William Shakespeare - Qué obra maestra es el hombre /2
autor: Alison Milbank
Associate Professor of Literature and Theology at the University of Nottingham
Edoardo Rialti
Docente de Literatura italiana e Inglesa en el Instituto Teológico de Asís y Visiting Profesor en la Olswa University, Ontario
Davide Rondoni (moderador)
Poeta y escritor
fecha: 2012-08-24
fuente: "Che capolavoro è l'uomo...". Guardare il mondo con gli occhi di Shakespeare
("Qué obra maestra es el hombre…". Mirar el mundo con los ojos de Shakespeare)
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "La natura dell'uomo è rapporto con l'infinito", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "La naturaleza del hombre es relación con el infinito")
traducción: María Eugenia Flores Luna
privios: /1

DAVIDE RONDONI:
Gracias a Alison, como siempre precisa y amplia en su lectura, que además retoma muchas ideas interesantes. Recuerdo que también von Balthasar, en la lectura sobre Shakespeare, muy bonita, insiste en la idea del teatro como lugar de perdón. De las cosas que ella ha dicho entienden también por qué Goethe y Tolstoj no quisieran mucho a Shakespeare, porque precisamente este autor, que universalmente hoy nosotros consideramos aceptado y conocido, no lo ha sido siempre. Shakespeare como todas las cosas de la literatura y la poesía, tiene fortunas alternas: ningún gran autor se afirma automáticamente y vive más bien del drama, de una discusión. Algunos de los elementos, muy presentes en lo que Alison nos ha dicho, nos hacen entender también por qué incluso algunos grandes autores de la literatura no aman a Shakespeare, y no aman no quiere decir que lo consideran estúpido, sino que no lo consideran cercano a sus ideas. La literatura no es un trozo de paraíso en la tierra, no existe un trozo de paraíso en la tierra. La literatura vive de la poesía, vive de los mismos dramas, de las mismas cuestiones, debates que agitan la cultura y la sociedad de los hombres. Por eso Shakespeare es más querido por algunos, más comprendido por otros y mantenido a distancia aún de otros. Ahora doy la palabra a Edoardo Rialti que, como siempre, se basará en tres palabras clave. El método que él tiene generalmente de lectura, no es aquel que utiliza un zum, sino es aquel de la bomba, una bomba inteligente: bombardea un punto y de allí irradia su lectura.

EDOARDO RIALTI:
Buenos días ante todo de mi parte. Es significativo y sugestivo, con el consejo a cosas hechas, que justo al cambiar de siglo - es decir entre el final del 1500/1600 - un todavía joven escritor, que sin embargo ya tenía a la espalda obras famosas (El mercader de Venecia, Romeo y Julieta), a mitad de su vida, a los 36/37 años, en el umbral de aquella que será una real cascada creativa que anuncia precisamente algunas de sus obras más famosas (Otelo, Macbeth, Rey Lear, La tempestad), escriba la obra que nos entrega un personaje gracias al cual el imaginario occidental ya no será aquel de antes, y sin el cual es muy difícil imaginar algunas páginas importantes de tantos otros escritores (Goethe, Manzoni, Testori, Pasolini, Pirandello, Ionesco): el príncipe Hamlet, cuya voz expresa justo la frase de la que hemos tomado el título del Meeting. A un cierto punto este joven príncipe lanza un grito, un himno a la grandeza y a la dignidad humana, que es un tipo de vuelo de Ícaro, parece casi rozar el sol y