Una Historia del terror común y ordinario en la Unión ...
autor: Giulia Sponza
fecha: 2017-10-01
fuente: Una Storia di ordinario terrore nell'Unione Sovietica di Stalin
Publicado en el N.13 de Lineatempo (2017-10)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Data del año 2000 este librito, ya agotado, editado por la Fundación “amigos de los Liberales” que recoge las memorias, en forma de diario, de Julia Pyatnizkya, mujer de un bolchevique de primer orden que durante los años del Gran Terror, bajo la dictadura de Stalin, fue juzgado como enemigo del pueblo y condenado en julio de 1938 a la pena de muerte, por fusilamiento (J. Pyatnizkya, Diario de la mujer de un bolchevique, por y con una introducción de V. Zaslavsky, Fundación amigos de los Liberales (editado por), Florencia, 2000.

La historia de los Pyatnizkya hunde sus raíces en los años de la Revolución bolchevique cuando Julia Sokolov, internada por largo tiempo en el hospital luego de haber estado en riesgo de congelarse durante una fuga, conoce a Osip Pyatnizkya - ya dirigente del partido - mientras él visitaba a un colaborador enfermo.

Julia, nacida en una familia de la aristocracia de la provincia rusa, al estallar el primer conflicto mundial se había esposado con un general del ejército zarista que, durante la guerra civil que siguió al estallido de la revolución, había sido fusilado por los bolcheviques. Habiendo quedado sola, la joven mujer se alistó casi inmediatamente como espía del ejército rojo, asumiendo la identidad de una conocida que acababa de morir de tifus.

Durante unos meses logró transmitir a los bolcheviques secretos militares, pero poco después fue desenmascarada; escapó milagrosamente a la captura, se escondió en un sótano helado donde fue encontrada moribunda precisamente por los bolcheviques.

Con Osip fue amor a primera vista tanto que los dos muy pronto se casaron y se fueron a vivir a Moscú en una casa del gobierno que hospedaba también al padre de Julia, su segunda mujer y la hermanastra Ljudmila.

Osip Pyatnizky había sido uno de los fundadores del partido bolchevique y, a pesar de haber transcurrido muchos años en las prisiones zaristas y en exilio, había logrado aún desde allí organizar el transporte clandestino de la prensa bolchevique en Rusia.

Así que, en 1917, fue uno de los protagonistas de la toma del poder en Moscú por parte de los bolcheviques. El sucesivo desarrollo de su carrera fue significativo: en 1922 secretario del Comintern para el trabajo organizativo, actividad que con mano dura condujo hasta el 1935; poco después, en el culmen de su carrera, fue nombrado jefe del Departamento organizativo-político del Comité Central del PCUS.
Nunca, en todos esos años, Pyatnizky se desvió de la línea política de Stalin, siempre estuvo apoyándolo en la lucha contra la llamada oposición, bien sea que fuera de izquierda o de derecha.

Fue en 1937 que, durante un Plenum del Comité Central en el que Stalin propuso la eliminación física de los líderes de la oposición de la derecha y la concesión al NKVD (policía política soviética, NDR) y su Comisario Ežov de poderes extraordinarios, Pyatnizky pide la palabra para oponerse al proyecto de Stalin y a su intento por desencadenar la política del Gran Terror.

Esta iniciativa le costó caro a Osip: flanqueado por tres secuaces de Stalin encargados de persuadirlo a retractarse de sus declaraciones con la promesa de que, si lo hiciera, el episodio habría sido olvidado, él rechazó afirmando que «su consciencia comunista no le permitía volver atrás; que más bien, él veía claro su futuro; que el discurso al Plenum no era una acción casual sino más bien premeditada y que en nombre de la pureza y unidad del partido estaba listo no sólo a sacrificar la vida, sino, si era necesario, a pasar sobre los cuerpos de sus hijos y de su esposa» (cfr op. cit., pp. XV).

Fue así que Pyatnizky, habiendo tenido el coraje de denunciar abiertamente al omnipotente dictador inmediatamente después del Plenum, fue puesto bajo arresto domiciliario y, en las semanas siguientes, fue encarcelado.

No debe olvidarse, sin embargo, que héroes solitarios como Pyatnizky, tenían con el dictador muchas cosas en común, antes que nada el mito de la revolución.

