.

5. Amen a sus enemigos.

He aquí porque hace poco hablaba de la realidad, del "tú" como algo que puede asumir el rostro de un enemigo.
Hay expresiones de Jesús que los curas comentan de mala gana, como Poner la otra mejilla y Amen a sus enemigos. Casi nadie, incluso entre los bautizados, cree en estas frases. La primera viene tratada como una especie de boutade: en 60 años de vida la he sentido citar sólo en frases como "yo no soy uno de los que ponen la otra mejilla" (como si alguna vez hubieran visto uno), o bien "¿pero tú que eres cristiano no tendrías que poner la otra mejilla?".

El destino de la otra frase es aún peor, porque no se le puede tratar como una broma. ¿Amar a nuestros enemigos? Imagínate: de los enemigos me cuide Dios, que de los amigos me cuido yo, como decir: "Dios - si realmente quiere – se ocupe de los extraordinarios, que en lo ordinario pienso yo solo, sin ninguna necesidad de Dios".

Quién es el enemigo: para retomar cuanto dicho, el enemigo es uno que sigue reglas diversas de las mías, tan diversas que puede aun querer su muerte sin que yo sepa siquiera por qué, así como yo puedo querer su muerte. El enemigo es la realidad que se obstina en ser diversa, a veces incompatible con las ideas más bellas que nos vienen a la mente. Enemigo es, por supuesto, quien siembra muerte en nuestras ciudades, o en las suyas. Pero enemigo es también quien te rechaza un bellísimo proyecto en el que habías trabajado por semanas sólo porque no lo entiende. Enemigo es aquel que declara feo un libro mío sin siquiera haberlo abierto. Enemigo es quien nos bloquea la carrera para favorecer a un amigo suyo que sabemos es incapaz.
Enemigo es, por último, uno de los que nosotros, a nuestra vez, somos enemigos.

El enemigo, como la rutina, no se puede eliminar de la vida: prueben, no lo lograrán, o si lo logran se sentirán al final vacíos y tontos, o bien serán muy malos para darse cuenta de este vacío.

Por eso amen a sus enemigos significa según yo a) "amen su vida aun ante quien se las quiera quitar",

b) "amen también la vida de sus enemigos, amen lo que en ellos es vida",

c) "no dejen de amar lo más bello que han recibido, defendiéndolo también de aquella parte de ustedes mismos que no lo comprende": un pedido para afrontar una posición de enemistad que es ante todo nuestra.

6. Una belleza inmerecida.

El "tú", lo hemos dicho, es un drama, decir "tú" es la experiencia dramática más elemental que exista. Para decir "tú" hace falta ganar algo, derribar un muro. También nuestro amigo más querido puede asumir el rostro del enemigo. La cuestión no se puede resolver, y la razón es simple: porque "tú" antes que nada somos nosotros mismos.
Somos a menudo los peores enemigos de nosotros mismos, por eso David Foster Wallace dice que haría falta "tratar a nosotros mismos como tratáramos a un buen amigo, un amigo valioso. O nuestro niño que amamos más que la vida misma".

Una vez, en 1979, yo y aquel que se habría convertido en mi más grande amigo (he tenido al menos cuatro grandes amigos) hicimos un viaje: dos semanas en París. Yo estudiaba en la Católica, él en la Estatal. Nos conocíamos de poco, pero nos caíamos simpáticos. Pero la noche del segundo día ¡bum!, se desata entre nosotros una disputa furiosa como sólo dos universitarios pueden hacer: hablando de filosofía. Él con su existencialismo de la Universidad Estatal yo con mi neotomismo de la Universidad Católica por poco no llegamos a las manos. Y el billete de regreso estaba reservado para dentro de doce días. Doce días de infierno, pienso para mí - algo que tiene que haber pensado también él. Por dos días no hemos hablado. He aquí qué cosa era el enemigo para mí, en aquel momento: no Hitler, no los comunistas o los fascistas, sino mi amigo. El pensamiento que me ayudó entonces es el mismo de hoy: tenía que combatir mi enemistad, esperando que también él hiciera igual. Yo soy el enemigo, me he dicho.