luego de repente, como en Ícaro, sucede algo contradictorio. Oigan: “¡Qué obra maestra que es el hombre! ¡Cómo es noble en el intelecto, cómo es infinito en las facultades, en la forma y en el movimiento, cómo logrado y admirable! Un ángel en la acción, un dios en el pensamiento, la belleza del mundo, el parangón del reino animal. ¿Sin embargo a mis ojos qué es esta quinta esencia de polvo? El hombre no me gusta. No, y tampoco la mujer - si es esto lo que sugiere tu sonrisa”. Shakespeare en esta imagen condensa la experiencia fundamental que hacemos: la experiencia de la intuición de una sublime grandeza, a la cual muchos de sus personajes han dado voz y expresión - baste pensar en la argucia de Mercucio, a la alegría de Bottom, a la incesante gana de vivir de Falstaff, a figuras femeninas tan dulces, gentiles y delicadas como Imógene, o Miranda, la última figura femenina suya, cuyo nombre quiere decir justo admirar, que hay que admirar en La tempestad o incluso el amor de Romeo, la pasión de Otelo, la noble melancolía de Brutus o el valor guerrero de Macbeth -; sin embargo al mismo tiempo Shakespeare nos presenta a Mercucio que muere, blasfemando y maldiciendo las dos casas, los Montescos y los Capuletos, que lo han puesto en el medio; nos cuenta de Romeo que se mata por equivocación y que rompe el corazón de su amada que a su vez muere; nos cuenta de Otelo que amaba tanto a Desdémona y que al final cree en una mentira y la ahorca; nos cuenta de Brutus, que amaba a Julio, pero que odiaba al César, amaba al dictador y odiaba la dictadura, y para atacar a la dictadura sólo puede hacer sangrar al dictador; nos cuenta de Macbeth, el valiente guerrero que al inicio hace todo para defender a su rey y luego lo traiciona, lo mata, y después de haber conquistado el propio reino, acaba la propia vida con los siervos que lo odian y lo maldicen y, antes de ir a la batalla final, dice esto de la existencia: “Mañana, y pasado mañana, y después aún pasado mañana…Así, a pequeños pasos, día tras día el tiempo se arrastra hasta la última sílaba de los años, convertido solamente en recuerdo. Y todo nuestro ayer no ha hecho nada más que iluminar a los locos la vía que conduce al polvo de la muerte. Apágate, apágate, pequeña candela, la vida sólo es una sombra que camina, un pobre comediante que se pavonea por una hora en la escena, y luego cae en el olvido, la historia relatada por un idiota, llena de caos y de fervor y que no significa nada”.

La pregunta por lo tanto es: ¿qué es el hombre, qué vence en el hombre, la obra maestra o el polvo? Shakespeare fue definido, apenas murió, por el amigo y rival Ben Johnson, “el espíritu del tiempo” y es una imagen muy bonita, porque es como si fuera el espíritu de su tiempo, pero es como si también fuera el espíritu de cada tiempo, uno de aquellos autores que dan, como caja de resonancia, la amplitud de nuestros deseos, de nuestros sentimientos, de nuestras alegrías, de las contradicciones. A mi juicio, expresa en tres puntos continuamente y en una infinita serie de matices de sus obras (altas, bajas, comedias y tragedias), tres momentos en los que emerge la posibilidad continua para el hombre de acordarse, de notarse, de descubrir y sorprenderse de que él no es solamente una criatura del tiempo, sino que en los pliegues y en las llagas del tiempo, continuamente está entreabierta otra posibilidad.

