Una mujer no puede ser sacerdote
autor: Vittorio Messori
fecha: 2009-12-14
fuente: Una donna non può essere sacerdote. Dagli apostoli a Wojtyla, ecco perché

Tomado del Corriere della Sera (Italia)

Querido Director, en los días pasados se lo preguntaba en un artículo el colega Aldo Cazzullo, afligido por la escasez de candidatos para los seminarios, con el abandono de aquellos "presidios" también sociales que son las parroquias. Escribía, pues: "No entiendo por qué una mujer no pueda llegar a ser sacerdote. ¿Qué cosa le falta? ¿Cuál motivación teológica lo impide"?. Preguntas que, en estos meses, otras personas se han hecho, ante el regreso a la Iglesia católica, después de casi medio milenio de separación, de una parte consistente de la Comunidad anglicana. Dos las motivaciones principales del "retorno al redil": la ordenación sacerdotal de homosexuales practicantes y, todavía antes, la ordenación de mujeres. Posible, se ha preguntado, que ¿tocar, aquí, el monopolio masculino pueda constituir tal escándalo que provoque revuelo también entre cristianos "no papistas"?. Ahora bien, sí: en una perspectiva de fe, el problema es radicalmente diverso respecto al matrimonio para los consagrados, problema de disciplina eclesial sobre el que es posible el debate, mientras no olvidemos que no están en juego sólo cuestiones de oportunidad. Para la ordenación de mujeres, en cambio, estamos ante una especie de intangible "elemento constitutivo" de la Iglesia no sólo católica, sino también ortodoxa: en todo el Oriente griego y eslavo la sola propuesta de sacerdotes femeninas provocaría primero estupor y luego, insistiendo, desdén o hilaridad. El tema es tan básico que, en su desbordante enseñanza, sólo en dos ocasiones Juan Pablo II parecía hacer apelo, al menos en los tonos, al carisma de la infalibilidad: ha ocurrido sobre el rechazo, siempre y en todo caso, de cada legitimidad del aborto; y sobre el rechazo, apunto, del sacerdocio femenino. Efectivamente, en el Pentecostés de 1994, papa Wojtyla dirigió una Carta apostólica a los obispos de todo el mundo con el título "Ordinatio Sacerdotalis". Un texto breve y seco que terminaba con palabras inequívocas: "Con el fin de quitar cualquier duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma divina constitución de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en ningún modo la facultad de otorgarles a las mujeres la ordenación sacerdotal y que esta sentencia nuestra debe ser aceptada de modo definitivo por todos los fieles de la Iglesia". Podríamos ver pues, en un futuro indefinido, curas católicos casados (como en la ortodoxia el pope, pero no los obispos) pero no veremos nunca, palabra de Juan Pablo II, párrocos mujeres. ¿Ginofobia, tabúes sexuales, machismo? En absoluto, replicaba el Papa: "El hecho de que Maria Santísima, Madre de Dios y de la Iglesia, no haya recibido la misión propia de los apóstoles ni el sacerdocio ministerial, muestra claramente que la no admisión de las mujeres a la ordenación no puede significar su menor dignidad o una discriminación…. El rol femenino en la vida y en la misión de la Iglesia, aún no siendo ligado al sacerdocio ministerial, es absolutamente necesario e insustituible". Así - lo decíamos - Oriente y Occidente cristianos han creído y practicado ya desde el principio, tanto que la Tradición indivisa, aquí, no ha padecido alguna excepción en dos mil años. ¿Pero por qué esta intransigencia? Se pueden encontrar, cierto, motivos de conveniencia y oportunidad, se puede hacer apelo a una rica simbología. Pero, al final, recuerda papa Wojtyla, el motivo frente al cual el creyente debe inclinarse, es aquél enunciado por Pablo VI, que alineó pues muchos y no irrelevantes argumentos humanos: "La razón verdadera es que Cristo, dando a la Iglesia su fundamental constitución, seguida luego siempre por la Tradición, ha establecido así". Y Juan Pablo II confirmaba: "En la admisión al servicio sacerdotal, la Iglesia ha reconocido como norma el modo de actuar de su Señor en la elección de doce hombres que ha puesto como fundamento de su Iglesia". Y aquellos apóstoles eligieron sólo hombres como sus sucesores, en una cadena masculina que llega hasta a nosotros. La Iglesia católica es, a nivel institucional, la sola, verdadera "monarquía absoluta" sobreviviente. El Papa puede todo, es supremo legislador, ejecutor, juez. Puede todo, excepto contradecir a la Escritura y a la Tradición, indiscutida e incesante, que la ha interpretado. Estamos ante uno de los casos en que también los omnipotentes pontífices romanos abren los brazos: "Aunque quisiéramos, no possumus. Así el Cristo ha establecido y nosotros no somos más que sus ejecutores. Obedecemos a una revelación, no a una ideología humana". Situación, cierto, comprensible sólo en una perspectiva de fe. Pero para decirla aún como papa Wojtyla al final de su Carta apostólica: "Los más grandes en el reino de los cielos no son los curas, son los santos". Y de estos últimos con nombre femenino hay en abundancia en el calendario católico. Como recordó justo aquel Papa, entre los millones de peregrinos de Lourdes pocos saben el nombre del párroco y quizás nadie aquel del obispo en 1858. Pero todos conocen y veneran a la pequeña analfabeta que Maria eligió como a su portavoz y que la Iglesia, administrada por hombres, pone sobre los altares, honorando esta "historia entre mujeres."

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