¿Qué cosa me ayudó? Sobre todo una: el recuerdo de lo que había recibido, del privilegio que me había sido concedido, o mejor: regalado. Estaba en París con un amigo, para pasar unas vacaciones inesperadas. Iba a misa a St. Germain-des-Prés, paseaba a lo largo del Sena entre los libreros, subía las escaleras hacia Montmartre. La belleza me rebasaba. Había conocido una promesa de felicidad que me había sido donada sin que tuviera algún mérito. Me di cuenta entonces por primera vez, por qué a los veintitrés años no era fácil pensar que Otro había tenido piedad de mi nada, y que ésta y no otra era la fuente de la alegría. Era Joven, simpático, brillante, tocaba la guitarra, no me consideraba ciertamente un nadie, más bien, me consideraba "atractivo". Pero aquel día algo cambió. ¿Quién me había donado todo esto? Jesucristo era su nombre. Jesucristo me había enseñado que venimos al mundo para ser felices. Esta era la vida. Una belleza inmerecida.

Entendámonos. Es justo que haya un tiempo sin preocupaciones, y es terriblemente injusto cuando no existe. (Me refiero a la muestra sobre los migrantes: ¡cuántos de ellos tienen trece, quince, dieciocho años!). Pero quien ha recibido un don debe, tarde o temprano, preguntarse quién se lo ha mandado, o si no nos quedamos niños, mientras Italia, Europa y el mundo tienen una gran necesidad de personas adultas.
Luego vinieron los años del esfuerzo, luego aquellos del dolor, uno de nosotros se enfermó, se nos pidió separarnos de las personas más importantes de nuestra vida, y fue como perder una mano, o un brazo. Fue como ver mi sangre correr para terminar en la cuneta. Me pregunté muchas veces si mi destino no se redujera a nada. Hubo más de un adiós, no sólo de aquellos piadosos sino también de aquellos malvados, violentos. E incluso la conciencia del don, que nos había sorprendido en los años de felicidad y de ligereza, ya no se fue: adquirió más bien una conciencia que antes no tenía. Siempre ha habido alguien que nos ha ayudado a no olvidar, porque un gran don es también como un marco de fuego: ya no te lo quitas ni del alma ni del cuerpo. Lo puedes negar, por supuesto, pero a costa de la más descarada de las mentiras, y de un dolor como nos lo cuentan las lágrimas amargas de Pedro después del canto del gallo.
En otras palabras: tú eres un bien para mí porque eres gratis, porque eres un don.

7. Lo más bello que hemos recibido.

Los cambios, que están ocurriendo ante nuestros ojos bajo forma de matanzas a menudo incomprensibles y por el empuje de una migración humana de proporciones jamás vista antes en toda la historia, tienen necesidad de nosotros, de nuestra decisión, tienen necesidad de una posición culturalmente interesante y absolutamente personal.
Es aterrador que, frente a eventos como estos, nuestra respuesta a la pregunta sobre qué sea un hombre - una pregunta que en la historia se han planteado todos, y que ahora ya casi nadie se plantea - resulte incierta y asustada, y que muchas soluciones consideradas a la vanguardia no sean más que una reedición soft de principios enunciados ya en tiempo de Hitler y de Goebbels, vale decir la distinción entre el hombre considerado como "fin" y el hombre considerado como "medio": una cosa horrible, que el mercado global ha transformado de horror en obviedad, como testimonian muchas prácticas hoy ampliamente aprobadas como la fecundación heteróloga o la llamada maternidad subrogada, dicha también útero en alquiler (Esto no quita que un hijo nacido de esta manera no pueda convertirse en un santo, y que no puedan llegar a serlo dos padres gay que han adoptado esta solución. Aquí se está hablando del pecado, no del pecador - si no, ¿quién se salvaría?).

Un escritor sabe que los principios y las leyes que valen para las pequeñas cosas valdrán también para las grandes, y viceversa. El escritor no cuida los detalles después de haber hecho el diseño general: parte de los detalles para hacer aquel diseño, quizá porque es en la imprevisibilidad de los detalles, más que en los grandes proyectos, que el diseño comienza a revelarse.