El primer punto es la primera palabra: aceptar, aceptar la realidad. El hombre es aquella extraña y misteriosa criatura que tiene la capacidad no sólo simplemente de padecer las circunstancias - cosa que compartimos un poco con toda la creación - sino de decir que sí a las circunstancias. Este en efecto es el gran tema de fondo del Hamlet. Hamlet inicia con la historia de un hombre joven de 18/20 años, que tiene la experiencia propia de todo joven adulto, la experiencia de la contradicción, del hecho de que las cosas no son siempre lo que parecen. La reina madre le dice: “¿Por qué te obstinas en llevar luto por la muerte de tu padre, no sabes que es suerte común que los hijos tengan que enterrar a los padres?”. Y Hamlet dice: “Es verdad, señora, es suerte común”. Y la madre le dice: “¿Por qué parece que tú sufras tan particularmente?”. Y Hamlet dice: “¿Parece, señora? Es. Yo no conozco el parece. Yo tengo dentro algo que supera el espectáculo”, además con una prodigiosa superposición de planes porque hay un actor que está haciendo un personaje que dice que no está recitando en el palco. Y todo el drama de Hamlet es la batalla entre el mundo del ser y el mundo del “parece”. El mundo de los que fingen, por el poder, por la mezquindad, por el propio provecho y la pregunta de un hombre joven que en cambio quiere descubrir cuáles son las cosas que están de pie. ¿Qué es más potente, el mundo de lo que es o en el fondo somos todos esclavos de la apariencia y por lo tanto de quien logra dominar, con una apariencia más fuerte que los otros, el poder? Después de tantas tentativas, después de tantos proyectos, después de tantas nobles maquinaciones, (Hamlet contrapone a la maquinación del poder las dos grandes armas que tiene, la tentativa de decir siempre la verdad, pasando por loco - como decía antes la profesora Alison a propósito del Rey Lear, a menudo en Shakespeare los locos son los que dicen siempre y solamente la verdad, pero aun eso no basta - y el contraponer a la ficción del poder la ficción del arte, algo que formalmente no es verdad, sino que sustancialmente resalta lo que siempre es verdad, pero aun esto no bastará) al final, cuando vaya hacia la última trampa en la que sus enemigos pondrán en escena el espectáculo, la ficción definitiva, un duelo disfrazado en el que las espadas son envenenadas, Hamlet que no lo sabe sin embargo tiene un tipo de presentimiento, deja de contraponer a la ficción y a los proyectos del mal una incluso justa tentativa, esfuerzo, resolución de su parte, él que al inicio había dicho con un suspiro trágico: “El mundo no está en orden (el mundo se ha salido de la órbita). Ay, qué extraño destino, debía nacer justo yo para ponerle orden”. Y en cambio frente a esta trampa, que él inicia a presagiar, dice a su mejor amigo que le dice que no baya: “No, no, para nada. Desafiemos los presagios. La Providencia es manifiesta también en la caída de un pájaro”, citando el evangelio de Mateo donde Cristo dice que no tengan miedo, porque nada sucede sin que el padre lo quiera. “Si es ahora no será después, si tiene que ser después, será ahora. Si no tiene que ser ahora, de todas maneras será. Estar listo es todo”. Y por seis veces torna el verbo ser. Aquel joven que poco antes, algunos meses antes, se había preguntado, con un puñal “¿Ser o no ser?” - quedar en la realidad cuando descubre que hay podredumbre y sería tan fácil, cuando la indignación ya no basta, irse, alejarse de lo real (ser o no ser) - va a la muerte diciendo - en inglés “Let be”, deja que sea, que vaya así, así sea - su muy humano y muy personal Amén. Y justo en el momento en que irá como un cordero al matadero, haciendo eco a otro joven Príncipe, príncipe del universo que había ido a la muerte confiando en un diseño más grande que el suyo, todo el castillo de cartas del poder caerá de repente, colapsará desde el interior. Lo que no quiere decir que esto ahorre a Hamlet la tragedia y el dolor del sufrimiento y la muerte. Aceptar, abrazar, decir que sí a la realidad, también en sus pliegues y en sus llagas contradictorias.
