Zverina el teólogo contra el poder
autor: Paolo Pezzi
fecha: 2013-10-08
fuente: Zverina: il teologo contro il potere
traducción: María Eugenia Flores Luna

A cien años del nacimiento la actualidad del sacerdote checoslovaco arrestado primero por los nazis, luego por el régimen comunista. Su mensaje lo comparte Havel

Jozef Zverina había nacido en Moravia exactamente hace cien años, en 1913, y después de los estudios filosófico-teológicos desarrollados en Roma, tuvo, durante los años de la segunda guerra mundial, un primer impacto con el régimen totalitario, con el poder y sus consecuencias: fue recluido en un campo de concentración alemán. Luego, en los años Cincuenta, Zverina probó el otro gran totalitarismo: fue primero condenado a más de veinte años de cárcel y luego, amnistiado después de 15 años; durante todo el tiempo restante del régimen comunista checoslovaco Zverina fue prácticamente aislado hasta obligarlo a no alejarse de una casita en la periferia de Praga en la que había sido exiliado. Pero, paradójicamente, en este aislamiento después de la invasión soviética conoció una nueva fecundidad precisamente en formar clandestinamente decenas y decenas de personas a la que luego llamarán su «teología del ágape». Destino extraño de algunos hombres: en Zverina no se habían perdido la humildad y la alegría. Su Carta a los Cristianos de Occidente de 1970 se volvió un texto de referencia para quien en aquellos años tenía particularmente en el corazón el destino de la persona tanto en Occidente cuanto en Oriente. La carta de Zverina llega a Italia, primera en publicarla en Occidente, después de que la misma se hace llegar de modo bastante rocambolesco por un grupo de chicos que la llevan fuera de Checoeslovaquia. Estamos en 1970. Y pienso sea importante la ubicación histórica de este evento. Zverina escribe como cristiano de un País, la Checoeslovaquia, en que la circunstancia del totalitarismo comunista dominante ha obligado a las almas más vivas a hacerse la pregunta central: « ¿Y yo quién soy?», « ¿qué da realmente consistencia a mi ser?», « ¿Dónde consiste mi identidad?».

Zverina dirigió la Carta a los cristianos que, como parece, habían perdido su identidad, el factor que da identidad al hombre cristiano.

Él escribe pues a hombres que ya no reconocen lo que ha dado y da a su persona una identidad. Entendámonos, hacen eso con la noble intención de ser útiles a la causa de Jesucristo, pero – escribe agudamente Zverina - hacen eso con presunción y el hombre en la presunción se extravía fácilmente. Quien crea estar en pie, cuide de no caer, nos recuerda el apóstol Pablo (1Cor 10,12). «Hermanos - escribía padre Jozef- ustedes tienen la presunción de ser útiles al Reino de Dios asumiendo cuanto sea posible el saeculum, su vida, sus palabras, sus eslóganes, su modo de pensar». Y estos hombres extraviados, distraídos, disolutos en el magma de este modo no hacen más que incrementar la confusión. La búsqueda de la propia identidad trágicamente y paradójicamente se confía a lo que disuelve, o hasta tiende a anular una personalidad en acción, un «yo» que diga conscientemente «yo», un ser que se presenta según la propia identidad para ofrecerla como hipótesis de un camino humano a otros seres humanos, a otras personas dispuestas a recorrer esta gran aventura del «yo», que es la vida vivida conscientemente y libremente. Por lo tanto los cristianos de Occidente, que tienen aparentemente todas las condiciones para poder desarrollar en santa paz la propia identidad y el propio ser Iglesia, terminan por asumir en cambio la posición del mundo. Esta homologación progresiva, para decirla con Pasolini, me parece hoy particularmente aguda y actual tanto en Occidente como en Oriente. Basta con fijarse en las innumerables solicitaciones que obligan al hombre, y permítanme decir ya no sólo al hombre occidental, a conformarse, a deber y poder dar expresión pública sólo a lo que es politically correct. De aquí se puede entender el reclamo caritativamente crudo de Zverina: «Pero reflexionen, les ruego, qué significa aceptar esta palabra», es decir el siglo. « ¿Quizás significa que se han lentamente perdido en ella? Desgraciadamente parece que hagan justo así. Es ya difícil que los encontremos y los distingamos en este extraño mundo de ustedes». Continúa Zverina: « ¿Probablemente los reconocemos aún porque en este proceso la hacen larga, por el hecho de que se asimilan al mundo, despacio o de prisa, pero siempre con retardo». La característica de la homologación es aquella de postergar a un futuro indeterminado la posibilidad misma de que el individuo pueda decir «yo». En efecto, ¿qué cosa se opone a la identidad de la persona? ¿Qué cosa es por naturaleza propia y por constitución contraria, antepuesta a la persona, a la emergencia de su identidad? El poder, en cualquier manera lo entendamos, de cualquier modo sea considerado o definido.

Un contemporáneo de Zverina, Václav Havel, escribía en su ensayo luego hecho famoso, El poder de los sin poder: «El sistema (es decir el poder) está al servicio del hombre sólo en la medida en que es indispensable para que el hombre esté al servicio del sistema; todo «lo de más», por lo tanto todo eso con que el hombre va más allá de su condición predeterminada», todo lo que hace tal persona, y por tanto cada poder, cualquier forma que asuma odia el cristianismo, trata de expulsarlo de la propia esfera de influencia, porque el cristianismo es afirmación de la identidad del hombre individual desde el inicio de su concepción hasta el último instante de una vida que también puede ser vivida indignamente, míseramente; «por tanto todo eso con que el hombre va más allá de su condición predeterminada es valorado por el sistema como un ataque a sí mismo». El poder se siente amenazado en última instancia sólo por lo que le permite a un hombre decir: «yo». «El poder - continúa Havel - es por tanto prisionero de las propias mentiras… Falsifica el pasado. Falsifica el presente y el futuro…. Finge que no tiene miedo». El poder sólo teme a quien se pone en la verdad, a quien dice «yo», «finge que no finge».

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