No hace muchos días un querido amigo, periodista bien organizado, con un óptimo puesto de trabajo que le gusta y le da satisfacción, me anuncia que cambiará completamente de vida. Algunos hechos ocurridos, los cuales han sido a causa de algunos de sus artículos, lo han inducido a partir para un país lejano y muy diverso de Italia, en una situación y para realizar un trabajo que no sabe si le gustará. Yo estaba por llamarlo loco cuando al improviso me cogió el estupor: aquel modo suyo de decir "sí" a circunstancias imprevisibles era un "sí" a la ley que regula el universo, a la naturaleza profunda de las cosas creadas, que no es nuestro proyecto, nuestro sistema, nuestro sentirnos más o menos satisfechos. Y he entendido que aquel modo de hacer era el más humano, el más ordenado también para mí, que yo tenía que aprender que aun para mí siempre es verdad, en cada instante, la razón por la que mi amigo (y no saben cuánto, desde un cierto punto de vista, lo lamente) se irá de Milán. Nada es descontado, todo es dado, ésta es la ley, este es el orden, no un sentimiento: y a mí me corresponde sacar consecuencias. Así he entendido mejor cuál es la cosa más bella que un hombre pueda recibir en don: la comunión: no "ser amigos", no "estar siempre de acuerdo" sino ser testimonio unos a los otros, en la fragilidad extrema de nuestra vida, la presencia de una trama más grande, más profunda, más gratuita de las cosas, a la cual nos es requerido sólo decir que sí. Como decía mi amigo: en aquel lejano país ha comenzado a existir algo que ni yo ni ningún otro podía imaginar, ninguno de nosotros la ha producido, ni podía producirlo.

Lo bello de esta posición es que ella vale en cualquier caso, no sólo si debo partir para el Burundi o para Venezuela, sino también (como en mi caso) si tengo que escribir una novela, para decidir qué historia contar y cómo contarla. Más aprendo una posición como ésta, y menos sufro el escándalo de todo lo que es diferente, incluido el horror que nos ha acompañado - se puede decir diariamente - en estos meses. Si un amigo te testimonia qué significa adherirse a un don, a la realidad como don, tú aprendes a leer el don hasta en presencia del enemigo: amen a sus enemigos.

8. Para terminar

La respuesta cultural frente a cambios como aquel que, nos guste o no, está ocurriendo - y fuentes ciertas dicen que nos encontramos aún al inicio - y que cambiará definitivamente nuestro modo de vivir, y el aspecto de nuestras ciudades, y las biografías de nuestros hijos, debe apoyarse (no podría hacer más) en el modo en que yo miro a mi mujer, la casa, el compañero de trabajo. Tiene que recuperar la idea de hombre sobre la que se ha fundado nuestra historia, cuando en la polis un hombre ha comenzado a contar no por ser hijo o sobrino de Fulano o de Zutano o porque pensaba de cierta manera sino simplemente porque era un hombre: todas las limitaciones de las diversas mentalidades en las que se han producido estos hechos no han podido eliminar su alcance. La vida, nuestra vida, mi vida. Hemos empleado siglos, milenios, para construir una forma de vida buena, y buena para todos. Alzarse en la mañana, abrir la ventana, prepararse el café, ir al trabajo, encontrar otras caras como la nuestra, ojos dentro los cuales hay esperanzas, preocupaciones, cansancio, efectos, dolores, expectativas, y luego decidir qué prepararemos para la cena, hacer una caminata por un parque, ir a encontrar un amigo que está muriendo, afrontar a un hijo que ya no quiere ir al colegio, sentir el rumor de nuestros pasos en la arena, respirar el aire frío y limpio de enero, partir para una tierra lejana y desconocida, decidir la disposición de las plantas en la sala, colgar un cuadro, visitar una muestra, mirar el partido con algún amigo, aceptar en modo humano la noticia de que pronto moriremos.