El segundo punto es “amar”. Cada vez que un hombre, en Shakespeare, alguien o algo está fuera de sí, allí está en juego algo intensamente serio, divinamente serio. La frase quizás más infernal de Shakespeare es aquella que pronuncia Ricardo III en la víspera de la batalla en que será derrotado. Frente a una serie de pesadillas que le pedirían, como al don Rodrigo de Manzoni, arrepentirse, Ricardo III se despierta, se despierta con un sudor frío y dice: “Ricardo ama a Ricardo, y yo soy bien yo”. Se cierra a todo, porque le basta amar únicamente a sí mismo. Mientras en cambio cada vez que un hombre ama fuera de sí mismo, allí últimamente Shakespeare hace resonar, de manera deslumbrante o discreta, pero siempre presente, una profundidad divina. Miren que eso no es verdad en Shakespeare sólo de los amores límpidos, no sé, como decir, las historias como Tanto rumor para nada, aun toda la pureza y el encanto del primer amor de Romeo y Julieta, pero también en personajes complejos y contradictorios. Shylock, el ávido usurero del Mercader de Venecia - y Shakespeare escribe esta obra poco después que hubo una oleada de antisemitismo en Inglaterra, porque un médico judío había sido acusado de haber podido atentar contra la vida de la reina Elisabeth y Marlowe había escrito, tiempo antes, una tragedia sobre un judío malvado - es un judío malvado, pero que tiene continuamente ahondamientos, destellos, intuiciones que no nos permiten catalogarlo en un esquema. Este hombre, que al final pretenderá una libra de carne para recobrar en cambio su oro perdido, por toda la vida ha conservado un anillo que le había sido donado por su mujer, que ahora está muerta, y se acuerda, y él la cita, “cuando juntos éramos estudiantes”. Y, dice, no lo habría cambiado por infinitas riquezas. Este hombre de la cantidad lleva continuamente consigo algo que, en cambio, es cualitativamente diferente. Pero baste pensar, si Romeo y Julieta es la historia del primer amor, a la que es en cambio, quizás, su más trágica y vehemente historia, aquélla del último amor, Antonio y Cleopatra: dos viejos amantes, dos pecadores empedernidos, que una vez fueron el hombre más guapo y la mujer más hermosa de su tiempo, pero que ahora están empezando a tener arrugas; Antonio empieza a tener el pelo que encanece, empiezan a perder sus batallas, al final se matarán, con un suicidio que no se logra tampoco plenamente. Al inicio, mientras están haciendo el amor, Cleopatra dice: “Dime cuánto me amas” y Antonio: “Pobre es el amor que puede ser medido”. Y ella le dice “fija unos confines” y él: “Entonces por mi amor tendrás que encontrar cielos nuevos y tierra nueva”, a su vez haciendo eco de la Biblia. ¿Y qué está diciendo Shakespeare aquí? Está diciéndonos que, también en la confusión y en el error, se vislumbra, en un mundo trágico, lleno de mentiras, lleno de errores, por lo que Antonio y Cleopatra a menudo se engañarán, como el soplo, el suspiro, el anhelo de otro tipo de vastedad.
Pero el tercer punto, que es como una profundización sobre los dos primeros, aceptar y amar, es el hecho que continuamente el hombre que ama algo o a alguien, aún más, fuera de sí, hace la experiencia terrible de ser a menudo el peor enemigo de sí mismo. Porque es el peor enemigo de las cosas y las personas que amamos. Las obras de Shakespeare están llenas de figuras que arruinan, atentan, contra las cosas que les importa más. Otelo que ahorca, que estrangula a Desdémona, etc. Figuras que arruinan una vida entera.
El punto definitivo para Shakespeare es que continuamente el hombre reconoce, si está atento, que algo más grande que él mismo le devuelve lo que él siente más suyo que él mismo, pero que, dejado a la propia capacidad, se le escaparía como agua entre los dedos: la necesidad del perdón, el perdonar, incluso a aquel umbral último que no son simplemente las cosas o las relaciones sino el horizonte que los comprende a todos, es decir la vida misma.