Existe una vasta literatura al respecto: allí se evidencia cómo el comportamiento de los viejos bolcheviques se basaba precisamente en la convicción de que “el partido siempre tiene la razón“. Por eso no querían debilitarlo resistiéndose a las acusaciones, equivocadas sí, pero dirigidas a ellos en nombre precisamente del partido. Preferían el sacrificio personal, con tal de afirmar la causa.

Y es precisamente frente al deber dramático de esta causa, que Julia Pyatnizky vive atormentada y angustiada después del arresto del marido y, sucesivamente, del hijo mayor Igor.
Cada página de su diario - que decide tener precisamente para evitar la locura - es urdida por la duda acerca de la inocencia o la culpabilidad de Osip, su Osip que «no tenía ninguna culpa hacia el partido, era puro como la nieve apenas caída y habría tratado de demostrar de todos modos la propia inocencia» (pg.4).

¡Sin embargo no es así! El mismo Pyatnizky, ya estigmatizado como “enemigo del pueblo“, asume una posición que demuestra ¡cuánto le pesa, viejo bolchevique, el Moloch de la causa! A un amigo que está por ser también arrestado, se confía diciendo: «Qué cosa no hemos hecho, no hemos soportado por el partido. Y si el partido requiere un sacrificio, cualquiera que sea su peso, lo soportaré con alegría» (pg.9).

Aun después del arresto, Julia recuerda las palabras de Osip: «Recuerda que yo sirvo a la clase trabajadora, no a personas particulares» (pg.16).

La espina de la duda agota sin embargo a Julia que no deja de interrogarse sobre quién sea realmente el marido: « ¿Quién es Pyatnizky? Me pregunto cómo sea posible que el partito haya condenado con tanta ligereza a su camarada más viejo, más fiel y, seguramente, menos ambicioso. Lo ha definido un contrarrevolucionario […] O probablemente me equivoco y Pyatnizky no ha sido nunca un revolucionario de profesión, sino un canalla de profesión, un espía o un provocador […] ¿Al servicio de quién estaba? ¿Y por qué? ¿Quién era realmente: un revolucionario o un contrarrevolucionario? No lo sé y eso me atormenta […] Ojalá en el NKVD [1] estuvieran mis amigos, para que me ayudaran a salir de este abismo. Y me angustio días enteros con estos pensamientos contradictorios» (pgs.35-36).

La otra pena de Julia es la actitud del hijo menor que, alineado al partido, habla del padre lamentándose del hecho de que aún no haya sido fusilado ya que se trata de un enemigo del pueblo. Comenta Julia: «cómo lo odia y cómo sufre».

La profunda humanidad de Julia, cuando la ideología no viene a abrumarla, explota en toda la verdad de su grito: «Cuando se piensa en los detalles se descubre la naturaleza íntima de una persona, su esencia. No es posible que Pyatnizky sea un contrarrevolucionario, no es posible que sea un canalla, un doble agente. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué lo han condenado? ¿Por qué no le han creído?» (pg.49). E insiste, devorada por la duda: « ¡Cómo quisiera saber si Pyatnizky es culpable de algo […] Cómo sería más fácil si supiera la verdad!» (pg.69).

«Él no puede ser un enemigo del partido que era para él la cosa más importante del mundo. No puede ser un enemigo del proletariado al que ha dedicado toda su vida, todas sus energías. No logro aún hablar con desapego» (pg.73).

Y es la misma mujer, subyugada por la causa que, pocas líneas más adelante, en una carta al hijo en la cárcel, afirma: «Creo en Pyatnizky, pero creo aún más en el luminoso trabajo de Ežov (el funcionario a cargo del NKVD que había ordenado el encarcelamiento, ndr); existen las manchas de sol, pero nadie puede sustituir al Sol. El partido es el Sol de nuestra vida y nada puede ser más querido que su salud» (pgs.73-74).

Pensando en Vova, el hijo más pequeño, Julia escribe: «Será un buen trabajador, no es necesario que todos sean científicos, ¡es el estado que decide! Hay que ir más allá de los propios intereses y deseos» pero inmediatamente después agrega: «Es esto lo que la cabeza me dice, mientras el cuerpo duele y se debilita por los terribles sufrimientos» (pg.82).