Podrán quitarnos todas estas cosas, pero para que esto suceda tendremos que tenerlas aún con nosotros, no haberlas botado. A menudo pienso en el hecho que somos nosotros los primeros en lanzar a los cuatro vientos esta vida buena, en nombre de algo que nos parece instintivamente más satisfactorio, mientras estamos rechazando sólo la fatiga y la responsabilidad que implica una vida buena. Cierto, como dice Eliot, la sangre correrá nuevamente sobre los escalones del Templo, pero para que esto suceda se necesita primero construir el Templo.

La cara de nuestro mundo está destinada a cambiar profundamente. Pero al que venga a nuestro lugar, tendremos que poderle decir: quien nos ha precedido ha trabajado siglos y siglos para hacerme comprender que el valor de tu vida non está en mis manos, porque ni siquiera el mío está en mis manos. Aunque me matas ahora, no lo olvidare. Todo es gratis, cada uno de nosotros es un don: por eso tú eres un bien para mí. Espero que tú también un día lo puedas repetir, o si no tú, al menos tus hijos, o los hijos de tus hijos.

Emilia Guarnieri:
Gracias, Luca, creo que lo que tú nos has dicho, lo que tú nos has evocado porque es más que dicho, sea el relato de una experiencia vivida aunque la forma no era totalmente aquella de la experiencia; pero lo que tú nos has contado es la historia de ti mismo y es por eso que es verdadera hasta el fondo. Todas las cosas verdaderas, es decir todas las cosas que tienen la fuerza de la experiencia y no de la ideología y no de los sistemas, como tú los llamabas antes, entran en relación conmigo y entran en relación con todos aquellos que las han sentido como una hipótesis de mirada y de lectura sobre la vida, sobre las cosas que tenemos alrededor. Una cosa verdadera, una experiencia verdadera que me es comunicada, a mí, para mí, se vuelve una hipótesis de mirada sobre mi vida y sobre cosas que me encuentro alrededor. Yo me invito y me permito invitar también a ustedes, a tener en el corazón aquello que hemos escuchado y de usarlo, permíteme esta fea palabra…

Luca Doninelli:
…no es fea…

Emilia Guarnieri:
…no es fea porque describe lo humano, y usarlo como hipótesis de lectura también en todas las cuestiones, las temáticas, las cosas de las que hablaremos y de las que se hablará en estos días. Porque la experiencia del otro se vuelve para mí una hipótesis de mirada, este es el gran desafío, pero esta mirada, este mirar al tú como algo que me es dado, como algo que es gratis, como decía Luca, ¿se mantiene frente a los desafíos de la vida? Porque estamos en un tiempo en que se mantiene sólo aquello que es verdadero y que pasa a través de la carne de cada uno de nosotros. Es muy dramático el tiempo en el cual vivimos para pensar que puedan bastar convicciones, hoy tenemos necesidad de algo que pase a través de la vida, algo que convenza porque toma la vida desde dentro. Y si algo convence porque toma dentro y entra en mi vida, ya nadie me lo puede quitar.

Pero el camino de convicción no es un recorrido ideológico, el camino de la convicción es un camino de experiencia: frente a la realidad de que el tú sea lo que hoy nosotros hemos escuchado, se vuelve una hipótesis de mirada. Y si yo poco a poco verifico en la vida que esta hipótesis tiene, esta experiencia, esta convicción nadie me la quita de encima. Hoy existe la necesidad de gente a la que nada pueda quitarle de encima la certeza. Y creo que también un lugar como el Meeting, que es una cosa pequeña frente a los dramas del mundo, pueda contribuir a esta certeza ya que se verifica en la experiencia de un diálogo, en la experiencia del enfrentamiento de las cuestiones, en la experiencia de la relación con otros. También el Meeting es un instrumento, es una ocasión para que esta certeza, sólo porque se verifica en la experiencia, pueda crecer. Porque de otra manera no haríamos tampoco el Meeting, no son tiempos para perder en actividades que no sirven. Digo esto con profunda convicción: si continuamos haciendo una cosa como el Meeting es porque creemos que pueda ser útil y porque creemos y vemos que hay tanta gente que continúa creyendo en él, hemos incrementado el lanzamiento de la campaña de fundraising, sólo animados por la experiencia positiva, en particular del año pasado. Por tanto la relanzamos.

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