Les quiero leer aquella que, para mí, es una de sus escenas más bonitas y conmovedoras, la muerte de aquel viejo pecador empedernido que es Falstaff, un hombre que ha sido un soldado de hielo, que ha pasado la vida robando, engañando, seduciendo a las siervas de las tabernas, y que ha sido luego también alejado por el joven Enrique V, del cual en todo caso, con todos sus defectos y su incesante alegría, ha sido un tipo de padre (le había dicho: “Si me exilias, exilias al mundo entero” y Enrique de todas maneras lo aleja). Muere, y oigan como una mujer, que él mismo había tratado mal, engañado, cuenta la muerte: “Ha hecho el fin más bonito que se haya visto nunca y se ha apagado como un niño apenas bautizado. Ha muerto entre las doce y la una, al subir la marea. Cuando lo he visto arrugar las sábanas, y como juguetear con las flores, y sonreír mirándose la punta de los dedos, he entendido que no había más que un camino para él, porque tenía la nariz afilada como la pluma, y balbuceaba de campos verdes. ‘¿Qué pasa, sir John', digo yo, ‘qué tienes, hombre? ¡Estate de buen ánimo! Y él se pone a gritar: ‘¡Dios, Dios, Dios! tres o cuatro veces. Entonces, para confortarlo, le he dicho que no pensara en Dios, y que creía que no fuera todavía el momento de confundirse con estas ideas. Y entonces me ha dicho que le pusiera otras mantas en los pies. He metido la mano bajo las sábanas y se los he tocado, y estaban fríos como el mármol. Entonces he pasado la mano, hasta las rodillas, y estaban frías como el mármol. Y luego más y más arriba, y todo estaba frío como el mármol”. Si ustedes conocen un poco la historia de la literatura, aquí Shakespeare hace una cosa vertiginosa: cita, en la muerte de un viejo soldado cobarde, al mismo tiempo a un niño y la muerte de Sócrates. Si han leído el Fedón de Platón, Sócrates muere así, con el frío que sube de los pies hasta la frente. Eso es lo que para Shakespeare aúna al hombre realmente sabio y al niño: el hecho de que, como cualquier pecador, en el umbral del fin de todo puedan gritar al infinito “¡Dios, Dios, Dios!”. Es en este grito, en esta necesidad que, si el hombre escucha, se sorprende en él mismo, nace en el hombre el hechizo más potente de todos, como justamente decía la profesora. Milbank: la capacidad de estar a su vez disponible para perdonar. Todas las últimas obras de Shakespeare - El cuento de invierno, Péricles, hasta, precisamente La Tempestad - son una reescritura sistemática de situaciones que, si ustedes leen las otras obras de Shakespeare, están ya presentes: mujeres calumniadas, personas que son alejadas, injustamente acusadas, pero viene siempre la tragedia del error, al final, invertida por el reconocimiento, de parte de quien se ha equivocado, del propio error enorme, de la esperanza más allá de toda esperanza de que algo más grande pueda restaurar lo que pareciera para siempre roto, y eso llega. Es en efecto la última obra de Shakespeare, con la que él se aleja de las escenas, La Tempestad, la historia de un mago - que es una metáfora, es una imagen del escritor teatral: el mago y el escritor teatral hacen suceder las cosas con la palabra - que, humillado y desterrado por el hermano que ha tomado su sitio, al final lo encuentra y lo perdona. Y se vuelve hombre entre los hombres y al final - con un extraño epílogo - el mago - Shakespeare se despide de su público diciendo: “Ahora la fuerza que tengo es solo mía y mi fin será desesperado” - un hombre tan bueno, un hombre tan noble, que ya ha perdonado a sus enemigos, “a menos que no sea socorrido por una plegaría que sea tan dulce de mover a compasión la misma Divina Misericordia”. Esto es en el fondo el verdadero resultado de qué quiere decir para Shakespeare tragedia o comedia. Hay historias en Shakespeare que van bien, que van de lo malo a lo mejor, y son las comedias, hay historias que van del bien, o de una situación de estasis, a lo peor, que son las tragedias. Pero la verdadera tragedia y la verdadera comedia son, para Shakespeare, la