Aun al extremo de sus fuerzas, Julia afirma: «Me defenderé de todos menos del NKVD: no porque tenga miedo, sino porque me fío sólo del NKVD» (pg.90).

Continúa la angustia hasta las últimas líneas del diario que concluye con su arresto: «Me atormenta el hecho de no lograr odiar a Pyatnizky mientras al inicio pensaba que sin duda lo habría odiado, que no era posible de otro modo, y en cambio tengo tantas dudas, pero al mismo tiempo no tengo derecho a dudar. Nunca podré cumplir ningún crimen contra el poder soviético, contra los derechos del pueblo conquistados con gran sufrimiento y sangre. ¡Entonces demuéstralo! Al prescindir de lo que te ha sucedido, debes absolutamente demostrarlo: no a los otros, sino a ti misma, sólo así demostrarás que eres más que una mujer, más que una madre; demostrarás que eres una ciudadana de la Gran Unión Soviética. Y si no puedes, también puedes ir al diablo» (p.125).

Al concluir su diario, Julia se da cuenta – quizá a pesar de sí misma - que, en general, son precisamente los hombres del NKVD «las personas que siente más cercanas».

Tal afirmación, contradicha sin embargo en cada página del escrito, documenta en efecto cómo sean precisamente aquellas personas las únicas responsables de su angustia, de su soledad, de su marginación; se comprende al mismo tiempo cómo Julia y Osip representen el paradigma de aquella mentalidad comunista caracterizada por la lealtad fanática y por la total dedicación al partido. Fue precisamente esta posición la que produjo, con la revolución de 1917, una casi total disolución del tejido social así como la destrucción de cada comunidad que no fuera en alguna medida mediada por el partido-estado.

Después de que el marido fuera condenado y ejecutado, Julia también, en 1939, en cuanto miembro de la familia de un enemigo del pueblo, terminó sus días en un gulag del Kazakistán donde impredeciblemente encontró a su hijo Igor, también él condenado a trabajos forzados.

Si el diario de la Pyatnizky data de finales de los años treinta, es decir cuando la Unión Soviética era guiada por Stalin con deshumana ferocidad, es sin duda interesante volver al origen de aquella violencia ideológica que ahondaba sus raíces en los pródromos [2] de la revolución.

¿Cuándo y dónde se generan personalidades como aquellas de los cónyuges Pyatnizky, víctimas, en parte también conscientes, de las evidentes contradicciones transmitidas por una ideología destinada a aniquilar al ser humano precisamente porque estaba fundada en la mentira?

Qué análisis más lúcido en la respuesta de Vassilij Grossman en su novela Vida y destino, cuando afirma que «no ya decenas de miles, y ni siquiera decenas de millones, sino masas gigantescas fueron testigos resignados de la masacre de inocentes. Y no sólo testigos resignados: cuando llegaba la orden, votaban por el aniquilamiento, con estruendo expresaban su consentimiento a los exterminios en masa. En esta desmedida resignación se revela algo inesperado.

Ciertamente, estaba la resistencia, estaban la virilidad y la tenacidad de los condenados, las insurrecciones, el sacrificio de sí mismos, cuando por salvar a un hombre desconocido y distante, otro hombre arriesgaba la propia vida y la vida de la propia familia. ¡Y sin embargo es indiscutible la resignación de masa! ¿Qué nos dice? ¿Nos habla de un nuevo, inesperado rasgo de la naturaleza humana, nunca antes visto? No, esta resignación nos habla de una nueva fuerza terrible que ha triunfado sobre los hombres. La extrema violencia de los sistemas totalitarios se ha revelado capaz de paralizar en continentes enteros el espíritu humano» (V. Grossman, Vida y destino, Jaca Book, Milán, 1984, pg.209).

Notas

1. NKVD: El Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, abreviado como NKVD (НКВД, según su acrónimo ruso), fue un departamento gubernamental soviético que manejó cierto número de asuntos internos de la Unión Soviética. (fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/NKVD )

2 Pródromo. Del lat. prodrŏmus 'que precede', y este del gr. πρόδρομος pródromos. 1. m. Med. Malestar que precede a una enfermedad

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