tragedia el hecho que, al final, el hombre se excluya de este cambio recíproco de amor y perdón, del descubrimiento de esta necesidad y de la alegría de verla ocurrir y, en cambio, la comedia, la alegría, cuando aun dentro del dolor, la muerte, el sufrimiento, el hombre se abre a este abrazo. Ésta es, para Shakespeare, la marca de nuestra divina dignidad: no lo que hacemos, no lo que logramos y tampoco lo que no logramos. El hombre continuamente, en los puntos más intensos de la propia vida, ve abrirse esta puerta, que por la trama de nuestras relaciones cotidianas llega hasta el umbral de aquel trono y aquel rey en cuya progenie todos somos también príncipes como el príncipe Hamlet. Éste es el desafío contenido en cada amor auténticamente humano, es en esto que nosotros iniciamos a descubrir, en esta mirada infinita, nuestro infinito valor, como Shakespeare había dicho en uno de sus sonetos más bellos:
Cuando en desgracia con la Fortuna y los hombres, solo lloro mi triste estado, e importuno al sordo cielo con fútiles quejidos, y evalúo a mí mismo y maldigo mi suerte, comparándome a quien es más rico de esperanzas, envidiando de uno el arte, del otro el poder, mínimamente contento de lo que yo poseo. Casi despreciándome en estos pensamientos míos, me ocurre a veces pensar en ti, y entonces, como alondra que se libra de la tierra gris al alba, canto himnos de alegría a las puertas del cielo. El recuerdo de tu dulce amor trae tal abundancia que yo desprecio cambiar mi estado con el de un rey. Gracias.

DAVIDE RONDONI:
Gracias a Edoardo por su lectura llena de bombas inteligentes. Shakespeare como todos los autores, como todas las personas como todos nosotros, es un secreto, por eso seguimos hablando de él. Y es un secreto no sólo porque, como saben, sobre su identidad han sido escritas muchas cosas, alguien dice que era un siciliano, alguien dice que no ha existido nunca, no sólo por esto - ustedes saben que Shakespeare quiere decir “Crollalanza” y por lo tanto alguno de los sicilianos dice: “Ven, es un apellido nuestro”. Lo saben, ellos son un poco invasivos, un poco exuberantes -. El misterio de la identidad no es el único secreto de Shakespeare. El secreto maravilloso y que destituye de todo fundamento la pretensión filológica de comprensión de la literatura, es que de Shakespeare, como de Dante, no tenemos los manuscritos de las obras, y por eso es como si todo este gran estudio sobre el autor se basara en un soplo. No existe el documento inicial. No tenemos los manuscritos de los dramas o de las tragedias de Shakespeare, como no tenemos el manuscrito de la Comedia. Por tanto, y ésta es una óptima advertencia, es como si todas las suposiciones y nuestras lecturas tengan siempre que guardar adentro un cierto tipo de pudor, así como no conociendo el alma de una persona, puedes juzgarla, pero nunca completamente, nunca definirla. Así también un gran autor como Shakespeare o Dante y todos los autores no puedes nunca poseerlos hasta el fondo. Luego es un secreto, pero es un secreto - como nos han hecho percibir nuestros dos amigos - en el que hay un aspecto que Shakespeare siempre pone de nuevo en juego, que es su secreto de nuestro secreto y por eso siempre lo sentimos contemporáneo. Es precisamente el gran secreto de la libertad, como él dice en un soneto: “¿Cómo se hace para estar en este inmenso escenario que presenta sólo apariencias?”. La libertad, es decir el secreto de cada hombre es qué motiva, qué posiciona al hombre en este inmenso escenario que sólo presenta apariencias, porque para todo el mundo es un inmenso escenario que sólo presenta apariencias, nadie se puede sustraer de éstas. El problema es cuál es tu libertad, es decir cuál es la posición con la que tú vives, participas, aceptas, amas, perdonas, combates en este teatro sólo de apariencias. Shakespeare pone en escena en sus infinitas historias este problema, que era evidentemente su problema de hombre y que también es el nuestro. Y la libertad, y aquí acabo, no está tanto en el hecho de que puedas elegir qué posición tener, la libertad no es la elección. Nuestra libertad no consiste en el hecho de que puedo elegir si mirar este teatro de apariencias como introducción a una realidad más grande y más profunda o bien mirarlo como pura sombra y engaño de engaño. Mi libertad no consiste en elegir esta posición u otra o las infinitas posiciones intermedias que hay, por lo que algunas cosas son reales y otras cosas son apariencias, porque en la vida las elecciones sobre estas cosas no son nunca blanco o negro, vivimos todos un poco en la penumbra de lo gris, por lo que ciertas cosas las tratamos como apariencias y ciertas cosas en cambio las tratamos muy realmente, muy ponderadamente, muy gravemente. La vida es así. La libertad, insisto, no está en el hecho de que puedo elegir entre una posición o la otra o entre las miles de posiciones. La libertad no es la elección, nos lo han hecho también intuir nuestros amigos lectores y en Shakespeare se ve bien. La libertad verdadera está, como dice el título del Meeting, la libertad verdadera se cumple en el hecho de reconocer cuál es tu verdadera naturaleza. Porque si no reconoces tu verdadera naturaleza, no eres libre. ¿Dónde inicia la falta de libertad? Inicia en el no saber quién eres, es allí donde inicia la esclavitud. La verdadera libertad está en el hecho que tú sabes quién eres, qué eres. “¿Yo qué soy?” dice Leopardi. Allí inicia la libertad, no en la elección. Y Shakespeare, lo que pone en escena, es el hecho que, como Edoardo señalaba antes, es evidente en la experiencia no en las filosofías, sino en la experiencia que el “qué soy” es esta unión con el infinito, esta unión con algo más grande que yo, que a lo mejor me es claro en ciertos momentos, cuando acepto la realidad, cuando amo, cuando perdono o soy perdonado; cuando de algún modo algo me aclara más qué soy. Aquéllos son los momentos en que, lo sabemos muy bien, nos sentimos más libres. Porque nosotros ya no nos sentimos libres cuando nos dicen: “esta tarde haz lo que quieras", pero cuando alguien nos dice: “eres infinito, para mí eres infinito, para mí vales infinitamente". Allí nos sentimos libres, en aquel momento. Por eso Shakespeare pone en escena como uno de los más grandes… - quizás el más adulto y Dante y luego llega él enseguida detrás -. Es un grande porque pone en escena esto, como Dante pone en escena el drama de la libertad.
La Divina Comedia es grande, como dice mi amigo Benigni, porque habla a todos, no porque es un bonito poema medieval del Trescientos, sino porque pone en escena la libertad que nos recuerda qué somos, quiénes somos. Y Shakespeare hace lo mismo: precisamente no que la libertad consista en el elegir, sino en recordarnos qué somos. En efecto el recurso para vivir más humanamente posible no está en el tener infinitas posibilidades de elección, sabemos muy bien todos que hay personas muy libres aunque puedan elegir muy poco; pero el verdadero recurso para vivir libremente es aprovechar esta relación con el infinito. Es esto que nos hace más libres en la vida, más humanos en las relaciones, más pacientes los unos con los otros. Por eso agradezco a nuestros dos lectores que nos han introducido, también hay libros a la salida, son muchos estudiosos que están afrontando estas cosas, también un poco contracorriente, destacando - como también nuestros amigos han hecho - el hecho de que Shakespeare no es que hablaba de estas cosas porque las pensaba la mañana, porque comía el croissant, el bacon en el cappuccino. Las pensaba porque, como les han hecho ver, vivía de una gran tradición. No es que citaba la Biblia así porque tenía necesidad de fuentes, sino porque evidentemente en su vida, misteriosamente - porque éstos son hechos de Dios, no nuestros - ciertas palabras y las palabras que indicaban una cierta experiencia, lo habían evidentemente atravesado y conmovido. De esto le estamos agradecidos a él y a quién nos lo hace ver. Gracias a todos.

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